jueves, 19 de julio de 2018

DÉJAME, QUE LO ESTOY HACIENDO de Jorge López Vallecillos


DÉJAME, QUE LO ESTOY HACIENDO de Jorge López Vallecillos. Editorial Esdrújula- Dialéctica Ediciones. 255 páginas, un prólogo del doctor Juan Pasquau Liaño, 80 etapas o capítulos, un epílogo y un “agradezcos y disculpas” que cierra. Y un subtítulo a modo de reflexión: “¿Quién dijo que vivir es fácil?”.




DÉJAME, QUE LO ESTOY HACIENDO de Jorge López Vallecillos. Editorial Esdrújula- Dialéctica Ediciones. 255 páginas, un prólogo del doctor Juan Pasquau Liaño, 80 etapas o capítulos, un epílogo y un “agradezcos y disculpas” que cierra. Y un subtítulo a modo de reflexión: “¿Quién dijo que vivir es fácil?”.


                El autor, o el protagonista, mejor dicho, George de los viajes, recurre en la página 204 a una cita de Paulo Coelho que podemos interpretar como el leitmotiv de su aventura, una cita que puede aportar luz sobre sus verdaderas intenciones a hora de escribir este libro: “Todo ser humano debe mantener viva dentro de sí la sagrada llama de la locura y debe comportarse como una persona normal”. George se ubica, entre muchos otros sitios, en la película “Philadelphia” “entre Tom Hanks y Antonio Banderas”. Un libro, éste, que se puede leer también como un ajuste de cuentas consigo mismo y con el mundo en general.

                En la contraportada ya se pone sobre aviso, dice: “En este libro el autor nos hace partícipes de cómo se va perfilando paso a paso su propia vida, lo que le lleva a su propio lema para sobrevivir: -Déjame, que lo estoy haciendo-“. El propio autor nos confiesa en una entrevista concedida a Ideal que “mi libro es un relato de superación, vivencial” o “que es un canto a la vida”. Eva Monzón añade que “es un libro lleno de enseñanzas, y esta es la mayor de ellas: -La vida hay que vivirla con lo que te toque-“ o “paz. Esa es la atmósfera en la que se desarrolla el relato, con sus altos y sus bajos, sus idas y venidas y sus batallas perdidas y ganadas”. Juan Pasquau, el prologuista, manifiesta que “estamos ante una novela que, además de entretener –doy fe de que se puede leer de un tirón-, consigue imponer una visión optimista de la existencia” o “el esqueleto de la narración es de carácter dramático, hay sentido del humor… un círculo vital repetitivo”.

                El libro es una lucha contrarreloj por la vida, donde el protagonista pelea como un héroe por vencer al VIH, es un canto a la superación, la historia de un reto personal: vivir a toda costa. Es un libro lleno de ángulos muertos, pero también de ángulos muy vivos donde todos los caminos conducen a sí mismo, o sea, al protagonista de esta novela. Claustrofóbico a veces, conforme avanzas en la lectura convertida en pecio marino, descubres la parte de lector submarinista que hay en ti y el horizonte se expande hasta que la luz lo invade todo. Los pájaros se apoderan del lenguaje para dejar atrás la medicación y las enfermedades. Un relato que cuenta los últimos 23 años de George, que no para de reinventarse, ésta última vez como escritor.

                Sobre la página 100 sabes que “Déjame, que lo estoy haciendo” es, ante todo, un libro de viajes, y que el viaje es el mapa que guía todos los demás itinerarios que el libro tiene. Una odisea que hace del viaje su razón de ser, metáfora del significado último del libro, un viaje vital y geográfico, que se van entretejiendo ambos, hasta formar una novela de testimonio, casi un testamento vital literaturizado. ¿Autoficción, memorias, autoayuda?, una novela al fin y al cabo que cuenta la historia de un éxito, que no es la de vencer a una temible y terrible enfermedad, que también, sino especialmente cuenta la hazaña de conocerse a sí mismo, la de realizar un viaje interior fascinante.
                Un ciclón de acontecimientos nos espera, con una prosa directa y sencilla, hiperactiva y trepidante, con rápidos vertiginosos y remansos que a veces rozan la claustrofobia. Un libro donde puedes bucear sin miedo a que te devore la bicha del aburrimiento, aunque haya algunos momentos en los que la curiosidad por lo que acontece suba o baje en intensidad o creas que lo has vivido, ya que algo de reiterativo a veces tiene; pero hay muchos “puntos de inmersión” y muchos “atolones” en los que poder practicar el buceo esperanzador del ¡sí se puede! Este libro tiene un personaje principal, George, que es distinto del autor, Jorge, aunque compartan muchas cosas. Ambos son unos rebeldes con causa. Un viaje por hospitales, por ciudades, por medicamentos como hilos conductores. Centro Europa, India, Noruega, Portugal, Egipto y el mar Rojo, Singapur, Cabo de Gata, Guadix y resto de España, Andorra, México, Francia, Tailandia…Videx y Retrovir, Norvir, Crixiram, Interferón… medicamentos que llevan escritos entre sus componentes las huellas de muchas vidas y el dolor de muchos llantos, porque como se dice en las páginas 196 y 198: “Recuperarme del agotamiento del largo viaje era mi principal objetivo”, “(encontrar) suficiente energía para estar bien”.

                George es un hombre con un ego poderoso, siempre dispuesto a estar consigo mismo por encima de todas las cosas y a pesar de todos los contratiempos. No es este un libro para justificarse, sino una confesión que acaba siendo una declaración de intenciones donde el olvido no es sinónimo de arrepentimiento, sino el primer paso de un nuevo comienzo alejado de la compasión y de cualquier mal rollo. Cada libro como cada música tiene su momento y su efecto. “Nadar sobre arrecifes era una buena terapia sanadora” –dice en la página 205, y eso es lo que al final termina siendo este libro, un arrecife de renglones en el que cada submarinista lector deberá encontrar su propia recompensa o su descanso. “Porque cuando hay problemas es cuando hay que darle oxígeno al cuerpo y pasión al alma” –nos confiesa. Terminas empatizando con él porque George es un experto optimista que puede con cualquier negatividad que se le ponga por delante, sabiendo, eso sí, que toda “sanación es un camino largo”. Pero ¿qué busca nuestro protagonista entonces? La energía también de los lectores. Y aunque en algunos momentos pareciera un ladrón de ella al final compruebas que es un generador y repartidor de buenas ondas, ya que este es un libro para “querer(te) y amar la vida” fundamentalmente.

                El epílogo rezuma “autoayuda” literaria y real, que brota desde la sinceridad de un testimonio intensamente vivo que muestra un camino. “Todo había tenido sentido. Tenía una historia que contar” –nos revela en la página 246. La escritura, con su efecto placebo, como penúltimo paso para la sanación definitiva y para cerrar el círculo. Y es que cuando llegas a la última página de “Déjame, que lo estoy haciendo ¿Quién dijo que vivir es fácil?” de Jorge López Vallecillos te queda la sensación de saber que has sido testigo en primera persona de una resurrección, y que el resucitado ha vencido a los elementos convirtiéndose en un luchador (casi un superhéroe) y digo casi porque los superhéroes son pura ficción y lo que hemos leído no, es la realidad misma, con sus sutiles gotas de fantasía. Dice George en la página 212 “cuando no hablas la lengua del sitio transitado, por muy ocupados que tengas los sentidos en todo lo que ocurre, te pierdes la conversación y en la palabra está la información y gran parte del aprendizaje”, y eso es lo mismo que pasa con este libro, hay que estar atento y hablar su mismo idioma para que no perdamos el compás de su viaje; aunque también puede suceder que al leer digas lo que George en la página 215: “Debemos continuar el viaje por separado desde ya, sin fastidiarnos”. Y una pregunta lanza al aire en la página 219: ¿hasta cuándo merecerá la pena esta lucha? Hasta que tengas ganas de vivir, o de leer, que es casi lo mismo, te digo.


