domingo, 10 de febrero de 2019

MATRIA de Raquel Lanseros

OPINIONES DE UN LECTOR

                                                                  MATRIA DE RAQUEL LANSEROS


MATRIA de Raquel Lanseros. Editorial Visor Poesía. Número 33 de la Colección Palabra de Honor. 45 poemas y 116 páginas, en papel grueso y tapa dura. Unas amapolas de pétalos púrpuras nos reciben en la portada de forma atrayente y atractiva. Y al final el dibujo de una rosa yacente donde se anuncia que se acabó de imprimir en Madrid el 24 de octubre de 2018. De todos los participantes en dicha colección (más de 30) es la segunda mujer que aparece.




MATRIA de Raquel Lanseros. Editorial Visor Poesía. Número 33 de la Colección Palabra de Honor. 45 poemas y 116 páginas, en papel grueso y tapa dura. Unas amapolas de pétalos púrpuras nos reciben en la portada de forma atrayente y atractiva. Y al final el dibujo de una rosa yacente donde se anuncia que se acabó de imprimir en Madrid el 24 de octubre de 2018. De todos los participantes en dicha colección (más de 30) es la segunda mujer que aparece.

Entro en cualquier coche-libro. El móvil me avisa: ¡Blutú; acoplamiento fallido! No siempre la química metodológica y epistemológica funciona. De igual manera, a veces el “bluetooth” de la lectura no ensambla bien con las expectativas que despierta, otras veces engancha y acopla con precisión de amantes y revelación divina. Como vivimos  inmersos en el posmodernismo puro y duro, una época irracional donde la verdad se construye  y donde toda verdad es relativa (salvo la propia) y donde cada persona tiene su verdad inalienable (salvo cuando se enfrenta a la verdad imperante), por tanto, la objetividad no existe y todas las certezas que pongan en duda estas premisas deben ser deconstruidas para conseguir la corrección política del pensamiento único que nos conduce a “la ideología invisible o The Silent Revolution” del “proceso histórico y cultural que subyace” en ellas, “con la doctrina del victimismo, concepto fundamental en esta ideología”, además del “presentismo” y el “multiculturalismo” (Stanley G. Payne), y donde el control del lenguaje, como diría Chomsky, es el medio más eficaz para conseguir los objetivos.

                Muchas voces retumban dentro de la misma voz. Aunque a priori pudieras pensar que Matria está puesto ahí como antítesis de Patria, podría también pensarse que en este poemario son dos caras de una misma moneda más que otra cosa. “Matria” es aquí un concepto aglutinador en torno al cual los poemas ejercen un tipo de sinergia y consenso, como una especie de broche que da sentido al conjunto. “Matria”, como título, estaría más en consonancia con la acepción de Julia Kristeva como “otro espacio”, como un lugar interior en el que crear un “cuarto propio” que diría V. Woolf, con todas sus reminiscencias y anhelos, o con la visión de María Zambrano, más que con las acepciones de Unamuno o Borges, que también podrían añadir matices. Ya el título, como neologismo, nos lleva de una forma implícita a escritoras como Virginia Woolf, Isabel Allende y Christa Wolf, pero también a los pueblos indígenas americanos como los mapuches, aymaras o quechuas. Para Raquel Lanseros la verdadera Matria es el lenguaje (el idioma es nuestra verdadera tierra natal, la concepción que nos une), y su verdadero hogar es la poesía “que toma conciencia” de que “Nuestro nombre es la casa/ donde nace la madre”. Y qué es la poesía sino el atuendo con el que se viste el poeta o la radiografía que transfigura a una sociedad. “Y qué gozosamente, con qué brío/ uno se da de bruces con el mundo/ y antes de comprenderlo ya lo ama” –leemos en la página 17, igual pasa con los libros y con “Matria”. La lectura de la sinopsis te predispone para que enfoques tu mirada de una forma holística, donde la sinergia, situada más allá de lo inductivo o lo deductivo, proyecta su capacidad de interacción entre los distintos fragmentos.

Después, apenas un puñado de líneas a lápiz han servido para que Juan Vida construya un retrato de Raquel Lanseros, artífice ilustrador también de la portada de amapolas intencionadamente púrpuras. A continuación, el índice, sin divisiones ni partes, con 45 poemas en bloque. Posteriormente una dedicatoria donde ofrece el libro a su hijo. Más adelante cuatro citas como cuatro guiños (todas de mujer), una de Rosalía de Castro (española), otra de Ingeborg Bachmann (alemana), de Rosario Castellanos (mexicana) y de Li Quingzhao (china), las cuatro nos introducen en el poemario a modo de prólogo o como una carta de navegación cosmopolita.

En la Revista Proverso dice Mateo Barbato: “Matria es una perspectiva, una relectura del mundo tal y como lo conocemos”, “Matria se descompone en temas como la libertad, la inmortalidad, la decadencia política, la magia del descubrimiento, la revolución, y, como no, la imaginación creadora y cómplice de la poesía”. Francisco Morales Lomas añade: “Con su última obra, Matria, penetra directamente en la esencia de lo humano, lo convierte en materia sensible, vivificante, esplendente. Un libro de suculenta riqueza expresiva y múltiples matices, sinuosidades, lecturas diversas y enriquecedoras”, “transita del yo al vosotros, del tú a ellos”. Daniel J. Rodríguez matiza en Zenda XL Cultural que “Matria es la conciencia del tiempo de la vida”. Alberto Dovar: “Matria es maravilloso. No solo por lo que cuenta, sino por el valor exacto de cada palabra, ni falta ni sobra ninguna. Este libro se subraya en el corazón”. En la solapa de la sobrecubierta del poemario podemos leer: “En ese territorio holístico se adentra la fuerza expresiva de la poeta… en una ceremonia poética rebosante de valentía, imaginación y vigor.” La propia Raquel Lanseros nos confiesa en una entrevista que “La poesía es el territorio absoluto de la libertad”, y que ella quiere “transmitir la verdad que anida dentro de un ser humano”.

El lenguaje de los números nos introduce en un mundo algo hermético, en un mensaje oculto, o al menos, discreto. Una arquitectura numérica sostiene los pilares de este libro. Ciertos números, como epifanías, aparecen en este poemario: 666, 21, 45, 1936…, y el número áureo de fondo, como arquetipo que contiene también la belleza globalizante. “Soy lienzo de simetrías canónicas” –reza en la página 53. “Matria”, seis letras, tres en rojo y tres en negro, en el interior. Ejemplar que ocupa el número 33 de la colección Palabra de Honor, en Visor Poesía. El 33, un número maestro, que desea, como una cumbre espiritual, llevar a los demás hacia la iluminación y lo eterno, hacia la luz “holística” del conocimiento y de la verdad que propone.

                El primer poema “La loca más cuerda” es un mar de interrogantes introductorios que nos deja desprotegidos de toda convicción, que busca desnudarnos como forma de desarme ante cualquier dogmatismo, para enfrentarnos a nosotros mismos, como si fuera una especie de poema-camino iniciático que conduce a otra realidad paralela. Una forma de hacernos repensar nuestras “certezas”. Raquel Lanseros, como “La loca más cuerda”, camina llena de interrogantes y algunas que otras convicciones que actúan como respuestas para no olvidar quién es y de dónde viene, y a dónde desea llevarnos. Sus versos se expanden y contraen en un Big Bang lírico que alcanzan los límites del momento histórico y su memoria. “Defiendo la memoria como la patria íntima” –nos revela en la página 107. Nos conduce a la identidad de los recuerdos, “donde las raíces del vaho aman y rezan”, entendidos estos como una correa de distribución que mueve el motor de una de las voces poéticas más importantes y exitosas del panorama poético contemporáneo. Bien podríamos considerarla como el buque insignia de una generación y una época que ha hecho de la poesía frente a la incertidumbre otra forma “de-escribir” el mundo y ponerlo en tela de juicio.

Son las sílabas y su cómputo, como el cloroplasto, las que contienen la clorofila de la métrica, la musicalidad del viento y las hojas que azotan suavemente el poema. Con endecasílabos o con alejandrinos sus poemas son corredores de fondo. Pero también danzan heptasílabos, pentasílabos, trisílabos… Y en medio de sus versos libres, emerge como un iceberg de “Fuego mutilado” la estructura clásica de un magnífico soneto en la página 31, o unas “Coplas de pensamiento poliédrico”.  Un poemario con múltiples recursos donde el experimentalismo, como la ausencia de puntuación o la ruptura silábica de las palabras para crear nuevos espacios de significación, agranda su figura creativa de excelsa matriz lírica. “Y uno se siente vivo porque sabe/ que todo está en primicia eternamente”, como un oxímoron divino.

