domingo, 19 de noviembre de 2017

EL MAR Y LOS SIGLOS de Josefina Martos Peregrín. Esdrújula Ediciones

EL MAR Y LOS SIGLOS de Josefina Martos Peregrín. Esdrújula Ediciones. 252 páginas, 38 relatos, un prólogo y un “Complemento Colofónico”.


EL MAR Y LOS SIGLOS de Josefina Martos Peregrín. Esdrújula Ediciones. 252 páginas, 38 relatos, un prólogo y un “Complemento Colofónico”.




No sé yo si conseguiré llevar esta opinión de lector al otro lado del espejo, “puesto que aquí, en este lado de la vida donde predominan los hablantes descuidados e imprecisos, miles de palabras bellísimas se mueren de aburrimiento y de abandono” –nos dice la autora en la página 244,  y es que ella es una enamorada del lenguaje, al que mima y cuida con devoción. Así que haré caso a su último consejo, el de la página 247 y comenzaré “el dulce expulgo”, examinando con cuidado y por partes.

Una nueva obra nos convoca esta vez, EL MAR Y LOS SIGLOS, de Josefina Martos Peregrín, autora con un bagaje literario muy respetable a sus espaldas. Josefina es poeta, escritora, pintora, fotógrafa… artista en el más amplio sentido de la palabra. Lo que nos ayuda a verla como es, una mujer formada con una sensibilidad especial y con un saber erudito. Madrileña de nacimiento, accitana durante algún tiempo y por tanto de corazón y granadina de residencia en la actualidad. Ha escrito varios libros de relatos, una novela, un poemario y ha sido incluida en numerosas antologías de poesía o relato.

Decía Friedrich Hegel: “El escritor no solo ignora quién es, sino que no es nada. Solo existe a partir de la obra, pero, entonces, ¿cómo puede la obra existir?” Por tanto hay que tener cuidado con el ego… para no morir de arrogancia o de éxito. Pero éste no es el caso, porque Josefina, con un talento literario preclaro y brillante, es agua humilde que juega. Con cada nueva publicación nos demuestra que agranda su sombra-faro ya que es una escritora de reflejos, sin estridencias, y esa es la mejor carta de presentación que un escritor puede tener, su obra, la excelente obra de Josefina.

El cuento y los cuentistas, actualmente en España viven un “boom”, un momento dulce, si no tanto por las ventas sí por las preferencias de muchos lectores y siguen en aumento, y Josefina está dentro de ese almíbar irresistible de los buenos cuentistas.

En el libro que nos atañe, El mar y los siglos, ya el título, a priori, nos inocula el germen del espacio y el tiempo, la aventura y la sorpresa del infinito y la eternidad de los relojes transmutados en renglones de arena que se vacían lentamente en el lector. La simbología del mar y su significado polisémico nos lleva a la vida, al subconsciente y a los miedos, a lo desconocido, a los peligros, al sacrificio y su abismo, a la contemplación, a la inspiración y a los sueños. “El mar que se traga la vida” nos apunta Josefina en la página 239, en sus notas o “Complemento Colofónico”. “El sujeto principal de este libro es el yo y el tiempo, manifestados de múltiples formas” –añade en la página 242. Nos dice también “de esta decepción ante el comportamiento humano, surge mi deseo de reencarnarme en árbol, aunque para tal menester prefiero el roble al laurel”, con lo que nos deja claro que la autora prefiere la fortaleza y la resistencia de su yo al éxito lisonjero de los halagos y de las prebendas.

Recurriendo a la mitología y a la antigüedad que tanto le atrae, Josefina/Dafne no se transforma en árbol, como le gusta tanto el juego y la transmutación, lo hace en libro, en un logrado y victorioso libro de cuentos, y aunque ella no es tanto de laurel como de robles duros y resistentes, Josefina pretende convertirse en una gran fortaleza espiritual y literaria, y así de paso en un testimonio replicante.

El libro no tiene desperdicio alguno, y para colmo viene avalado con un prólogo de Ángel Olgoso que dice cosas como: “La belleza de un libro como El mar  y los siglos reside en su condición de animado tapiz boscoso, rebosante de portentos”… “de escritura sacrificial que merodea sobre sí misma, transfigurando la lengua”. “Alterna con soltura estilizados pero potentes microrrelatos y cuentos extensos pero majestuosos”, “El lector sediento de sensación de maravilla y exigencia estilística reconocerá en este libro su Grial”, “creación rigurosa, llevado de la mano de un lenguaje increíblemente sabroso, plástico, vívido”.

Todo libro encierra unas claves, que no siempre son imprescindibles para su lectura. Por muchas claves que tenga un libro, cada lector debe buscarle las suyas propias, que son al fin y al cabo las que satisfacen a cada uno. Esa es la gran virtud de la literatura, que a cada uno le da su ración de magia.

Literariamente hablando podríamos decir de Josefina que Grecia (y el mundo antiguo en general) es su madre, porque “la ama por encima de todas las cosas”, en ningún otro lugar la autora se siente tan a gusto, quizá porque le da la cobertura y la inspiración necesarias. Su canto resulta “diferente, nuevo y original, pero dentro de los límites naturales (del relato)” y deja “una huella imborrable en (los) oyentes” –nos apunta en la página 32, porque Josefina interpreta “bien su papel de virtuosa, aunque nunca se adaptó del todo a esa represión constante del impulso, de la pasión, de la desmesura dramática que (habita) en su garganta”. Josefina, una Dafne feliz que se estira en sus renglones, con este libro asume el rol de Ulises, sus relatos son el mar proceloso por el que navega, y nuestra mente es la Ítaca a la que espera volver para quedarse y para “jugar a inventar respuestas” –página 38, que siempre nos conducirán al Monte viejo de la literatura.

Ya sea con apariencia de animal fantástico o con apariencia de lugar exótico nuestra autora nos cautiva con su lenguaje exquisito, y aunque todo lo tiene calculado, como debe ser, deja siempre abierto un resquicio al lector. Y es que la vida, en sus manos de escritora/sirena la hace: “Metamorfosis del dolor en melodía, de los sollozos en trinos… en un adagio lento, una salmodia infinita y enervante… creando un amanecer de resonancias” –dice en la página 46.

En sus relatos, unos más largos y otros más breves, construidos con maña y con arte, nos tropezamos con olores y sabores, sonidos y caricias, al fin y al cabo, con sentidos varios que esparcen su percepción en las palabras, convertidas en puertas o ventanas que abren o cierran a otras dimensiones de la realidad, del tiempo y del espacio, que se expande como un bandoneón de círculos concéntricos conectando pasado con presente, imaginación con realidad, pensamiento y corazón. Y es que Josefina, ilusionista, dominadora de la eterna metamorfosis del relato, telépata y homeópta de las palabras infinitas “no (conoce) mejor oración que un poema. Y no puede (hacernos) regalo más íntimo que este (libro de) cuentos” al que “no le falta jalea de reina y nata de luna” –como nos dice en las páginas 57 y 64.