Custodio Tejada
Opiniones de lector
16 de julio de 2018





DÉJAME, QUE LO ESTOY HACIENDO de Jorge López Vallecillos. Editorial Esdrújula- Dialéctica Ediciones. 255 páginas, un prólogo del doctor Juan Pasquau Liaño, 80 etapas o capítulos, un epílogo y un “agradezcos y disculpas” que cierra. Y un subtítulo a modo de reflexión: “¿Quién dijo que vivir es fácil?”.




lunes, 2 de julio de 2018

VISUALES

VISUALES. VISUALES. VISUALES. VISUALES. VISUALES. VISUALES.

1.- MECANISMO DE UN POEMA FALLIDO

2.- MATERIA LÍRICA PARA HACER UN POEMA DE PAJA O UN ESPANTAPÁJAROS DE POEMA.


3.- LA METÁFORA PERFECTA.



4.- ARTILUGIOS QUE SUEÑAN CON UN POEMA BRILLANTE.



5.- IMAGINO EL DÍA QUE LE SALGAN ALAS A LOS MUROS.




6.- RECOMPOSICIÓN.



DE CUSTODIO TEJADA

viernes, 22 de junio de 2018

LA POLICÍA CELESTE de Ben Clark.


LA POLICÍA CELESTE de Ben Clark. Editorial Visor. 68 páginas. 33 poemas en dos partes (15 en la I y 18 en la II), un prefacio, un epílogo y agradecimientos.





LA POLICÍA CELESTE de Ben Clark. Editorial Visor. 68 páginas. 33 poemas en dos partes (15 en la I y 18 en la II), un prefacio, un epílogo y agradecimientos.

            Cada antología, cada revista literaria, cada aula de poesía y cada tertulia es un miniparnaso dentro de la bóveda celeste que acoge a los verdaderos elegidos para ser arcángeles de la palabra, para ser portadores de la Poesía escrita con mayúsculas, esa que sienta a su mesa a los grandes “chefs” de la creación literaria. Cada lengua tiene su Parnaso o su cielo empalabrado con letras de molde, pero hay muchos tipos de parnasos, el de los premios es uno, luego está el de la historia de la literatura, la nacional (si del norte o del sur o allende los mares…) y la universal (en un idioma o en otro), el parnaso del momento contemporáneo y el eterno… y así podríamos estar hablando un rato de parnasos y poesía, o sea, de cánones, al fin y al cabo. El día 23 de febrero de 2018, en el aula Abentofail de poesía y pensamiento de Guadix, el poeta José Infante dijo que “los poetas son un coro de grillos, solo trascienden los mejores”, afirmación ésta que me atormenta desde entonces por la parte que me toca. También dijo Marcel Duchamp que “Contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros”, y desde ahí, al menos, encuentro algo de consuelo al descubrir que por lo menos siempre nos quedará nuestra faceta lectora como un resquicio de luz creadora, al margen de la luz inacabada que el autor proyecta en su obra. Hay libros y autores que nadie habla de ellos y otros que los tecleas en internet y hayas múltiples referencias, un auténtico misterio el de los cauces publicitarios.

            Para hacer un semblante literario del autor recurriré a otras voces, incluida la suya propia. De Ben Clark, el poeta de mirada clara, que considera a su generación “heredera de los despojos, de lo que sobra”, podemos leer en la red que escribe una “poesía con toques pop” y un estilo transparente. Él mismo dice en una entrevista refiriéndose a su libro: “intento llevar todas las experiencias cotidianas a la experiencia universal”. El jurado del premio Loewe reconoció a La policía celeste “por ser un libro muy sencillo, muy transparente, traspasado de una sabiduría y de una objetividad ante una realidad”, un libro de amor filial que demuestra una “madurez de una persona que todavía es joven”. Jaime Siles explica que es “un libro de amor en sentido amplio, una obra muy bien construida desde el punto de vista rítmico y sintáctico, y con un profundo sentido de unidad”. Túa Blesa añade que “el personaje de este libro habla de un modo natural, cercano al de la conversación”. Y Enrique Vila Matas define la obra poética de Ben Clark así: “Sospecho que Eliot y Cernuda lo saludarían. Y también que en su inspección de la bóveda celeste el amor es central. Percibe la poesía como una aventura. Ben Clark, explorador de abismos. No solo es joven, sino que está vivo, y es un clásico.”

            El poemario “La policía celeste” se abre con un “Tell Laura…” encriptado que suena como un anillo de boda, o sea, como una canción que quizá sea el planeta verdadero que el autor busca, aunque a lo largo del libro muta. Ya desde el principio la música te acoge enmarcando el trayecto de tu lectura. La canción de Ray Peterson te acompaña como una de las bandas sonoras del libro y su danza de intertextualidades. Otra es el prefacio donde invoca a “Die Himmelspolizey”, historia ésta que da título al poemario. Dos citas dan paso a la primera parte, una del astrónomo alemán J. D. Titius y otra de César Vallejo, que nos sitúan en el centro de la creación y junto al Creador. Atravesando estas mimbres del poemario continúas pasando páginas hasta “Cuando llegue el poema”, el primero de la saga, en busca de su origen que no es otro que ese “universo/ alrededor del día en que llegaste”. Ben Clark consigue que el poema, “como un santo incorrupto”, habite en él y en nosotros a la vez, esté dentro y fuera de lo escrito.

            “La policía celeste” es un poemario de amor envuelto en una sábana de estrellas, planetas, cometas, recuerdos y anécdotas como telescopios, una declaración de amor en toda regla, porque pronto descubres que el poema más verdadero del libro es Laura (y el padre), que todo lo impregna con su ser de planeta o de anillo y como sentido último de la alegría de vivir “llenando de palabras/ el espacio vacío” –susurra en la página 15; y que es en definitiva lo que hace Ben Clark con nuestra mente lectora, llenar ese espacio donde “todas las divisiones son mentira/ salvo las que divide los cuerpos en dos” –afirma contundentemente en la 23.

            Ben Clark no es el primer escritor que navega en dos extensos océanos al mismo tiempo. Recordemos a José María Blanco White. Al “pedirle consejo a tu poema” observo que, proveniente de esos dos mundos, el anglosajón y el español, ambos se dan la mano en el poema “Kiln” de la página 61, entre otros sitios; porque es “un enamorado de Lorca, pero un obseso de Philip Larkin”. Ben Clark consigue que el poema sea esa torrentera de influencias y relaciones y construye “El mejor de los mundos posibles”, como su “querido abuelo Norman”, en ese indulto que “presente y futuro confabulan/ contra los planes tibios del pasado/ -nos cuenta en la página 18.

El firmamento para él es el lenguaje, y a él acude con vocación de policía celeste, o sea, de astrónomo y filólogo. Son la relación de las palabras y sus significados junto a la memoria los verdaderos planetas que busca, los verdaderos fenómenos siderales de su escritura. Y lo que hace Ben Clark mediante el lenguaje y sus propios recuerdos es “viajar a la galaxia/ que gira en cada uno de nosotros” y de sí mismo –confiesa en la página 51. Y como una lección de astronomía, vamos deshojando sus páginas celestes, allí donde el niño y el hombre chocan sus galaxias y se acuerdan de su vida proyectada. Ben Clark se asoma al universo para mirar lo más adentro posible, una curiosa forma de mirarse al espejo y hacer introspección subido en el Cometa Halley. “Escúchala y sabrás todas las cosas/ que no dice este libro” –advierte en la página 31. Así hay que interpretar sus silencios, como la voz de una madre, ya que nos guían por sus páginas llenas de recuerdos, pinceladas de memoria que convierten su vida en la bóveda celeste del poemario. Hasta el punto de llevarnos a su infancia, “Soy un niño/ en medio de un poema, nada más”. Poemario donde abundan los recuerdos, ese pasado que late todavía en el pecho del autor como una especie de espejismo de sí mismo, “en un cajón con llave”, en un diálogo casi permanente con el padre, otra figura crucial en el libro, como Laura. Y es que transforma a las personas en poemas, a su abuelo Norman, a Laura, a su padre y a sí mismo… y a nosotros, sus lectores.