                Y como “Nada surge de la nada”, que diría Parménides de Elea, qué son entonces las intertextualidades sino aceleradores de partículas, horizontales o verticales, que nos llevan a una transversalidad lectora, en definitiva, que teletransporta a unos diálogos previos que el autor ha mantenido con otros y consigo mismo hasta llegar a la intertextualidad entendida como una especie de alquimia o pócima literaria donde cristaliza una nueva interpretación que amplía nuestra percepción y la retroalimenta. Una retahíla de nombres acompaña el itinerario de la lectura. Enrique Santos Discépolo, Platón, Jacques Brel, Yeats, Jean Gabin, Francesco Petrarca, Dante, Antonio Quintero y Pascual Guillén, Albert Camus, Pablo Neruda, Elena Valdelamar, Rubén Darío, T.S. Eliot, Johne Donne, Roberto Juarroz, Lorca, Benjamin Button, Munch, Khalil Gibran, Robert Frost, Imperio Argentina, guiños también a Hemingway, Cervantes, Tolstoi… Ulises, Poseidón, Goliat y David… También los libros son recorridos y transitan por lugares interiores y exteriores. Así viajamos hacia otros puertos en busca de Ítaca, del Edén, del estuario del Río de la Plata, del Barrio la Boca, lago Calafquen, País Vasco francés, Hendaya-Irún, Chile-Villa PanguiPulli, Florida, Golfo de México, Avignon, la península ibérica, américa latina, Europa, España… Un conjunto de palabras esparcidas en el libro, como hitos en el camino, también nos guían y retratan una época: Posmodernidad, anglofilia, androides, estoicos, desheredado, refugiados, hiperestesia, utilitarismo, holístico, genocidio, antropocentrismo, canónico, paradigma, liturgia… Muchas son las temáticas del libro: El bien y el mal, tiempo y espacio, la Guerra Civil, la lucha de la mujer y el feminismo (refiriéndose a ellas dice: “Llevan siglos mirando desde lejos las hazañas ajenas, en los escaparates de la Historia”, “todo el futuro seguirá agonizando/ hasta que no sea suyo lo que les pertenece”), la memoria y los recuerdos, pasado y futuro, una voz ecologista crítica con el consumismo y el capitalismo… “de un mundo sin luciérnagas”. Nos advierte que “Mi tiempo es ceremonia de insolencia…”, tal vez porque hemos aprendido que los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos.

                Cuando lees a Raquel “las palabras preguntan por (su) alma” y “engendran sabor a nuevo mundo”, por lo que te convierten, en cierta medida, en un descubridor de su lírica profunda y metafísica, en la que navega la esperanza de una revolución contra la impostura y la manipulación. Sus versos pretenden ser “hologramas” de otra época y de la presente, en cruce y diálogo constante, pero también son “fotografías, vídeos, grabaciones”, testimonios de vida, “todas las lluvias de América y de Europa” juntas al mismo tiempo en “Matria” para dar fe de una nueva misión.

                Algunos poemas son más metalingüísticos, como “La lengua necesita una escapada” que conforman toda una poética donde el lenguaje recurre a la poesía como eje de salvación. Es la suya una poética que parece estar “presidiendo el mismo corazón del mundo”, una poética de útero que a todos nos contiene y define, o al menos lo pretende, haciéndonos pedazo de sus pedazos y fragmento de sus fragmentos en un “tótum revolútum”, en los que desemboca su conciencia que termina siendo la nuestra, por contacto y por amor, y que origina “todo conocimiento”, ya que sobre sus versos construimos nuestra casa común.

 En “Matria”, quizá uno de los libros más experimentales de los que haya escrito “con apoyo de todos los recursos que el lenguaje brinda”, y más concretamente en el poema “Europa”, juega con los conceptos, con las palabras y sus sílabas creando espacios paralelos de significación, una de dos, quizá porque eso sea para la autora Europa, un engendro experimental si nos fijamos en su historia, en creación y destrucción constante, en un vaivén de acordeón, como las sílabas de este poema; o porque el lenguaje es el primer paso para cualquier transformación. “el tu yo es el no mbre de una mujer violada/ y Platón a firmó/ el no mbre es arquetipo de la cosa” –dice en la página 27. Otros poemas más visuales emparentan con el cine o la pintura, con el grito de Munch o “Morena clara”. Aparecen poemas bilingües. También hay citas en inglés, francés y alemán. Un libro lleno de guiños ideológicos y eruditos, que funciona como un puente aéreo o un crucero de ida y vuelta entre España, América y Europa, entre la lírica y la épica, entre lo hermético y lo evidente, entre lo fragmentario y lo absoluto, entre el español, el inglés y el francés, entre el bien y el mal, entre la historia y la fe, entre el pasado, presente o futuro, entre el teatro, la poesía y la metafísica, o el cine y la pintura…

                Cuando leas “Matria”, con sus múltiples lecturas posibles, no des nada por sentado, cada lectura arranca nuevos matices, nuevos significados subyacen entre las mismas palabras. Un poemario que aspira a llevarnos “rumbo a la verdad”, ni más ni menos, “frente a la mentira dominante”, porque se presenta como una “poesía que nos asciende al cielo”, un cielo diferente y nuevo, más salvífico que ningún otro, el de Raquel Lanseros. Especialmente escrito si te “gustan las palabras cansadas de camino/ ésas que a vida o muerte se empeñan en decir” cosas nuevas.

                Dice Lawrence Ferlinghetti en “La poesía como arte insurgente”: “¿Para qué sirven los poetas en épocas como éstas?/ ¿Cuál es la utilidad de la poesía?”. “La condición del mundo pide auxilio para que la poesía lo salve”. Y eso es lo que pretende Raquel Lanseros, “Decide si un poema es una pregunta o una declaración, una meditación o una protesta”, de eso van los poemas de este libro, de ser subversivos, cuestionando constantemente la realidad y el “status quo” recibido. Ahí radica la fortaleza de “Matria” y su nuevo big-bang. La sinergia entre sus partes forma un todo que va más allá de cada poema. Eso es lo que pretende indicar este poemario: “que no es arbitrario, que todos coincidimos en ello si miramos con atención” a “donde se estrella cada día la verdad”. El libro es una búsqueda que termina con el hallazgo de un puñado de certezas. Busca la verdad como odisea, la propia. “La primera verdad que siempre vuelve/ a quien ya entiende que es la verdadera” –nos advierte “Cielo arriba”. Se pregunta: “¿Soy épica o hermética? / ¿Versicular o clara?/ ¿2.0 o mística?” Raquel Lanseros es todo eso y más, es alguien que nos expone que su “ambición mayor/ es volver a nacer”, a ser siempre otra sin dejar de ser ella misma. Por tanto, lo que demuestra “Matria” es que “El sol puede salir también de noche” y que puede poner patas arriba la creación tal y como la conocemos, si ella quiere. Y para concluir quiero parafrasear a la poeta: “Hay quien tiende a pensar que lo merece todo./ Yo prefiero dar gracias” por todo lo recibido, que es mucho, con esta lectura y los pensamientos que sugiere en este comienzo tan agitado de siglo y de milenio donde la posverdad campa a sus anchas.

Opiniones de un lector
Custodio Tejada
Febrero de 2019


MATRIA de Raquel Lanseros. Editorial Visor Poesía. Número 33 de la Colección Palabra de Honor. 45 poemas y 116 páginas, en papel grueso y tapa dura. Unas amapolas de pétalos púrpuras nos reciben en la portada de forma atrayente y atractiva. Y al final el dibujo de una rosa yacente donde se anuncia que se acabó de imprimir en Madrid el 24 de octubre de 2018. De todos los participantes en dicha colección (más de 30) es la segunda mujer que aparece.


miércoles, 23 de enero de 2019

LAS ÓRDENES de Pilar Adón


LAS ÓRDENES de Pilar Adón. Editorial La Bella Varsovia. Poesía. Dividido en tres partes, con tres enfoques de la dependencia. 68 páginas y 35 poemas (las primeras palabras de la mayoría de los poemas asumen el papel de títulos). Tercera edición en noviembre de 2018. Y un verso para abrir boca: “Volver a casa es el miedo”.