Josefina construye sólidamente sus relatos. Un libro, por tanto, lleno de exquisiteces que te harán sentir emociones encontradas, ya sea desde el espíritu goloso de esa letanía de pasteles inventados en la tienda de ultraterrenos… ya sea desde la sátira repartida por doquier, algunos con dejes de ensayo y mucho humor, unos más divertidos y otros más bizarros y reflexivos o metaliterarios, donde se ríe del oficio y de los oficiantes, o con pinceladas autobiográficas sabiamente disimuladas... Y a quien no le gusten estos cuentos está condenado “al Averno cotidiano de una existencia prosaica”  -dice en la página 95, porque este libro rezuma buen gusto, gran oficio y poesía; ya que nuestra autora “Eligió el español como vehículo idóneo para transportar los más cálidos e íntimos efluvios de (su) alma” –nos dice en la página 96. Sucesos reales e imaginarios se entrelazan como si una rueca mágica tejiese una pieza única bordada con hilos de oro y también de cáñamo. Así es Josefina, una hilandera de las palabras y de las triquiñuelas literarias como técnicas del despiste y distracción para que funcione el truco; puesto que a veces resulta difícil “asimilar que en tanta brutalidad (haya) tanta belleza.” –página 144. Josefina, escribe y sobreescribe, y nos lleva adonde quiere como una cuerda india, desde una sonrisa a una corrida de toros, y a través de ellos (de la geografía de sus cuentos) confirmamos la dosis viajera que atesora nuestra autora, que le gusta “tornarse puerta de luz” o “mano-e-santa” narrativa; porque sus cuentos, nada clásicos, como si fueran vasijas llenas de formol conservan la información de una autopsia realizada por una escritora que convierte las palabras en vestigios de una civilización nueva y actual llena de reminiscencias y visiones, todo aderezado con un estilismo singular.

El “cerebro (de Josefina está) saturado de literatura, de historias, (su) mente erudita, (su) alma intoxicada de leyendas” “paladea las palabras” y las reinventa –páginas 191 y 245. Casi siempre en 1ª persona nos asalta y nos atraca como lectores desprevenidos, con relatos sugerentes que sobrecogen, inquietan y sorprenden (como el de Baba-Yaga entre otros). Con sus renglones lo mismo viajamos de Guadix o Las Alpujarras a Japón, que de Grecia a Turquía, que de Socram a Juan Carlos Friebe o a Lord Byron, o de Egipto a las fiestas de los toros o a la malafollá trágica y genial del relato patafísico de La libertad definitiva (página 212)… un sinvivir viajero, que en su fondo, siempre permanece en el mismo sitio, o sea, en los ojos escudriñadores de Josefina; que son los vértices geodésicos donde lo lejano y lo cercano se funden en una misma argamasa, en una misma cuestión de amor propio.

            Leer este libro de relatos, en cierta medida es como dejarse llevar por el vaivén de un oleaje y su tic-tac, y así es como he ido escribiendo esta presentación, como un oleaje de ideas que van y vienen, que llevan y traen, que susurran y callan. Y cuando llegué al final de la lectura, o sea, del libro descubrí “que cuando (se) acaba el viaje (uno) se encuentra en el mismo sitio y, sin embargo, (ha) viajado muy lejos” agarrado del puño y letra de Josefina que, si no nos hace “sentir curados al despertar” nos dejará al menos “conformes con (nuestro) sino”. No os dejará indiferentes porque sus cuentos son “llamas que lloran letras, palabras enteras que crepitan en la noche”
           
Custodio Tejada
12-11-2017

Opiniones de lector





EL MAR Y LOS SIGLOS de Josefina Martos Peregrín. Esdrújula Ediciones. 252 páginas, 38 relatos, un prólogo y un “Complemento Colofónico”.


domingo, 22 de octubre de 2017

OTRAS CANCIONES de José Mateos. Editorial Pre-textos

OTRAS CANCIONES de José Mateos. Editorial Pre-textos. 80 páginas.


OTRAS CANCIONES de José Mateos. Editorial Pre-textos. 80 páginas.

Ya desde el título “Otras canciones” te predispones si no al festejo, cuanto menos a la celebración, unas veces más alegre y otras menos. José Mateos, su autor, nos avisa en “antes unas palabras”, a modo de prólogo en la página 9, con lo siguiente: “Un poema es siempre inevitable porque uno siente que lo que necesita decir no puede ser dicho de otra manera”, hay escritos que invitan a “ser atendidos y leídos de otro modo” o que… “amar significa estar dispuesto a sufrir”. Y aunque  nos dice también en su prólogo que “todas las palabras son equívocas y están manchadas”, cuando lees a José Mateos, éstas, las palabras, brillan con un peculiar destello, el suyo propio; ya que abren “agujeritos por donde entra un hilo de claridad”, porque también a él “algunas veces/ la oscuridad me ilumina”–nos dice en la página 44.

A tientas he ido ahondando en su lectura hasta aprehender el espacio y la desnudez verdadera, hasta “leerme en tu libro” –página 31. La poesía de José Mateos (fugaz en apariencia) es un destello de luz con persistencia de sol y a veces de luna que “alcanza el fondo de la vida” en un “descenso hacia lo alto”. En “Otras canciones” el autor alcanza la esencialidad del poema, sin artificios innecesarios ni florituras, se adentra en la espesura de la poesía con el sigilo del cazador que sabe que va a conseguir una buena pieza.

El poemario está dividido en cinco partes: Tanta verdad, Lecturas, Apuntes del natural, Paseo por el museo del Prado, Aquí y más allá; con un prólogo al principio “Antes, unas palabras” y un poema Final que cierra. Palabras y conceptos estos que nos pueden guiar por la geografía física y humana que impregnan las páginas de este libro. Ya que mientras lo leemos nos acompañan durante el paseo distintos personajes, plantas, lugares… Ulises, Emily Dickinson, Friedrich Nietzsche, Sófocles, Simone Weil, Chéjov, Vladimir Holan, Pier Paolo Pasolini, Murillo, Zurbarán, Fra Angélico, Tiziano, Rubens, Velázquez, Goya, Edipo… y también nos llevará por un mapa de plantas y lugares: la flor del granado…, Trafalgar, la Odisea, la Biblia, el fuego, el museo del Prado, las ruinas de Bolonia, Kenia, los campos de Parga… Un largo recorrido para, al final, llegar a uno mismo, que resulta ser la gran Odisea del poeta.

José Mateos desentraña con delicadeza su verdad literaria, verso a verso y poema a poema, buscando el desvestimiento lírico que diría Juan Ramón Jiménez, así va el autor de Otras canciones, tras la poesía pura y desnuda. Son poemas “Faltos de condimentos, casi insustanciales”, “unos poemas tan sencillos, tan desnudos, que parecieran invisibles”, pero que nos muestran las obsesiones y las verdades del autor. Poemas espirituales, casi místicos, que penetran en lo cotidiano para transcender la apariencia y el alma del poeta, casi rozando el esplendor del haiku a veces. Y en esa búsqueda de la verdad que traza el poeta, la suya, entra en sí mismo y va a tientas en pos de su instinto lírico para atrapar el alma de las cosas y a través de ellas la suya propia, porque “no hay nada que saber” y sí mucho que sentir (páginas 17 y 18). Usando lo mínimo consigue expresar lo máximo, porque su gran secreto radica en que “al callar… hace cantar al silencio” como un buen jilguero o una luciérnaga. El poema Synousía (página 64) retumba como una especie de poética entre órfica e iniciática, quizá a modo de un cuaderno de bitácora que dialoga, sutilmente encriptado, consigo mismo. Nuestro poeta nos señala dónde se encuentra la poesía para él “aquellos trastos eran el poema:/ un tesoro surgido/ de las sobras del mundo” –página 67, una “canción que (le) contiene” –página 71, eso es la poesía para él.

Como diría el propio autor “El libro sobre la mesa./ Le abro las alas, /y vuela.” Digo si vuela, de su alma a la tuya, su poesía sigue creando el mundo a través de tus ojos y su lectura. Y es que al leer estas canciones, tus ojos de lector quedarán como árboles en llamas, en manos de un pirómano de las grandes palabras y sus secretos como es José Mateos.

Opiniones de lector
Custodio Tejada
20 de Octubre de 2017



lunes, 2 de octubre de 2017

ANDAR SIN RUIDO de Carlos Frontera. Editorial Páginas de Espuma.

ANDAR SIN RUIDO de Carlos Frontera.
ANDAR SIN RUIDO de Carlos Frontera. Editorial Páginas de Espuma. 160 páginas. Relato.

ANDAR SIN RUIDO de Carlos Frontera. Editorial Páginas de Espuma. 160 páginas. Relato.

