jueves, 19 de septiembre de 2019

HERIDO LEVE de Eloy Tizón

Opiniones de un lector

HERIDO LEVE de Eloy Tizón. Por Custodio Tejada


HERIDO LEVE - Treinta años de memoria lectora, de Eloy Tizón. Editorial Páginas de Espuma. Ilustrador Iker Ayestarán. Editor Juan Casamayor. Una portada con aspecto de cómic que nos recuerda el mundo de los detectives. Mucho más que un ensayo, “una autobiografía intelectual”. 651 páginas, con un prefacio, ocho partes y 114 escenas caleidoscópico-lectoras (que se convierten en un laberinto de espejos por la intertextualidad en estampida que encierra cada una), un agradezco final, referencias bibliográficas, nombres y obras. El libro está dedicado a sus padres, con todo lo que eso supone de conexión umbilical. Aunque en las lecturas de Eloy Tizón no hay paridad, según el rastro de nombres que surcan sus páginas, una gran cantidad de mujeres escritoras compiten en igualdad de méritos con los hombres y dejan constancia de las influencias del autor. “La lectura como arte”. Cuando cierras las páginas de Herido leve consigues que la memoria quede “prendida como polvo de mariposa entre los dedos de un lector conmovido”.


HERIDO LEVE - Treinta años de memoria lectora, de Eloy Tizón. Editorial Páginas de Espuma. Ilustrador Iker Ayestarán. Editor Juan Casamayor. Una portada con aspecto de cómic que nos recuerda el mundo de los detectives. Mucho más que un ensayo, “una autobiografía intelectual”. 651 páginas, con un prefacio, ocho partes y 114 escenas caleidoscópico-lectoras (que se convierten en un laberinto de espejos por la intertextualidad en estampida que encierra cada una), un agradezco final, referencias bibliográficas, nombres y obras. El libro está dedicado a sus padres, con todo lo que eso supone de conexión umbilical. Aunque en las lecturas de Eloy Tizón no hay paridad, según el rastro de nombres que surcan sus páginas, una gran cantidad de mujeres escritoras compiten en igualdad de méritos con los hombres y dejan constancia de las influencias del autor. “La lectura como arte”. Cuando cierras las páginas de Herido leve consigues que la memoria quede “prendida como polvo de mariposa entre los dedos de un lector conmovido”.

Un lector es más peligroso si está herido, especialmente letraherido. Pero conste que a nadie le gustaría estar enfermo de literatosis (que diría Juan Carlos Onetti) y mucho menos morir por ello. Si “la primera frase de un libro es su cubierta”, ésta de Iker Ayestarán, la de Herido leve, es un gran poema visual que está a la altura del texto que nos aguarda dentro, una lluvia de letras que hacen del lector una especie de superhéroe con paraguas, gabardina y bufanda entregado al poder “inútil” que da la lectura. Su autor, Eloy Tizón, uno de los grandes de nuestra prosa actual que escribe para permanecer en las estanterías más asequibles, amante de la literatura, es un escritor de casta que escribe con maestría, elegancia, generosidad y señorío. Cerca de la playa y debajo del agua, sobre el fondo de arena, una red de sol atrapa el vaivén de las olas y el jugueteo de los peces, quien bucee un poquito sabrá la imagen metáfora que proyectan estas páginas en la mente de los lectores. Si “La literatura es una cadena de entusiasmos (que) se transmite por contagio de una generación a la siguiente”, cuando uno da su opinión siempre tiene miedo a “equivocar(se) o a quedar en ridículo”, aunque siempre consuela que “la literatura es ese lugar extraño en el que la luz puede estar apagada y encendida al mismo tiempo”.

            Nos recuerda el mastodóntico Harold Bloom que “El estudio de la literatura, por mucho que alguien lo dirija, no salvará a nadie ni mejorará a la sociedad” o “Leer al servicio de cualquier ideología, a mi juicio, es lo mismo que no leer nada… Leer a fondo el canon no nos hará mejores o peores personas, ciudadanos más útiles o dañinos”. Italo Calvino nos advierte que “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, siempre lo leemos como si fuera la primera vez, idea que aquí viene como anillo al dedo. Dice Carlos Gamerro: “Si el canon literario es una barca que conduce a las tierras de la inmortalidad, no hay lugar para todos en ella: los más fuertes echan a los más débiles por la borda.” Olalla Castro afirma que “En realidad, todo texto es intertexto de muchos otros, ya que todo proceso de escritura se sirve de un lenguaje entrecruzado desde siempre por la alteridad” o “La intertextualidad es siempre un intento por parte del autor o la autora de elaborar una genealogía, de sacar una foto de familia...” Y si para Bloom los que hacen el canon son los otros escritores, quizá sea desde estos presupuestos de donde parte Eloy Tizón, como una especie de Giorgio Vasari, para guiarnos por su río de lecturas y preferencias críticas. Y es que “El modo en que varía el canon de la literatura, en que cambia la percepción de los autores, es una lección de humildad” –sentencia el propio Tizón.

            Podemos leer en El cultural del día 15-03-2019 que “Autor de culto para los amantes del cuento en español, Eloy Tizón es también un lector atento y un crítico certero, entusiasta y sabio”. Antonio Lucas en El mundo nos apunta que “Este repertorio de reseñas o ensayos portátiles, tan bien armado para esta edición, da cuerpo a un libro extraordinario” o “un turbador magnetismo se aúpa en este libro, porque la ansiedad de quedarse en él es fuerte”, “Su músculo crítico no pretende hacer palanca en la jurisdicción de Connolly, de Elliot, de Borges, de Bloom, de Auden, de Brodsky, de Pound”. Ricardo Lladosa ha dicho de Herido leve (en Zenda, XL Semanal) que “el libro es un gigantesco mapa, donde cada lector puede escoger ir hacia el norte o hacia el sur… El mapa de Tizón es, por ello, una cartografía del infinito que abarca ingentes regiones, todas ellas en proceso de cambio”, “su singladura lo lleva de la literatura española a la europea, de la estadounidense a la latinoamericana, con incursiones en la narrativa africana o japonesa”. Mónica Crespo nos alumbra que “La escritura de Eloy Tizón es vibrante y caleidoscópica, llena de música y de referencias sinfónicas… Escribe con palabras dúctiles, palpables, que te acarician o arañan…”. Pedro Pujante (en Culturamas.es) sigue aclarándonos que “No existe más acertada autobiografía intelectual de un escritor que un catálogo de sus lecturas, recorrer su biblioteca (anotada y comentada) y descubrir su filias literarias… no hay mejor forma de acceder al corazón de la literatura que a través de un lector omnímodo como Eloy Tizón”, un autor que “escribe con gracia, dotando al ensayo literario una densidad que oscila entre la objetividad comedida y la subjetiva mirada del lector”. El propio editor Juan Casamayor también nos anunció en su momento que “El cuentista, incluso el novelista que es Eloy Tizón, le debe casi todo al lector que ha sido y que es. Quizá lo que somos se lo debamos en parte a lo que leemos. Este libro resulta de vivir la lectura como pasión.” Incluso en la contraportada se nos interpela con una retahíla de interrogantes: “¿Cómo lee un escritor? ¿En qué aspectos se fija? ¿A qué abismos se asoma? ¿De qué manera las ficciones atrapan y modifican nuestra mirada? Todas esas cuestiones, y muchas otras, comparecen en este ensayo literario… -Diamante corta Diamante-”

            Herido leve, con todo su poder ventrílocuo, habla de autores, traductores, de lectores, de críticos, de tirios y troyanos. Es un paseo-odisea por la Teoría de la literatura y por la Literatura comparada en un mismo sorbo de té, no desde un planteamiento académico sino tizoniano, sin un afán didáctico, más bien como una confesión terapéutica. Eloy Tizón, batuta en mano, dirige su canon desde una musicalidad sinestésica atiborrada de vasos comunicantes. El ensayo-libro es, ante todo, un viaje, un viaje por obras y por autores, de “salidas iniciáticas a tumba abierta”, pero también por el cine, el arte, la música, la pintura, la época y la historia (“El paso de las palabras es el paso del tiempo” –dice en la página 74), por lugares y geografías, por ideas… es un viaje a través de sí mismo, o sea, a través del propio Eloy Tizón, y por añadidura dialógica, a través de nosotros sus lectores, que con efecto boomerang, consigue llevarnos a su canon particular que se convierte en una especie de medida de todas las artes, en una confluencia de todas las opiniones válidas formando un coro existencial y polifónico. Un estado de ánimo lector que recorre el libro para conseguir que “al término del viaje desemboquemos en una verdad posible o incluso en la verdad total”.