LAS ÓRDENES de Pilar Adón. Editorial La Bella Varsovia. Poesía. Dividido en tres partes, con tres enfoques de la dependencia. 68 páginas y 35 poemas (las primeras palabras de la mayoría de los poemas asumen el papel de títulos). Tercera edición en noviembre de 2018. Y un verso para abrir boca: “Volver a casa es el miedo”.

Cuando entro en una librería me dan muchas ganas de leer y ninguna de publicar. Lo que nos pasa a los escritores con la letra impresa es algo enfermizo, muy parecido a lo que vive una polilla con la llama de una vela. Nos gusta quemar nuestras alas en las imprentas. Al elegir los autores, cada editorial tiene su tijera y su forma de recortar la realidad, e incluso de recrear el mundo a su antojo, como no puede ser de otra manera. Buscar una cuota de mercado o un prototipo de lector, encontrar un espacio vital donde hacer cada uno su revolución y su guerra, esa es la máxima aspiración de cualquier proyecto intelectual. Encontrar cada uno su Dorado, en suma.  Y mientras tanto, el lector sobrevive como puede entremedias de las grandes publicidades demostrando que no solo vive de ellas. Lo que demuestra “La Bella Varsovia” es que hay poesía más allá de los paraísos editoriales, de que hay vida literaria más allá de Tusquets y sus Textos Sagrados, Visor, Hiperión… Como todo pacto con los lectores, “La Bella Varsovia” está repleta de una nostalgia utópica, como lo demuestra su catálogo de títulos y autoras como Ana Rossetti, Fruela Fernández, Berta García…, en una apuesta clara por una nueva poesía social y un orden lírico nuevo. Ya sabemos que el individuo es más vulnerable cuando va solo que cuando marcha en grupo. Desde que nacemos proyectan roles (expectativas) sobre todos nosotros, en casa, en el cole, entre los amigos, en el trabajo, en Facebook… que muchas veces tenemos que asumir el trágala para ser aceptados, o rebelarnos, y entonces caer en el ostracismo o el desprecio, cuanto menos.

Dice Archie Randolph Ammons que “las palabras son un modo de defenderse/ en el/ mundo”. La portada de “Las órdenes” de Pilar Adón, en una presentación exquisita, con aspecto vintage y un color crema de fondo, nos deja una imagen onírica que anuncia, quizá, la extrema incertidumbre que produce el miedo. Una edición cuidada y elegante cuya cubierta, un collage de Francisa Pageo, profetiza el surrealismo que impregna en alguna medida todo el poemario. Una faja, como una tela de araña para atrapar al lector, en color tierra, abraza y apadrina el libro con una frase de Fernando Aramburu que dice con todo el peso de su nombre: “Provista de un fino ingenio para extraer mil y una sutilezas psicológicas de los barros interiores de que están hechos los seres humanos”. En la contraportada se apunta que “Pilar Adón ha escrito un libro incómodo por su cuestionamiento de aquellos dictados –crecer, cuidar, reproducirse, seguir cuidando- que habíamos asumido, y contra los que Las órdenes se rebela”. Carmen Sigüenza dice en “Tribuna Feminista. elplural.com” que “Pilar Adón mete el bisturí en las relaciones de dependencia” y que “se ha convertido en una de las escritoras más reconocidas y valoradas por su profundo amor a la palabra y su intensidad temática” sobre “una verdad que adquiere verdad literaria porque Adón escribe sin disfraz”. Diego Doncel completa en ABC Cultural que “Las órdenes está construido por medio de dicotomías tanto existenciales como morales. Por eso a la vez que expresa ese malestar, es un libro sobre la posibilidad de la ternura… y del sufrimiento familiar y social”, “es un libro de lenguaje, de imágenes y de pensamiento, es decir, de vida”. Y ya para rematar concluye Francisco Javier Irazoki en el Cultural.com que “Adón sacude los mitos femeninos: la maternidad, un fardo de expectativas, las sumisiones”, o que “su escritura nítida y refinada no se agota en la superficie de los hechos y paisajes. Ahonda. Sus páginas contra la resignación o la culpa desvelan nuestras contradicciones.” Y así es como he leído el libro, con la música de Vanesa Martín y de “Todas las mujeres que habitan en mí”.

            Las dos primeras palabras del primer poema: “Regalarlo todo”, nos anuncian lo que es este libro, un regalo de Pilar Adón a todas las madres y las hijas, especialmente con una clara intención: huir del sometimiento de los roles, de las órdenes y de las imposiciones sociales. El libro sigue una trayectoria que transita los márgenes del orden establecido y busca otra perspectiva, un orden nuevo al que aspira con lucidez. En este poemario “Las órdenes” van unidas a la palabra culpa y la palabra miedo, pero también a “la palabra ficción y a la palabra verdad”.

            Lo que nos cuenta Pilar Adón es otro sentir, nos muestra una mirada distinta, otra forma de ver los hechos y sus consecuencias. Refundar la feminidad, reconducir “Cada mirada de hembra. Cada preñez” para liberarnos del miedo porque “el cuerpo… lejos de aumentar/ reduce su tamaño y se parte en dos”. La maternidad se expone como un yugo, una opresión o una condena. Algunos tintes surrealistas se esparcen por el libro, quizá con la intención de crear un clima onírico, para desvelar el lenguaje que hay “a través del sueño”, como el poema “Un perro en el barreño del bebé” que bien podría parecer el conjuro de una bruja.

Poemas largos y poemas cortos, algunos de un par de versos que emparentan con el aforismo, se suceden y marcan un ritmo roto donde el matiz de los significados son señales certeras que ayudan a interpretar el conjunto, a poner en tela de juicio toda certeza. Su lírica narrativa avanza por nuestros oídos con “silencioso impulso” de serpiente que se arrastra por los renglones de hierba “en una interminable tentación del malestar”. Sus poemas, la mayoría sin título, dibujan escenas, atesoran momentos íntimos de valor incalculable. El texto, eminentemente enunciativo, crea una atmósfera onírica con tintes de pesadilla que pretende instalarse en una voz rebelde con la intención no solo de denunciar las cosas, las actitudes, los roles, sino también de cambiarlos. Poemas, con una clara vocación descriptiva, que parecen secuencias cinematográficas de una memoria con cargas de profundidad que conducen a un cuestionamiento metafísico y moral de la realidad. Un poemario que en su conjunto pareciera una serie televisiva, y cada poema uno de sus capítulos. Los versos de “Las órdenes”, de una visualidad extrema, avanzan a cámara lenta, como si fueran un mar detenido lleno de puntos y comas que dan al texto una fluidez lenta y sugerente, por lo que tienen de fotogramas, da alud de imágenes y percepciones.  Los ojos de Pilar Adón se convierten en los focos que apuntan al escenario para resaltar a los actores principales de su poética social, sus latidos. Los poemas cortos de uno o dos versos actúan como una claqueta que prepara la toma siguiente.

También hay nombres que acompañan su camino y el nuestro, itinerarios vitales que confluyen en su poesía y su pensamiento. Alice Oswald, Jane Kenyon, Percy Bysshe Shelley, Ingeborg Bachmann, Thoreau Katherine Mansfield… Numerosas figuras literarias embellecen el texto, anáforas, epanadiplosis, concatenaciones, polisíndeton... Un poemario que, confeccionado en tres partes, nos presenta tres enfoques de la dependencia, como madre, como hija-cuidadora y como poeta. “No queremos ser madres./ Seguir siempre hijas” –nos confiesa en la página 30.

Sí, hay que reconocer que Pilar Adón escribe “Las órdenes” como si hubiera hecho un inventario de su vida y de sus ideas, un arqueo de sus verdaderas posesiones en pos de la razón de su existencia y del sentido de la poesía, la suya. Una poesía social comprometida con la causa: la transformación de la sociedad. Con este libro contribuye a la creación de una nueva conciencia y a la constatación de una consciencia distinta. Eso es “Las órdenes”, una expedición a su yo más íntimo, “a la vida de siempre”, a la esencia de su ser femenino cansado de tantos atropellos. “Ellos no lo advierten/ pero arrastramos un rencor en los genes/ heredado de cada mujer” -exclama Pilar Adón en la página 34 como una amazona del verso, “Acusando un odio que no se cura”. ¿Pero qué quiere conseguir o a qué aspira en última instancia Pilar Adón con este libro? A “corregir cada palabra, cada voz./ Cada movimiento y cada gesto”. Busca una nueva fe, despertar a la serpiente y encontrar otro camino para escapar de cualquier intento de sumisión, partir de cero para darle una nueva utilidad a las palabras y a los hechos. Una “resistencia eterna…/ mejor no dejar/ nada./ Ni hojas ni muebles./ Ni cosas ni hijos” –apunta en la página 27, no le preocupa “recoger lo que se ha sembrado”, quiere ser en la plenitud de sí misma, nunca “una hembra delicada ni pusilánime”. Una llamada a rebelarse, un canto a la desobediencia, porque sin obediencia las órdenes no son nada, y todos, sin excepción, somos el resultado de las mujeres que nos habitan.