En este libro las “palabras no resultan impostadas ni torpes”. Andar sin ruido es un conjunto de relatos nada clásicos que, apilados como “las cajas de sus novias, unos juntos a otros”, ocupan el lugar mágico de la buena lectura. Y es que Carlos Frontera es “un experto en seísmos” como lo demuestra este libro de cuentos o sus greguerías de Facebook. Se ponga como se ponga, en serio o en broma, Carlos, como un Rocky Balboa de la performance, siempre consigue arrancarte una sonrisa; pero a la par también te inocula una sobredosis de reflexión con carga de profundidad incluida, donde significantes y significados se diluyen los unos en los otros formando un entramado de nuevos pensamientos.

Carlos Frontera se nos brinda como un rastreador que busca las huellas de las vivencias y de las palabras, el destello de las cosas y de los acontecimientos más insignificantes para transcenderlos con su mirada traviesa y juguetona. Busca a través de la insinuación (y de la enumeración) transcender el lenguaje del cuento, el significado de los detalles y la vida útil-sutil de las palabras. La cotidianidad se enaltece con su prosa y su manera de contar, adquiere rango (bando) de hazaña o de hito, en definitiva, transciende lo ordinario para dotarlo de una magnificencia extraña. Carlos es ingenio y pura intuición, tiene un sexto sentido para reflejar lo que su mirada ve.

Es un libro que “no se deja acariciar, pero si (te acercas) sin hacer ruido, no huye ni se aparta” –página 34, antes al contrario, busca tu curiosidad y la encuentra, entonces ya estás perdido, te ha hecho suyo y no te soltará hasta el final. “La mejor opción (para leerlo es) ir a tientas” con todos los sentidos, porque los embriagará todos hasta rozar lo escatológico, porque para leer este libro “Quizá el truco sea ese: tolerar una cierta dosis de repugnancia…” Y aunque nos cuenta en la página 44 que… “las palabras a veces se quedan sin pilas y no llegan a tiempo”, este no es el caso; Andar sin ruido puede presumir de narrador porque las palabras funcionan con precisión y los cuentos se terminan de completar en la mente del lector. “Las madres se lo pasan en grande llenando las estanterías con fotos de sus hijos… es su manera de hacer poesía” –se  nos dice en la página 21. De parecida manera el autor proyecta sus relatos en nuestra mente como fotografías, y aunque “no les pidas un haiku, un soneto o un verso libre” están llenos de poesía, de suspense y de un humor exquisito y estrambótico. Como dice Eloy Tizón: “Nuestra mesa de trabajo, como escritores, es la mente del lector”, y bien que la usa Carlos Frontera, esa mesa, para armar sus historias.

Una paleta de relatos exquisita te esperan en este libro. Desde el sobrecogedor relato de “Todas las familias felices” al desquiciante y sarcástico relato de “Una ligera sensación de puaj” o el tétrico cuento de “Andar sin ruido”. El jocoso, gracioso y divertido “Ha muerto Michael Jackson, el irónico “Acto de amor”, el relato del cenicero “Transparente y no” lleno de desasosiego, angustioso y surrealista; algo apasionado como “Romper el encantamiento” y descorazonadores como “Si todos los chinos saltaran a la vez” y cruel y emotivo como “Obrar bien”. A modo de tratado seudo-erótico y de-mente, caricaturesco hasta rozar el esperpento y cómic-o como “Conquistar más cotas”, o más kafkianos como los dos últimos.
En cierta medida sus cuentos son como “una foto sin apenas cicatrices en la que descubres a alguien que te recuerda a ti, que se te da un aire, alguien con menos arrugas en la mirada y más futuro entre los dedos” –dice en la página 21. Los relatos no se cierran, los deja abiertos para que los acaben, a su antojo, los lectores. Son relatos con rampas a tres aguas si no más, te invitan a especular e imaginar nuevas posibilidades y otros finales y significados y aunque nos dice en la página 30 que “Escribir es de cobardes. Escribir está sobrevalorado, siempre lo ha estado”, él escribe como un valiente, escribe jugándose el tipo en cada lance y el resultado es una buena cosecha. “En ciento veinte minutos cualquiera podía enamorarse… dan hasta para morirse” –página 33, pues imaginad lo que dan estas 160 páginas, enganchan y no deseas que terminen nunca ya que cuando terminan tu ropa huele a él y a sus cenizas. Autor y lector se funden.

            Andar sin ruido es un libro lleno de emociones, de sonidos, de olores, de sabores, de colores… lleno de compases y timbres, de frecuencias de radio, de muelles que chirrían por todas partes, de parqué que cruje… Una onda expansiva de renglones y párrafos que saltan a la vez alterando “el eje de rotación” de tu cabeza de lector. Paradójicamente resulta ensordecedor.

            El autor de Andar sin ruido va camino de ser un macho-autor alfa (voluptuoso) de una gran manada de seguidores-lectores, en mi opinión, el tiempo dirá. ¿Quizá porque…”su tembleque adquiere la forma de juegos de palabras, de desplazamientos semánticos, pamplinas como cortinas de humor con las que pretende enmascara su estado, ocultar su inseguridad”? –página 12. No lo sé, pero después de haber leído estos cuentos, en sentido figurado y literario, “prometo serte fiel hasta que lamerte no se pare”.

Opiniones de lector.
Custodio Tejada.
27 Septiembre de 2017
http://custodiotejada.blogspot.com.es/





domingo, 24 de septiembre de 2017

LA FUERZA VIVA de Alejandro Simón Partal. Editorial Pre-textos.

LA FUERZA VIVA de Alejandro Simón Partal. Editorial Pre-textos.


LA FUERZA VIVA de Alejandro Simón Partal. Editorial Pre-textos. Premio de poesía Arcipreste de Hita 2016. 54 páginas.