            El libro, dividido en dos partes (una de 15 poemas y la segunda de 18), nos descubre que es “una línea/ que separa la vida en dos instantes:/ lo que fue y lo que ya no puede ser,/ hilos de nieve que van tejiendo el poema” –nos dice en la página 39. Alterna poemas largos de 30 o 35 versos con poemas cortos de apenas 8 ó 10 versos. Prevalecen los versos de arte mayor, endecasílabo y alejandrinos. Nos encontramos juegos de palabras que se transforman casi en trabalenguas, “los ritos de los rotos” –página 23, “kiln/kill”, reiteraciones, personificaciones, sinestesias, paralelismos, anáforas, aliteraciones… “Un libro de cerámica./ Un jarrón de papel”, “Reflejo del reflejo de un recuerdo” “los cantos rodados de los ríos/ (dicen que son sus lágrimas)”, “Y juntos contemplamos al culpable./ Y juntos contemplamos a la víctima”…

            Por el libro vuelan los temas de siempre, el amor es el primero de todos, pero también desfilan el dolor de la enfermedad y la muerte, el tiempo y la nostalgia (nos lleva a la catástrofe de Aberfan para hacerles un homenaje a todas las abuelas), y el poema “Ceres” nos ayuda a entender que el planeta más auténtico es la amistad y el pan de su fruto, ”que ama y comprende los milagros”. Y en ese otro mundo más intertextual que el libro tiene también aparece Crusoe, la película “Be careful what you wish for”, la poeta Anne Sexton, una canción de Lady Gaga como otra banda sonora más del libro, Fabio de la Flor, Carline Herschel, Apolo y Dafne y Bernini, Hipócrates, Caín y Abel, Stanley Kunitz… y todo esto va sonando a la vez que vas leyendo “La policía celeste”.

            “Ten cuidado con lo que deseas” –nos aconseja en la página 17, porque como él mismo manifiesta “más allá de tu obra está el lector”. Al final, Ben Clark “regala/ un tesoro a un extraño” lector que le agradece esta conjunción planetaria de versos que viajan en un Rolls Royce Phantom negro que es lo que es la colección Visor de poesía con su cubierta en negro. “La policía celeste” es un conjunto de poemas que funcionan como un mosaico de la memoria rehecha que pretende ser la medida universal de toda la realidad refundada en el amor. Porque qué es un lector sino un amigo que comparte las migajas del autor en un acto cuasi eucarístico, “cuando no/ haya nada de nada y sólo queden/ palabras sobre el pan” –nos advierte en la página 26. Conforme avanzas en la lectura compruebas que la mirada de Ben Clark va más hacia dentro que hacia fuera, aunque a veces coinciden las dos al mismo tiempo, como si fuera un astrónomo del espacio interior a través de una mirada sideral, porque mira afuera para llegar más adentro. Para Ben Clark la página y la habitación son igual de planetas que Marte o Ceres, y en ese juego de significados superpone unos con otros hasta conformar la poética de su libro. La memoria y la figura del padre están de moda en nuestra literatura más reciente.  Y este libro vuelve a confirmarlo, un libro que al leerlo apreciarás una mutación en él, el amor de Laura se va tornando en un amor filial, donde la figura del padre (junto a los recuerdos) se erige en el pilar central de este magnífico poemario y de este excelso poeta.

Custodio Tejada

Opiniones de lector

21 de junio de 2018





LA POLICÍA CELESTE de Ben Clark. Editorial Visor. 68 páginas. 33 poemas en dos partes (15 en la I y 18 en la II), un prefacio, un epílogo y agradecimientos.


viernes, 1 de junio de 2018

EL TIEMPO ES UN LEÓN DE MONTAÑA de Trinidad Gan. Editorial Visor.


EL TIEMPO ES UN LEÓN DE MONTAÑA de Trinidad Gan. Editorial Visor. 27 poemas, con 9 citas, 20 haikus, 10 tankas y unas “Dedicatorias”.



EL TIEMPO ES UN LEÓN DE MONTAÑA de Trinidad Gan. Editorial Visor. 27 poemas, con 9 citas, 20 haikus, 10 tankas y unas “Dedicatorias”.

            Todo libro termina de escribirse en la mente del lector y cada vez que un nuevo lector lo lee el círculo vuelve a cerrarse en ese baile infinito que supone la vida de un libro. Es verdad que toda escritura surge como resultado de un diálogo previo mantenido con otros autores y otros libros, fruto de muchas lecturas y de muchas introspecciones. Escribir es aunar o re-digerir. Dice Alfonso Brezmes: “Homero vio a Dios/…/ Borges leyó a Homero,/…/ Yo he leído antes a Borges/ y otro me lee a mi ahora./ Así viaja la luz”, y es ese encabalgamiento de lecturas  lo que nos hace, los que nos define. Así, de igual manera Trinidad Gan es la continuidad de un itinerario de lecturas y demás vivencias que funcionan como una carrera de relevos, y cuyo rastro puede seguirse en sus páginas escritas. Hace referencia a libros, canciones, películas… Y saltando de cita en cita, de poema en poema, va encabalgando autores e ideas hasta conseguir un libro, donde a modo de puzle construye su edificio poético.

            En una gran entrevista realizada por Xánath Caraza para la revista Monolito, el 4 de diciembre de 2017, Trinidad Gan, una “lectora ecléctica” –como ella se autodenomina, dice cosas interesantes que nos acercan a su lado más interior. Su aliento poético se nutre de lo fragmentario, y “da con el ritmo y la respiración justa de palabra y pensamiento” –como ella misma dice. Con lo íntimo, lo ideológico, lo histórico, los recuerdos, la vida, lo leído… con todos esos ingredientes ella elabora su fragancia lírica. Una poeta que se preocupa porque no haya “Nulle die sine línea”, ya que sin trabajo la inspiración no es nada. Para ella la escritura poética “es sobre todo una cuestión de mirada”, “es un proceso de búsqueda en el que las palabras se vuelven cazadoras, están siempre al acecho de lo que hay detrás de la realidad. Una lucha necesaria, aunque muchas veces perdida, por llegar a otro nivel de conocimiento, por nombrar el mundo y así hacernos cuerpo en él”, o que, “la poesía la hace ser más libre y menos solitaria”. Cuando se le pregunta cómo comenzó su quehacer literario dice cosas tan hermosas como “el descubrimiento de que la palabra es siempre un cuerpo (pues cada una de ellas respira, camina, late, tiene su propio peso y piel)” y es que su vida es una onda expansiva de palabras, emociones y pensamientos, todos con una clara vocación de cazadora, de atrapadora del mundo y sus sueños y de la “intemperie de la memoria”. Trinidad Gan se queja del “ninguneo en el canon literario” de las mujeres poetas. Ella se está ganando por mérito propio estar en ese canon.

            En la contraportada, Antonio Jiménez Millán, con unas pinceladas impresionistas y sabias, esboza y nos introduce en el mundo lírico de Trinidad Gan, donde nos deja un retrato de la autora y del libro. Nos dice cosas como “Es la suya una escritura clara, de notable precisión” o “El tiempo es un león de montaña mantiene un ritmo sostenido y en todos sus poemas el tiempo y la memoria dialogan con la tradición”.