Opiniones de un lector.
Custodio Tejada
Enero de 2019






jueves, 3 de enero de 2019

VERSOS DEL EQUILIBRISTA de Carlos Vaquerizo.

OPINIONES DE UN LECTOR


VERSOS DEL EQUILIBRISTA de Carlos Vaquerizo. Editorial Verbum. 54 poemas y 68 páginas. Incluye en las primeras páginas el fallo del premio conseguido (El “Juan Alcaide de poesía 2018)) y el índice. Cierra el libro el poema que da título al conjunto.



VERSOS DEL EQUILIBRISTA de Carlos Vaquerizo. Editorial Verbum. 54 poemas y 68 páginas. Incluye en las primeras páginas el fallo del premio conseguido (El “Juan Alcaide de poesía 2018)) y el índice. Cierra el libro el poema que da título al conjunto.

            Atravesamos tiempos en los que hay que hacer un verdadero equilibrio existencial para sobrevivir en un territorio cada vez más hostil, que nos ataca por todos los frentes, en los que siempre se le echa la culpa a otro y nadie asume sus propios errores, el insulto y la descalificación como antesala de la muerte. En medio de este panorama, casi desolador, yo doy mi humilde opinión acerca de un libro de poesía como si no hubiera otra cosa más importante que hacer en el universo. Hay libros que aparecen por todas partes, pero otros hay que ir a buscarlos a caso hecho, asumiendo riesgos y sin derecho a devolución una vez enviados a la librería. No por eso son mejores unos que otros. Éste, “Versos del equilibrista” es uno de ellos. La imagen de la portada, como una sombra chinesca, nos recibe insuflando una extrema flexibilidad y equilibrio a la luz y a la sombra. De una simple hoja que está a punto de desprenderse pende la vida del equilibrista, o sea, Carlos Vaquerizo, su autor.
            Al comienzo, en letra pequeña, está el fallo del premio conseguido por este libro y donde podemos leer que se le otorga por: “la naturalidad de su tono lírico, su clasicismo y belleza contenida. Este libro, partiendo de la experiencia del yo personal quiere abarcar al mundo, con un fuerte contenido de la presencia del tiempo, del límite inexplorado que se abre en lo cotidiano.” En la contraportada se añade que “indaga sobre cuestiones universales e inherentes al ser humano, tales como la infancia, el amor, la índole temporal del hombre y el oficio de escribir.” Rubén Martín Díaz dice en Facebook: “Buen libro de Carlos Vaquerizo Torres, poeta de una profunda honestidad que se maneja en el verso largo y en la prosa poética como pez en el agua. Imágenes potentes y fuerza contenida en unos poemas que beben de la mejor tradición poética española.” El propio Carlos Vaquerizo nos cuenta en Facebook que “A veces un perfume, un son, una imagen… nos enlaza con aspectos que estaban arrumbados en la memoria”, convirtiendo al lector en un “Diván” (título de uno de sus poemas) de psicoanalista donde, el paralelismo de los versos, nos ofrece el descanso y el llanto.
            Versos del equilibrista, poemario que se debate entre la decepción y la euforia con cierta tendencia al desengaño, es un libro que te hace pensar que está escrito al revés, con el índice al principio. Pareciera que su orden interno está construido para que se pueda leer tanto de delante hacia atrás como viceversa, quizá por la estructura circular que lo abrocha. Ambos recorridos comparten idéntico final y sentido. Incluso los títulos de los poemas que resuenan con voz de anacoreta que clama en el desierto, leídos todos a la vez y seguidos, en ambas direcciones, adquieren rango de poema, que en apariencia puede parecernos autómata, pero que no lo es. Los títulos de los poemas cumplen con una misión secreta, mostrados en el índice, son muy elocuentes y esclarecedores, en este caso más que en otros. Funcionan como una letanía del alma y del ser del poeta y del propio libro, una letanía que adquiere rango de voz salmodia (casi de oración a su diosa: la Poesía) como todo el libro rezuma. Quizá por eso ha colocado el índice al principio, para que nos sirva de plano-guía, de primeras impresiones y para dejar clara su voluntad. En él nos muestra el itinerario a seguir a través de un puñado de palabras que funcionan como mantras de la poética que todo lo envuelve, y que luego la lectura nos confirma y amplía. “Como tantos hombres,/ como tantos nombres”, “que aguarda/ su restitución” en el lector atento. Un índice “in order of appearance” que traza las coordenadas de una lucha interior, a caballo entre la conciencia y la metapoesía.

            Que ciencia y poesía van de la mano y se retroalimentan es algo evidente tanto en éste como en muchos otros casos. La ciencia es la poesía de los hechos verificables. La poesía es la con-ciencia de las palabras. El primer poema “Arquímedes lector” nos introduce en un contexto y proyecta sin contemplaciones el rol que el autor espera de nosotros. Lo asumes o lo dejas, pero el autor te lo plantea a bocajarro. En su “Principio lector” y desde su cuerpo flotante, puesto que toda lectura experimenta un empuje de dentro hacia afuera igual a la opinión manifestada, aflora la técnica del “tornillo de Arquímedes” (la lectura) que comunica dos realidades que se retroalimentan, la del autor-emisor y la del lector-receptor. Es así como consigue que flotes en el líquido amniótico de su poética. Sus versos, convertidos en vasos canopes de la emoción, guardan las entrañas de un autor convertido en “sacerdote funerario” que rescata del inframundo recuerdos y reflexiones. “La muerte momificada del mundo que se encuentra en los libros” –proclama en la página 20.  Las palabras son un “sanctasanctórum”, y así es como las trata y las adora, en una especie de ritual de momificación contra el tiempo que su quehacer de poeta tiene. A los lectores nos deja el papel de “pontífices de Ra”, para que le demos nuevamente vida a estos versos momificados en sagrada “Metempsicosis”. El segundo poema titulado “Job” nos alienta en la perseverancia y en la paciencia, dejándonos claro desde el principio el marcado componente metaliterario que el libro ofrece. “Quiero, lector, que concluyas las miras de estos versos, que ahondes la expresión que se proclama…”, para que lo hagamos “llanto de (nuestro) llanto, en savia de (nuestra) savia” –exhorta en la página 11. O “Mucho mejor una certera frase que nerviosas y efímeras páginas”, quizá porque este libro tiene mucho de fragmentario y aforístico.

            El poemario, que nos introduce “en la diáspora/ del tiempo y sus demonios”, es un laberinto encriptado que convierte al lector en verdadero protagonista del juego que el autor ha preparado, y del que resulta difícil salir indemne, de esos “criptopoemas en los que verti(ó) jeroglíficamente (su) vida”. El autor equilibrista encuentra en el trapecio la línea de sujeción para no caer al vacío sin red que hay debajo de los renglones. Los versos son una maroma por la que desliza sus pies descalzos, el punto de palanca que busca para mover lo imposible y descifrar un enigma, el suyo. “Dadme un fragmento…Voy a mover el mundo, las conciencias” –dice de forma pretenciosa. Y aunque se respira cierto escepticismo y desencanto, su sed de equilibrio le lleva a compensarlo con algunos atisbos de lo contrario, en ese vaivén existencial que sus versos tienen. Un libro que conforme vas leyendo, el simple hecho de pasar sus páginas, ya te provoca una extremada hiperestesia hasta que te convierte en parte de su laberinto. “Mi verso se ha hecho hombre. Quiere cargar la cruz de humilde cirineo hasta que todo acabe” –recalca a modo de penitencia, porque “Versos del equilibrista” está impregnado de un éter religioso, donde el autor erigido en una especie de sacerdote dirige la ceremonia lírica en la que convoca a su iglesia metaliteraria, los lectores, a la espera de la resurrección o la reencarnación que la lectura supone. Un poemario, surtidor de melancolía y tristeza que sangra siempre casi al borde de la extinción, como una especie de epitafio “que nos nace intramuros”. Un libro denso y enigmático, por lo que tiene de hermético, de calavera y barroco (a lo Valdés Leal), pero con palabras-fuente “que conservan del hombre todas las cenizas, todos los sueños de grandeza”, ya que “(somos mortecina oquedad de tiempo y humo)” –revela en la página 35. Poesía que danza como una santa compaña de versos “de modo esquizofrénico y lírico y la lluvia/ de hiperestesia que todo lo asume en el abierto laberinto”.