            El libro está dedicado a sus padres, con todo lo que eso supone de conexión umbilical, convirtiendo “Herido leve” en la mejor metáfora de una célula madre universal y literaria, esa que lo redime y lo protege y lo une a su yo más íntimo, a su origen, pero también a su destino: La literatura, su otra madre. Este libro está lleno de instantes, de consejos, de detalles, de reflexiones, de intrahistoria lectora… En la página 167 nos indica, por ejemplo, la manera metaliteraria y metalectora de afrontar una opinión-una elección: “La primera frase de un libro es su cubierta. Las historias comienzan –y terminan- por la imagen. Uno empieza a leer el libro mucho antes de abrirlo, de pie en la librería…”

            Eloy Tizón, como un pintor impresionista no solo habla de libros, con unos cuantos renglones-pinceladas nos retrata la época y el contexto de quien lo escribió. Son muchos los “puntos de referencia y cartas de navegación con que orientarse”. Eloy Tizón nos muestra un camino que no tiene por qué ser el nuestro, ya que cada lector se hace camino al leer…, pero ayuda a interpretar el globo-terráqueo-lector de la literatura y del pensamiento. Nos desvela las líneas de fuerza de muchos autores, nos da las claves para profundizar en sus laberintos, nos habla de recursos literarios y méritos, de sobrevaloraciones y justicias literarias más allá de las épocas, de los aplausos y los silencios, del presente pomposo y del futuro que juega malas pasadas a obras y autores, en definitiva, nos arroja luz a través de una prosa única que no desmerece (sino que se iguala) si la comparamos con el mapa de nombres que nos propone su red-canon.

            Eloy Tizón, a la vez que esboza su opinión va más allá de la literatura, adereza el texto con instantes biográficos que le dan un ritmo más intenso y ameno si cabe, y que nos recuerdan los vericuetos y las anécdotas que le llevaron a otros autores y sus libros, hermosa conjunción que le sirve de guarnición a su apetito gourmet, en la que se entrecruzan otras realidades paralelas en un ritmo dialógico e intertextual, vital y literario como cuando ojea “un ejemplar de segunda mano El bosque de la noche de Djuna Barnes y su dedicatoria” –p. 40. Eloy Tizón no teme mojarse, ni tampoco le importa jugar a ser profeta o notario, al anunciar la importancia de muchos autores y obras o constatar en numerosas ocasiones el saqueo (a veces para bien y otras no tanto) que el cine o la TV han hecho de la literatura. Aquí el Eloy lector y el Eloy cinéfilo se dan la mano y caminan juntos por la misma herida que escribe.

            Herido leve nos pone de relieve la importancia (muchas veces delicada) de los vasos comunicantes y los paralelismos que abundan en la literatura de una manera transversal. Así, la pluma de Eloy Tizón, como una piedra que salta por la superficie del agua, nos lleva de Anna de Chéjov a Molly Bloom de Joyce o a Clarisa Dalloway de Woolf, las tres hijas Bursanov de Gerhardie “como muchachas de Balthus o como las tres hermanas de Chéjov, o entre Dostoievsky-Nabokov-Kundera que los enfrenta en un solo renglón, como también a Platónov y Sartre, o Tsvietáieva-Dickinson, Jean B de Patrick Modiano con El Extranjero de Camús y El chino del dolor de Peter Handke. O cuando compara a Edgar Allan Poe con Henry Jamaes y con Antón Chéjov en “la hazaña del relato moderno”, Paul Theroux-Ernest Hemingway, W.G. Sebald - Claudio Magris - Peter Handke - Cees Nooteboom y las crónicas viajeras… porque “aquí lo que importa es la mirada”. Un mundo de intertextualidades e interrelaciones lectoras en un desdoble permanente de secuencias fractales. Ya que “De este modo ibas entendiendo que tener cultura no consistía en acumular información enciclopédica, nada de eso, sino en afilar tu capacidad para establecer conexiones entre dos puntas distantes” –confiesa en la página 28.

            Las palabras nos demuestran que los umbrales son distintos para cada lector y para cada escritor. La lucidez de Eloy Tizón parece inagotable, máxima tras máxima, renglones tras renglones convertidos en aforismos brillantes que consiguen entretejer un texto cuyo tino no parece tener fin y que echas de menos en cuanto lo acabas, hasta que se vaporiza en ese vaho lector que impregna cada una de sus páginas y nuestro pensamiento. Un lector, como es lógico, tiene lecturas diversas que lo llevan y lo traen de su zona de confort a su zona de riesgo. Así, Eloy Tizón ha ido de lecturas “incómodas, perturbadoras” a otras “agobiantes y enfebrecidas” pasando por “lecturas absorventes y plenas”, difíciles, estremecidas, apasionantes, “inteligentes y decantadas” … y nosotros con él de la mano.

            Afirma Eloy Tizón en la página 190 que “Ser un clásico significa algo distinto que ser académico. Clásico es aquel artista que sigue empeñado en importunarnos, espolearnos, invadir nuestra intimidad y colonizar desde la tumba nuestros sueños hasta que logra imponerse y corregir nuestra mirada”, y hacia ese territorio camina Eloy Tizón. Si no lo es ya está cerca de convertirse en un clásico vivo, y para comprobarlo sólo tenemos que asomarnos a Herido leve o al resto de sus libros (Técnicas de iluminación, Velocidad de los jardines, La voz cantante, Seda salvaje, Parpadeos…). Una labor, la suya, que demuestra que es un escritor tocado por la magia inagotable de la literatura. Con pinceladas de historiador, de biógrafo, de cinéfilo, de crítico, de testigo lector… así va tejiendo la “naturaleza viva” de Herido leve.
“Entiendo por relato moderno aquel en que el texto no solo cuenta, sino que también se cuenta. No solo muestra, sino que también se muestra…” –revela en la página 456. Mientras nos expone sus lecturas él mismo se cuenta, mezclando notas biográficas de los autores con su propia biografía hasta hacer un tapiz existencial que va más allá de la mera enumeración (como cuando nos cuenta la forma en que se enteró de la muerte de Cortázar –p.88). Son muchos los párrafos en los que Eloy se autorretrata hasta hacerse una radiografía no solo literaria (cosa que se agradece en un tiempo tan propicio a la autocensura como éste), como cuando opina sobre “la lógica militar”, o cuando lo hace sobre Lenin-Stalin-canibalismo-La Perestroika y sus nostálgicos, el nazismo, Vietnam, o sobre África y el Apartheid…, por poner algunos ejemplos.