            Atendiendo a la numerología y sus significados ocultos El tiempo es un león de montaña está impregnado de números que no sabemos si guardan un mensaje secreto, voluntario o casual. Un patrón se repite, el 13 y el 3, que es un número de luz y movimiento. El poemario está compuesto por un poema inicial que abre como introducción, y luego hay tres partes. La primera “Noticia del león en las ciudades” compuesta por 13 poemas, la segunda “Reflejos en un ojo felino” compuesta por 20 haikus y 10 tankas, y la tercera “Dentro de mí, la fiera” compuesta por otros 13 poemas. En cierta medida las tres partes podríamos resumirlas con las tres potencias de la inteligencia humana: memoria, entendimiento y voluntad adiestradora. Al número tres se le relaciona con el deseo por la eterna juventud, o sea, por el control del tiempo, que de alguna manera es uno de los temas más insistentes de este libro. Dos de sus partes están compuestas por 13 poemas cada una, como si fueran un antes y un después, separadas por un río de meditación que son los haikus y los tankas. Al número 13 se le relaciona con la mala suerte, pero también se le considera el “número rebelde”, asociado a actos revolucionarios. Número “evolutivo y kármico que conduce a un estado superior de conciencia”. Pero también representa un renacimiento tras la muerte o transformación, que eso es al fin y al cabo el paso del tiempo, y es este último significado el que quizá impregna (como sentido último) la intención creadora de este poemario, una nueva percepción de la “luz y sus matices”.

            Una cita de Raymon Carver abre el libro, “Time is a mountain lion”, precisamente su traducción da título al poemario, que a su vez es un verso del poema “Una mujer se baña”. Otras citas como las de Margarita Ferreras y María Teresa León junto a las de Ángeles Mora (como un juego nemotécnico) de alguna manera enmarcan las pretensiones del conjunto, al menos en un sentido figurado de este libro-coche que viaja en muchas direcciones. Y es en sus dedicatorias donde los agradecimientos rinden tributo y homenaje y saldan deudas, que para eso son las dedicatorias, intertextualidades todas que van y vienen desde el título hasta las citas para ampliar los significados. Porque el poemario en su conjunto tiene cierta garra metaliteraria que conecta felinamente todo el libro. Estas intertextualidades funcionan como una voz en off que acompañan en la lectura; desde un cuadro de Hopper hasta Bob Dylan pasando por Javier Egea o el cine y la música… además de las nueve citas.

            Desde el inicio, ya con el primer verso, Trinidad Gan nos previene del riesgo que supone iniciar este viaje. La lectura de “El tiempo es un león de montaña”, junto a una cita de Ángeles Mora, nos sitúa en un rol de “raza estafada”. Un viaje sin lugar a dudas, el recorrido que hace la autora, o al menos así lo pretende, “de un cuerpo, de otra risa que salve mi viaje” –nos revela en la página 9, que no es otro que un “tiempo en fuga”. La poeta como “una niña (que juega) con pizarras de vaho” que son sus versos y sus recuerdos, nos introduce en la dialéctica homérica del viaje. Incluso la elección del vocabulario nos invita a ello (maletas, coches, trenes, vagones, andenes… He ahí la paradoja, como dice el título de un poema, un “Elogio de lo imperfecto” y su belleza que se hace desde la perfección poética que da el buen oficio de Trinidad Gan, una poeta en llamas. Como un “tumulto de palabras escritas” –página17, nos acorralan sus poemas. Un león, el suyo, que a veces es espantapájaros, otras un tren o metralla, un libro o una postal, a veces es viaje y otras caza o mordedura, “combate perdido”, un “punto de fuga”, un simple sueño, mudanza, ruido de lluvia, rabia, tormenta, memoria turbia o “travelling sobre un puente”.

            Los versos más utilizados en “El tiempo es un león de montaña” son los heptasílabos, los endecasílabos y los alejandrinos. Es un libro repleto de figuras literarias, metáforas, símiles, antítesis como “llueven certezas falsas” … Es un poemario que deja “la marca de sus garras/ salpicadas en la nieve” de nuestros ojos de lectores por lo que tiene de viaje interior, desde un presente melancólico hacia un pretérito difuso, donde “ya todo es mezcla/ de rugidos pasados, cicatrices/ y este falso botín de mi avaricia” –dice en la página 19. Porque la poeta “levanta un viento oscuro tras (sus) huellas”, va “tras (sus) oscuras palabras de deseo y nostalgia”, como si fuera una “testigo de cargo”, que le confieren cierto aire hermético. En la primera parte del poemario predomina lo oscuro, una luz más apagada donde habita la derrota, la que apenas ilumina, pero sí destella; un mar de sombras para dotar de lirismo a la invisibilidad de lo oculto y sus ausencias. “La luz grita turbia de memoria” –grita en la página 22. Una poeta que se preocupa por si sus “viejas manos… han apretado el nudo” o han sido patíbulo. Y así nos lleva a Gaza, a Alepo y a nosotros mismos. Versos que la sitúan como hija de su tiempo. Un libro, éste, en el que te imaginas a Trinidad Gan saltando de verso a verso “en ágil y arriesgado parkour” literario hasta conseguir un libro de extraordinaria factura.

            Versos casi aforísticos con visos metapoéticos que, como ínsulas líricas, agrandan el poema al abrir nuevas estancias. Dice en la página 22: “A veces el poema es un espejo/ y su fondo delata”, siempre. En el poema delatan tanto las palabras como los silencios, lo dicho y lo callado, porque un poema no es otra cosa que un cruce de perspectivas que se completan en el lector. Así los silencios de este poemario son otro viaje dentro del mismo viaje que, como fantasmas, acompañan al león para dar caza a este mundo “donde estamos jugando a la cultura” –nos confiesa en la página 25, mientras la vida ahí afuera es mucho más que poesía. La poeta cuando escribe “pronuncia su sed”, “aquello que la cura”, creando “otro alfabeto” dentro de las mismas palabras, como si su mensaje encriptado circulase por su poesía a la espera de un momento más propicio o “una estrategia/ de signos, de palabras luminosas/ que sirvan para algo distinto/ a señalar el mundo”. ¿Quizá para cambiarlo, o al menos intentarlo desde la palabra? No lo sabemos, pero el león continúa con su viaje irreductible y a veces cómplice.

            Trinidad Gan, que convertida en halcón atrapa la poesía y su consciencia, se convierte en una poeta de la cetrería. Nos arroja sus versos como monedas en la fuente, como “soldados de plomo” para nombrar lo desconocido, para desentrañar a la fiera. “Anoche entró en la casa, a buscarme, la fiera” –ruge en la página 35, a la espera del regreso que el lector le proporciona al poema, ya que cada vez que es leído “da cuenta de la caza”. “La palabra es guarida/ para quien caza el tiempo”, su tesoro más preciado.      
   
            En “Reflejos de un ojo felino”, la segunda parte del poemario, convertido en estanque budista bajo la influencia de Matsuo Basho, nuestra poeta se transforma en un Haijin metapoético para dibujarnos, con asombro y emoción, su viaje más contemplativo, ese que la devuelve a la naturaleza de su ser más sensible, conexión que desborda en 17 sílabas o en 31.