            En el libro suenan muchos ecos, una retahíla de nombres señalan otro itinerario dentro del libro y del propio autor. Como una especie de reencarnación sinestésico-intertextual, su aliño creativo (de influencias clásicas, científicas, lectoras, existenciales…) dota al libro de un espíritu connotativo particular y de unos vasos comunicantes que riegan la lectura a veces a manta y otras por goteo. Arquímedes, Cicerón, Job, Jacques Lacán, Rilke, Juan Ramón, Rubén Darío, Gardel, J.N. Cassavetes, Pandora, Eva, Lugones, Luis Cernuda, Prometeo, José Asunción Silva, Ingma Bergman, Tarkovski, Lugosi, Browning, y también resuenan Nicanor Parra y Pablo Neruda…

            El círculo representa la unidad y la perfección, lo espiritual, a Dios, al disco solar, un encuentro entre lo divino y lo humano, la forma que contiene a las otras formas… “Hacia el final del círculo viajamos entre anécdotas” –decía al comienzo, en la página 19. Y con el último poema, que da título al conjunto, cierra el círculo de pensamiento que pretende su poesía y el libro en su conjunto, como ese espacio perfecto que es el “sagrado círculo” “de no estar solo”, porque ya está refugiado en los lectores a los que tanto necesita para completar su periplo metaliterario y existencial. Y ya que todos los lectores somos “los despojos de lo que otros fueron” –aclara en la página 59, y a los que nos deja, en cierta medida, un papel de sarcófagos bibliográficos que descansan en esta cámara mortuoria que es la literatura, ¿qué busca entonces el poeta Carlos Vaquerizo, “amante arrojado de la prosa del mundo”, aunque en él hay mucho de prosa poética? Psicoanalizarse como vía para comprender el mundo, “Vivir lo que (leyó) en los libros” -dice. ¿Qué quiere conseguir entonces con “Versos del equilibrista”? Una “dicción redentora” y casi mística “que soporte la densa voracidad del tiempo”, lanzar su yo “hacia el lector: la fama o el olvido”. “Conformar un canto/ fundacional y mítico, indeleble”, consumirse eucarísticamente “para volver a ser en otros hombres”, para ser la voz limpia de una conciencia que espera conseguir el éxito de la eternidad que da la palabra, por los méritos alcanzados en la vida y en los versos. Busca hacerse poesía “de numen trascendido”, perpetuarse en la palabra equilibrio y su ablución bautismal. Encontrarse a sí mismo, en suma, a través de la poesía y de nosotros sus lectores.

           
Custodio Tejada
Opiniones de un lector
14 de diciembre de 2018

VERSOS DEL EQUILIBRISTA de Carlos Vaquerizo. Editorial Verbum. 54 poemas y 68 páginas. Incluye en las primeras páginas el fallo del premio conseguido (El “Juan Alcaide de poesía 2018)) y el índice. Cierra el libro el poema que da título al conjunto.




sábado, 8 de diciembre de 2018

DEFENSA DE LAS EXCEPCIONES de Andrés García Cerdán


DEFENSA DE LAS EXCEPCIONES de Andrés García Cerdán. Colección Visor de poesía. 34 poemas y 64 páginas, con dos citas al comienzo, una de Denis Levertov en inglés y otra de Paul Klee en español, más una dedicatoria. El poemario no está dividido en partes, es un todo magmático.

DEFENSA DE LAS EXCEPCIONES de Andrés García Cerdán. Colección Visor de poesía. 34 poemas y 64 páginas, con dos citas al comienzo, una de Denis Levertov en inglés y otra de Paul Klee en español, más una dedicatoria. El poemario no está dividido en partes, es un todo magmático.


            Si la inteligencia y su bravura nos hace sumisos o rebeldes, todo escritor es un puzle repartido en la opinión de sus lectores, por eso, cuando un lector comparte su opinión lo que comparte son las luces y las sombras de una realidad “cuántica” (la lectura), que le transfiere al observador un papel crucial, casi místico. En estos tiempos que corren un libro puede ser lo más parecido que hay a un kit de supervivencia. Toda opinión, como “en el sueño mínimo del átomo/ las cosas son, pero no son, y nada/ hay que sea certeza y solidez”, depende tanto del observador-receptor como del autor-emisor. Aquella cita archiconocida de Gabriel Celaya, que dice “la poesía es un arma cargada de futuro”, viene aquí como anillo al dedo para introducir este poemario guerrillero, al menos en intención y potencia sublimada. Walt Whitman dijo que “no dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo”, y es desde esta premisa de donde parece haber partido nuestro poeta. Andrés García Cerdán, que le “enaltece el extrarradio” y esa llanura en llamas que tanto quiere, se convierte aquí en el Robin Hood de “la escuela poética de Albacete” y de los versos periféricos que dan en la diana de la buena poesía y su influencia cada vez más laureada.

            La portada nos recibe con una flecha en amarillo (de Carmina Ramírez Belmonte), una señal que indica el camino a seguir o la diana a la que apunta. El título del libro nos deja muy claro cuáles son sus verdaderas intenciones “contra el orden que duele”. Es una incitación a tomar partido, a definirse y señalarse independientemente de las consecuencias, para así entrar en el club de los elegidos. Por eso, si la excepción confirma la regla, “Defensa de las excepciones” es un poemario que viene a lo contrario, a convertir la voz en credo y duda de los inconformistas y los rebeldes. Un libro cuya lectura te “conecta umbilicalmente” con el autor y su mundo particular de observador cuántico con cierto pedigrí “underground”. Andrés García Cerdán, como un francotirador, “con la lentitud de un amor que quema”, aprieta el gatillo de la buena poesía para que la palabra (hecha bala) nos alcance con la mayor precisión posible, quizá aspirando a ser vacuna en el mejor de los casos.

En la contraportada, la sinopsis nos aclara que el libro “es una llamada a la disidencia y la rebelión espiritual. Desde el vitalismo, estos poemas deslizan su gran rechazo de los límites, las certezas y las imposiciones del mundo contemporáneo”. Rubén Martín Díaz nos dice: “Andrés García Cerdán es un revolucionario. Y, además, uno de los buenos, de los que están en primera fila y no fallan, porque escribe verdadera poesía”, y añade que en el libro hay “pluralidad de referencias culturales, lenguaje contundente, formas cuidadas del poema, importancia de la adjetivación para dar mayor énfasis al verbo, variedad temática…” El propio autor confiesa que “es mi poemario más desnudo y directo… Es mi poemario más personal y menos literario en el sentido de que es mucho más libre en las formas”. Parafraseando la opinión del autor en otros foros, su poesía no es “poesía basura, low cost, de autoayuda, fécula de poesía, postureo poético”. Él lleva el poema a “lo más lejos posible en su indagación de la naturaleza, el ser, las palabras”, porque también piensa que “ahí afuera todo da un poco de pena, todo es un poco demasiado sórdido y estéril”. Y es que Andrés García Cerdán es un poeta de casta, a lo Miguel Ángel Velasco podría decirse.


