EL MAGISTERIO DE LOS ÁRBOLES de Javier Gilabert. Por Custodio Tejada.
EL MAGISTERIO DE LOS ÁRBOLES de Javier Gilabert. Editorial
Renacimiento, Espuela de Plata. 2026. De 17x24 centímetros. Premio XXXI
Certamen de Letras Hispánicas Rafael de Cózar.
75 páginas y 43 poemas, repartidos en dos partes: El primer árbol con 14
poemas y El magisterio de los árboles con 29 poemas. Aquí el mejor amigo del poeta no es un perro,
sino un árbol, con su enseñanza y magisterio, como metáforas que aglutinan su
poética. El libro está dedicado a sus amigos,
su brújula en los momentos difíciles. Una cita de Herman Hesse abre el
libro. «Los libros son santuarios. Quien sabe
hablar con ellos, quien sabe escucharlos, aprenden la verdad. (...)» La primera
parte nos recibe con una cita de Roberto Juarroz: «La vida dibuja un árbol y la
muerte dibuja otro.» El poemario tiene algo de bosque y panegírico, de alabanza
y oración, de homenaje-funeral que loa a un padre que se hace árbol y símbolo
de vida y consuelo, como sus amigos, que son otro refugio dentro de su jardín
espiritual y lingüístico. Un libro que pretende “asimilar el vacío”. Este libro
es el tiesto en el que el poeta se ha hecho poesía bonsái, se ha dado forma y
se ha esculpido en cada verso hasta transformarse, como Dafne, salvando las
distancias con el mito, en otro árbol de palabras y hojas escritas. Porque el
poemario es una metamorfosis emocional del poeta y de su mundo interior que se
trasplanta al lenguaje compost, y con él, también lo hacemos sus lectores. Como
si sucediese un milagro, un lugar donde busca el arraigo de los recuerdos y los
amigos para no desarraigarse de la vida y su sentido. En él se mezclan, como
dos corrientes marinas, meditación y contemplación, la espiritualidad o
transcendencia oriental japonesa con la espiritualidad o transcendencia
occidental, de herencia más católica. Por lo que tiene algo de oración o rezo,
de búsqueda de lo importante, de tintineo divino y humano, de tintineo
contemplativo y experimental.
¿Es
la palabra un narcótico, un analgésico, un alucinógeno, la morfina más eficaz
contra la muerte? ¿Es la poesía una terapia, el mejor tratamiento contra el
vacío? Para el escritor Julian Barnes “Ningún libro proporciona consuelo ante
la muerte”, pero yo pienso que si no da consuelo, sí la sublima, al menos.
Escribir es una forma de escucharse a sí mismo y al mundo, y también al
prójimo. Escribir un libro es guardar una reserva emocional o un aprendizaje
por si fuera necesario regresar a él algún día, como una huella dactilar o un
reconocimiento del iris. Leer un libro es dialogar con otro, otra forma de
habitar la consciencia, de compartir una época y un espacio-tiempo. Hay un
proverbio chino que afirma que una sola conversación con un hombre sabio vale
más que un mes de estudio de libros. En este caso, tenemos un libro sabio que
nos ayuda a hablar con un poeta lúcido. Los libros también tienen buenas
conversaciones. Aseguraba Sigmund Freud que “No hay necesidad más intensa para
un niño que la protección de un padre.” Y eso es lo que busca el autor:
seguridad y cobijo. Y en el libro la muerte busca un poeta que la cante y un
juglar que la comprenda. La vida encuentra un amigo en la poesía y un resquicio
de luz que se replica en los versos, un guía espiritual por la senda de la
palabra y sus cuidados.