La lectura no nos hace mejores ni nos redime, por supuesto, y máxime cuando sabemos que “Stalin leía libros. Muchos. Igual que Hitler o Pinochet y que otros tiranos” –p. 287. Pero sí, la lectura es subversiva y por ello se han quemado bibliotecas a lo largo de la historia en un intento por controlar el pensamiento humano (desde Almanzor pasando por Alejandría hasta nuestros días, con los incendios y cortafuegos más virtuales de internet), ese es el gran poder de la lectura, que es capaz de cambiarnos, por eso hay quienes temen tanto a los libros que están dispuestos a prohibirlos o esconderlos. Herido leve nos demuestra que la herida de la literatura sí puede ser mortal, propiciatoria, revolucionaria, liberadora… casi una inmolación personal que todo escritor-lector vive en algún momento de su existencia, como “El acomodador” que busca y sigue la luz, la luz comensal de la palabra.

            A estas alturas que más se puede decir de este libro, que Herido leve está lleno de “ternura herida” y “de conciencia herida”, que es un libro nutriente que regenera, un libro útero que nos atrapa en su líquido amniótico y nos contiene como seres humanos y como lectores. Un libro que hace de la reencarnación lectora un hogar y un refugio, ya que “la literatura nos convierte en otros. Todos tenemos la necesidad de ser otros, bien sea leyendo o escribiendo o ambas cosas” –afirma en la página 75. El mérito de Eloy Tizón en Herido leve (un autor, cuya prosa es capaz de provocarnos un “segundo nacimiento” “esquivando el riesgo del narcisismo”) radica en que hablando de la “estatura literaria” de los grandes él mismo consigue hacerse otro gigante más, a la misma altura de la memoria lectora que propone. Y es que para bien o para mal, pero siempre por suerte “el tiempo también lee, y nos lee, a favor o en contra”. Herido leve: Un libro referente, de atril y mesita de noche, para tener siempre a mano como un vademécum o un libro de horas.


Custodio Tejada

Opiniones de un lector

Septiembre 2019


Nº 487 GRANADA COSTA. 31/08/2019. Pgs. 38 y 39





miércoles, 12 de junio de 2019

LOS OJOS DESEADOS de José Antonio Sáez

Opiniones de un lector

LOS OJOS DESEADOS DE José Antonio Sáez.


LOS OJOS DESEADOS de José Antonio Sáez. Editorial Alhulia. Colección Crisálida de prosa poética. Un subtítulo bastante rococó en el interior: “Jardín de muy preciosas perlas”. Un preámbulo, 76 perlas y 91 páginas. Dedicado a su familia y a Dios, porque nuestro poeta es creyente, cada perla tiene de 8 a 15 renglones aproximadamente. En el colofón se nos informa que “se acabó de imprimir el 23 de abril de 2019 en los talleres de Quares. Laus Deo”. Y para ambientar nuestra lectura os dejo como aperitivo una cita de la página 87: “Descálzate, porque la tierra que pisas es sagrada”.




LOS OJOS DESEADOS de José Antonio Sáez. Editorial Alhulia. Colección Crisálida de prosa poética. Un subtítulo bastante rococó en el interior: “Jardín de muy preciosas perlas”. Un preámbulo, 76 perlas y 91 páginas. Dedicado a su familia y a Dios, porque nuestro poeta es creyente, cada perla tiene de 8 a 15 renglones aproximadamente. En el colofón se nos informa que “se acabó de imprimir el 23 de abril de 2019 en los talleres de Quares. Laus Deo”. Y para ambientar nuestra lectura os dejo como aperitivo una cita de la página 87: “Descálzate, porque la tierra que pisas es sagrada”.

El aprendizaje del hombre es autodidacta por necesidad y por naturaleza, brota de la capacidad de percepción e introspección que tiene el ser humano, pero también tiende a regular y compartir ese saber de una forma académica. Lo mismo pasa con la fe, es una experiencia íntima e intransferible que encuentra su razón de ser cuando se vive en comunidad, como la lectura. Por lo que fe y lectura tienen una parte racional y constatable y otra que no lo es tanto, sino que tiene que ver más con la intuición y la confianza en las emociones de cada cual. Así pues, en este mundo tan académico en el que vivimos ser autodidacta no está bien visto. Pero lo importante es que cada mañana amanece un nuevo día digno de veneración que es capaz de refundar el mundo, y eso es lo más sagrado que tiene la vida, que podemos convertirnos en un sagrario de instantes únicos y absolutos donde la gracia divina se reparte sin miramientos. Dice San Agustín que “el hombre no reza para dar a Dios una orientación, sino para orientarse debidamente a sí mismo.”

            Por quienes opinan de nuestros libros o quienes nos hacen un vacío, a veces, podemos averiguar si somos francotiradores solitarios, de los otros, o miembros de alguna tribu literaria a quien debemos cuidar con esmerada pleitesía. Muchas son las opiniones que se han vertido ya sobre “Los ojos deseados” y aquí quiero reflejar unas cuantas que me parecen complementarias, pertinentes y lúcidas. Dice Ángel Olgoso: “Los ojos deseados me ha parecido un librito subyugante… Porque es cierto que se experimenta una especie de embriaguez deleitosa, de ascenso místico.” Emilio Ballesteros también opina: “prosa poética de una delicadeza poco común, inspirados en místicos tanto cristianos… como sufíes islámicos”. O “Leer sus textos, de un lirismo intimista y recogido, pero que mira la realidad cotidiana con ternura y simpatía, nos permite acercarnos a los rincones más preciados de nuestro propio corazón”. Miguel Argaya continúa con los merecidos halagos y reconocimientos: “Fantástica lección de prosa meditativa con la justa carga poética… Es un libro que me habría gustado escribir y que me ha gustado leer.”  El prolífico Fernando de Villena añade: “En Los ojos deseados hallamos toda la belleza y sensorialidad que caracterizan al lenguaje místico y en consecuencia todos los recursos que le son propios: antítesis, paradojas, paralelismos, símiles, metáforas, subjuntivos verbales…” Mauricio Gil Cano en Diario de Jerez dice: “Hay libros que son un regalo espiritual, cuyas palabras acarician el alma del lector y lo elevan a esferas de música armoniosa… Es el caso de Los ojos deseados.” En diario Córdoba Pedro M. Domene agudiza el oído para decir: “Una sucesión de textos breves… que semánticamente otorgan a su prosa la búsqueda de una cadencia a través de calculadas pausas y una equilibrada distribución del ritmo lector.” Nos confiesa Efi Cubero que “Es un libro de amor donde regresa el tiempo del asombro en el murmullo fresco, en el desnudamiento y la pureza, en lo incorpóreo de la transparencia. Libro profundo de un poeta que escarba en su interior y nos llega en su verso destilado.” Y para concluir una referencia antigua de Remedios Sánchez: “Posee el poeta José Antonio Sáez una de las voces más definidas de la poesía andaluza actual.”

            Parafraseando al autor: “Sobra la vanidad y sobran todas las humanas ataduras cuando corres al encuentro” de José Antonio Sáez y Los ojos deseados. Para penetrar en estas páginas de prosa poética “debes ir con la inocencia y la ingenuidad del niño que se deja llevar por la mano” del poeta transcendido aquí en un ser místico. También podría decir que los renglones de Los ojos deseados “más que descifrar yo su código, fueron ellos quienes se me revelaron” –como nos confiesa el autor en la página 39 Perla 27. El poeta se hace “cognoscible” en nosotros, sus lectores. “Esperaba escuchar la melodía de tu voz y que tus palabras fueran vida de mi vida; mas luego entendí que tú no hablas, sino que te revelas a quien eliges” –desvela José Antonio Sáez en la página 40 Perla 28.