                        Los primeros versos son un acto de contrición “en su estado más puro”. “Me equivoco. Cometo errores./ Digo cosas inoportunas” –confiesa. Pero no penséis que es derrotista, no bajéis la guardia, porque pronto pasa al ataque. Este poemario, en cierta medida, es un alegato para rebelarse contra esos discursos oficiales que nos imponen una versión unívoca (para dejar de ser críticos) y contra ese lenguaje impostado de lo políticamente correcto que toca defender porque a alguien desde arriba le interesa y lo decide así, aunque el incorrecto a veces también adolece de lo mismo. Es una provocación para que seamos dueños de una libertad real en lucha contra los tiranos de la opinión que hay en todos los frentes. Con un “Atrévete a decir lo que te duele” –nos exhorta para que seamos dueños de nuestra opinión, libre de intermediarios. Un libro en el que late cierto panteísmo underground en estrecha alianza con una poesía social sutilmente envuelta en un “misticismo lisérgico” como él mismo manifiesta. Títulos y álbumes de canciones, poemas, pintura, nombres de bandas, autores… Una especie de sinestesia general parece nutrir su experiencia (de música, de poesía, de pintura) saltando de una a otra en acrobacia lírica y espiritual hasta convertir el corazón del libro en un “disco de vinilo” deliciosamente subversivo. La otredad, como un viento frío de la meseta, como “un golpe de aire en la cara”, es el espíritu que habita en él, desde una nueva perspectiva del prójimo, de hecho, el segundo poema se titula “Los otros”, que podría leerse como una poética del ser colectivo por encima del ser solitario. El autor, desde una perspectiva individual puesta al servicio del otro, escribe “contra la corrección insoportable”, “contra la horrible semejanza de todo”, aunque paradójicamente lo que pretende este libro es la comunión de todos los hombres “que dicen no”. O sea, que su verdadera “estructura profunda” es la palabra convertida en hostia lisérgica de una revolución sumarísima.

La elección de ciertas palabras y no otras, como si fueran un reguero de pólvora o puertos, determinan el destino ideológico y ético de cualquier discurso. Y esa elección es otro itinerario más que hace que los conceptos sean la verdadera luz de cualquier libro, el mensaje encriptado de los poemas y su diálogo alucinógeno por lo que las palabras tienen de extrasensorialidad, poder visionario y también subliminal. Como un acto revolucionario el libro está sustentado en palabras-comando como: “explotan, francotirador, Plaza de la Revolución (francesa, con la guillotina al fondo), Ilustración, Robespierre, Guerreros comanches, arco, sublevación, graffiti, enemigos, asesinato, bala, gatillo, disparo, muerte, soldado, monstruo, decadencia, libertad, “cruz tóxica, atómica”, sacrificio, imbéciles, punk, Dios, cuervos, conciencia, dolor, amor, perdón y un largo etcétera. Detrás de todo libro hay una filosofía y una postura vital que sustenta el edificio, una arquitectura de pensamiento que actúa como dovela central del puente que unen al autor con el lector. Y en especial para Andrés García Cerdán, que sabe que las palabras tienen un nivel cuántico-freático y una longitud de onda que las convierten en fetiches mágicos de las conjuras y de las utopías.

            En “Defensa de las excepciones”, título que actúa como pegamento de un conjunto variado de poemas, hay homenajes e intertextualidades que trazan caminos paralelos, multitud de connotaciones, otros itinerarios dentro de la misma odisea del libro, ideologías, en suma. Nombres que desfilan casi de manera marcial, al fin y al cabo, y que actúan como pócimas o hechizos dentro del libro, como delicadas matrioskas. Cada mención o referencia es una línea de fuerza que sustenta la arquitectura y el pensamiento que ha recorrido el autor para construir este poemario. Así aparecen Paul Valery, Charles Simic, Noam Chomsky, Heisenberg, Sócrates, Cang Jie, Platón, Johannes Vermeer, Antonio Gamoneda, Horus, Jhon Lennon, Jorge Riechmann, Homero, Ulises, Nietzsche, Czeslaw Milosz, Jan Boleslaw Ozóg, Jan Twardowski, Marylin, Plutarco, Frankestein, Emanuel Swedenborg, San Andrés, la banda “Los planetas”, Anne Sexton, Evelyn Waugh, Dylan, El Bosco, David Bowie, Egon Schiele,  Iggy, Rolling Stones, Robespierre, Rimbaud, Orfeo…Todo nombre que aparece en un libro es un recorrido intelectual previo que ha realizado el autor hasta cristalizarlo allí, en el poema, y que actúan como vasos comunicantes o veneros. Con los lugares ocurre algo similar. También nos indican otros caminos, otras vías de conocimiento y de trance que “trazan un recorrido eléctrico”. Así, a través de sus versos también viajamos a Delft, Holanda, China, Hawai, Río Avon, Inglaterra, Sohach, Egipto, Liverpool, Tíbet, Görtlizer Park, Berlín, Oranienstrasse, Basilea, Polonia, Lévcade, Grecia, Fuenteálamo, Albacete, Etna, Sicilia, Istambul, Turquía… Otros nombres, a modo de sutiles dedicatorias u homenajes dejan entrever otros senderos vitales como son José García Armillas y familia, Carmina, Félix y Diego Sánchez Aguilar.

El propio autor lo escribe en la página 31: “La diferente longitud del verso/ y el lugar al que llega/ cada vez que intentamos decir algo/ esculpen una línea de costa imaginaria/ en el poema”. En prosa poética o en eneasílabos, alejandrinos, endecasílabos, heptasílabos, tetrasílabos, trisílabos… los versos chocan como un oleaje silábico contra el acantilado que el lector supone, en busca de una musicalidad distinta, de una banda sonora alternativa que usa otra forma de cortar el verso y su cadencia, con la intención de que la realidad sonora del poemario vaya más acorde con los tiempos y los ritmos que vivimos. Versos de arte mayor y arte menor se mezclan para tocar un nuevo son, para musicalizar de otra manera, más cerca del jazz o del rock (a veces con tintes de balada) que de la cantata o la sinfonía; siendo el compás de los significados, más que la melodía de los significantes, quienes dominan la voz del poema y “ecualizan el canto”, como “una guitarra que se afina/ con el paso del metro”.

Cierta dualidad recorre el poemario en busca de una nueva teología, a modo de catequesis semántica, lírica y existencial que el libro tiene. “Dejadme que os diga que soy el ángel y el demonio”, “Dejadme que os bendiga”, “como el apóstol San Andrés” –reza en distintos momentos.

            Pero ¿qué es lo que pretende o busca el autor con este libro? “Ver más lejos que el resto de los hombres/ y más profundo” –confiesa el autor, en cierta medida “ser un evangelista, pescador” de lectores, con la clara intención de hablarnos y “convencer(nos) de que es verdad/ todo esto que (dice)”. Qué es si no este libro, sino “el arco/ en la madera del nogal y el fresno/ …urdido según la curvatura/ exacta de los cielos”, un nuevo evangelio, otra forma de combate y de lucha, un arma poderosa en manos de un rebelde con causa, que usa la poesía y la música para sentirse vivo y poderoso. Un poemario que nos convierte al leerlo, consciente o inconscientemente, en francotiradores de la disidencia de un pensamiento inconformista e incómodo que está harto del pensamiento único y acrítico que nos pretenden imponer desde todos los frentes. “Defensa de las excepciones” es “un mínimo artefacto de amor”, es “lo más propio y lo más sagrado” del autor, “la parte esencial/ de (su) inocencia”, un auténtico “electrocardiograma lírico” que podría explicarse como un mapa donde “El corazón explota a diferentes profundidades” “del cielo y del infierno” y que “late de hermosura”, con sus curvas de nivel, sus múltiples escalas líricas y sus distintas coordenadas musicales. Su epicentro sísmico es el amor, que late a pecho descubierto como llave maestra que abre todas las puertas de los cambios. Un libro que funciona como una vena y una arteria, un ring en el que combaten dos fuerzas creadoras, el bien y el mal. “Que la bondad/ o el rencor sean luz” –dice en la página 25. Hay que leerlo porque Andrés García Cerdán es un poeta que lleva “en el corazón la nobleza y la aventura” de los mártires, y aspira a la “impregnación” de hacerse “melodía de una galaxia/ o la conciencia” de una época, nada más y nada menos.

Custodio Tejada

Opiniones de lector

diciembre de 2018


DEFENSA DE LAS EXCEPCIONES de Andrés García Cerdán. Colección Visor de poesía. 34 poemas y 64 páginas, con dos citas al comienzo, una de Denis Levertov en inglés y otra de Paul Klee en español, más una dedicatoria. El poemario no está dividido en partes, es un todo magmático.


martes, 27 de noviembre de 2018

EL CUARTO DEL SIROCO de Álvaro Valverde


EL CUARTO DEL SIROCO de Álvaro Valverde. Tusquets Editores – Nuevos textos sagrados. 75 poemas y 173 páginas, con una dedicatoria que abre el libro, un prólogo “La stanza dello Scirocco” del propio autor, tres citas iniciales (de Kenneth Koch, Anne Carso y Emily Dickinson) y una nota final “Notas, agradecimientos y dedicatorias”.