            En la tercera parte del poemario, “Dentro de mí, la fiera”, una cita de Piedad Bonett nos deja entrever la mujer que es o en la que quiere convertirse, “tierna y carnívora”, que… “se devora” a sí misma, verso a verso, para entregarse al lector. En un poema breve como es “Abrir el agua”, de la página 56, se puede descubrir la poética en cascada de Trinidad, el magma literario de su proceso creativo y el truco final que este supone. Porque en realidad sus manos de poeta, cuando empuñan la pluma sostienen “el corazón de un pájaro”, la poesía que se hace “plumaje herido” en “la zarpa del tiempo”, su obsesión feroz.  La autora consigue amaestrar al león fiero, que es el mundo la vida y el tiempo, hasta hacerlo gato doméstico de sus versos, mansedumbre felina. “Y el león de montaña se desliza/ como un gato feliz, bajo mis dedos” –nos dice en la página 58. La luz se torna más brillante y esperanzadora, con nuevos matices y reflejos, transformada. La poesía es para Trinidad Gan una “moneda al aire” convertida en metáfora que “no acaba/ nunca de caer” sobre esa “frontera ambigua/ entre ganancia y pérdida” y que “con un implacable golpe cae, … sobre sus manos” siempre pendientes del azar que es el vivir. Trinidad Gan, parafraseándola, como hace ella en la página 70, “ya no puede engañarnos”, se hace ofrenda repartida entre sus páginas como “piezas de una brújula” donde “trama la cacería/ de un tiempo por venir”, de una memoria que nos detiene “a orillas del silencio” para concluir en un sueño, porque “el tiempo es un león de montaña” que al final se torna en aguacero de versos que “al lector entrega”.

            Una última pregunta me hago. ¿Qué quiere cazar la autora con este poemario? “Una luz derramada que persigo” –revela en la página 37. Eso es, ansía la luz, no cualquier luz, una luz verídica más allá del día o de la noche, del tiempo y su conjura; no tanto la verdad como sí lo verídico, que es de lo que ella puede dar fe porque lo tiene más a mano, ya que la verdad a todos nos pilla demasiado lejos como para atraparla. ¿Qué pretende nuestra poeta entonces? Corporeizarse en la palabra, materializarse de otra substancia en la poesía hasta evaporarse en el lenguaje, transubstanciar su ser al nombrar, en suma. Trinidad Gan, a través de la cetrería lírica que tan bien practica en este poemario, consigue nombrar con éxito lo que siente, lo que ve, lo que sabe y lo que calla, que es la misión última de todo poeta, ser “pasarela en el aire/ que cruzas cuando lees”.

Custodio Tejada
Opiniones de lector.
25 de mayo de 2018


EL TIEMPO ES UN LEÓN DE MONTAÑA de Trinidad Gan. Editorial Visor. 27 poemas, con 9 citas, 20 haikus, 10 tankas y unas “Dedicatorias”.





martes, 15 de mayo de 2018

SUCEDERÁ LA FLOR de Jesús Montiel. Editorial Pre-textos.


SUCEDERÁ LA FLOR de Jesús Montiel. Editorial Pre-textos. Con un prólogo de Erika Martínez, una nota introductoria del autor, siete capítulos y una nota final. Todo en 55 páginas.


 SUCEDERÁ LA FLOR de Jesús Montiel. Editorial Pre-textos. Con un prólogo de Erika Martínez, una nota introductoria del autor, siete capítulos y una nota final. Todo en 55 páginas.




            No me gusta repetirme en cuanto autores se refiere, y aunque cada libro es un mundo por descubrir, que ofrece una nueva visión del mismo autor, yo, un simple lector que comparte lo que opina a pesar del riesgo que esto supone, he decidido gracias a la impresión causada de este libro-relicario saltarme la norma autoimpuesta y volver a escribir sobre Jesús Montiel y “Sucederá la flor”, esta hermosa maceta de letras con semillas de petunia.

            No es esta –mi opinión- una hermenéutica, pero sí podemos afirmar que los textos de Jesús Montiel tienen algo de sagrado. Dice Jorge Luis Borges que “todo libro es sagrado, si da con el lector para quien fue escrito”. Y acudo a esta cita no tanto por la parte de lector estremecido con la lectura –que también-, sino expresamente por la parte sagrada y ascética que rezuma “Sucederá la flor”, de Jesús Montiel. En él, el autor, como si fuera el último superviviente del Génesis, da testimonio de Dios con su mirada al hijo, una mirada que se envuelve en la fe para hallar sentido a lo inexplicable: al dolor más grande de todos los posibles. Dios hizo al hombre para que cuidara de este maravilloso mundo, ya desde entonces quizá Dios había pensado en Jesús Montiel para que se fundiera con la naturaleza en sí, con la humana y con la divina (en un misterio trinitario que tiene el libro, de padre, hijo y espíritu lector). Así lo manifiesta su obra literaria y su misión recibida como un Abraham que recibe el mandato del sacrificio de Isaac, vía de santidad y entrega para luego asumir la de creced y multiplicaos como granos de arena o como palabras. “Un niño enfermo es un libro escrito por Dios con la tinta sagrada del sufrimiento en el dialecto de un amor que no se inquieta ni exige explicaciones” –escribe en la página 40.  Eso es este libro, una zarza ardiendo para el cordero del holocausto que es nuestro corazón de lectores.
            Erika Martínez nos advierte en el prólogo que es un “libro de sustrato autobiográfico educado en la grandeza lírica de Christian Bobin, en su prosa fragmentaria, su reflexión moral y su tensión metafórica. Nadie sale indemne de aquí”; pero yo matizaría que simplemente no se sale, una vez leído permaneces allí para la eternidad lectora, porque es un libro cuyo eco retumba en tu interior con la gran persistencia que da el dolor. Sigue añadiendo Erika Martínez que “este libro trabaja con los límites de la palabra, con la potencia insurreccional de los silencios” o “aquí se abre paso una verdad. Y lo hace desde una fe despojada en la vida y la palabra”. Breve en cuanto a número de páginas se refiere, pero largo en pensamientos y reflexiones que provoca, es un libro que acompaña. Un auténtico viaje por las emociones de un escritor que ve más allá de lo e-vidente, justo al otro lado de los cauces que dictan los sentidos porque… “la enfermedad nunca avisa de su llegada” y “la inteligencia no la comprende”. El título ya te predispone para una pretensión, para un deseo, para una premonición, como aperitivo del optimismo que espera a pesar de la incertidumbre. Un canto a la esperanza, un camino espiritual, sobre todo, contemplativo y existencial que eleva la mirada del hijo al centro de lo verdaderamente importante. En uno u otro sentido las opiniones se expanden como el eco, efecto mariposa que avanza como un tsunami por boca de la prologuista hasta el último lector, una especie de hilo conductor de alta conductividad, tipo fibra óptica o esperanza, como es el dolor y como es el amor.

            Me sorprende gratamente esa habilidad de Jesús al tratar la ciencia con ese don espiritual que su fe insufla en esos momentos lingüístico-ascéticos, “todos sus saberes ceden como una bolsa de plástico cuando tiene un peso superior a su resistencia” –que dice en la página 14. Espiritualidad y cotidianidad para conseguir el milagro de la gran literatura, ese es Jesús Montiel, un mago de la escritura, un mago que intercala entre lo particular una radiografía de lo colectivo, esbozando un cuadro casi costumbrista de una realidad difícil que él hace respirable con sus palabras, y de crítica social: “Conozco a muchos hombres con fiebre que están enfermos… Bajo su aspecto, el gusano del dinero va royendo su corazón”-denuncia en la página 15. Y luego están esos quiebros visionarios que te sacan de quicio y te dejan en trance, y que tan bien narra el autor: “Más tarde, cuando volvimos a la calle cogidos de la mano, el mundo olía a pan recién hecho…”-huele en la página 15. Hay momentos en que las lágrimas acompañan la lectura, y la risa y el amor, y la comprensión y la vida, porque la prosa poética de Jesús Montiel si es algo, ante todo, es transcendencia, vida y fe que “nos afecta sobremanera”. Visionario y profético en muchas ocasiones dice Jesús: “Sobre nosotros el cielo era una silla desocupada”, en la que te derrumbas completamente cuando lees “Érase una vez un niño enseñando a su padre a nacer” –de la página 19. Dolor que se vuelve cordón umbilical (de renglones) que une de padre a padre, entre lector y autor, porque sabes lo que duele un hijo.