La sinopsis, en la contraportada del libro, nos aclara que “Los ojos deseados son aquellos sin los que no es posible vivir y que persigue el enamorado… Los ojos de la sabiduría interior, esa que aporta lucidez al conocimiento y lo aproxima a la transcendencia, a lo sagrado, sin llegar a alcanzarlo”. El propio autor lo recomienda así: “prosas líricas de místico aliento (que guardan) muchos instantes de feliz y gozosa lectura”. La portada no dice mucho salvo si entendemos su abstracción como una visualización cósmica del lenguaje simbólico que nos espera dentro.

Una dedicatoria a su sagrada familia, como arco de triunfo en la entrada, nos da la bienvenida. Después dos citas, una de Jalal Al-Din Muhammad Rumi: “Transforma tu cuerpo entero/en visión, hazte mirada”, y otra de San Juan de la Cruz (Cántico Espiritual) donde aparece por primera vez una referencia al título “Los ojos deseados”. Dos místicos para intertextualizar su prosa poética y nuestra lectura, y para dejar claro desde el principio el territorio sagrado que pisamos. El autor, en su preámbulo, pareciera que subido en una Torre de Babel se desgañita para hacerse entender sin resultados satisfactorios, pero nada más lejos de la realidad, ya que luego sus 76 perlas muestran, como 76 cuentas de un rosario, los misterios sagrados de un corazón que late, el suyo propio. “No consigo hacerme entender por más que me esfuerce. Pareciera que hubiésemos adoptado lenguas distintas o que hayamos confundido las lenguas” –dice en la página 11, y que ya te predispone para que cambies el chip y empieces a percibir la sutil alegoría, la delicada perla metaliteraria.

José Antonio Sáez, como un “jinete que cabalga en la luz hasta difuminarse en lo etéreo” (pág 18), ubicado “en los límites del lenguaje” (pág 16) y como “destinatario de la revelación” (pág 13) teje esta “urdimbre” de perlas para compartir consigo mismo y con sus lectores una experiencia, una vida, una sabiduría que levita y la lucidez de su límpida escritura que suena con una musicalidad exquisita. Y es que estos párrafos, como si fueran un Via Crucis, nos llevan estación tras estación hasta la luz salvífica. “Caído a tierra, recibirá la sacudida” –revela en la página 14 Perla 2. Es por tanto Los ojos deseados un camino, una vía de salvación, mística y lírica al mismo tiempo.

El poeta, como Moisés, también nos guía por el desierto de los significados y los paralelismos. “Ya ves que la lengua se me traba, que tartamudeo y apenas puedo balbucir la luz de tus palabras” –dice en la página 35 Perla 23, pero, aun así, el poeta se pone al servicio de la poesía y conduce al pueblo elegido (los lectores) desde sus perlas hacia la luz. Los sentidos están a flor de piel y nos acompañan durante todo el recorrido, y las sinestesias sensoriales y semánticas se convierten en agujeros de gusano, renglones que son vasos comunicantes entre significantes y significados.

Qué es lo que hacemos los poetas sino reescribir el mundo constantemente, reiterar lo ya escrito diciéndolo de otro modo, en oleajes de nuevas espumas, de nuevos reflejos. La intertextualidad del libro es fundamental para su comprensión. Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Muhammad Rumi, el Cantar de los Cantares, la Biblia… Algunas perlas comienzan con una referencia a los Evangelios página 78 Perla 66 (“Mirarán al que atravesaron” –Jn 19,31), o algún verso de Luis de Góngora (“Vendado que me has vendido”) –quizá porque como aquél., aquí el autor también juega con las palabras y quizá porque quiere homenajear y advertir cierto paralelismo de lo que él hace con lo que Góngora significó para la amplitud cognitiva de nuestra lengua-, o bien terminan con unos versos de San Juan de la Cruz como la Perla 51 página 63 y que nuevamente coincide con el título: “Los ojos deseados que porto en mis entrañas”.

Libro lleno de recursos literarios y creatividad desbordante. “La ausencia de presencia es el vacío” –nos dice en la página 72. El poeta se crucifica para salvar a sus lectores. Cargando con su cruz “nos redime del lodazal del mundo” –reza en la página 67. O “Dame de beber hiel mezclada en vinagre. Atraviesa con tu lanza mi costado. Coróname de espinas y laurel” –ordena en la página 54. Palabras que parecen vasos mágicos, poeta y poesía, amor y fe, Dios y creyente, esposo y esposa, “amado con amada,/ amada en el amado transformada” que diría San Juan de la Cruz. Y justo ahí, igual que hace el Cantar de los Cantares, sucede la alegoría, otra gran metonimia. “Pues los dos (son) uno en el férreo espacio en que (se) anudan (sus) brazos poderosos… batiéndose juntos” –concluye en la página 88 Perla 76.

El escritor persigue la sabiduría a través de la escritura. “Ah, este conocer que quema mi lengua y mis entrañas… ¿Cómo hacer expedita su salida si me abrasa por dentro?” –interpela en la página 18 Perla 6. Y es ella, “la Literatura”, la que nos elige, no nosotros a ella. “Te preguntarás que por qué tú: el más feble, el más débil… y no hallarás respuesta” –lees en la página 19. El autor pareciera dirigirse en muchas ocasiones a su relación con la literatura, la amada y esposa, y por extensión, a los lectores nos hace iglesia de su metonimia, celebrando así una boda lingüística. Si en la exégesis del “Cantar de los Cantares” se canta la relación mística de Dios con su pueblo, en Los ojos deseados aparte de la literalidad espiritual también nos encontramos otro paralelismo, donde, cual otro Salomón u otro San Juan de la Cruz, éste, José Antonio Sáez nos convierte a los lectores en un pueblo elegido unidos a él, y la Literatura hace el papel de esposa. Los ojos deseados son los ojos que han visto la luz, y la luz que buscan estos versos es “la sabiduría de lo revelado”, la unión con la amada, la Poesía, una mística metaliteraria que utiliza al poeta como si fuera un “perrillo faldero”. Porque eso es el conjunto, una poética que abrocha una trayectoria, la de José Antonio Sáez, un poeta “que vive entregado a la soledad y a la voz del espíritu” –confiesa en la página 21. Porque su “única locura es por Aquél de quien and(a) en amor”, el Poema, que se hace creencia y sacrificio. “Escribiré sólo de lo que me inspire Aquél de quien ando enamorado” –advierte en la página 22. Las perlas se suceden “una tras otra y otra tras una”, como un collar. El lenguaje es el vínculo divino, la palabra se convierte en pan eucarístico, en acto de amor que redime, en “carne” o “materia amasada en el barro” que ha sido transcendida. El poeta se hace Cristo y el Cristo se hace poeta, ambos unidos por ósmosis en la fe de los “Enamorados”. Porque esa es la misión del escritor poeta, estar agazapado en el escritorio y en la vida “a la espera, siempre aguardando a que se obre el milagro” de la Poesía, de la inspiración y del trabajo. “Digo sólo las palabras que él pone en mis labios” –revela en la página 22 Perla 10.

¿Qué es, entonces, lo que hace nuevo José Antonio Sáez con Los ojos deseados? Escribir como un enamorado de la palabra que ansía inmolarse en su mirada, en un lenguaje secreto, “oculto y deleitoso”, lírico y cognitivo, desnudamente místico, sutilmente metaliterario. Fe y Poesía unidas en su destino. “Ay, avecilla desconsolada, que traes alivio a mi corazón atormentado: ¿acaso no se asemeja tu canto a la voz de Aquél por quien suspiro y muero? –teje en la página 73 en fervorosa simbiosis, en delicada trasnominación y metáfora, de esposo y esposa, como amante-creyente y como escritor, unido en su vaivén semántico al dios amor divino y también humano y al dios amor literario, a Dios y a la Literatura en extasiado trance, al mismo tiempo y con las mismas palabras. Yo Creo.


