viernes, 6 de diciembre de 2019

LA PALABRA MUDA de Antonio Enrique

LA PALABRA MUDA de Antonio Enrique
Opiniones de un lector. Por Custodio Tejada


LA PALABRA MUDA de Antonio Enrique. Ediciones El Gallo de Oro. 57 páginas y 22 poemas-triunfos más 1. Una Nota a la edición aclaratoria y un poema-epílogo final. Dos citas guardan la entrada, como dos esfinges antes de llegar a la sala hipóstila, una de Félix Grande y la otra de Carlos Aurtenetxe, que vinculan e intertextualizan, abrochan y abrazan. Como colofón se nos manifiesta que “Se terminó de imprimir en Kadmosel 19 de enero de 2018, 65 aniversario del autor”. Algunas hojas de cortesía en negro actúan a modo de paréntesis o telón, quizá hasta de premonición, cuatro páginas al comienzo y cuatro para cerrar el libro, como un sudario que cubre una fosa común. Una especie de Tarot lírico cuyo significado primero, el Holocausto, es transcendido o acompañado por lo esotérico y lo cabalístico. No es “La palabra muda” de Jacques Ranciere, sino la de Antonio Enrique, la que nos ocupa. Un libro iconográfico, casi santuario. El propio autor recomienda que sea leído de un tirón, sin interrupciones, quizá porque así su lectura se convierte en una especie de viaje a Auschwitz, reparador y claustrofóbico al mismo tiempo. “La palabra muda” no es una vía muerta que acaba en el desastre, sino una vía salvífica que conduce a la liberación del amor y el recuerdo, hacia el homenaje.


LA PALABRA MUDA de Antonio Enrique. Ediciones El Gallo de Oro. 57 páginas y 22 poemas-triunfos más 1. Una Nota a la edición aclaratoria y un poema-epílogo final. Dos citas guardan la entrada, como dos esfinges antes de llegar a la sala hipóstila, una de Félix Grande y la otra de Carlos Aurtenetxe, que vinculan e intertextualizan, abrochan y abrazan. Como colofón se nos manifiesta que “Se terminó de imprimir en Kadmosel 19 de enero de 2018, 65 aniversario del autor”. Algunas hojas de cortesía en negro actúan a modo de paréntesis o telón, quizá hasta de premonición, cuatro páginas al comienzo y cuatro para cerrar el libro, como un sudario que cubre una fosa común. Una especie de Tarot lírico cuyo significado primero, el Holocausto, es transcendido o acompañado por lo esotérico y lo cabalístico. No es “La palabra muda” de Jacques Ranciere, sino la de Antonio Enrique, la que nos ocupa. Un libro iconográfico, casi santuario. El propio autor recomienda que sea leído de un tirón, sin interrupciones, quizá porque así su lectura se convierte en una especie de viaje a Auschwitz, reparador y claustrofóbico al mismo tiempo. “La palabra muda” no es una vía muerta que acaba en el desastre, sino una vía salvífica que conduce a la liberación del amor y el recuerdo, hacia el homenaje.

            Cuando uno da una opinión lectora y penetra en la hermenéutica de un texto lo más importante es el otro, en sus dos versiones, libro y autor, por este orden. El que opina debe permanecer dignamente en un segundo plano, cualquier otra cosa podría interpretarse como un rasgo de pedantería o usurpación de funciones, cuanto menos.

            Hay obsequios que no son tales si no salen del corazón, lo mismo que hay halagos llenos de ironía, y cuesta discernir unos de otros, por la buena fe que siempre habita en uno y le presupone al otro. La vida es compleja por lo mucho que tiene de incógnita, y en muchas ocasiones despejarla no depende de nosotros ni de nuestras circunstancias. Si las palabras son el agua del pensamiento un libro es un manantial de ideas, y cada cual está en su derecho de pensar libremente desde el acierto o el error. Lo bueno de la literatura es que ofrece citas para reforzar cualquier discurso, cualquier hipótesis de trabajo, por peregrina que ésta sea. Cuando uno opina y emite un juicio se pone a los pies de los caballos, ya que muestra todo lo que intuye y sabe, pero también todo lo que ignora y yerra. Es verdad que dependiendo de quiénes lo digan le damos un valor u otro, porque los nombres de quienes dicen también visten, ensalzan y acompañan el discurso. Dice José Ángel Valente que en poesía “tienes que entrar justamente en el mundo de lo que no entiendes”. Aquilino Duque manifiesta que “No siempre los críticos o los lectores aciertan con lo que el escritor quiso decir”. Y Robert Penn Warren apostilla que “En el fondo un poema no es algo que se ve, sino la luz que nos permite ver, y lo que vemos es la vida”.