Dice
Evaristo Martínez en La voz de Almería que El magisterio de los árboles es «Una
obra que nace “en la intemperie del duelo” por la pérdida de su padre, pero
que, conforme va deshojando páginas, busca “la luz a través de la redención del
cuidado”. El lector, dice, no encontrará en estos versos un “mero lamento” ni
un “desahogo individual”, sino “la voluntad de crear un espacio compartido de
consuelo”, afirma el autor.» Y Manuel García Pérez, en Mundiario: “Escribir
como rezar en El magisterio de los árboles”, afirma que la lectura de este poemario “sigue
esa senda de ampararse en los resquicios de la luz aun siendo incapaz de
arrastrar la complejidad de un lenguaje que escapa a nuestro propio lenguaje,
al de uso, porque el mundo en sí, en su epifanía de totalidad inescrutable, lo
que permanece.” Y continúa: “El bosque funda el celo creativo de un poemario
que Javier Gilabert construye desde el convencimiento profundo de que los
árboles son testigos de todo cuanto transcurre y nos atraviesa… una serie de
poemas intimistas con un claro sesgo confesional y autobiográfico.” Y para
Jesús Cárdenas en el poemario “se percibe una convicción firme acerca de la
poesía como espacio de acompañamiento y consuelo, casi como una forma
compartida íntima entre quienes comparten el dolor, la pérdida.” También que
“su voz poética transmite madurez expresiva.” Y continúa Cárdenas afirmando que
la mirada del poemario “parece atravesada, por una experiencia dolorosa: el
duelo, la pérdida del padre, la conciencia de vulnerabilidad y la finitud del
ser.” Para Fernando Jaén “La poesía cuando es honesta, no necesita disfrazarse
de nada. (…) Le basta con mirar bien las cosas, nombrarlas con precisión…”. Y
afirma que “… Gilabert prefiere decir la verdad que reside en los vivos, que el
tiempo nos roba también la imagen de quienes amamos, y que eso duele de una
manera para la que no tenemos nombre.”, “Ahí está la clave del libro: la
transmisión inconsciente, el rastro que se deja sin proponerse, la sombra que
se da sin saber que se da. El padre que fue un árbol sin conocer que lo era.” Y
añade que en este libro “… los poemas nacen en conversación con otros poetas”.
Y para concluir sentencia que “La poesía española necesita voces así: formales
sin ser academicistas, cercanas sin ser condescendientes, capaces de hablar de
la muerte con las misma naturalidad con que se habla de un olivo rescatado de
la basura. Javier Gilabert lleva años construyendo esa voz en silencio, sin
aspavientos, a golpe de cariño y de tijera. Este libro es el resultado más
logrado de ese trabajo.” Y el propio
autor nos dice que “Ojalá quien se asome a estas páginas encuentre cobijo ante
el dolor de la ausencia, o simplemente, un conjunto de poemas que favorezcan la
pausa y la reflexión en tiempos de inmediatez y prisa.” Y también que una cosa
es escribir y otra publicar, y que para publicar “la dignidad de la obra es el
requisito sine qua non.” Él lo ha
conseguido, porque El magisterio de los árboles es una buena lectura.
Una cita
de Herman Hesse abre el libro: «Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar
con ellos, quien sabe escucharlos, aprende la verdad. No predican doctrinas y
rectas, predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.» En El
primer árbol, la primera parte del poemario con catorce poemas, y en el primer
poema, te reciben tres versos a porta gayola lectora que enmarcan la
emocionalidad del poemario: “Un padre es como un árbol. A sus ramas/ trepamos
por primera vez e hicimos/ un nido en el que aún nos cobijamos.” Y después otra
cita, esta de Roberto Juarroz: “La vida dibuja un árbol/ y la muerte dibuja
otro.” La vida y la muerte, el padre y su ausencia, el duelo y el luto, la
memoria y el vacío tejen los versos. Cada poema de este libro es un árbol
semántico que da su sombra y su cobijo, que hunde sus raíces en el alma del
autor y del lector que acompaña el camino sentí-mental del poeta. Los árboles
como hilo conductor de la poética del libro, y como árbol centenario en la