LA FUERZA VIVA de Alejandro Simón Partal. Editorial Pre-textos. Premio de poesía Arcipreste de Hita 2016. 54 páginas.
El futuro de la poesía, pienso yo, y máxime sabiendo que la hojarasca de las bibliotecas y de los premios no para de crecer y multiplicarse, que no será tanto de los autores o de los libros como de los versos y los poemas. Dichoso el autor que tenga un poema magnífico que lo salve y lo redima del olvido, si tiene más de uno llegará a los libros de texto y a los paraninfos. Y si consigue reunir, de entre toda su obra, una antología de poemas únicos y excepcionales será un genio digno de inscribirse en el Parnaso con letras capitales y mayúsculas. Qué fácil y tiñoso resulta criticar los premios cuando no se tienen y qué prepotente resulta defenderlos cuando se poseen. Aunque los premios no son la panacea de la creación literaria sí son acicates para conquistar el mercado, hacerse nombre y seguir adelante, pero no siempre  cautivan al lector. En este caso comparto el júbilo con el autor porque La fuerza viva de Alejando Simón Partal te atrapa con su poesía fresca y directa, sin tapujos, y con su propósito de mar trovador que convierte un conjunto de experiencias en un oleaje poético y existencial.
                La Fuerza viva es un librito (breve y bueno) de poesía que, como frasco de perfume, rezuma amor y coraje, y donde el autor muere en cada verso por… “que murió de amor (al escribirlo), como mueren los/ que vinieron a vivir de otra forma.” –nos dice en la página 17. Lo escribió, según nos advierte, en Boulogne sur Mer, en Francia, mientras ejercía de lector, quizá por eso el mar penetra por sus páginas. La figura del padre del poeta, como una sombra alargada y fuerza vivísima, envuelve todo el poemario. Alejandro Simón, en este libro, se muestra trasparente, se desnuda, se entrega, se da en comunión para ser devorado como si fuera el perfumista Jean-Baptiste Grenouille en las últimas páginas de la novela El perfume, de Patrick Suskind.
                Unas citas nos alumbran el parto y ambientan el camino. Lo abre una de Wislawa Szymborska: “Nadie en mi familia murió de amor”, otra de Ricardo Molina: “¿De qué me sirve que hayas creado hermoso el mundo?”, otra de El Cordobés: “Yo tuve un padre de humo”, y la que lo cierra, de Vicente Aleixandre: “Yo sé que todo esto tiene un nombre: existirse.”
                ¿Cómo se prepara uno/ para lo que no se puede aceptar?, pregunta en la página 17, pues superando los miedos y sublimándose que es lo que hace nuestro poeta. La fuerza viva te atrapa conforme te adentras en ella, con una poesía llena de experiencia que respira cierto aire pop. Repartidas como semillas mágicas que esperan su fertilidad, nos encontramos en su poesía, cuidadosamente sembradas, las palabras “mantra” de una época que te seducen mientras las lees y crean una atmósfera de interconexiones: Shawarma, Coca cola, Apple, piercing, Refugees Welcome, glory holes, techno trance…, porque Alejandro busca “su lugar en el tiempo”, se nos dice en la página 38. Y conforme vas leyendo atisbas una escenografía intertextual del momento que vive el poeta y sus ojos: (la película Las Leandras de Eugenio Martín y protagonizada por Rocío Dúrcal, Lola Flores y su hijo, Alice Oswald, General San Martín, Louis Garrel, The Police…)
                Alejandro Simón Partal, en su cotidianidad y en la aparente sencillez de su poesía se sabe eterno y tranquilo “como esos tomates gloriosos… con un poco de aceite”, o esa sandía enterrada y fría, sabiendo “cristalizar lo que importa” como la sal. Partir de lo finito y lo concreto para alcanzar lo infinito y lo impreciso. Busca el amor, aunque pareciera que huye de él, y se encuentra con la vida y la muerte, y el poeta se queda con lo fundamental y lo suficiente: un puñado de recuerdos y emociones que le acompañan como equipaje en ese “dejarse llevar” por la trama a través de los poemas y de la vida en busca de la serenidad del futuro que “progresa sin dejar de ser rutina”. En la página 35 el poeta nos dice que los poemas son “Toboganes… (que) pasan con facilidad del ocio a la quemadura” en esa búsqueda coherente de su voz amante, y así lo demuestra la retahíla de intertextualidades que recorren el poemario a modo de señales autobiográficas.
Su poemario, La fuerza viva, es, al fin y al cabo, una casa con techo y suelo, un “puñado de tabiques/ que cumplen su misión de estructura” donde ubicar su secreto a voces y a fuerza viva, porque vivir es a veces no poder demostrarlo, y eso es lo que precisamente intenta nuestro poeta.

Opiniones de lector.
Custodio Tejada
20 de Septiembre de 2017



viernes, 21 de julio de 2017

LOS FANTASMAS DE YEATS de Antonio Rivero Taravillo

LOS FANTASMAS DE YEATS de Antonio Rivero Taravillo



LOS FANTASMAS DE YEATS  de Antonio Rivero Taravillo

Editorial Espuela de Plata. Narrativa. 280 páginas.
    
        Como “ese médium que es… siempre todo lector”, que se dice en la página 210, voy a tentar la suerte como los toreros, intentaré dar mi opinión y aproximarme a Los Fantasmas de Yeats y a Antonio Rivero Taravillo, su autor; pero que conste que, por si las moscas, mi casa la he llenado de gatos de Angora y he leído esta obra como si fuera un “tablero en una ceremonia ouija”. Y que conste que no quiero “atemperar (mi) morenez con el brillo de (la) zalamería” –como se dice en la página 85 del libro.

Que Antonio Rivero Taravillo bebe los vientos por la literatura ya lo sabemos, pero esta novela lo confirma más aún si cabe. No sabemos si nuestro autor, la primera vez que pensó en Los Fantasmas de Yeats, exclamó admirado como la señorita Willerton en el relato La Cosecha de Flannery  O´Connor: “¡los irlandeses! ¡los irlandeses!”, quizá porque “su acento… era muy musical, y su historia… ¡espléndida!.” Y “como el oído es tan lector como el ojo”, advertimos que el oficio de poeta y traductor de Antonio Rivero Taravillo se transparenta en la partitura de esta novela.   La mirada de Antonio Rivero Taravillo, que escribe la novela como un zahorí, encuentra paralelismos que te llenan de asombro y dan rango de credibilidad al argumento y su hipótesis de trabajo, como clave de todo. Su escritura no es nada automática, al contrario, cuidada y bien trabajada. Un tour de force literario del que sale airoso.

Se pregunta en la página 247: “¿Qué estarán escribiendo los autores de hoy? ¿Qué tipo de poesía  harán?”. Pues no podemos olvidar que el año 1927 es un annus mirábilis de la poesía española, y también dentro de un contexto europeo, hay que decirlo. Como diría Ibon Zubiarur sobre William Butler Yeats, uno de los mayores poetas en lengua inglesa del pasado siglo: “bastantes de las vías que ensayó pueden leerse en paralelo con las que iba a proponer muy pocas décadas después la poesía española”. Y eso es lo que hace Antonio Rivero Taravillo, aprovechar los paralelos de Yeats con la poesía española para armar su novela.
  

          Los Fantasmas de Yeats, cual enciclopedia de nombres y datos y libros, suena como una elegía. “¿Es la ventriloquía de la tragedia?” –pregunta en la página 258, de una visita apenas aprovechada a la que pone voz nuestro autor y de una generación de escritores que viven un momento dulce sin avistar lo que se les avecinaba. Los Fantasmas de Yeats se pasean por esa Sevilla llena de reminiscencias irlandesas, casi convertida en callejero de Irlanda, incluso; novela que en cierta medida hace una biografía sui generis, homenaje a Góngora y a la Generación del 27, a la tauromaquia, a Yeats e Irlanda y el ocultismo. La novela nos “cambia de tercio y (nos) enreda en lances esotéricos” página 163. Hilos todos ellos que se entretejen, capítulo tras capítulo, hasta hacerse tapiz de simetrías, paralelismos y pensamientos, de pasado y de futuro, de realidad y ficción… que tan bien nos ha traducido nuestro excelente médium literario: Antonio Rivero Taravillo, y donde “la intersección de un mundo con otro, no tanto paralelos como sobrepuestos” –dice en la página 146, nos seduce y nos conduce por las páginas transmigradas, hipnotizadoras y visionarias. Todo el libro es una seance (sesión de espiritismo literario), una visión que recrea un momento único de la literatura que pasó de puntilla. Y es que el autor, como MacBride, va en busca de su misión: escribir una buena historia, o al menos intentarlo, porque no tiene plan de huída, y lo consigue “desgañitándose (con) el himno feniano: De nuevo una nación (novela)”, una buena novela que Antonio nos cuenta “como en trance, más recitándola que narrándola”, como dice en la página 121, que es como Yeats le cuenta la historia de Cuchulain a George.

           Se nos dice en la contraportada que “es una novela singular que trata del viaje real pero prácticamente descocido de William Butler Yeats y su esposa a Sevilla en 1927, tres semanas antes del famoso homenaje a Góngora de la Generación del 27”. Y de ahí parte (el autor) para (re)crear su fantasmagoría; “Como en una epopeya irlandesa, como en un romance de Villalón o una corrida de Sánchez Mejías” –dice en la página 257. Un revuelo de casualidades nos hace pensar que lo sucedido ocurrió tal y como lo hemos leído y no de otra manera. La exposición de los hechos y anécdotas (reales o inventadas) nos llevan a verlo como un erudito “de alto abolengo” y un excelente cicerone, que nos guía por su saber y por el mar de coincidencias que ha tramado para armar el argumento y su trasmundo, y presumir así del “don de la clarividencia” que tiene Antonio Rivero para partiendo de una casualidad histórica  desentrañar toda una época.
  