            Libro polifónico, en el que se van sucediendo y a veces solapando una en la otra, la voz del autor con la voz interior del lector. Un libro valiente, optimista y sabio que nos da una lección de vida y que nos marca el rumbo a seguir: “la sonrisa es contagiosa, pandémica, por muy gris que sea el día” –comparte con nosotros en la página 42. Porque “la vida es un paréntesis entre dos vuelos”, igual que “Sucederá la flor”, que es un milagro escrito entre dos conciencias, la del autor y la del lector, y cuyo vértice de salvación es el amor a través de la enfermedad. Al escribir este libro Jesús Montiel nos da los veinte céntimos que nos faltan para ser felices y mirar la vida con otros ojos, con otra escala de valores, transformando nuestros latidos en villancicos, en alborozo de palabras y sonrisas. Y es que sólo imaginar a “un niño calvo y su padre mirando sin prisa el descenso de la nieve”, a través de una ventana de hospital, hace que el invierno entero circule por nuestras venas rumbo a la lágrima mortal del miedo.

Tras sus renglones se vislumbra a un poeta filósofo y también teólogo, que hace de la fe una esperanza eterna de sublimación literaria. Su escritura no es una estafa, es la misma vida, una liberación. “La enfermedad pone el tiempo patas arriba” –dice en la página 27, con ese tono senequista y aforístico que Jesús Montiel esgrime en muchas ocasiones, que escribe con la contundencia de quien lo ha vivido en primera persona. “Sucederá la flor” es un libro tan sapiencial que me ha provocado una catarsis en la relación con mi hijo y los avatares de la vida cotidiana que tanto nos ciegan y nos apartan de la verdad, y en la visión de nuestra relación con el tiempo. “Sólo los tontos, los santos, los locos y los niños danzan en los salones del ahora” –revela en la página 28, o “ven en una cosa más cosas”. Y durante su lectura muchas veces necesitas echar mano del silencio porque “la habitación se vuelve irrespirable con tantas palabras”. Porque hace del dolor un gran maestro, el único mesías: “yo pongo mi dolor a mi lado y hablo con él todos los días” –nos confiesa en la página 22. Jesús Montiel, aunque resulte paradójico, “encuentra en el dolor… motivos de alabanza. El dolor (le) ha dado el canto”, el hermoso canto de un registro literario único y especial.
El mayor recurso literario de este libro es que ha elevado una experiencia vital a rango de oración casi mística, con un lenguaje sencillo y unas vivencias cotidianas, convirtiéndose así Jesús Montiel en una especie de escultor mágico al estilo de Alexander Milov y su escultura Amor. Como éste, Jesús ha sabido transmitir la fuerza interior del ser humano: su amor, su fe y su esperanza convertidas en “llave maestra de todos los sufrimientos” –página23.

            Nos va dejando noqueados con frases que no envidian nada al más sublime de los aforismos como “El chupete es un asidero, infunde seguridad al niño, es un pecho portátil” –página22-, y al decirlo, la realidad ya es otra para siempre. Jesús es un hombre religioso que, con pinceladas inesperadas pero certeras, expande la fe por sus escritos: “tuviste que abandonar el báculo de tu chupete”, erigiendo así a su hijo con la mismísima autoridad de un obispo que hace doctrina con su enfermedad, como el guía espiritual más elevado de la fe cristiana, porque de la noche a la mañana su hijo se convirtió en la prueba más irrefutable de Dios, en santo testimonio que “encendía la habitación con su sonrisa” –manifiesta en la página 23. “Sucederá la flor” es una oración, sin duda, una oración literaria, pero una oración que navega también por las aguas de la teología de lo cotidiano, porque al niño enfermo “lo mecen las oraciones que sus padres… pronuncian en silencio”. Y por el arte de la ciencia infusa convierte la esperanza en la clave de toda teología, de toda fe, de todo proyecto literario, uniendo hijo y literatura en una misma alabanza. Literatura que se hace confidencia y confesión que absuelve y eleva, atribuyéndonos a los lectores el papel de confesores; aunque nuestra absolución valga poco ante los ojos del alma que vibra en la fe, como verdadera quimioterapia que salva a la literatura. Porque “el amor es la medicina” –nos dice en la página 24, y yo doy fe también de ello. Jesús Montiel además de poeta también es un predicador, un gran predicador “que sabe abrirse para rezar” con su ser de poeta. La intertextualidad del libro con la Biblia es una constante, “Ananías, Azarías y Misael” –página 24- que nos lleva al horno ardiente que es en lo que se ha convertido “Sucederá la flor”. Su prosa suena como un salmo, porque en su pluma “el salmo del amor sofoca todos los infiernos”. Y es que la fe, en su obra está presente; aunque no esté de moda y así lo salmodia.

            Su lectura desprende un aroma auténtico y verídico, autobiográfico y de testimonio que te abre de par en par las puertas de un corazón, el suyo, el de Jesús Montiel, un corazón que parece el de “un Dios con la estatura de un niño de tres años” –exclama en la página 31.  Un libro didáctico y hasta filosófico en el que la sabiduría que da el dolor y el sufrimiento se comparte para hacernos testigos de otras realidades paralelas que vivimos. “Cada segundo no amado es más invierno, el frío intensifica su influencia, hay menos árboles, se mueren más mirlos” –dice en la 36. Un libro menudo como grano de mostaza que atrapa lo imprescindible porque como dice en la página 37 “los poetas y los niños sois capaces de nombrar las cosas con un vocabulario insuficiente”. Su escritura es un rezo. “Sólo los niños, los tontos, los santos y los locos lográis vivir sin asomaros al futuro”.

            La enfermedad, ese caballo de Troya del que se sirve Dios para vencernos en muchas ocasiones, ha servido también a Jesús Montiel, que la percibe como un regalo o una oportunidad, para inocularnos un ejército de palabras salvadoras que nos rediman con su aliento de padre entregado al hijo, y por extensión, de autor entregado a los lectores, a los que también nos acoge en alguna medida como hijos. Palabras que “testimonian lo invisible” y nos dejan vulnerables e indefensos al amor que rezuma “Sucederá la flor”. Espiritualidad pura que nos sublima, su lectura. “Cuando muere un ser querido se nos aparece el fantasma más o menos grande de su amor” –reza en la página 50. Igualmente, cuando se acaba la lectura de un librito que atrapa como éste, se nos aparece también el fantasma de su autor, un ser que ve y siente en lo sencillo la grandeza de Dios, la verdadera importancia de la vida. “Yo he tirado un poco de ese viernes con árboles y mucho frío y mira: se ha construido solo este libro que ya es como una casa en la que vivimos” –advierte en la página 51, y tirando de ese mismo hilo podemos afirmar también que nos ha construido un hogar a todos sus lectores, un refugio de alta montaña y de alta literatura al que siempre poder volver, ya que este libro-hijo es “una flor perfecta con aroma de resucitado”.

Custodio Tejada
Opiniones de lector
12 de mayo de 2018




domingo, 22 de abril de 2018

ORDESA de Manuel Vilas. Editorial Alfaguara.


ORDESA de Manuel Vilas. Editorial Alfaguara. 387 páginas, 157 capítulos-reflexiones-recuerdos y un epílogo de once poemas titulado: “La familia y la Historia”.



ORDESA de Manuel Vilas. Editorial Alfaguara. 387 páginas, 157 capítulos-reflexiones-recuerdos y un epílogo de once poemas titulado: “La familia y la Historia”.

            Dice por ahí José Luis García Martín que “cuando hablamos de los demás, hablamos de nosotros mismos” y viceversa añadiría yo. Y desde esta óptica se podría enfocar tanto la lectura de Ordesa como la de esta opinión de lector.