consciencia del autor: su padre, el magisterio de su ejemplo y de su vida, del
que camina agarrado de su mano en cada verso. La memoria como refugio
convertida en homenaje. El poema De nuevo en esta sala es un poema funeral, que
nos sitúa en un poema tanatorio y así, también en una poética de Eros y
Thanatos que guía la lectura. “Hoy todas estas cosas/ duelen como tu ausencia./
…/ Hoy todo aquí te nombra y te contiene.” –escribe el poeta en la página 21. El
magisterio de los árboles tiene algo de vestidor de la memoria y los afectos:
“Al poco tiempo de morir mi padre,/ mi madre me pidió/ que me probara alguna de
sus prendas./” –expone el poeta en la página 20, en el poema El resto de su
vida, dedicado a su madre, otro pilar de sus emociones. En otro sitio remarca:
“Las cajas se amontonan, los armarios/ repletos de tu ropa todavía,/”. En el
emocionario lector nos acompañan el dolor, la tristeza, la nostalgia, el amor,
la ausencia, el recuerdo, la soledad y la compañía, y la esperanza. Un poemario
con versos tan potentes y demoledores como: “Y sin embargo, padre,/ no hay día
que no vengas a mi lado/ y me susurres hijo, no me olvides.” El magisterio de
la fe como refugio también lo podemos encontrar en el poema Pater, filii et
spiritu, en minúscula. Un poema en el que superpone fe y memoria, religión y
experiencia vital donde “…, la esperanza/ de hallarte en el asombro, como el
árbol,/ que no muestra raíz, pero la tiene.” Versos que resuenan como el
“tintineo de un rosario” de emociones.
Hay versos
que pueden funcionar en solitario como aforismos: “Podría parecernos que es más
fácil,/ mirar siempre al amparo de la duda,/ por si la verdad fuese/ al mismo
tiempo el faro y el naufragio/”. (p. 27) Y figuras literarias como esta
sinestesia que puede ser otro aforismo: “Saber mirar es parte de la escucha”. Y
la prosopopeya de los árboles. “El árbol que ahora somos/ no es más que la
ceniza que seremos.” –resuena como un responso en la página 67.
La segunda
parte titulada como el poemario, El magisterio de los árboles, también abre con
un poema de tres versos titulado Magisterio, donde apunta a la brújula del
asombro, que es una constante en el autor, y que para él es un camino
emocional, un motor de conocimiento, pero también un mecanismo de defensa y
cobijo en el que echar raíces y hojas, flores y frutos, meditación y
contemplación. Si en la primera parte el eje es el padre y su memoria, en la
segunda son los bonsáis y su simbología, hasta el punto de que bonsáis y poeta
se cuidan mutuamente, se esculpen “a golpe de silencio y de tijera”. Si la
primera parte es una mirada al padre, la segunda es una mirada al hijo que fue
y los hijos que tiene.
La muerte
y los amigos (como un eje de salvación) representan la sed de transcendencia y
conexión. Y la escritura como vía creadora de la existencia plena. Y esos dos
hilos tejen la trama lírica del poemario que nos nutre, el dolor y la compañía,
el miedo y el consuelo, el abismo/drama y el alivio, el paso del tiempo y la
nada. La transcendencia hecha un bonsái de palabras sanadoras. Y esas dos
partes, la muerte del padre y el apoyo de los amigos generan una intersección
vital en la que se procesa el duelo como una poética, y en ese trayecto el
poeta sublima su dolor y su pena, pero también acude a la amistad como remedio,
dando sentido a la existencia en la proyección hacia el futuro que reflejan los
hijos del poeta y la eternidad del poema.
Las
dedicatorias del libro trazan el itinerario de su corazón, de las deudas de su
alma y su afecto: a su hijo, a su hija, a su madre, a su padre, a sus amigos,
con Xavier Rodríguez Ruera, con Marcos Díez, con Julen Carreño, con Francisco
J. Márquez, con Antonio Ríos, con Tomás Hernández Molina, “con mis
contertulianos del Tonel”, con Álvaro García, con Sergio M. Moreno, con Daniel
Cotta, con Jorge Pérez Cebrián. Las citas también señalan otro itinerario
lector a tener en cuenta para ahondar en el poemario, otro camino para
acercarnos a los poemas, a la experiencia en compañía lírica y vital del autor.