          Como diría Roberto Juarroz “la ausencia de la palabra” es mucho más que silencio, sin palabras no hay recuerdos ni historia, es lo que no existe: el olvido. Y a esa ausencia es a lo que pone remedio Antonio Rivero Taravillo escribiendo esta novela, ya que rellena con palabras la oquedad de un viaje y un momento de la historia que viste con excelentes renglones “porque las palabras recogen vestiduras/ abandonadas/ y regresan después empujando al pensamiento” y “porque existe un hueco que hay que llenar”, y él lo llena con credibilidad y buen oficio.

Con descripciones bastantes poéticas, a veces con diálogos y lecciones magistrales de narrador omnisciente o con poemas prestados y cartas, y sin hacer ninguna “escabechina de gato” nos arranca alguna sonrisa que otra. La poesía no falta, la ajena y la propia, ni el sentido del humor: “Ríos de oporto parecían desembocar en el océano a la altura del barco y directamente en la copa de ella, con mar de fondo ya trayéndola hacia su resaca” página 24. 59 capítulos que no se hacen nada largos ni pesados consiguen que la lectura avance con digestión cómoda, aunque densa. Musicalidad y juegos con el lenguaje que quizá sean guiños de homenaje a Luis de Góngora y de paso también a James Joyce: “…una pareja negriparda de mirlos, que se elevó pardinegra por el aire entre sonoras protestas” –dice en la página 54. “Como el gorgorito del gongorino Alonso” página 164, “El Guadalquivir va crecido como un toro y arrastra desde la Córdoba de Góngora fango y agua pródiga que se desborda en las riberas” página 162. Ingeniosos juegos de palabras que buscan relaciones mágicas y esotéricas de significantes y significados, a lo James Joyce: Gong-Gonne, Güines-Guinness, Sevilla-sybil-Sibila, “una botella que dormía su noche oscura del  as(l)ma” página 57, “¡Maldito Parnell!” página 147, Senado-seance, Pound-punt, Giralda-Big-Ben-giros-gyres-Giraldus, azar-azahar-bazar, regicidio-king size… He recorrido el camino de Yeats agarrado de la ouija de la intertextualidad y sus menciones, que han sido otros médiums puestos al servicio de la historia y que interactúan con la mente del lector. Así, esta letanía/retahíla de nombres (como algo paranormal o una sesión de espiritismo literario) golpean en las sienes mientras lees: Homero, Joyce, Ulises, Lenin, Shakespeare, Blake, Paracelso, Irving, San Juan de la Cruz, Pessoa, Isis, Rabindranath Tagore, Blavatsky, Generación del 27, San Agustín, R.L. Stevenson, Drácula, Cábala, Pierre Louÿs…, que como un retablo nos alecciona y nos introduce en la época y el pensamiento; ya que en esa barahúnda surge en “voz alta el hilo poderoso de (su) la telepatía” página 24. Sí, es una novela llena de datos, de nombres, de libros, de ritos y leyendas, de coincidencias y simetrías, de lugares, de versos. Y es que el libro es “una misma calle o plaza en las que se cruzan () trayectorias pero donde casi nunca, o jamás, se produce el encuentro” –se dice en la página 234. En la novela se está haciendo continuamente metaliteratura, como parte esencial de la misma.
  
          Los Fantasmas de Yeats deja el final en suspense, un final cuyo desenlace sabemos, y cuya tragedia nos suena a poema de Lorca. La proyección que deja abierta hacia el futuro es, paradójicamente, una constatación histórica del pasado certero, quizá la más verídica del libro. El capítulo 47 te pone los pelos de punta con su augurio tan bien narrado y que anuncia el final. Y cuando terminas la lectura crees que Antonio Rivero Taravillo te ha visitado astralmente, o sea, literariamente hablando, y te lo imaginas bajo el amparo de “las noches sevillanas, pletóricas de farra y versos”, como dice en la página 177. Y como “quienes tienen que tropezarse, lo hacen” –se dice en la página 234, así espero el momento de nuestro traspié para estrechar sinceramente nuestras manos.

Custodio Tejada
16 de julio de 2017
Opiniones de lector.



jueves, 29 de junio de 2017

LA ESPAÑA VACÍA de Sergio del Molino

LA ESPAÑA VACÍA de Sergio del Molino



LA ESPAÑA VACÍA DE SERGIO DEL MOLINO: UNA CELEBRACIÓN LITERARIA.

LA ESPAÑA VACÍA. VIAJE POR UN PAÍS QUE NUNCA FUE. De Sergio del Molino

Editorial Turner Noema. 294 páginas, en tres partes y con una coda de explicaciones no pedidas.

            Como dice Sergio del Molino en el artículo “El juicio final. Reducción del campo de batalla” aparecido en el nº 49 de la revista Eñe, primavera de 2017: “Si me resisto a la metáfora de la literatura como campo de batalla donde unos escritores luchan contra otros no es tanto por mis sentimientos ecuménicos ni por mi mala memoria…, sino porque no quiero verme envuelto en una pelea de perros por un trozo de carne” o de buitres que diría el poeta Jesús Montiel. Sergio continúa diciendo en el mismo artículo: “Prefiero parecer un ingenuo o un imbécil antes que asumir la metáfora de la batalla. Si quisiera pelearme, no me habría metido a escritor”. Y añade: “Envidio a los Welles de mi mundo y procuro guardar las distancias con los caniches ladradores y territoriales, siempre dispuestos a orinar en la esquina en la que te apoyas para expulsarte de ella”. Palabras que suscribo y hago mías.

            Como “un apóstol o un misionero, solo en su predicación” abres el libro y afrontas la lectura de La España vacía, y en cierta medida te sientes como el autor, “Legendre, Unamuno, Azorín, Machado y tantos otros, al situarse en medio del paisaje, se sienten solos. Dolorosamente solos” y aunque no “salvas tu alma” sí comprendes la soledad de tu geografía y quizá de tu lectura. Este ensayo es un vivo estímulo “que favorece la expansión de la fantasía, el ennoblecimiento de las emociones, la dilatación del horizonte intelectual, la dignidad de nuestros gustos y el amor a las cosas morales que brota siempre del contacto purificador…”(página 140) que diría Giner de los Ríos si lo hubiera leído, un buen paisaje para perderse en su lectura y a la vez para encontrarse en la memoria colectiva de un país que siempre está por descubrir porque siempre anda con complejos no superados (negándose a sí mismo) y con demasiadas puñaladas traperas. Y camino va, Sergio del Molino, de ser uno de los pocos sabios que en el mundo (España) han sido, y así lo demuestra la acogida que está teniendo este libro. Y si “la mayúscula es la forma ortotipográfica que tiene el castellano de sacralizar las palabras” –se dice en la página 140, permitidme que os recomiende encarecidamente la lectura de LA ESPAÑA VACÍA. VIAJE POR UN PAÍS QUE NUNCA FUE.