Custodio Tejada

Opiniones de un lector.

Junio de 2019       
          


LOS OJOS DESEADOS de José Antonio Sáez. Editorial Alhulia. Colección Crisálida de prosa poética. Un subtítulo bastante rococó en el interior: “Jardín de muy preciosas perlas”. Un preámbulo, 76 perlas y 91 páginas. Dedicado a su familia y a Dios, porque nuestro poeta es creyente, cada perla tiene de 8 a 15 renglones aproximadamente. En el colofón se nos informa que “se acabó de imprimir el 23 de abril de 2019 en los talleres de Quares. Laus Deo”. Y para ambientar nuestra lectura os dejo como aperitivo una cita de la página 87: “Descálzate, porque la tierra que pisas es sagrada”.









miércoles, 29 de mayo de 2019

LO QUE CUESTA NACER de Antonio Morillas Jiménez


Opiniones de un lector

LO QUE CUESTA NACER de Antonio Morillas Jiménez.


LO QUE CUESTA NACER de Antonio Morillas Jiménez. Editorial Nazarí (Colección Cadi). Dedicado a su madre “que da vida a cada página de este libro” y a su padre “que se fue demasiado pronto”. 30 capítulos y 364 páginas repartidas en tres partes. La primera, “La siega en el llano”, con diez capítulos y una cita de Adam Zagajewski que abre el conjunto: “En la niñez, algunos árboles susurraban incluso en los días sin viento”; la segunda, “Más allá de los cerros”, con cinco capítulos y otra cita de Héctor Abad Faciolince: “La cronología de la infancia no está hecha de líneas sino de sobresaltos” y la tercera, “El Madrid de mi pasado”, con quince capítulos y otra cita de John Gray que alumbra como candil en una cueva: “La paz y la prosperidad de una generación descansan sobre las injusticias de generaciones anteriores”. Cierra el libro los Agradecimientos y el Índice.




LO QUE CUESTA NACER de Antonio Morillas Jiménez. Editorial Nazarí (Colección Cadi). Dedicado a su madre “que da vida a cada página de este libro” y a su padre “que se fue demasiado pronto”. 30 capítulos y 364 páginas repartidas en tres partes. La primera, “La siega en el llano”, con diez capítulos y una cita de Adam Zagajewski que abre el conjunto: “En la niñez, algunos árboles susurraban incluso en los días sin viento”; la segunda, “Más allá de los cerros”, con cinco capítulos y otra cita de Héctor Abad Faciolince: “La cronología de la infancia no está hecha de líneas sino de sobresaltos” y la tercera, “El Madrid de mi pasado”, con quince capítulos y otra cita de John Gray que alumbra como candil en una cueva: “La paz y la prosperidad de una generación descansan sobre las injusticias de generaciones anteriores”. Cierra el libro los Agradecimientos y el Índice.


            Los libros apilados en algún rincón de la casa demuestran que nuestro tiempo es limitado y que las obligaciones de la vida no se pueden demorar. Y si algo he aprendido como lector es a buscar el momento idóneo para abrir cada libro y darle la suerte intransferible y singular que merece. Los libros son caprichosos y cada uno, como la música, buscan la mejor luz, la hora más propicia y la disposición más oportuna del lector-oyente, y eso exige una paciencia a prueba de prisa y desidia, exige una deferencia lectora en cuerpo y alma. Un libro no es mejor que otro porque esté en esa o aquella editorial o se venda más o menos, porque sea una autoedición o porque reciba o no un premio, porque tenga mejores críticas o esté mejor o peor apadrinado. Lo que cuenta y lo que importa de un libro es que emocione al lector, que lo saque de su zona de confort y le haga ver lo invisible, lo que hay en el otro y dentro de uno mismo, ya sea por ósmosis o por su inversa. Lo que realmente cuenta es que el lector “levite” y le sea útil esa lectura única. Otra cosa será la justicia que haga la literatura en el tiempo, pero eso no depende de nosotros, los simples mortales.

            Dice Luis Rojas Marcos en una entrevista: “Desde la infancia, el miedo moldea nuestras vidas… Poner el miedo en palabras nos permite transformar los temores en pensamientos coherentes y manejables”. El propio Jorge Luis Borges afirma que “El presente no es más que una partícula fugaz del pasado. Estamos hechos de olvido”. Pedro Ugarte también nos alumbra con su particular hacer: “Es una forma clásica de maternidad: todos somos hijos de nuestro tiempo, sí, y también víctimas de él”. Recordamos unas cosas y olvidamos otras, la memoria es siempre una incógnita, porque no se sabe qué mecanismos caprichosos la regulan y la moldean. Curiosa y paradójicamente, en muchas ocasiones, es a través de las pérdidas y las derrotas cómo nos encontramos mejor a nosotros mismos y recuperamos la esencia de nuestro ser en el mundo. Y es la lejanía del horizonte y la distancia la que nos hace valorar con mayor precisión lo que está más cercano, lo que nos aguarda más adentro, justo allí donde el azar del destino nos define con la voz del corazón. Afirma Henry Thoreau que “Haber nacido heredero de una fortuna y nada más, no es nacer sino nacer muerto”, porque la verdadera fortuna no es material, sino la que nos ensancha la mente y enriquece el espíritu, claro está, toda vez que estén cubiertas las necesidades del cuerpo. Y eso es lo que nos ofrece este libro, valores y sentimientos, un testimonio de lucha, una lucha que defiende a capa y a espada las ganas de vivir, de recordar, de no olvidar las raíces y el origen de nuestros ojos y su mirada, para mantener un sagrado vínculo consigo mismo y la intrahistoria familiar, convirtiendo la huella de la memoria en un nuevo mito y en un nuevo logos.

            En la contraportada de “Lo que cuesta nacer” la sinopsis nos advierte que “Antonio recuerda los primeros años de su vida al mismo tiempo que escucha a sus mayores para llenar los huecos de la historia familiar que no conoció. El resultado es una especie de diario…” Ángel Gabilondo dijo en su presentación madrileña que “No es un libro solipsista ni ensimismado… suyo. Al contrario, es un libro que se dirige a nosotros, que nos cuenta, hasta tal punto que lo suyo es nuestro”.

            Antonio Jiménez Morillas en vez de venir al mundo con un pan debajo del brazo nació con un libro que se va haciendo hogaza en las entrañas y que ha tardado casi sesenta años en parir. Ya desde el título: “Lo que cuesta nacer”, el texto predispone al lector para el parto, en su doble vertiente, la de celebración alegre y la del dolor que supone el tránsito, pero también nos habla del precio que todos debemos pagar nada más que por existir. Una fotografía de su infancia le sirve a la portada para ponerle un rostro pillín y angelical, al mismo tiempo, a la voz protagonista de este relato. El título nos invita a plantearnos un proceso vital que deja un sabor a trilogía. No sabemos si continuará o no, pero revolotean en la cabeza del lector las otras dos partes que estarían por venir: Lo que cuesta vivir y Lo que cuesta morir, ya que en alguna medida están implícitas en esta primera.