            Mauricio Gil Cano opina que Antonio Enrique “Con La palabra muda viene a replicar en el doble sentido de responder y repetir –aquella cuestión propiciada por el filósofo Adorno de si es posible escribir poesía después de Auswichtz”, o, “El lenguaje directo, desgarrado, para nominar lo innombrable sacude el corazón del lector”. José Antonio Santano dice: “Casi transfigurado, mudado de su yo y convertido en otredad, el poeta socava en la naturaleza humana”. La palabra muda es un libro “estremecedor, verdaderamente de una conmoción inusitada, de principio a fin”, “capaz de conmover y perturbar”. José Sarria comenta en República de las Letras que “La palabra muda se erige como vía de conocimiento, comprensión de la existencia”, “El sufrimiento y el miedo, con toda su gama de matices (dolor, devastación, angustia, tristeza, desesperación) acampan en el texto”, “nos habla del horror, nos describe su abisal iniquidad, su desproporcionada infamia, pero también abre la puerta al adviento”. Añade Pedro López Ávila: “Antonio Enrique nos pone delante de nuestros ojos la crueldad, el horror y el espanto del exterminio nazi a través de un poemario”. Y completa Ada Soriano: “Considero que es un libro espiritual, y también arriesgado, no solo por la carga social y emocional que conlleva sino por la manera en la que está escrito”. También Alejandro López Andrada dice que la poesía de este poemario es “Poesía lacerante, bífida, afilada, que rebasa el amor levísimo del cielo”, o, Antonio Rodríguez Jiménez va más allá incluso y lo canoniza directamente: “Antonio Enrique es una especie de Jorge Luís Borges sabio, pero no de Argentina sino de la vieja y mítica Granada de Boabdil… que merece el Cervantes o el Nobel”. El propio Antonio Enrique afirma que La palabra muda es “El único libro que le hace justicia a los sefardíes españoles que fueron gaseados, torturados y asesinados por los nazis”.

Afirma Oswald Wirth que “Nadie está obligado a creer que los adivinos pueden decir la verdad, y proporcionar una prueba experimental no es el fin de la adivinación”. Dice Octavio Aceves refiriéndose al Tarot: “según sea el enfoque, así será lo que él nos brinde”, y aclara Arthur Edward Waite que “el verdadero Tarot es puro simbolismo”. El Tarot sedujo a Freud, a Yeats, a Henry Miller, a Lawrence Durrell, a Elliot. Incluso Alphonse Louis Constant (Eliphas Levi) estableció una relación entre el Tarot y la Cábala.

            La palabra muda, poemario escrito en veintiún días de peregrinación por el desierto (6-26 del 7 del 17), como por inspiración divina, a través de su profeta Antonio Enrique (que llora cuando lo lee igual que lloró al escribirlo), nos muestra un itinerario múltiple, una revisión poética del horror nazi y una aproximación cabalística a la divinidad a través del alfabeto hebreo. Más aún, si “Cábala” significa recibir, en este caso el poeta ha hecho las funciones de un Moisés lírico que recoge las Tablas, o sea, los veintidós poemas más uno que nos ocupan. El significado de cada título se completa con el lenguaje oculto de cada letra hebrea y un número. Alejado de cualquier tipo de adulación hay que reconocerle al autor el mérito de saber moverse como pocos por las tierras movedizas de lo críptico, de lo simbólico… estableciendo una para-realidad literaria que transciende la época concreta para convertirse en una cosmovisión iconográfica de las entrañas del pasado, pero también del futuro. Este es un poemario hermético, apocalíptico y visionario, una especie de oráculo. Distintos hilos tejen la poética de este libro: el alfabeto hebreo y la Cábala, la historia y el horror del genocidio nazi, el bien y el mal, el tarot, la religión, las matemáticas y los números… que como círculos concéntricos viajan “Adentro y más adentro” del autor. Cada poema es un camino, una vasija que contiene una fuerza espiritual que recibe y otorga, y es esa fuerza cósmica (por inspiración inductiva o deductiva) la que proyecta una mística que completa el significado del conjunto, que reinterpreta el valor de cada significante, en búsqueda constante de la verdad colectiva, pero también individual.