            Si Andrenio afirmó que “el ensayo está en la frontera de dos reinos: el de la didáctica y el de la poesía, y hace excursiones del uno al otro”, Sergio del Molino ha poetizado su saber, como diría Eugenio D’Ors. “La España vacía no parece tanto un país extranjero como una dimensión desconocida” –dice el autor en la página 157. La España vacía es un viaje o un libro extraordinario y entretenido, un verdadero deleite para los lectores de ensayo. Y permitidme que divague porque el libro lo exige, por lo que dice y por cómo lo dice. A veces con lógica inductiva y otras con lógica deductiva nos desmenuza y expone su teoría con coherencia y sabia pedagogía. Adentrarse en un ensayo es buscar un camino nuevo de conocimiento, acceder “a la verdad entendida como una forma de mirar que aspire a ver lo que se encuentra ante los ojos y no lo que se espera encontrar” –se dice en la página 129. Buscar la verdad que todo ensayo persigue exige lanzarse al río como hizo el labriego en la página 130 para impregnarse del paisaje: “Me lanzo también al río… floto con las orejas dentro del agua. Mis oídos oyen el río y mis ojos ven los pinos de la orilla, el puente y un cielo con nubes algodonosas, No se puede estar mejor. No hay baño más fresco que este”, y eso es lo que hace Sergio para reinterpretar la realidad, y al hacerlo la ha hecho más creíble, más veraz, ha contribuido con su luz personal a iluminar mejor nuestra historia. Todo junto al río Ladrillar. Y como un buen “desladrillador” abre puertas y ventanas en muros que parecían inexpugnables para que se ventilen las estancias de la España vacía (que se intuye rota y expoliada) y de la España llena (que se intuye prepotente, déspota y avasalladora), aunque es la supervivencia y la transmutación de nuestras plagas a lo largo de la historia lo que también nos sorprende y define, especialmente si las comparamos con lo sucedido en nuestro entorno europeo. Entre “las dos digestiones hay dos países extranjeros que, aunque ocupan el mismo lugar en el mapa, no se parecen en nada” nos dice en la página 131.

            En la página 167 nos cuenta una anécdota histórica acerca de una pregunta que le hizo Heine a Gautier: “¿Cómo se las va usted a componer para hablar de España una vez que la conozca?”. Y a esta pregunta le responde Sergio del Molino de forma aguda y certera, casi dos siglos después, al escribir La España vacía, un ensayo que se hace paisaje y literatura, “es una construcción, una mirada” (página 200). La magia de este ensayo radica en que el autor convierte a los lectores en viajeros del tiempo y del espacio.

            Nos dice en la página 72: “La España vacía está en los mitos domésticos y está en la literatura. Por eso no es un territorio ni un país, sino un estado mental”  o “España… no era tanto un país como una idea” –en la página 168, y un sentimiento añado yo, he ahí su debilidad y su fortaleza al mismo tiempo. Un país construido a fuerza de mitos, tópicos y leyendas, unas románticas y otras negras, ya sean made in Spain o importadas. La España vacía, de la que nos habla Sergio del Molino, forma parte del paisaje interior de todos los españoles, rurales o urbanos, ya que procedemos de los mismos páramos y esa impronta ha quedado grabada en nuestro ADN de emigrantes y colonos. Un país siempre visto e interpretado a través de ojos ajenos y extranjeros, como la influencia que tuvo el libro Voyage en Espagne de Théophile Gautier. Y tal vez por eso, necesitamos de los extraños  para conocernos mejor, ya que le hemos dado ese privilegio y esa credibilidad que a veces nos negamos a nosotros mismos, porque nos gusta vernos con “mirada cruel y desdeñosa” hasta inventándonos la traducción que más conviene a nuestro discurso si es preciso. Y como “el mito es un logos, una palabra en la que se hace presente la verdad” que diría José Carlos Bermejo y Fátima Díez; Sergio del molino nos acerca a ella, a la verdad de la España vacía y de la llena, que como nuevo mito podemos deconstruirlo y reconstruirlo, siempre sujeto a nuevas reinterpretaciones, hasta dar con el quid de nuestra esencia, sentido que necesita ser desvelado.

            Puede que Sergio del Molino, lo mismo que Azorín, también esté “afectado por un estado alterado de conciencia” (página 188) y haya escrito este ensayo porque ha sido elegido por el espíritu peninsular para anunciar una verdad revelada, a modo de profeta y visionario. “El punto de partida es el Gran Trauma, el éxodo de mediados del siglo XX cuyas consecuencias directas aún están vivas. Termino este ensayo con otro ensayo (de la misma manera que la España vacía es un país dentro de un país) en el que dibujo España como una casa llena de fantasmas. Fantasmas reales que no admiten exorcismos.” –nos dice en la página 53. También nos dice que su “trabajo es literario, y la mirada que lanzo a la España vacía es la propia de un escritor que la ha pisado, la ha conocido, la ha vivido, la ha amado y la ha leído. Propongo un viaje a través del tiempo y del espacio de un país insólito que está dentro de otro país”, como un viaje a otra dimensión. “El campo se vació de pronto, mientras Madrid, Barcelona y Bilbao duplicaron y triplicaron su tamaño” (página 61). Y lo que te queda claro es que se vació una España para llenar otra, y ahora igual da Madrid que Barcelona… porque ambas junto a otras ciudades hurtaron al resto su porvenir, ya que se ha construido un país en contra de los pueblos y su futuro. Difícil tarea pues vertebrar hoy día un territorio y un país tan centrifugo y descastado como el nuestro. Unas veces desde “hipótesis fantasiosas y heterodoxas muy variadas” y otras desde “fuentes documentales” el autor se enfanga en un análisis atrevido que no te deja indiferente. Nos dice el autor en la página 135: “No es nuevo que los pueblos miren con desprecio, miedo y odio a unas ciudades que, cuanto más crecen, más desprecio, miedo y odio inspiran”, pero paradójicamente en nuestro momento actual parece que es al revés, son las ciudades las que se sienten expoliadas para mantener a los territorios sumisos y yermos de esa España vacía, que ya esquilmaron y ningunearon en el pasado, y que hoy miran con cierta nostalgia y cierta envidia; porque en algún sentido se han invertido los papeles de la historia, y la dolida España ahora es la urbana (o llena) en contra de la rural (o vacía), a la que consideran parasitaria de sus logros y de sus beneficios y a la que miran como mera expansión de sus intereses, pienso yo.

            Quien elige el vacío también elige el silencio, y no es aconsejable coger la parte por el todo, a este ensayo hay que devorarlo de cabo a rabo para sacarle todo su jugo. Este ensayo, como un árbol, retrata una época, que lo mismo hinca sus raíces hacia el pasado, que ensancha sus ramajes en el presente como proyecta el sombraje de sus hojas verdes hacia el futuro. Y ojalá no sea usado para perpetuar ninguna leyenda negra ni ninguna alegoría de éxito social, sino para aprender a conocernos mejor, y avanzar así en la justicia y en la modernización de todo el territorio español sin distinciones ni fronteras pero respetando nuestra variedad y pluralidad. Y ojalá superemos tantos dramas y traumas al ser esta España nuestra un eterno “territorio de emigrantes y silencios” (página 77). No sólo nos encontramos con un análisis socio-político… sino también con un estudio literario-cultural de la época que abarca La España vacía y del enfoque con que aborda el ensayo: “El abismo que separa la España llena de la España vacía es demasiado grande” o “Son demasiados siglos de mirar al campo con una misma crueldad”-nos dice en la página 81.

            Sergio juega a ser un narrador omnisciente y lleno de dinamismo expositivo que convierte el renglón en camino, y todo lo dispone como un demiurgo que busca recrear una memoria y un pasado reciente, incluso todavía presente en muchos planteamientos, ya que él “encuentra señales esotéricas y se contagia de la mística” rural para exponernos pedagógicamente su punto de vista y rescatarnos así de nuestra ignorancia, página 133. “Algo pasó a finales de la década de 1980 en aquella España tecnopop y finalmente europeizada. El ingreso en la Comunidad Económica Europea en 1986… se vivió como la ruptura definitiva con el problema de España. Ya no habría más Unamunos ni Ortegas ni Marañones. Ya no más Machados melancólicos” –nos dice el autor en la página 75. Y habría que añadir que ahí no queda la cosa, porque ahora ha venido Sergio del Molino a dar una vuelta de rosca más si cabe, y ha rascado en la herida nuevamente para demostrar que todo ha sido un espejismo más, de tantos que hemos tenido. Porque “No hay desapego más grande y definitivo que el que siente el hijo de la estepa por su cuna o la de sus padres” o “… los españoles tienen el deseo de huir” –dice en la página 190, quizá porque no se contó con ellos para estar y cambiar el porvenir. Desde nuestra perspectiva actual el ensayo La España vacía es algo exótico y original, en el que Sergio del Molino, que se sueña un Charlie Parker en pijama, se convierte en un predicador depositario de una verdad y nos habla con la rotundidad de un evangelio, el suyo, con el que quiere hacernos partícipes de su viaje/experiencia a través de su “mano sarmentosa” y sabia y de sus pies viajeros. Sergio busca conocer mejor su país, España, y estimula la reflexión del lector con su discurso expositivo y argumentativo para establecer con él un diálogo, dejando libre el pensamiento para que fluya en muchas direcciones y el lector pueda tomar cartas en el asunto.