            Después de leer Ordesa es fácil quedarse sin palabras, porque solo te apetece oír su música y porque lo que se tenía que decir del libro ya lo ha dicho el propio Manuel Vilas, su autor, y ante el cual, el lector asiste como un mero testigo que al final se vuelve también cómplice. Incluso uno llega a pensar que ante “la vanidad de las conversaciones, la vanidad del que habla, la vanidad del que contesta” –como nos dice en la página 9, lo mejor es callar, guardar silencio y asentir con la cabeza para darle la razón en una simbiosis absoluta, simbiosis que te conduce a tu Ordesa particular y a tu Monte Perdido propio, ya que Ordesa es un reguero de pisadas que llevan y traen a Manuel Vilas de su yo al nosotros y viceversa.

            Manuel Vilas, desde su teoría literaria, nos dice en una entrevista que “el sueño de todo escritor es trasladar todo el flujo de la vida al flujo de las páginas” y eso es lo que él ha hecho en su libro. Sara Mesa apunta en la contraportada que “escrito a ratos desde el desgarro, y siempre desde la emoción, este libro es la crónica íntima de la España de las últimas décadas”.

            Una cita de la letra de una canción de Violeta Parra abre el libro, y un color lo envuelve de cabo a rabo: el amarillo, color que asigna a la memoria y al paso del tiempo, y que es en definitiva el color supurante del libro. Podríamos definir este libro como “un estado mental que es un lugar: Ordesa. Y también un color: el amarillo” –escribe el propio Vilas en la página 11, como reflejo del “dolor, de la inconsistencia, o el rencor”. Amarillo es el color de los rastrojos, y eso es lo que nos presenta Ordesa, los rastrojos de una vida incendiada en 157 capítulos-recuerdos y un epílogo con once poemas largos titulado “La familia y la Historia”, y donde todos “se irán muriendo” porque “los muertos son la intemperie del pasado que llega al presente desde un aullido enamorado” –nos confiesa en la página 125. Una muerte entendida como liberación siempre, “porque si alguien alguna vez ha de echarles una mano, serán los muertos quienes se las echen” –dice en la página 52. Y en la 213 nos dice que “el amarillo es el color que habla del pasado”.

            La voluntad de Manuel Vilas cuando narra la deja bien clara: “No me interesa enjuiciar lo que pasó, sino narrarlo o decirlo o celebrarlo” –manifiesta en la página 18. En sus renglones transcurre “la catarata de la vida, agua que está corriendo todo el rato, mientras enloquecemos” con su lectura –advierte en la 19, porque él busca la verdad con este libro, su verdad, y “la verdad es tu padre y tu madre” –dice en la página 31. Y aunque nos desvela que “de (mi) madre heredé el caos narrativo”, hay que decir que el suyo es un caos con mucho orden, con una línea argumental muy bien definida (sus padres), sujeta por los finísimos hilos de su sabiduría existencial, a pesar del “miedo a equivocarse, o miedo a meter la pata” que tiene el autor. No sigue una temporalidad biográfica, sino que va a saltos según su memoria y su interés narrativo. Va del pasado al presente, de una anécdota a otra sin seguir un orden estrictamente temporal, sino más bien sentimental. “Cuantos más paralelismos encuentre, más sagradas son la vida y la memoria” -281, y eso es lo que hace continuamente Vilas, buscar paralelismos entre el pasado y el presente, entre los padres y los hijos, entre lo familiar y lo social, entre la anécdota y la Historia, entre la palabra y la imagen, entre la realidad del recuerdo y la ficción de la realidad…  Porque le gusta “contemplar las cosas, la inesperada vacuidad de la cultura y de las palabras y de la realidad humana” -293. “Mi madre perseguía la estimación social, que se evaporó, y yo persigo la estimación literaria, que también se está evaporando” –nos dice en la página 313, y que resulta hasta cierto punto una “heterodoxa forma de libertad” y de una humildad magistral digna de alguien que se inmola en cada renglón.

            El libro se hace tumba, no nicho, sino el gran mausoleo de todos nosotros, que huye de la incineración quizá para compensar alguna deuda. Tumba con la que honra la memoria del autor y su época. “Las tumbas se inventaron para que la memoria de los vivos se refugiara en ellas” –dice en la página 32. En sus páginas hay renglones que restallan como aforismos o verdades reveladas y que iluminan durante unos segundos toda la oscuridad de la tinta. Y es a través de esos renglones –hechos máximas- la manera en que avanza la trama y penetra en sus personajes; así es como evoluciona el hilo conductor de los recuerdos, quizá como constatación de que la experiencia es el poso que queda de la vida en la memoria, la forma preferida de confesar su verdad al lector a la espera de una bendición absolutoria.

            El libro entero es una sinestesia que va de lo individual a lo colectivo y viceversa, un retrato particular que consigue definir a una época y a una sociedad. Y por tanto 157 capítulos y 11 poemas que se hacen bodegones de “la familia y de la Historia”, una especie de museo costumbrista que roza la exquisitez del vestigio.

            Una obra llena de guiños, al Quijote: “Vivo en la Avenida de Ranillas, en una ciudad del norte de España cuyo nombre no recuerdo ahora mismo”, a Teresa de Ávila, a Jesús de Nazaret, a Rimbaud, a Juan Goytisolo, a Kafka, a Hamlet, a T.S. Eliot … lo que intertextualiza la lectura y el contexto creativo del autor. Con una prosa diáfana y sencilla, plagada de oraciones simples consigue alcanzar la mística del instante y de la memoria como vías ascéticas llenas de clarividencia. Una obra reflexiva y auténtica que respira a modo de diario o de memorias y donde el autor nos deja en testamento su mundología. En Ordesa hay mucha poesía, filosofía, metáforas llenas de vértigo y testimonio histórico: “por eso hay en el rostro de Felipe VI una burbuja de sombra, y por eso hay en su mujer un murmullo de látigos” –podemos leer en la página 39. Páginas que se hacen documento de un archivo llamado Manuel Vilas, “este chico (que) lo hace bien” y que “ya ha cumplido los cincuenta años” y que “es un hombre que de vez en cuando alcanza ideas que están por encima de su clase social” –retrata en la página 42. Los adjetivos, elegidos concienzudamente, juegan un papel crucial, ya sean anudados a una corbata o sujetos a cualquier otro objeto o suceso, porque te ayudan a evolucionar en la lectura. Y es que él se hace “el portador oficial de las noticias…, el cartero, el notario” de la historia, la suya y la nuestra.

Ordesa es una casa encantada de reminiscencias y pensamientos donde Manuel Vilas actúa como médium. En él ves una vida, pero también una época; una biografía, pero también una épica. Una obra brutal que, convertida en un “cajón de recuerdos”, consigue aunar realidad y ficción en un relato que va más allá de la autobiografía, ya que como una sinestesia existencial hablando el autor de él mismo lo está haciendo de nosotros en una especie de alegoría, con las distancias y salvedades que cada lector quiera poner de por medio. Entre las páginas de Ordesa encontrarás ocho fotografías de camuflaje autobiográfico que atestiguan y dan fe del relato que el autor quiere transmitir, haciendo del seat 600 un templo de la nostalgia, por ejemplo, y a la vez convirtiéndolo en palio de muchas cabezas y personas que comparten similares recuerdos. Entrar en Ordesa es como entrar en cualquier casa española de nuestro pasado más reciente, es como entrar en nuestra propia casa y en nuestra propia familia, y leernos, a través de Manuel Vilas y sus vivencias, a nosotros mismos, por la multitud de paralelismos que encuentras. Ahí está la grandeza de Ordesa, en su proyección, en su refracción, que se hace y nos hace historia viva y contemporánea y a la vez relato literario.

“Si de algo me he dado cuenta en la vida es de que todos los hombres y las mujeres somos una sola existencia” –dice en la página 12, y eso es lo que consigue hacer el autor con los lectores, forjar una sola existencia con un único nexo, su libro, convertido en pan ácimo, en torno al cual la verdad, la suya, que es la nuestra, se hace testamento vital y documento historiográfico; lo mismo que hizo la novela Patria de Fernando Aramburu, de otra manera, por buscar otro paralelismo más de los que tanto le gusta a Manuel Vilas.