            Entre la variada imaginería que utiliza el libro para sus fines, aparece la Virgen de las Angustias que seguramente tantas veces habrá visto el autor en Guadix o en Granada, como la hermosa escultura (réplica-reconstrucción) de La Piedad de Miguel Ángel obra de Mariángeles Lázaro Guil, que hay en la Catedral de Guadix, convirtiendo su poética en un crisol alquímico con una rica iconografía religiosa, histórica, esotérica… Una poética que vuela a la vez en distintos cielos y en múltiples percepciones, en una simbiosis si no por parasitismo, al menos por comensalismo. “Una mujer y un hombre, una mujer/ que tiene a su hombre atravesado en el regazo,/ ¿qué es sino la viva imagen de la Puerta del Cielo?/ La Madre y el Hijo en éxtasis.” –escribe en la página 50.

            El poeta, siempre tan adicto a lo hermético y a lo heterodoxo, nos presenta un poemario multisignificativo, como un halcón que vuela por la historia en busca de otra verdad, de la sabiduría y el conocimiento, y trasciende la escritura y la poesía social para ir más allá de lo evidente, para penetrar en lo ancestral y profundo del saber más metafísico y mágico, para convertir los poemas de este libro en vehículos de aprendizaje o en metáforas que navegan en procesos inconscientes. Antonio Enrique, refugiado en la meditación y el recogimiento, se transmuta en un hierofante o sumo sacerdote lírico, por lo que tiene el poemario de ritual e iniciación en asuntos más ocultos y simbólicos, y además se erige como mediador entre lo manifiesto y lo más reservado, presentándonos un poemario que por su singularidad y belleza roza lo extravagante y lo complejo, debido a las variadas lecturas o tiradas de cartas-poemas que puede ofrecer al lector.

            Este libro de poesía social y metafísica, lleno de sentidos recónditos y resonancias vehiculares que rezuma múltiples paralelismos con la cábala, busca un crecimiento espiritual, la revelación, la iluminación, conocer la realidad más profunda del alma humana. La exégesis que sustenta el libro, de acuerdo con el “Zohar”, también puede interpretarse de cuatro maneras, desde la Peshat (interpretación directa del contenido), Remez (significado alegórico), Derash (comparación con otras palabras o textos) y Sod (significado secreto y esotérico). O sea, tiene cuatro lecturas: la literal, la simbólica, la comparativa y la oculta. Está presentado como un libro sagrado y en algún sentido talmúdico, por tanto, escrito por revelación, en apariencia, aquí es donde entra el personaje y su puesta en escena con la que tanto disfruta el juego sutil del erudito. Antonio Enrique actúa en este libro como un teósofo que interpreta, como un ser que escribe para erigirse en la voz de todas las conciencias y, por tanto, también en maestro de ceremonias y en nigromante mayor o en genio agazapado tras su lámpara.

            La ideología de un escritor es su propia obra completa, pero en este caso concreto, podría decirse que es la obra más ideologizada de su cosecha. La voz del poeta, que escribe en primera persona pero que pretende serlo de la humanidad entera, se hace testimonio del juicio final, asume el papel de testigo presencial para levantar un acta lírica de todos los “Condenado(s) a la pena capital/ de nunca haber vivido” –reza en la pag 43. Entrar en el libro es penetrar en el abismo más atroz del siglo XX. Sobre tu cabeza, como una guillotina, se desploma un letrero que dice “Arbeit Macht Frei”, que resuena como aquel mantra de “la letra con sangre entra”. Los poemas de este libro, como trenes, conducen al lector por la vía de los versos a modo de un deportado que ha sido marcado como una res dispuesta para el sacrificio.