            Cuando lees La España vacía te das cuenta de que puedes intervenir en tu propia salvación y no eres un sujeto pasivo ni un mero espectador o un oyente solo, sino que te sientes parte activa del relato que se completa en ti; ya que todo ensayo lo que hace es convertir al lector en un laboratorio de su hipótesis, y en este caso por el número de lectores que el ensayo va teniendo y las expectativas que ofrece podría afirmarse que el experimento está dando resultado y su evangelización va ganando fieles edición tras edición. En el ensayo persiste una cierta idea de redención al poner en valor sus puntos de vista que apuestan por hacerse verdad revelada y salvífica. La España vacía inventa un paisaje argumental confiando en que los lectores le darán el acabado que necesita para convertirse así en una interpretación más o menos fidedigna de la realidad estudiada, que se eleva como una simbólica silueta del Moncayo: “confluencia mágica en la que los tres grandes reinos cristianos se (funden) en una ceremonia pagana que los (ata) a las raíces ibéricas” –nos dice en la página 156, como este ensayo que pudiera parecernos “exótico, atávico, sobrenatural” y patriota, pero que es mucho más.

            A una parte de España (o a toda) nos impregna una “moral de derrota”, un “sustrato antiurbano de ideología tradicionalista o carlista”, y que nos hace seres paradójicos, ya que como les pasa a Valle-Inclán o a Ciro Bayo se reclaman como “parte de un movimiento que tenía como uno de sus objetivos principales destruirlos” –nos dice Sergio del Molino en la página 209. Y es que la autodestrucción nos seduce a los españoles, por lo que de provocación y rebelión tiene, tarea a la que estamos dedicados en cuerpo y alma desde siempre (quizá por herencia de los visigodos). Quizá porque pensamos que una vez destruidos nos reconstruiremos de otra manera, mucho mejor y más perfecta… Los españoles no tenemos mayor enemigo que nosotros mismos, nos encanta posicionarnos con fanatismo los unos contra los otros y buscar la diferencia más que la semejanza, la descalificación más que el halago, la división o la dualidad antes que la unión, el privilegio más que la igualdad y la solidaridad… Y paradójicamente, por lo que sorprende este ensayo, es que mirando al pasado parece que viéramos el presente y adivináramos el futuro de una gran nación llamada España que está condenada per saecula saeculorum a no entenderse consigo misma. Quizá porque vivimos con el corazón partío, como diría el cantante, obligados siempre a dejar de ser lo que somos y lo que fuimos (parte de esa España vacía) para ser lo que otros quieren que seamos, una nueva generación de folio en blanco de esa España llena con la que a veces no nos identificamos pero en la que no queremos desentonar para no seguir siendo más víctimas. Y para colmo disfrutamos negándonos quizá porque escondemos otros intereses más espurios, y es que una parte de nosotros busca la pureza inmaculada de nuevos proyectos nacionales para alejarse de los errores históricos y de las derrotas que España ha sufrido, como vía para superar frustraciones tradicionalistas, de cargas y complejos de culpabilidad que nuestra historia nos ha dejado en nuestro ser más profundo, y que aunque nos vayamos en busca de nuevos “Dorados” siempre viajarán con nosotros. Todavía en la genética de muchos de los que viven en la ciudad circula el Gran Trauma de la España vacía, y de otros traumas que por asociación nos vienen a la mente, esa derrota y pérdida que supuso la emigración, más entendida como exilio de una identidad y una intimidad robada para siempre. Esto en cuanto a los que se fueron, porque los que se quedaron y padecieron tanto o más que los otros, buscan ser contados desde la dignidad, el esfuerzo y la honradez de la resistencia, ya que todos quieren huir de lo vergonzante. Nos habita un complejo de culpa. La España vacía y la España llena también han provocado unos ciudadanos rotos, desde la conciencia o desde el subconsciente. Por una parte están vacíos, y han sido “rellenados” con otras nostalgias que no son las suyas, ni familiar ni culturalmente hablando. Han tenido que reinventarse para adaptarse. Los han obligado a tener unos planteamientos que han asumido como propios, cuando en realidad su “genética total” es forastera en esencia, pero el olvido y la renuncia a seguir siendo es el precio que tienen que pagar para ser aceptados, para ser considerados de pata negra y vivir en paz sin más exclusiones ni menosprecios, como ciudadanos de primera.

            Hay algunos pensamientos que como sinestesias, me llevan de una época o otra, y me pregunto si no seguiremos en la actualidad viviendo en “montes inverosímiles y en los yermos más feroces” del pensamiento de nación que tenemos. “Como esa forma de nacionalismo que consiste en amar el país a través de la suela de los zapatos” –nos dice en la página 135, así, de la misma forma, al recorrer renglón a renglón este ensayo consigues re-conocer la España más moderna y contemporánea, y te ayuda a comprenderte mejor a ti mismo como producto-resultado de esa dicotomía de la España vacía (rural, interior, despoblada, serrana, antigua, yerma, pobre, cateta…) versus la España llena (urbana, poblada, productiva, exterior, marítima, moderna, glamurosa, cosmopolita, rica…). “Las excursiones eran un acto de amor, una peregrinación a lugares santos” –se dice en la página 137, y eso es también este ensayo, una peregrinación a nuevos espacios de pensamiento que buscan una nueva Jerusalén y una nueva Meca para dar sentido a nuestro ser como habitantes de un territorio, y por tanto partícipes de una esencia y de un estar en el mundo. Y una reflexión me viene a la mente, como cada día nos desconocemos más los españoles (de una comunidad y de otra) ¿Se puede caminar por España hoy sintiéndose español, o en alguna medida nos hemos retrotraído a antes de la Restauración? ¿Será necesario volver al excursionismo como herramienta pedagógica para hacer país? Lo digo por el desconocimiento que tenemos los unos de los otros, y siempre forjado en medias verdades, en tópicos y en envidias, y que da como resultado el que nosotros mismos sigamos siendo nuestro peor enemigo, el Gran Trauma que nos (des) habita tantas veces y nos impide ser compatriotas sinceros, puesto que siempre miramos de reojo al que tenemos al lado.

            La España vacía no tiene pinta de que sea un ensayo escrito “por poderes”, como pudiera haber sido la película documental de Buñuel “Las Hurdes: tierra sin pan” o el libro “Les Jurdes” de Legendre en francés, y tampoco sabemos si va a influir mucho en su tiempo como aquellos; aunque sí sabemos que ya van más de sesenta mil ejemplares vendidos, y eso es algo importante en este país que se dice que no se lee. Nos dice Sergio en la página 117 que “Nadie vio la película de Buñuel, como nadie leyó en España el libro de Legendre, pero ambos, película y libro, se convirtieron en soportes de un mito”. Ojalá este ensayo no corra la misma suerte e influya y cale su mensaje, tanto en letra como en espíritu. Ya que España siempre se encuentra en la misma encrucijada, el problema de España siempre “trata de una lucha entre quienes creen en el estado y quienes aspiran a destruirlo o a cambiarlo por otro” –nos dice el autor en la página 121.

