viernes, 1 de junio de 2018

EL TIEMPO ES UN LEÓN DE MONTAÑA de Trinidad Gan. Editorial Visor.


EL TIEMPO ES UN LEÓN DE MONTAÑA de Trinidad Gan. Editorial Visor. 27 poemas, con 9 citas, 20 haikus, 10 tankas y unas “Dedicatorias”.



EL TIEMPO ES UN LEÓN DE MONTAÑA de Trinidad Gan. Editorial Visor. 27 poemas, con 9 citas, 20 haikus, 10 tankas y unas “Dedicatorias”.

            Todo libro termina de escribirse en la mente del lector y cada vez que un nuevo lector lo lee el círculo vuelve a cerrarse en ese baile infinito que supone la vida de un libro. Es verdad que toda escritura surge como resultado de un diálogo previo mantenido con otros autores y otros libros, fruto de muchas lecturas y de muchas introspecciones. Escribir es aunar o re-digerir. Dice Alfonso Brezmes: “Homero vio a Dios/…/ Borges leyó a Homero,/…/ Yo he leído antes a Borges/ y otro me lee a mi ahora./ Así viaja la luz”, y es ese encabalgamiento de lecturas  lo que nos hace, los que nos define. Así, de igual manera Trinidad Gan es la continuidad de un itinerario de lecturas y demás vivencias que funcionan como una carrera de relevos, y cuyo rastro puede seguirse en sus páginas escritas. Hace referencia a libros, canciones, películas… Y saltando de cita en cita, de poema en poema, va encabalgando autores e ideas hasta conseguir un libro, donde a modo de puzle construye su edificio poético.

            En una gran entrevista realizada por Xánath Caraza para la revista Monolito, el 4 de diciembre de 2017, Trinidad Gan, una “lectora ecléctica” –como ella se autodenomina, dice cosas interesantes que nos acercan a su lado más interior. Su aliento poético se nutre de lo fragmentario, y “da con el ritmo y la respiración justa de palabra y pensamiento” –como ella misma dice. Con lo íntimo, lo ideológico, lo histórico, los recuerdos, la vida, lo leído… con todos esos ingredientes ella elabora su fragancia lírica. Una poeta que se preocupa porque no haya “Nulle die sine línea”, ya que sin trabajo la inspiración no es nada. Para ella la escritura poética “es sobre todo una cuestión de mirada”, “es un proceso de búsqueda en el que las palabras se vuelven cazadoras, están siempre al acecho de lo que hay detrás de la realidad. Una lucha necesaria, aunque muchas veces perdida, por llegar a otro nivel de conocimiento, por nombrar el mundo y así hacernos cuerpo en él”, o que, “la poesía la hace ser más libre y menos solitaria”. Cuando se le pregunta cómo comenzó su quehacer literario dice cosas tan hermosas como “el descubrimiento de que la palabra es siempre un cuerpo (pues cada una de ellas respira, camina, late, tiene su propio peso y piel)” y es que su vida es una onda expansiva de palabras, emociones y pensamientos, todos con una clara vocación de cazadora, de atrapadora del mundo y sus sueños y de la “intemperie de la memoria”. Trinidad Gan se queja del “ninguneo en el canon literario” de las mujeres poetas. Ella se está ganando por mérito propio estar en ese canon.

            En la contraportada, Antonio Jiménez Millán, con unas pinceladas impresionistas y sabias, esboza y nos introduce en el mundo lírico de Trinidad Gan, donde nos deja un retrato de la autora y del libro. Nos dice cosas como “Es la suya una escritura clara, de notable precisión” o “El tiempo es un león de montaña mantiene un ritmo sostenido y en todos sus poemas el tiempo y la memoria dialogan con la tradición”.

            Atendiendo a la numerología y sus significados ocultos El tiempo es un león de montaña está impregnado de números que no sabemos si guardan un mensaje secreto, voluntario o casual. Un patrón se repite, el 13 y el 3, que es un número de luz y movimiento. El poemario está compuesto por un poema inicial que abre como introducción, y luego hay tres partes. La primera “Noticia del león en las ciudades” compuesta por 13 poemas, la segunda “Reflejos en un ojo felino” compuesta por 20 haikus y 10 tankas, y la tercera “Dentro de mí, la fiera” compuesta por otros 13 poemas. En cierta medida las tres partes podríamos resumirlas con las tres potencias de la inteligencia humana: memoria, entendimiento y voluntad adiestradora. Al número tres se le relaciona con el deseo por la eterna juventud, o sea, por el control del tiempo, que de alguna manera es uno de los temas más insistentes de este libro. Dos de sus partes están compuestas por 13 poemas cada una, como si fueran un antes y un después, separadas por un río de meditación que son los haikus y los tankas. Al número 13 se le relaciona con la mala suerte, pero también se le considera el “número rebelde”, asociado a actos revolucionarios. Número “evolutivo y kármico que conduce a un estado superior de conciencia”. Pero también representa un renacimiento tras la muerte o transformación, que eso es al fin y al cabo el paso del tiempo, y es este último significado el que quizá impregna (como sentido último) la intención creadora de este poemario, una nueva percepción de la “luz y sus matices”.