            No es un libro más de poesía, no es un libro para leer con prisas y a la ligera. En “La palabra muda” la numerología es otra mística, un ingrediente más a tener en cuenta. Hace el número 22 de sus libros de poesía. Contiene 22 poemas-esferas, como las veintidós letras del alfabeto hebreo, los 22 arcanos del Tarot o los veintidós capítulos del apocalipsis. El 22 es el número de la lucha y la fuerza que guía por el bien común, es un número maestro que tiene la luz espiritual para transformar el mundo, que “expresa la evolución del hombre”, su pasado y su destino. Es un número ambicioso que “vuelve realidad los sueños imposibles”. Pero el libro también está bajo la protección del 23, que pertenece a los cabalísticos, es un número místico, relacionado con los cambios, el movimiento y la libertad. El título, “La palabra muda”, que hace de alguna manera referencia al Tetragrámaton, tiene 3 palabras, y también 13 letras. Maimónides sintetizó en 13 principios de fe lo esencial del judaísmo. El 3 es un número espiritualmente perfecto y está presente en todos los libros sagrados. El número 13 es un número sagrado que hace referencia a un renacimiento tras la muerte, a una transformación, a una nueva existencia (quizá sea esta la intención última que persigue el autor después de que se lea su obra ininterrumpidamente, como si fuera una peregrinación por el desierto). Pero también aparecen el 7, el 6, el 420.875… Y curiosamente hay quienes buscan coincidencias interesadas, y así unen dos fechas que bailan sus números, la expulsión de los sefardíes en 1492 y la solución final en 1942, “anacrónicamente y desenfocadamente se comparan… Querer ver aquí, como quieren muchos, un precedente del Holocausto es desenfocar, tergiversar y, confundir totalmente ambos problemas” –dice Pedro Insua, sin dejar de manifestar que en Europa (Francia, Alemania, Inglaterra…) ha habido también expulsiones de los judíos, y más crueles que en España y, sin embargo, nadie se acuerda de ellas ni se buscan equivalencias similares, quizá porque se siguen buscando relaciones negrolegendarias contra España, aunque sea de manera inconsciente.

El índice, intencionadamente desnudo, también se hace partícipe del juego-ritual hermético que tiene el libro (para ser leído con los ojos cerrados), muestra solo “La palabra muda”, sin más referencias a las que atenerse, quizá para conseguir el efecto del caminante que se hace camino al leer, quizá buscando un paralelismo con la incertidumbre de las vías que llevaban a Auswitzch, salvo por la “Nota a la edición” que le añade más suspense al trayecto iniciático. Sus 22 poemas actúan como si fueran un retablo barroco, a lo Valdés Leal, retablo que retuerce sus palabras-tallas, sus sonidos, sus significados, su dorada madera lírica para cumplir una función catequética. Son arcanos de un tarot literario que se comunican con el lector a través de un lenguaje oculto y esotérico, a través de la magia de la metonimia y la transmigración. El libro es un campo de concentración de versos y emociones, una tragedia que huele a holocausto, a carne quemada y a trenzas húmedas, a estética barroca (casi de calavera), pero que conduce a la luz, ya que deja un resquicio al optimismo y la esperanza, como no podía ser de otra manera en un libro tan místico. Entrar en él, en La palabra muda, es como penetrar en Austwichz reconstruido con palabras, palabras que se vuelven cámaras de gas o trenes que nos llevan al horror, pero también a la gloria. Su escritura pretende dar voz y homenajear a los más de un millón de judíos asesinados en ese campo de exterminio y por extensión a todo el Holocausto, como paradigma. Pero el libro no se queda ahí, y esa es precisamente la gran estratagema-juego que el autor hace para elevar el resultado lírico a un rango superior de percepción, de significación. El autor ha sido atrapado en un túnel espaciotemporal y a la vez en un estado de con(s)ciencia superior, según el juego trazado. El libro funciona como un tarot lírico, como una ruta cabalística que transita de lo semítico a lo semiótico en un centelleo donde se entremezclan literalidad y hermetismo. Onírico y casi surrealista a veces, podemos leer en él: “Cristo en una cruz torcida,/ la cruz doblada y rota/ de la esvástica”. O “Medio kilo de ceniza/ en media hora era/ todo lo preciso/ para achicharrar el alma”-versos que resuenan como un clamor contra el genocidio y la crueldad del hombre.