            Todo recuerdo, por muy verídico que sea, siempre es una recreación del pasado, con lo que eso conlleva de invención. Esto no quiere decir que lo que se cuenta no sea cierto, sino que está sujeto a la niebla de las percepciones y las subjetividades de cada cual. Como todo relato memorístico y este lo es, tiene algo de verdad revelada (o sea, que ha sido transmitida y vivida por vía oral, de unos a otros) y esto conlleva que a pesar de los ángulos muertos que haya, la realidad de aquí en adelante será así, como se ha escrito, y no de otra manera. Este libro (como si fuera un cuadro costumbrista, un retrato histórico o un bodegón) describe una época con la exactitud de un testigo directo y privilegiado, alguien que la vivió en primera persona y lo cuenta, “sin intermediarios” salvo los estrictamente necesarios, lo que la hace más valiosa e interesante. Pero también nos muestra su alma, la de un ser que evoluciona en el tiempo y que al contarse a sí mismo termina por contarnos a todos, en una especie de inmolación individual y a la vez colectiva y casi mesiánica por lo que de transcendente tiene. En la narración, persona y personaje se van superponiendo en una mutación constante, y auto-diseccionándose consigue radiografiarnos a todos. Así, los recuerdos van más allá y cruzan la realidad mágica, aproximándose a un Macondo particular, el de Antonio Morillas y su “Lo que cuesta nacer”.

            La expresión “Lo que cuesta nacer” aparece dos veces en el texto, una primera en la página 18 que cuenta el momento en que nació el autor de este libro, y la segunda en la página 347 que hace referencia al segundo y definitivo nacimiento de su padre, lo que constata cierto paralelismo que se establece entre la figura paterna y la filial, y que es muy evidente (como esa sombra alargada…) a lo largo de todo el argumento. Dice Horacio Castilla que “Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre sobre los hombros”. Y es así como Antonio Morillas Jiménez se transmuta y recorre estas páginas, como un “Pius Aeneas” literario, que lleva la figura del padre a cuestas por todos los renglones de su vida, y a la vez también transporta el sagrado fuego del hogar que es y representa su pueblo natal de Purullena, en representación de toda esa España vacía, aquella que por culpa de la emigración perdió mucho más que una “otra” memoria y que él aquí se empeña en restituir, o al menos, en homenajear. “Lo que cuesta nacer” podría leerse como un “cuéntame cómo pasó”, como el testimonio de una persona que ha sido víctima de lo que ahora se ha puesto de moda en llamar “La España vaciada o despoblada”, y que es reflejo de los traumas y cicatrices que esa etapa de nuestra historia reciente ha dejado en la piel de muchos de nosotros, y que demuestra la gran transformación y desigual destino que han vivido todos los pueblos de España para bien y para mal, bueno, unos más que otros, ciertamente.

            Al final descubres que lo que nos cuenta Antonio Jiménez Morillas es la narración de un viaje (uno principal y otros muchos secundarios), un viaje geográfico y temporal por las palabras y por los conceptos, pero también un recorrido emocional que va del pundonor al coraje. “En mis viajes entre el lugar donde resido y el que nací, las palabras ida y vuelta no tienen el significado que habitualmente se les da” –aclara en la página 287. Y es que estas páginas van mucho más allá del lenguaje y sus coordenadas, ya que sus palabras están llenas de connotaciones y geocaches que brotan de lo más íntimo. Es un viaje existencial e ideológico (“de neófito que intenta penetrar en su alma” para encontrarse a sí mismo a través de los otros, un viaje por su “experiencia vital” y familiar, por la música, la política, la literatura, la religión, el amor… Dice Antonio en la página 317 que “se había instalado (en) una concepción maniquea del mundo en la que convivían en continua lucha los buenos y los malos, con poco espacio para los neutrales, pues estos, al no tomar partido por lo justo, que era lo mío, pertenecían a los malos”, pero sea él o seamos todos de los buenos o de los malos, en su haz o en su envés y en los múltiples viceversas habidos y por haber, Antonio Jiménez Morillas sí es de los míos, es un poeta y un paisano, y parafraseándolo a él mismo digo que “Desde ningún punto de vista (es) mi enemigo”, al contrario.

            Concluyendo, “Lo que cuesta nacer” es un diario autobiográfico, a modo de memorias, que va de una autoficción peculiar a la novela psicológica, según mi percepción, ya que nos describe con todo lujo de detalles y matices el interior de un personaje principal, sus deseos y sus conflictos, sus pensamientos y sus sentimientos, principalmente a través de monólogos y flujos de conciencia, pero también con grandes diálogos que ambientan y ayudan a visualizar su “Macondo” particular, el de sus ojos y el de su mente. Con notas de humor y fina ironía enhebra el relato de varias generaciones y de muchas conciencias. Ya que el texto habla de un contexto y por tanto de una época que a todos nos concierne de una u otra forma y que se erige, en cierta medida, en arquetipo de la emigración reciente de nuestra España rural, despoblada y tantas veces expoliada. Una gran historia narrada ágilmente y lista para ser leída con paciencia y no olvidarla jamás.

Custodio Tejada

Opiniones de un lector

mayo de 2019


LO QUE CUESTA NACER de Antonio Morillas Jiménez. Editorial Nazarí (Colección Cadi). Dedicado a su madre “que da vida a cada página de este libro” y a su padre “que se fue demasiado pronto”. 30 capítulos y 364 páginas repartidas en tres partes. La primera, “La siega en el llano”, con diez capítulos y una cita de Adam Zagajewski que abre el conjunto: “En la niñez, algunos árboles susurraban incluso en los días sin viento”; la segunda, “Más allá de los cerros”, con cinco capítulos y otra cita de Héctor Abad Faciolince: “La cronología de la infancia no está hecha de líneas sino de sobresaltos” y la tercera, “El Madrid de mi pasado”, con quince capítulos y otra cita de John Gray que alumbra como candil en una cueva: “La paz y la prosperidad de una generación descansan sobre las injusticias de generaciones anteriores”. Cierra el libro los Agradecimientos y el Índice.


martes, 14 de mayo de 2019

LECTURAS PENDIENTES de Pedro Ugarte


LECTURAS PENDIENTE  de Pedro Ugarte.

LECTURAS PENDIENTES (Anotaciones sobre literatura) de Pedro Ugarte. Ediciones Nobel, número 49 de la Colección Jovellanos de Ensayo. 169 páginas en prosa sin ninguna división salvo los párrafos, a modo de cuaderno de bitácora. Dedicado a su “aita”. Y una cita para reflexionar y abrir boca: “Millones de nuevos libros se escriben y se publican cada año… y crecientemente limitado… el tiempo que se dedica a la lectura”-página 106.




LECTURAS PENDIENTES (Anotaciones sobre literatura) de Pedro Ugarte. Ediciones Nobel, número 49 de la Colección Jovellanos de Ensayo. 169 páginas en prosa sin ninguna división salvo los párrafos, a modo de cuaderno de bitácora. Dedicado a su “aita”. Y una cita para reflexionar y abrir boca: “Millones de nuevos libros se escriben y se publican cada año… y crecientemente limitado… el tiempo que se dedica a la lectura”-página 106.

Opinar de algo es asumir un estado de con(s)ciencia. Si leer es llenar, escribir es una forma de drenarnos, de practicar una sangría purificadora. Yo, que no soy ningún ratón de biblioteca, alguna vez he pensado que, entre otras cosas, temo morirme por la cantidad de libros que dejaré sin leer, y modestia aparte, alguno supongo también sin escribir.