            Una cita de Raymon Carver abre el libro, “Time is a mountain lion”, precisamente su traducción da título al poemario, que a su vez es un verso del poema “Una mujer se baña”. Otras citas como las de Margarita Ferreras y María Teresa León junto a las de Ángeles Mora (como un juego nemotécnico) de alguna manera enmarcan las pretensiones del conjunto, al menos en un sentido figurado de este libro-coche que viaja en muchas direcciones. Y es en sus dedicatorias donde los agradecimientos rinden tributo y homenaje y saldan deudas, que para eso son las dedicatorias, intertextualidades todas que van y vienen desde el título hasta las citas para ampliar los significados. Porque el poemario en su conjunto tiene cierta garra metaliteraria que conecta felinamente todo el libro. Estas intertextualidades funcionan como una voz en off que acompañan en la lectura; desde un cuadro de Hopper hasta Bob Dylan pasando por Javier Egea o el cine y la música… además de las nueve citas.

            Desde el inicio, ya con el primer verso, Trinidad Gan nos previene del riesgo que supone iniciar este viaje. La lectura de “El tiempo es un león de montaña”, junto a una cita de Ángeles Mora, nos sitúa en un rol de “raza estafada”. Un viaje sin lugar a dudas, el recorrido que hace la autora, o al menos así lo pretende, “de un cuerpo, de otra risa que salve mi viaje” –nos revela en la página 9, que no es otro que un “tiempo en fuga”. La poeta como “una niña (que juega) con pizarras de vaho” que son sus versos y sus recuerdos, nos introduce en la dialéctica homérica del viaje. Incluso la elección del vocabulario nos invita a ello (maletas, coches, trenes, vagones, andenes… He ahí la paradoja, como dice el título de un poema, un “Elogio de lo imperfecto” y su belleza que se hace desde la perfección poética que da el buen oficio de Trinidad Gan, una poeta en llamas. Como un “tumulto de palabras escritas” –página17, nos acorralan sus poemas. Un león, el suyo, que a veces es espantapájaros, otras un tren o metralla, un libro o una postal, a veces es viaje y otras caza o mordedura, “combate perdido”, un “punto de fuga”, un simple sueño, mudanza, ruido de lluvia, rabia, tormenta, memoria turbia o “travelling sobre un puente”.

            Los versos más utilizados en “El tiempo es un león de montaña” son los heptasílabos, los endecasílabos y los alejandrinos. Es un libro repleto de figuras literarias, metáforas, símiles, antítesis como “llueven certezas falsas” … Es un poemario que deja “la marca de sus garras/ salpicadas en la nieve” de nuestros ojos de lectores por lo que tiene de viaje interior, desde un presente melancólico hacia un pretérito difuso, donde “ya todo es mezcla/ de rugidos pasados, cicatrices/ y este falso botín de mi avaricia” –dice en la página 19. Porque la poeta “levanta un viento oscuro tras (sus) huellas”, va “tras (sus) oscuras palabras de deseo y nostalgia”, como si fuera una “testigo de cargo”, que le confieren cierto aire hermético. En la primera parte del poemario predomina lo oscuro, una luz más apagada donde habita la derrota, la que apenas ilumina, pero sí destella; un mar de sombras para dotar de lirismo a la invisibilidad de lo oculto y sus ausencias. “La luz grita turbia de memoria” –grita en la página 22. Una poeta que se preocupa por si sus “viejas manos… han apretado el nudo” o han sido patíbulo. Y así nos lleva a Gaza, a Alepo y a nosotros mismos. Versos que la sitúan como hija de su tiempo. Un libro, éste, en el que te imaginas a Trinidad Gan saltando de verso a verso “en ágil y arriesgado parkour” literario hasta conseguir un libro de extraordinaria factura.