            En su texto se respira la influencia de nuestros clásicos como San Juan de la Cruz, Jorque Manrique… La música del libro suena a réquiem, a toque de campana que llama a funeral, a cuerpo cayendo en una zanja chocando uno contra otro, desnudos. “El réquiem del mundo/ es una fosa común” –revela en la página 24.

Las tres últimas palabras de los tres últimos poemas son: perdón, paz y cisne, respectivamente. Y funcionan como una tríada cuyo simbolismo busca la iluminación, la purificación y la metamorfosis del corazón humano, la salvación, en definitiva. “La palabra muda” busca la metafísica de la plenitud, un camino hacia la sabiduría y el poder de la luz, alcanzar la paz y hacer justicia, y de forma entrelazada en ese trayecto interactuar con la tradición y la historia. Libro pues alegórico, lleno de simbolismos, profético, claustrofóbico y tenebroso por el horror que encierra, casi epitafio o panegírico de una época no tan lejana, “de un tiempo otro” donde se produce una simbiosis por ósmosis entre autor-lenguaje-Auswitzch-Humanidad-Cábala-Tarot-religión-etcétera, ética y conciencia, entre los distintos pliegues del texto... Libro que oprime como un campo de exterminio y rezuma resignación por la impotencia que contiene, como la hora misma de la expiración, pero que salva por la puerta abierta que deja al amor como única fuerza divina capaz de transformar el mundo y cambiar el destino. Eso es precisamente lo que ha conseguido el autor con este libro, vivir un proceso de individuación que profundiza en los temas y saberes universales. No es un poemario más, es iconográficamente cartomántico, un libro esotérico colmado de sabiduría oculta, un libro iniciático que funciona como una mancia, una gran alegoría del “árbol de la vida”. 22 poemas arcanos listos para ser barajados como una gran cabellera de arquetipos, ahí radica el otro gran juego creador, en hacer del poemario un camino espiritual que, como la Cábala, explique la vida, o una especie de tarot lírico abierto al conocimiento y crecimiento personal, además.


Opiniones de un lector

Custodio Tejada

Octubre de 2019




Nº 489 GRANADA COSTA. 21/10/2019. Pags. 38 y 39


LA PALABRA MUDA de Antonio Enrique. Ediciones El Gallo de Oro. 57 páginas y 22 poemas-triunfos más 1. Una Nota a la edición aclaratoria y un poema-epílogo final. Dos citas guardan la entrada, como dos esfinges antes de llegar a la sala hipóstila, una de Félix Grande y la otra de Carlos Aurtenetxe, que vinculan e intertextualizan, abrochan y abrazan. Como colofón se nos manifiesta que “Se terminó de imprimir en Kadmosel 19 de enero de 2018, 65 aniversario del autor”. Algunas hojas de cortesía en negro actúan a modo de paréntesis o telón, quizá hasta de premonición, cuatro páginas al comienzo y cuatro para cerrar el libro, como un sudario que cubre una fosa común. Una especie de Tarot lírico cuyo significado primero, el Holocausto, es transcendido o acompañado por lo esotérico y lo cabalístico. No es “La palabra muda” de Jacques Ranciere, sino la de Antonio Enrique, la que nos ocupa. Un libro iconográfico, casi santuario. El propio autor recomienda que sea leído de un tirón, sin interrupciones, quizá porque así su lectura se convierte en una especie de viaje a Auschwitz, reparador y claustrofóbico al mismo tiempo. “La palabra muda” no es una vía muerta que acaba en el desastre, sino una vía salvífica que conduce a la liberación del amor y el recuerdo, hacia el homenaje.