Nos pregunta el autor en la página 235, refiriéndose a un artista argentino: “¿Qué busca Cristobal Repetto en el desierto? Un anclaje, quizá. Tiempo y silencio. Puentes entre el pasado y el futuro”, precisamente lo que quizá necesitamos buscar aquí en nuestro país, entre la España vacía y la llena, entre la que quiere ir junta o la que desea marchar por separado, echándose en cara culpas y complejos, en voz alta o desde la mirada recelosa. “Todos (caminamos) contra las ciudades y sus inercias… y (acabamos) más pronto que tarde viajando al vacío de (nuestro) país, porque la parte habitada suena a hueca y sabida para (nosotros)” “(explorando) los orígenes familiares y geográficos… desde el prestigio y la aclamación” o sea, “volver al pueblo” –nos dice Sergio del Molino en la página 237, y aquí está el quid de la cuestión. “El imaginario de la España vacía ha sido construido desde fuera… Nunca ha sido dueño de sus propias palabras. Siempre ha estado contado por otros” (página 251).

“Si un vicio de los entusiastas es su tendencia a exagerar” –nos dice Sergio del Molino en la página 145, intentaré ser comedido esta vez, y solo diré que “La España vacía: Viaje por un país que nunca fue”  es un ensayo que va más allá de un “viaje curioso e impertinente” y aunque pareciera ser en algún momento “un lamento por el desierto y la falta de árboles” alcanza una mirada de ardilla que “podía cruzar la Península de Irún a Cádiz” saltando de argumento en argumento, deshaciendo mitos, porque al explicarnos nos reinventa y nos reinterpreta en la soledad del paisaje, desnudándonos en bastantes momentos, hasta hacernos tambalear y fijar así el paradigma que sustenta este ensayo: El mal de Maritornes (página 181). Nos gusta hablar mal de nosotros mismos, ya sea por desconocimiento o con mala fe, y tirar piedras encima de nuestro tejado común. Porque después de leer este ensayo “lo que queda, lo que se transmite, es, ciertamente, un decir” (página 241), ya que la inmensa mayoría de este país es “víctima del éxodo rural” y “es normal que busquemos pasados mitológicos que nos expliquen o que nos consuelen de la liquidez feroz que se derrama alrededor”. En el ensayo buscar esa España vacía es buscar el útero que nos cobija a todos, nuestra lengua materna, el paisaje que somos porque “somos esa España vacía, estamos hechos de sus trozos” y “es la única forma plausible de patriotismo que queda para un español” –dice en la página 248. Y si “desde 1975, los españoles se han desentendido de España” ¿qué podemos esperar como nación?, ¿será quizá porque España “(forma) parte de un país extinto al que nadie (quiere) regresar”? (página 250), al que quizá le echamos siempre la culpa de nuestro atraso secular o porque quizá nuestros complejos no superados ni asumidos nos han hecho unos cobardes cuya meta principal es la comodidad, olvidando que una nación se construye con sacrificios pero también con reconocimientos y homenajes.

Nos deja algunas perlas metaliterarias que también sazonan el texto: “Casi nunca hay cosas nuevas en la literatura porque su historia consiste en una actualización y una refutación cíclica de los mismos mitos” –nos dice Sergio del Molino en la página 225. “Y llegó allí donde toda la literatura aspira a llegar, al alma de los lectores” –añade en la página 76, que es donde llega este ensayo; porque a su “historia le conviene que lo sea”, una obra literaria y un nuevo mito, “como señal que da sentido a todo” y lo celebra. Y es que este ensayo, al estilo de la Institución Libre de Enseñanza de Francisco Giner de los Ríos, con su fluir didáctico y su retórica, renueva nuestro modo de ver y entender la historia moderna y contemporánea de España.

Me vais a permitir que ahora haga un popurrí de citas ya que encontramos reflexiones muy interesantes, y que como vasos comunicantes nos llevan a otros pensamientos donde el tono de las palabras dice mucho: “El carlismo… fue la venganza de una España que empezaba a vaciarse contra la España que empezaba a llenarse” –página 190, o “Cuando los nacionalistas vascos y catalanes empezaron a construir sus edificios ideológicos a finales del siglo XIX, se encontraron con que  los carlistas ya les habían hecho casi todo el trabajo” –añade en la página 209, lo que parece describir nuestra realidad más genuina y en la que parece que todavía estamos, salvando las distancias y los nuevos matices. “La tradición no es más que una mentira compartida como si fuera verdad y transmitida con modales religiosos, como tan bien sabía hacer el carlismo” (página 218). Hay algunas comparaciones poco acertadas como “para los jóvenes aldeanos… echarse al monte en una carlistada equivalía a emprender la yihad para un musulmán de hoy”, pero que quizá puede dar luz de por qué surgió ETA, Terra Lliure… y que apunta a un ingrediente en nuestra convivencia que se ha escondido, que es el odio acumulado, y que durante los últimos años no ha hecho más que crecer, porque la transición la hemos usado más para incidir en lo que nos separa que en lo que nos une. También dice: “La constitución de las autonomías se escenificó no tanto como una avance hacia un estado moderno y democrático, sino como una restauración de instituciones usurpadas” (página 210), citas que nos invitan a pensar que algo se hizo mal en nuestra transición al apostar más por las tijeras que por el pegamento. En Madrid y Barcelona (quizá como arquetipos de esas dos Españas eternamente enfrentadas para asombro del ahora) sucedía lo mismo y se aprovecharon de las mismas ventajas en contra del resto, fueron las grandes “receptoras del éxodo de la España vacía” –página 225, a la que fagocitaron, no solo demográficamente, incluso falseando la historia si es preciso, para saciar sus hambres expansionistas y modernizadoras que todavía hoy dura, y sin la cual no serían lo que son.

Si partimos “de la premisa del tiempo detenido” encontraremos una aclaración para entendernos mejor a nosotros mismos, a esa España vacía y a esa España llena que nos (des) habita y nos (des) protege al mismo tiempo, pero sobre todo nos explica, desde la “teología del paisaje” ya que “pone las cosas en leyenda”. E igual que el estado o la patria “no puede existir sin la irracionalidad de los mitos”, este ensayo no alcanza su grandeza hasta que no lo interiorizas en ti mismo, lo proyectas en el pensamiento formando parte de él y consigues que los mitos sobre el paisaje traduzcan tu sed de pertenencia a esa España muchas veces desconcertante y esquiva. El día que los españoles de las dos Españas, del norte o del sur (porque la España vacía y la llena están más allá de lo marcado por Sergio del Molino), estemos a la altura de este ensayo y nos pongamos en la piel del otro, sin excepciones ni desertores, otro gallo cantará, otra realidad más justa y equitativa nos hará más patriotas, como diría Unamuno; aunque sea redescubriéndonos en círculos concéntricos, ya sea desde Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla, Valencia o desde el pueblo más pequeño y recóndito de España, sin insidias ni menosprecios y sin calumnias, pero juntos, porque España no es el problema sino la solución. Una última cita nos puede cohesionar como país más que cualquier discurso actual: “mirar en los rincones de la España vacía de los que procedemos es mirar dentro de nosotros mismos” para “recrear el mundo perdido de nuestros abuelos y bisabuelos” (página 239), y eso es lo que hace magistralmente este ensayo: vernos desde dentro con orgullo. Más allá de la introducción, del desarrollo de sus ideas y nos guste o no el resultado de las conclusiones que proyecta, La España vacía nos toca de lleno y nos explica, es un punto de partida para entendernos mejor y avanzar con paso firme hacia un futuro en común desde el autoconocimiento y la aceptación del otro. Y aunque por el número de páginas que he escrito, más que opinión o reseña parece un ensayo de otro ensayo, lo que pretendía era solo aportar mi granito de arena a un libro que me ha gustado leer y que recomiendo.

Custodio Tejada  (20 de junio de 2017)

 Opiniones de lector       

      http://custodiotejada.blogspot.com.es/