Conforme lees te vas adueñando del libro, o mejor el libro se va adueñando de ti, y en ese trueque descubres que compartes sus renglones quizá porque están convertidos en axiomas empíricos y hasta casi transformados en “verdades reveladas”. “Por muy mal que te vaya en la vida, siempre hay alguien que te envidia. Es una especie de sarcasmo cósmico.” –nos desvela en la página 13.

Un libro lleno de anécdotas que nos arrancan deliciosas sonrisas como cuando cuenta la de “soy tu padre” o habla de Moisés y la literatura, o solo existen la inmortalidad y la canción del verano, o el entierro de su tía Reme, o la que revela “lo que hemos sido casi todos” “pobres, pero con encanto”. Muchas son las páginas en las que te ves reflejado y con las que te identificas, al vivirlas como propias, ya que nos contagia su “don de ver las vidas” y su sentido del humor.

Manuel Vilas “no (cree) en los médicos, pero sí en las palabras” –afirma en la página 129, y es que éstas se convierten en placebos, más aún, en medicamentos para él; son, en cierta medida, sustancias que lo sanan y lo mantienen vivo a pesar de todos los muertos. Palabras que se convierten en drogas, y que ayudan a reconciliarse con uno mismo, lo mismo que hace el autor con el lenguaje. Vilas pone sonido a las palabras, se autoerige en Ulises de su memoria y de sus emociones, porque lo que hace el autor es un “viaje homérico”, como la placa con el nombre de su padre de fondo negro y hecha de cristal. Su libro es “un boomerang metafísico”, lírico y épico, con tintes de novela y de ensayo, de autobiografía y de ficción al mismo tiempo, de relatos y de poemas, en verso y en prosa y de crítica literaria. Libro ecléctico, torrencial, de aluvión.

Sabemos que la música activa ciertas partes de nuestro cerebro relacionadas con el aprendizaje y la memoria, entre otras. También nos riega, gracias a su beneficio sonoro, con dopamina y cortisol haciendo que la química mejore nuestro humor y ansiedad; además fortalece nuestro sistema inmunológico, alivia el dolor, nos ayuda a recordar y a tener emociones más positivas. En este libro la música también tiene su lugar y su magia. Aparte de las canciones del verano y del Dúo Dinámico o Julio Iglesias, los nombres se hacen música y las páginas son un concierto de sensaciones, partituras de una nostalgia existencial con ciertas dosis de remordimiento. Para Manuel Vilas, este autor esclavo de las sinestesias, la música del recuerdo es clásica y afectiva. A sus seres queridos, los que han significado algo para él, les ha asignado el nombre de un músico.  Así su padre es Bach y su madre Wagner, y a sus hijos los llama Bramhs y Vivaldi. A su tío Alberto le asigna Monteverdi, a su abuela la bautiza con el nombre de Cecilia, en honor a la patrona de la música. Otro tío paterno es Rachmaninov, su tío Mauricio es Händel, Herminio es Pergolesi, la tía Reme es María Callas y a un amigo lo nombra como Giusseppe Verdi. Y como guinda familiar, porque lo hace paralelamente suyo, al rey Felipe VI le da el apodo de Beethoven, y como espejo quizá se lo da también a sí mismo reforzando la unión más aún si cabe, al entrelazar el paralelismo entre la relación paterno-filial de Juan Carlos I y Felipe VI y la de Manuel Vilas y su padre. “Ya los he convertido en música, porque nuestros muertos han de transformarse en música y en belleza” –nos canta como un tenor en la página 220, o, “Sospeché que la música me sanaría, sentí el poder sanador de la música” “para llenar así de música la historia de mi vida” –apunta en la página 181. Una sinfonía de números y notas que campan por las páginas de Ordesa en busca de la función catártica que persigue el libro. “Se puede distinguir dos clases de música: la que canta y la que condena” –se afirma en la página 268, y aunque en el libro se oyen las dos, la que más fuerte suena y predomina es la que canta, la que celebra, la que da fe de la existencia. Es por eso por lo que el libro entero se ha convertido en una banda sonora o en un concierto. “Porque el pasado es también un rito de palabras y una forma de pronunciarlas” –dice en la página 260. Vilas se convierte en un experto taxidermista del lenguaje al convertir sus capítulos en animales disecados como trofeos de caza que adornan su memoria.

 “Si dejas de ser hijo, no eres nada”, y eso es nuestro autor, un hijo de su vida y de su historia, el hijo de una época, un tiempo y una geografía, y a nosotros –los lectores- nos hace hermanos suyos. “Una liturgia de hermanamiento” (página 199), eso es lo que hace con nosotros Manuel Vilas al escribir este libro, ya que “Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas”, porque “nos une el dolor” (página70) y el amor –“ya que solo el amor tiene sentido”, y la lectura nos hace de su estirpe. Porque en realidad, Ordesa es “una gran obra artística creada con (nuestra) propia carnalidad y espiritualidad”, a modo de un tumor literario –descubrimos en la página 28. Se nos cuenta en la página 228 que “solo existen los seres queridos. Solo el amor”, y así es como conviertes al autor de este libro en alguien querido y familiar porque te ha abierto la puerta de muchas remembranzas propias y extrañas. Aunque “una cosa son las palabras de un libro, y otra las palabras de la vida” –nos dice Vilas metaliterariamente en la página 96, y que aquí en Ordesa parecen confluir ambas; “las dos son verdades”, pero “juntas fundan una mentira”, y ahí está la clave y el truco narrativo de esta ficción que nos propone Manuel Vilas y la forma en la que cierra el círculo-laberinto del libro, encadenando todos los conectores tanto literarios e históricos como biográficos. “Los libros no son vida, como mucho un adorno de la vida, y poco más que eso” –añade en la página 286. Y como la muerte es “algo que no tiene sonido” –susurra en la página 315, todos los ángulos muertos que tiene este libro nos llevan al silencio (un “silencio –que- salió tocado de música” –solfea en la página 154) a ese sonido de lo no dicho, que, en cierta medida complementa y abrocha la música que desprende Ordesa. Un libro donde se escucha “la música de los muertos” y con el que el autor ha encontrado “un lugar donde caerse muerto” -327- y eludir la soledad al encontrarse con todos nosotros, sus presentidos lectores. Y “como abolir el pasado es abyecto” por eso él lo preserva dentro de nosotros.

“Una relación que muere da origen a una lengua muerta” –dice en la página 78, renglón-aforismo que demuestra que la relación autor-lector da origen a una lengua única, muy viva y siempre distinta. En la página 113 se pregunta Vilas de una manera indeterminada si “¿valió la pena leer ese libro?”, y concretando en Ordesa yo digo que, una vez terminada su lectura, sí que valió la pena, porque “somos compositores de la música del olvido” –se dice en la página 276, y en eso es en lo que se ha convertido Manuel Vilas, en un compositor, y este libro es la gran partitura de una vida, su sinfonía Ordesa. Texto que se convierte en alegoría de una época y un territorio que va más allá de la metonimia y de la sinestesia, porque nos enseña que “la verdad es lo más interesante de la literatura” – se dice en la página 77, y así lo demuestra. “Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida y el único éxito” –revela en la página 236, y ese paralelismo también lo descubres conforme lees, porque es un libro que espera al lector para entregarse a él en cuerpo y alma.

Custodio Tejada
Opiniones de lector
16 de abril 2018




ORDESA de Manuel Vilas. Editorial Alfaguara. 387 páginas, 157 capítulos-reflexiones-recuerdos y un epílogo de once poemas titulado: “La familia y la Historia”.