EL CUARTO DEL SIROCO de Álvaro Valverde. Tusquets Editores – Nuevos textos sagrados. 75 poemas y 173 páginas, con una dedicatoria que abre el libro, un prólogo “La stanza dello Scirocco” del propio autor, tres citas iniciales (de Kenneth Koch, Anne Carso y Emily Dickinson) y una nota final “Notas, agradecimientos y dedicatorias”.


            No hay nada mejor que un buen libro de poesía para pasar una tarde de otoño sentado al brasero, aunque comentan por ahí en las redes que la poesía sólo la leen los poetas. Yo discrepo, pero si es así, ellos se lo pierden, los lectores digo. Al emitir un juicio también nos exponemos a ser juzgados al alimón. Así que mi opinión, lejos de la pretenciosidad, por la parte que le toca, con sus aciertos y carencias, humildemente sólo pretende eso, ser un simple punto de vista lector que se comparte sin más pretensión.

            Antes de abrir sus páginas, ya el título “El cuarto del siroco” te predispone para entrar en una estancia. Y toda estancia contiene un mobiliario y una vida repleta de historias, de muros, de pasillos, de rincones y ventanas que se asoman a un mundo evocador por lo que tienen dentro y lo que ven afuera. La sinopsis del libro nos allana el camino de entrada y es en las solapas donde nos encontramos con las primeras valoraciones que introducen al autor, las de Fernando Aramburu, Gonzalo Hidalgo Bayal y Francisco Javier Irazoki. En otras latitudes, Túa Blesa nos dice que la poesía de Álvaro Valverde es una “poesía eminentemente meditativa”, y que “Ese es el siroco, el grito del mundo, la pesadumbre de los acontecimientos, el sufrimiento de las gentes, “el horror de la historia”, lo que la vida trae a cada momento. De todo ese siroco, los poemas de Valverde son el cuarto en el que no oír todo ello y encontrar la salvación”. Juan Domingo Fernández añade: “Es la voz madura, natural, de un poeta sin otros énfasis que los de la emoción y la belleza”. Y Javier Morales completa que “el cuidado del lenguaje, la búsqueda de la palabra precisa, la austeridad, tan presentes en su poesía, guardan una estrecha relación con la mirada que tiene Valverde hacia la naturaleza”. El propio autor nos confiesa que “En el paisaje siempre encuentro motivos de inspiración”, y añado yo que también en los libros, que son en cierta medida otro tipo de paisajes por los que también pasea con idéntico asombro. También nos advierte que es su libro “menos unitario, y con latidos “in memoriam”. Con estas mimbres apadrinando el libro te descalzas con la intención de entrar en él sin armar demasiado ruido y no hacer ningún estropicio.

            El paisaje, en este libro, relata el discurrir de la escritura y los paseos de Álvaro Valverde a la vez que evoca el “Elogio de la pérdida” hecha testimonio, memoria y fe de vida. Como él mismo nos anuncia, es su poética “como el agua, metáfora y verdad” al mismo tiempo. El autor, en búsqueda constante del poema, “busca luz donde la noche/ enciende su memoria de infinito”, porque es el pasado el sendero que “marca la dirección” de sus renglones y de sus huellas.

            La atmósfera del libro resulta en algún modo enigmática, donde el amor (a las personas o al territorio), tema principal que sustenta toda la arquitectura del libro, consigue transmutar la desazón en sosiego. “El cuarto del siroco” podría entenderse como un lugar lleno referencias y connotaciones, de recuerdos e intertextualidades que “viven hacia dentro”, hacia la melancolía y el agradecimiento. Álvaro Valverde, “un poeta necesario” como se nos advierte en la solapa, elige “ser un hombre, sólo alguien/ que funda su destino”, que nos deja sus certezas y su poesía como un itinerario por el que transitar los paisajes físicos, lingüísticos y de pensamiento que tienen sus versos. Nos deja sus interiores casi convertidos en bodegones, en écfrasis de sí mismo, a modo de un peculiar Vilhelm Hammershoi que pinta su alma con palabras, que llena sus poemas de naturalezas vivas y muertas. Sus versos son vestigios que nos llevan más allá de los propios versos, nos conducen a “las conversaciones que allí duermen” “para dar(nos) noticias” de una belleza desconchada que habita en la memoria convertida en terreno casi de la ensoñación.

            Las hojas del libro, no siempre escritas por su haz y su envés, nos hacen viajar a través de las palabras, por el espacio y por el tiempo teñidos de evocaciones, reflexiones y nostalgias. Y es que su lectura si es algo es precisamente eso, un viaje, un recorrido geográfico (físico y humano) que nos lleva por un itinerario que no siempre tiene que ser el mismo para cada lector. Cada libro atesora un mapa de significados, de nombres, de lugares, de remembranzas, de emociones… Y “El cuarto del siroco” no iba a ser menos, es un viaje fascinante que nos lleva de un lugar a otro, de un ser a otro, de un tiempo a otro tiempo, podría decirse que por arte y gracia del lenguaje: Azuaga, Sicilia, Extremadura, La Habana, Ginebra, Lisboa, París, Babel, Esciros, Troya, Boston, Belgrado, Cáceres, Valladolid, Madrid, Mallorca, Trujillo, Évora, Wamel, Tierra Santa, Tánger, Pompeya, Kardamili, Plasencia… A modo de deudas o influencias, o al menos de ciertas admiraciones, una pequeña multitud de nombres siembran estas páginas, ya sea en forma de citas, menciones, dedicatorias o simples referencias. Así pasan ante nuestros ojos nombres como Miguel Hernández, Wallace Stevens, Vladimir Holan, Andrzej Stasiuk, Leopardi, Leonardo Sciascia, Lucio Piccolo, Joan Vinyoli, Luis Landero, Ricardo Piglia, María Zambrano, Laffón, Juan Ramón, Wislawa Szymborska. Antonio Colinas, Jiménez Lozano, Arcipreste de Hita, Sophia de Mello Breyner, Job, Aquiles, Ulises, Barba Corsini y Walter Gropius, Spinoza… Nombres todos que, colocados juntos, nos dan una idea de la enorme intertextualidad que yace en este poemario, de la cantidad de connotaciones y vasos comunicantes que ofrecen sus versos convertidos en calles y senderos, incluso metaliterarios. Además de otra retahíla de nombres de amigos y familiares que dan sentido al amor y que cierra el círculo del poemario, que están ahí y le “acompañan/. No sería el mismo sin tenerlos” –nos confiesa en la página 146, también añade que “Sólo los libros/ me sirven de consuelo/ en estos interiores donde habita/ la sombra y la penumbra”.

            Endecasílabos y heptasílabos, fundamentalmente, son las partituras que acompasan sus poemas, el ritmo tan elegante y armonioso que mece la lectura y que le da una cierta musicalidad de cantata. Poemas más extensos se entrelazan con otros más cortos, unos más narrativos o en prosa poética dan paso a otros más líricos y fulminantes que rozan casi lo aforístico; aunque en todos brilla lo enigmático y en todos fluye cierto misterio que solo se desvela en el paisaje físico y de pensamiento que todo lo envuelve como una especie de cobijo secreto, sabiendo que el paisaje, en cierta medida, nos inventa, nos interpreta y nos protege.

            En definitiva, como si fuera un gran arquitecto que construye su edificio con palabras, lo que nuestro autor pretende y ha conseguido notablemente es humanizar, emocionar a través de un libro excelente de buena poesía, o sea “construir/ (una casa sencilla) para hacer habitable/ nuestra vida compleja/” pg56 colocando las personas y los lugares justo en el centro de esa estancia, porque al final descubres, como lector, que también “es éste tu lugar./ Tú eres de él”. Y ahí sucede la gran metamorfosis que en el libro aguarda, entre paisaje y alma, entre autor y lector, con los agradecimientos y dedicatorias que abrochan y cierran el libro y la vida del poeta.

Porque qué es “El cuarto del siroco” sino una constatación “acerca de lugares… donde la muerte/ simplemente es más lenta”, una habitación con vistas llena de remembranzas y diálogos, de nombres y de libros, de poemas cada uno con su brisa y su viento acariciando el rostro del lector que abre sus páginas en busca de un refugio donde cobijarse, un vaso de agua que nos quita la sed o un viaje, una forma de huir de la intemperie, “voces…/ que han quedado prendidas/ de un recuerdo del eco”, en suma. Y como añadiría el propio Álvaro Valverde, “Ante este paisaje/ sólo resta callar”, y leer para disfrutar de la alta poesía y de la lección contemplativa-meditativa que el libro ofrece.