         Un libro es una arquitectura lingüística y como tal, tiene unos planos que nos orientan al transitar por sus dependencias. El índice, los títulos y las palabras elegidas ejercen de guías, túneles o ascensores. Más que un puñado de libros leídos, somos una suma de lecturas pendientes, ya que las ausencias a veces nos definen más que las presencias. Dice Olalla Castro: “El discurso crítico, que explora los textos tratando de cartografiarlos, ha de asumir eso: que el mapa que dibuja siempre queda abierto, siempre está inacabado, esperando a que otras lecturas intervengan en él y lo transformen, lo amplíen, lo completen, encuentren nuevas encrucijadas, intersecciones o confluencias”. Y Óscar Wilde manifiesta que “No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo”, y eso es lo que hace Pedro Ugarte con este libro. Confieso que lo he leído con paciencia, “buscando algún vínculo…” “algún hilo secreto que pueda unir(me) a él”, que es como hay que leer cualquier libro, porque me gustaría ser como él, un “lector que ha sabido descifrar e interpretar las claves” de muchos libros, o al menos intentarlo. El propio autor confiesa que “En literatura, no me cuesta reconocer los méritos ajenos”, a mí tampoco, en cualquier materia.

Una cita de Seguei Dovlatov y una premonición de perogrullo del propio Ugarte abren el libro como si fueran las agujas de una brújula que intentan marcar un rumbo, o al menos, definir unos límites: “Lástima que la literatura no tenga ningún fin” (Serguei Dovlatov) y “Te irás con un montón de lecturas pendientes”. Cuando “alguien escribe un libro, … solo el lector puede salvarlo”-dice Pedro Ugarte en la página 106 y añade en la página 86 “Escribir, sin molestar a nadie. Me pregunto cómo se consigue hacer eso”. Sirvan estas dos citas para aproximarnos al carácter literario de Pedro Ugarte y para enmarcar el sendero que nos espera con esta lectura.

El texto, sin índice y sin ninguna división intermedia, es un todo magmático que fluye a borbotones de párrafos. La lectura del libro es una especie de “scape room” en la que el autor se encarga de distraer y a la vez de orientar al lector. Los párrafos de este libro, con cierto tono de confesión y como un torrente fragmentario, se suceden uno tras otro, con una clara voluntad metaliteraria, dando un “repaso” general al mundo desde el acto creativo a las ferias del libro, desde los lectores hasta los autores… como si fueran impresiones de un viaje a través de las palabras y la conciencia (y por tanto tiene algo de impresionista, sus pinceladas, ya que exigen distanciamiento para advertir bien el resultado). Incluso llega uno a pensar que ha nacido un subgénero nuevo, la autobiografía metaliteraria, ya que están publicándose otros títulos con la misma o parecida inercia. Pedro Ugarte es un escritor y un crítico, pero ante todo es un gran lector, y el eclecticismo de aluvión envuelve a este libro. “El escritor nada sabe a ciencia cierta sobre esa experiencia (la lectura de sus libros) que se desarrolla muy lejos de él” –advierte en la página 29. Toda lectura tiene algo de comunión, común unión entre emisor y receptor, que, si se comparte, a veces, retroalimenta.

El sentido del humor y la ironía es una nota a tener en cuenta, especialmente para atinar con el sentido y significado de algunos renglones. El autor confiesa que “emprende muchas lecturas, apenas continúo algunas y recomiendo solo las mejores”. Y para dejar constancia  por lo que de paralelismo tiene, yo también tengo un amigo que cansado de que a los andaluces nos echen encima muchos tópicos peyorativos y se nos infravalore en muchas latitudes, decir que, igual que “los vascos, entre ordeño y ordeño” fundaban una ciudad (se apunta en la página 117), nosotros los andaluces entre siesta y siesta por aquello del chiste y demás chanzas, uno de Guadix que pasaba por allí, un poquillo antes que los vascos, como Pedro de Mendoza y Luján, hizo la primera fundación de Buenos Aires, al menos por aquello de… “yo lo vi primero y lo hice antes”, que algún mérito también tendrá, digo yo, especialmente en este momento histórico en que nadie piensa en lo nuestro y cada cual antepone lo suyo.

Metaliteratura y crítica literaria se dan aquí la mano. Pedro Ugarte, con una prosa acentuadamente aforística, pronto consigue captar nuestra atención y ya no nos deja huir hasta el final, como si estuviéramos abrazados fuertemente a él, por el talle, en un baile de salón mientras nos expone su verdad y nos lanza confidencias y pareceres al oído; a modo de confesionario literario o más bien púlpito, ético, existencial, de diario íntimo, para exponernos su sentir y su camino. Nos dice en la página 60 que muchas anotaciones de sus “cuadernos de oficina”, como él los llama, cuadernos de ida y vuelta, “no acaban en poemas ni en relatos, ni en artículos, ni en novelas, y engrosan un archivo como éste, lleno de anotaciones, la mayoría de ellas referidas al trabajo literario o a la vida de un escritor”. Escribe como si a cada traspiés de párrafo y al albur de una lluvia de ideas estuviera revelando verdades como templos y sentando cátedra, ya que Pedro es un hombre temperamental “de ideología liberal” y también se desprende que religioso. “No importa tanto la verdadera opinión que tengas sobre cierto asunto como la impresión que des con ella. Este es el criterio que determina los pronunciamientos públicos de la mayoría de la gente” –escribe en la página 62.

Pedro Ugarte nos habla de libros, de las presentaciones (“Me pregunto por qué sigo presentando libros de autores que no conozco y cuya obra me es igual de desconocida” –confiesa en la página 27), de los lapsus y las pérdidas del escritor, de su biblioteca, del paso del tiempo transmutado en polvo, de las temáticas literarias, de la humanidad, de política (“Me irritan las conversaciones y los prejuicios del mundillo literario, ese mundillo donde por ejemplo, resulta casi obligatorio ser de izquierdas” –suelta en la página 50), de los vascos, “sobre la condición humana”, “de la moralidad o la inmoralidad del mundo literario”, de su intrahistoria como escritor (léase el párrafo de la página 35 donde nos cuenta su forma de teclear), de las fotografías de escritores, del proceso creativo (“en la novela el proyecto precede a la ejecución, mientras que en el cuento y en la poesía suele ocurrir al revés”), de la vida y la muerte, de la relación entre escritores, y entremedias, como islotes, se cuelan otros párrafos de índole más personal que aluden a su vida cotidiana como padre, amigo… Mezcla opiniones filosóficas, éticas, literarias, políticas… con otras de ámbito doméstico, de su hijo, del frigorífico y la comida… lo que le da al texto un resultado más distendido, más creíble en cuanto a la humanidad y cotidianidad que hay detrás del escritor, al demostrar que quien ha escrito estas páginas es un hombre normal y corriente que pisa la calle y no alguien subido en su torre de marfil literaria. Ugarte pretende dejarnos su canon vital, ese que como lector a él le ha servido y le ha salvado. Y toda la escenografía textual y literaria que monta es para ofrecernos un viaje exclusivo por sus ideas, sus lecturas, sus experiencias, recuerdos y paseos, por su vida y su “conciencia ética”. Sus párrafos, como escaques de un tablero de ajedrez, le sirven para jugar una partida con el lector, y de camino materializar algún ajuste de cuentas también pendiente como la anécdota del señor Quesada preguntando por las novelas a Don Pedro de la página 125, entre otras.