Y así encontramos citas de Herman Hesse, Roberto Juarroz, Tomás Hernández
Molina, Victoria León, Marcos Díez, Antonio Machado, Basilio Sánchez, Juan
Ramón Jiménez y José Ángel Valente.
Hay
poemas muy hermosos. A una gota de lluvia es uno de ellos. Otros titulados con
nombres de árboles como Olivo, donde aflora la resiliencia; Higuera, donde se
vislumbra la afición del poeta a la interacción con los bonsáis. Y es que el
poeta también ha aplicado esa técnica de cultivar árboles y plantas a los
poemas de este libro, donde se aprecia de igual modo el trasplante, la poda, el
alambrado… modelando así su memoria y sus emociones, pero también las nuestras.
Los lectores nos convertimos en otros bonsáis al leer a Javier Gilabert y El magisterio
de los árboles, porque con sus palabras nos acota nuestro tamaño lector para
llevarnos a la miniatura lírica de su poesía y de su asombro. A otro poema lo
llama Picea, a otro Granado, Enebro, Castaño, Jazmín, Ginseng, Ficus, Naranjo y
Ailanto. Otros títulos están en japonés, y son haikus. Ochibá (hoja caída),
Ichi (el comienzo) Ni (dirección o destino), San (señor), Shi (muerte, juego).
En El magisterio de los árboles, de Javier Gilabert, confluyen la
espiritualidad y transcendencia oriental, de los bonsáis y los haikus y su
mirada (con títulos en japonés), con la espiritualidad y transcendencia
occidental, de herencia católica, como se puede comprobar en el poema Pater,
filii et spiritu, en minúscula. Todo aderezado con esa puerta mágica que son los
recuerdos, la memoria y la nostalgia. Y jugando con esos dos asombros, con esos
dos hilos, va tejiendo este libro bonsái.
Un
poemario que tiene una finalidad laudatoria, pero también sanadora. Donde la
muerte del padre y el amor de los amigos, en un mano a mano, configuran la
trama real del libro. Y los árboles, como metáfora de las relaciones
interpersonales y del cuidado interior. El hilo mágico que ayuda a entender la
poética de El magisterio de los árboles convertidos en guías espirituales. Parafraseando
los dos últimos versos del poemario, como lector aprecio que la lectura que
somos nos es más que la palabra olvidada que seremos. La lectura también nos
trasplanta y deslumbra con su sombra y su asombro, igual que este poemario que
nos cobija con sus árboles de palabras verdaderas. Porque leer este poemario es
sentir una “ochiba” de versos caer sobre tu alma y sobre tus ojos como una
hojarasca de palabras que acompañan el sentimiento. Y es que el poeta necesita sentirse querido y
protegido por su padre y su madre, por sus hijos, por sus amigos y por la
poesía. Un libro, El magisterio de los árboles, que es una forma de
autoprotección y testamento. Démosle, entonces, sus lectores, un abracico
lector a Javier Gilabert y disfrutemos del efecto reparador de su poesía bonsái,
conversando con ella.
Opiniones de un lector.
Mayo de 2026.
Custodio Tejada.
Bibliografía.
-Cárdenas, J. (13 de mayo de 2026).
Entrevista a Javier Gilabert por “El magisterio de los árboles.” Culturamás.
https://www.culturamas.es/2026/05/13/entrevista-a-javier-gilabert-por-el-magisterio-de-los-arboles/
-García Pérez, M. (13 de mayo de
2026). Escribir como rezar en El magisterio de los árboles, de Javier Gilabert.
Mundiario.
-Gilabert, J. (2026). El magisterio de
los árboles. Editorial Renacimiento.
-Jaén, F. (7 de mayo de 2026). Lo
que aprendí de tus árboles. Los Diablos Azules. Infolibre.
https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/aprendi-arboles_1_2188171.html
-Martínez, E. (15 de mayo de 2026). El
poeta granadino que se reencuentra con sus raíces: “Decir Almería es,
sencillmante, decir casa”. La voz de Almeria.