Custodio Tejada
Opiniones de lector





jueves, 25 de octubre de 2018

HERMANO LOBO (Pedagogía silvestre) de Ulises Varsovia. Editorial Adarve.


HERMANO LOBO (Pedagogía silvestre) de Ulises Varsovia. Colección Verso y Color de la Editorial Adarve. 142 páginas y 65 poemas.

HERMANO LOBO (Pedagogía silvestre) de Ulises Varsovia. Colección Verso y Color de la Editorial Adarve. 142 páginas y 65 poemas.


            Un lobo aullando nos recibe en la portada y en la solapa esta advertencia: “No hay género literario más difícil que la poesía, más hermoso que el verso y más visual que la prosa poética. Por todo ello, no podemos quedarnos de brazos cruzados mientras desaparecen los últimos poetas o –peor- son sustituidos por juglares dulzones que cantan pálidos boleros”. Así es como la editorial Adarve nos presenta el poemario “Hermano Lobo (Pedagogía silvestre)” de Ulises Varsovia. A modo de prontuario, el autor nos advierte que es un “manual pedagógico… dirigido a un público extenso de amantes de la naturaleza… puede también ser utilizado en clases de biología y medio ambiente”. Ulises, coloca el foco de atención en “nuestra fauna amenazada”, “descubriendo tanto su físico como sus costumbres y atributos de manera amena y hasta divertida” –desvela en la contraportada. También confiesa a través de Facebook que “Hermano lobo… trata de un homenaje a nuestra fauna… 64 poemas, cada uno dedicado a un animal”. Aunque la obra data de 1995, esta primera edición de la editorial Adarve es de octubre de 2018. Los verdaderos protagonistas de este libro no son la fauna o la flora como pudiera parecer, sino la misma naturaleza poetizada, y a través de ellos, de sus poemas-animales, el alma del poeta aspira a ser ofrenda y parte del ciclo vital que supone el verso en la vida del lector. El mismo autor así lo confiesa: “Allí quiero volver cuando mi vida/ caiga…/ para nutrir de mi muerte al sistema”.

“Hermano lobo” es un libro repleto de intertextualidades y connotaciones, desde el propio nombre del autor, Ulises Varsovia, hasta el título, que nos trae a la memoria a Francisco de Asís, pasando por las múltiples referencias que aguardan esparcidas en sus páginas, la lectura está impregnada de significados fecundos que elaboran un nuevo contexto. Hace referencias a la mitología griega, a Dédalo en el topo o a Selena en la rana, lo que contribuye a generar un mar de interrelaciones y polisemias.

            Ulises Varsovia nos va dejando su poesía “a campo traviesa”, nunca mejor dicho. Y así lo imaginamos, con un bloc de campo y andando por esos mundos de Dios mientras observa todo bicho viviente, incluyéndose a sí mismo, a través del filtro de la naturaleza y la palabra. Nuestro poeta, como si de un Félix Rodríguez de la Fuente se tratase, da el puesto agazapado tras los versos y retrata a los animales con pericia de biólogo, pero también de humanista solidario con la causa: animales en peligro de extinción. Por sus poemas, en algunos casos con un deje casi mitológico y convertidos en hábitats líricos, también discurre, casi en paralelo, la huella del hombre a modo de espejo y contraste. Los títulos de los poemas, todos de animales, además de en español aparecen en su versión más científica y menos vulgar, en latín. Es curioso observar cómo a través de ellos el autor hace una radiografía a su ser poético, convirtiéndose, quizá, en otro animal más de su prontuario, el número 65, “Yo espié sus intimidades/ por horas camuflado en el follaje” –nos confiesa el propio autor, y es que este libro funciona como un “Gran Hermano” que escudriña en todas direcciones, hacia fuera y hacia dentro, hacia el futuro y el pasado, una mirada a los animales a través del hombre y su historia.

            Nos enseña a ver la fauna y la flora con otros ojos, desde la palabra exclusivamente, sin más imagen que el significado que ellas proyectan, nada más y nada menos, sin más guía que su instinto de poeta, con “sigiloso y ligero estilo”, “como un sonar obscuro” “en cinegética danza”. Con ellos, con los animales, vistos a través de los ojos hechiceros de Ulises Varsovia, viajamos desde el salón o la fortaleza de algún monarca hasta las cuevas de Altamira o Lascaux, a Norte Chico o Choapa, a la selva del Amazonas, al Rin y Costanza, o a las reminiscencias del cómic y los superhéroes de la mano del lirón y el mapache, a “la ambrosía de los dioses” o a “la danza de los siete velos”... Lugares que también les pertenecen a ellos y que nuestro autor se los devuelve en un ritual lingüístico y propiciatorio de conservación eterna a través de la poesía, que intenta atrapar la quintaesencia de esos 64 animales y de toda la naturaleza, además de la suya propia y por extensión la nuestra. Dos versos definen en una perífrasis al hombre y lo sitúa en el tiempo y el lugar que le interesa, para responsabilizarlo de la parte que le toca: “Antes que el bípedo insurrecto/ descendiera a la metafísica aullando”.

            Poemas de ritmo vertiginoso y musical en donde la interrelación de palabras y conceptos agilizan la velocidad del mismo y su significado último: “De la sierra arroyos linfas girantes” o “Espesura silente íntimo espacio”. Refiriéndose al “Apodemus sylvaticus” nos dice en la página 18: “¿Qué sería del sistema/ si no cumplieras tu destino…/ si no existiera tu vida?”, versos que en cierta medida guardan un paralelismo metalingüístico con la figura del poeta y su función lírico-existencial dentro del ecosistema humano. Te sobrecogen imágenes como las de ese búho que caza y lo compara con un ángel de la muerte o un espíritu de ultratumba. Las palabras se vuelven chamanes que invocan a los espíritus con sus ritos fónicos, como si fueran puentes de la historia o vasos comunicantes entre el mundo humano y el mundo animal (heraldos, samuráis, peregrino, romeros, gaitas, ermita, hilanderas, jerarca, señor feudal, gladiador…)

            Libro lleno de recursos y figuras literarias de las que enumeraré algunas. En el poema “Castor” la personificación se eleva a aspiración máxima del poema. Antítesis: “Nocturno cazador vegetariano”. Anáforas como las de la página 11 que te hacen imaginar la zancada del lobo aproximándose en carrera. Perífrasis: “el señor de la capa negra” para referirse al murciélago. Epanadiplosis: “la hora de la entrega, la hora”. Concatenaciones: “de su largo, largo exilio”. Paronomasias: “Trucha la trucha toda animada”. Metáforas, comparaciones, adjetivaciones, hipérbaton…  Y cuando llega el turno del cuervo alude a Edgar (Allan Poe), ampliando el mundo de las intertextualidades y las connotaciones, que tan bien se mueven por el libro. Usa con frecuencia en sus versos la estructura gramatical adjetivo – sustantivo – adjetivo: “íntima cola cimbrante” “húmedos campos removidos”, tríadas que dotan a sus poemas de un ritmo envolvente de significantes y significados como si fueran mantras demiúrgicos.

Libro que despliega magnetismo e invoca a la madre Naturaleza y su manto protector, libro que hipnotiza con sigiloso lirismo y zarpazos certeros para convertirnos en presas indefensas atrapadas por su poesía y su mirada. La poética de “Hermano lobo” va de lo animal a lo humano y viceversa, en un vaivén de razonamientos y paralelismos que convierten a los conceptos en cajas de resonancias. Ulises Varsovia, como una Apis mellifica, con su pedagogía silvestre, vacía en nosotros un “cáliz de néctar insigne” haciéndonos partícipes de una alquimia lírica y erudita. Si decidís transitar por esta jungla llena de poesía con mayúscula os recomiendo que no “desafiéis los espíritus del bosque”, más bien dejaros poseer por su aliento chamánico y evocador.


Custodio Tejada

Octubre de 2018

Opiniones de lector

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HERMANO LOBO (Pedagogía silvestre) de Ulises Varsovia. Colección Verso y Color de la Editorial Adarve. 142 páginas y 65 poemas.