            Si en cualquier libro los nombres se vuelven “hilos de Ariadna” o de albañil, en éste se hace más patente, ya que Ugarte va tejiendo el texto unas veces con hilos metaliterarios y otras con hilos más biográficos a modo de dietario, con reflexiones y recuerdos, con opiniones y sentimientos. Ugarte, con un tono confesional como si de una confidencia se tratara, juzga, analiza, recuerda, expone, escribe, opina, interpreta, explica, justifica, denuncia, destapa, esconde…. Cuando un lector opina, de alguna manera, lo hace pensando en los lectores que vienen detrás, con el fin de hacerle más fácil el camino, o sea, la lectura, o por lo menos de dar fe, la suya propia. Ofrecer un listado de nombres sin más no tiene ninguna utilidad salvo si es para hacernos una idea del autor y sus lecturas, o sea, de las fuentes en las que bebe para bien o para mal. Para un escritor sus lecturas son la tradición que le ampara y socorre o le condenan. Y esa intertextualidad es la que nos sirve para localizar sus coordenadas lectoras y de alguna manera su canon literario y existencial. Así, en Lecturas pendientes Pedro Ugarte se refiere de una u otra forma a: Albert Camus, Iñaki Uriarte, José Fernández de la Sota, Borges y Bioy, Íñigo García-Ureta, Juan Bas, Fernando Marías, Toti Martínez de Lezea, Sartre, Fernando Palazuelos, Miguel Sánchez-Ostiz, Elías Canetti, Franz Kafka, Jesús de Nazaret, Adolf Hitler, Miguel Torga, Bengoechea, Stephen Craen, George Orwell, Michael Herr, Ingacio Aldecoa, Julio Cortázar, Sándor Marai, , Chateaubriand, Hanif Kureishi, John Cheever, Vladimir Nabokov, Medardo Fraile, Jon Bilbao, Anjel Lertxundi, Peter MOen, Margo Glantz, Frida Khalo, Chesterton, Michael Houellebecq, Ambroise Pare, Poe, Fernando Iwasaki, David Hume, John Stuart Mill, Oscar Wilde, Joris-Karl Hoysmnans, Guadalupe Nettel, Anatole France, Eduardo Haro Tecglen, Manuel Alcántara, Miguel Delibes, Juan Casamayor, Homero, Montaigne, Philip Larkin, Antonio Machado, Manuel Machado, Julio Camba, Julio Ramón Ribeyro, Juan García Armendáriz, Gustave Herling-Grudzinsky, Roberto Bolaño, Jaume Vallcoba, Paul Valéry, Rudyard Kipling, Anton Chéjov, Augusto Monterroso, Bryce Echenique, Enrique Mochales, Los Panero, Louis-Ferdinand Céline, Valentí Puig…  También hace referencia de forma expresa a obras como Moby Dick, Cartas a un amigo alemán (de Camus), La Biblia y los Evangelios, La autopista del sur de Julio Cortázar, Casi inocentes o El mundo de los cabezas vacías del propio Ugarte, Vidas y otras dudas de Anjel Lertxumendi, Diario de Petter Moen, Los cuentos de Poe, Monstruos y prodigios de Abroise Pare, Diarios de Iñaki Uriarte, Nueve cuentos de Salinger, Decline and Fall de Edward Gibbon, En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, Los años de Downing Street- Memorias de Margaret Thatcher, libro de los pasajes de Walter Benjamin, Esclavo de la luz o Mermelada amarga de Enrique Mochales, La voz a ti debida de Pedro Salinas, Juego de tronos de George R. Martin, Ana Karenina de Leon Tolstoi, Estrella distante de Roberto Bolaño, De vita de Séneca, El Criterio de Jaime Balmes…  Los lugares también cartografían el texto y nos llevan a la geografía Ugartiana, esa que ha modelado su mirada y sus paseos, en vivo o de oídas: Bilbao, Londres, Francia, Alemania, Europa, Gran Bretaña, País Vasco, Vitoria, Palestina, Coimbra, Gïor (Hungría), Logroño, La Rioja, Perth (Australia), Barranquilla (Colombia), Chile, Barcelona, Zarauz, Paris, Guipuzcoa… Y pongo todos estos nombres juntos aquí porque pienso que facilitan una visión global y directa de la biblioteca-mente que posee Pedro Ugarte, del “globo terráqueo literario” que orientan y seducen sus pasos lectores.

            Monólogo y diálogo sazonan este ensayo que cabalga como caballo desbocado en lo ecléctico, dando saltos de la filosofía a la política, de la crítica o la literatura a la anécdota, yendo del dato o el aforismo a la lírica y a la prosa de una narración chispeante, rozando lo novelesco, indagando en el dietario y la autobiografía, convirtiendo lo fragmentario en un recurso mágico donde todo cabe, y ensalzando el párrafo como unidad de medida de toda la literatura. O sea, que tenemos al alcance de la mano la “mundoliteratología” de Pedro Ugarte, que de un párrafo a otro va de la persona al personaje, de la intra-biografía a la intrahistoria (como la narración de “el falso shaolín” de la página 130). Párrafos que parecen inconexos, quizá porque fueron escritos en momentos de inspiración y luego elaborados en la tranquilidad del escritorio-alambique, y que convierten al autor en su único pegamento. Y quizá sea por eso, que mientras leemos siempre estamos en vilo a la espera-sorpresa de lo que va a decir en el párrafo siguiente, puesto que cada párrafo adquiere rango cuanto menos de capítulo, si no de castillo.

            “Todo diario es un íntimo diálogo del autor consigo mismo” – nos dice en la página 42. Con una sinceridad casi absoluta nos dice cosas como: “Antes leías a los grandes autores de la literatura universal, para experimentar una sacudida en el alma. Ahora lees a tus contemporáneos para algo tan feo y tan triste como ver de qué van” –nos confiesa en la página 56, quizá porque los lectores también con el tiempo se vuelven algo elitistas cuanto menos. “Hay algo mucho peor que ser un escritor completamente olvidado: ser un escritor cuyo nombre se recuerda pero a quien ya nunca nadie lee” –manifiesta en la página 68.

Hay que reconocer que Pedro Ugarte se convierte en personaje de su ensayo para llevarnos por su pensamiento y quizá más aún, por su alma siempre inquieta. Para concluir, en “Lecturas pendientes” nos encontramos escritores, lecturas, anécdotas, vivencias, recuerdos y opiniones… que le sirven al propio Pedro Ugarte para conocerse a sí mismo y para trazar una aproximación al mundo que le ha tocado leer/vivir, para reflexionar sobre la existencia a través de la literatura y sobre la literatura misma, para avanzar en el argumento del libro y para dejar constancia de una etapa de su vida dedicada a “la suerte redentora de la palabra” –dice en la pág 43, o sea, para dejarnos en herencia su verdad literaria como si fuera un evangelio revelado. Y parafraseando al propio Ugarte, ojalá la vida nos trate como escribimos, aunque preferiblemente mejor si cabe, en mi caso, digo. Y como “Realmente los libros no existen al margen de la lectura: sin ella son solo objetos”, una vez leído éste, lo deposito en el estante de mi biblioteca, donde permanecen las lecturas no pendientes, pero donde aguardan, pacientes, las relecturas de los libros que me han dejado huella.


CITA-POSDATA (que suena como un aviso para navegantes): “La suerte de una obra literaria se resuelve tarde, más tarde, mucho más tarde, cuando no hay ni amigos ni enemigos, cuando solo queden los libros, aparcados en las baldas de la historia cuarteándose, haciendo tiempo, cogiendo polvo, a la espera de alguien. Ese alguien los mirará de otra manera. Frente a ese alguien de nada valdrá que tú, escritor, hayas sido una buena persona, un bribón o un miserable. Solo quedarán las palabras y su destino impreciso” –reza en la página 127.

Custodio Tejada

Opiniones de un lector

Mayo de 2019





LECTURAS PENDIENTES (Anotaciones sobre literatura) de Pedro Ugarte. Ediciones Nobel, número 49 de la Colección Jovellanos de Ensayo. 169 páginas en prosa sin ninguna división salvo los párrafos, a modo de cuaderno de bitácora. Dedicado a su “aita”. Y una cita para reflexionar y abrir boca: “Millones de nuevos libros se escriben y se publican cada año… y crecientemente limitado… el tiempo que se dedica a la lectura”-página 106.


Granada Costa. Nº 484. 31/05/2019