            Versos casi aforísticos con visos metapoéticos que, como ínsulas líricas, agrandan el poema al abrir nuevas estancias. Dice en la página 22: “A veces el poema es un espejo/ y su fondo delata”, siempre. En el poema delatan tanto las palabras como los silencios, lo dicho y lo callado, porque un poema no es otra cosa que un cruce de perspectivas que se completan en el lector. Así los silencios de este poemario son otro viaje dentro del mismo viaje que, como fantasmas, acompañan al león para dar caza a este mundo “donde estamos jugando a la cultura” –nos confiesa en la página 25, mientras la vida ahí afuera es mucho más que poesía. La poeta cuando escribe “pronuncia su sed”, “aquello que la cura”, creando “otro alfabeto” dentro de las mismas palabras, como si su mensaje encriptado circulase por su poesía a la espera de un momento más propicio o “una estrategia/ de signos, de palabras luminosas/ que sirvan para algo distinto/ a señalar el mundo”. ¿Quizá para cambiarlo, o al menos intentarlo desde la palabra? No lo sabemos, pero el león continúa con su viaje irreductible y a veces cómplice.

            Trinidad Gan, que convertida en halcón atrapa la poesía y su consciencia, se convierte en una poeta de la cetrería. Nos arroja sus versos como monedas en la fuente, como “soldados de plomo” para nombrar lo desconocido, para desentrañar a la fiera. “Anoche entró en la casa, a buscarme, la fiera” –ruge en la página 35, a la espera del regreso que el lector le proporciona al poema, ya que cada vez que es leído “da cuenta de la caza”. “La palabra es guarida/ para quien caza el tiempo”, su tesoro más preciado.      
   
            En “Reflejos de un ojo felino”, la segunda parte del poemario, convertido en estanque budista bajo la influencia de Matsuo Basho, nuestra poeta se transforma en un Haijin metapoético para dibujarnos, con asombro y emoción, su viaje más contemplativo, ese que la devuelve a la naturaleza de su ser más sensible, conexión que desborda en 17 sílabas o en 31.

            En la tercera parte del poemario, “Dentro de mí, la fiera”, una cita de Piedad Bonett nos deja entrever la mujer que es o en la que quiere convertirse, “tierna y carnívora”, que… “se devora” a sí misma, verso a verso, para entregarse al lector. En un poema breve como es “Abrir el agua”, de la página 56, se puede descubrir la poética en cascada de Trinidad, el magma literario de su proceso creativo y el truco final que este supone. Porque en realidad sus manos de poeta, cuando empuñan la pluma sostienen “el corazón de un pájaro”, la poesía que se hace “plumaje herido” en “la zarpa del tiempo”, su obsesión feroz.  La autora consigue amaestrar al león fiero, que es el mundo la vida y el tiempo, hasta hacerlo gato doméstico de sus versos, mansedumbre felina. “Y el león de montaña se desliza/ como un gato feliz, bajo mis dedos” –nos dice en la página 58. La luz se torna más brillante y esperanzadora, con nuevos matices y reflejos, transformada. La poesía es para Trinidad Gan una “moneda al aire” convertida en metáfora que “no acaba/ nunca de caer” sobre esa “frontera ambigua/ entre ganancia y pérdida” y que “con un implacable golpe cae, … sobre sus manos” siempre pendientes del azar que es el vivir. Trinidad Gan, parafraseándola, como hace ella en la página 70, “ya no puede engañarnos”, se hace ofrenda repartida entre sus páginas como “piezas de una brújula” donde “trama la cacería/ de un tiempo por venir”, de una memoria que nos detiene “a orillas del silencio” para concluir en un sueño, porque “el tiempo es un león de montaña” que al final se torna en aguacero de versos que “al lector entrega”.

            Una última pregunta me hago. ¿Qué quiere cazar la autora con este poemario? “Una luz derramada que persigo” –revela en la página 37. Eso es, ansía la luz, no cualquier luz, una luz verídica más allá del día o de la noche, del tiempo y su conjura; no tanto la verdad como sí lo verídico, que es de lo que ella puede dar fe porque lo tiene más a mano, ya que la verdad a todos nos pilla demasiado lejos como para atraparla. ¿Qué pretende nuestra poeta entonces? Corporeizarse en la palabra, materializarse de otra substancia en la poesía hasta evaporarse en el lenguaje, transubstanciar su ser al nombrar, en suma. Trinidad Gan, a través de la cetrería lírica que tan bien practica en este poemario, consigue nombrar con éxito lo que siente, lo que ve, lo que sabe y lo que calla, que es la misión última de todo poeta, ser “pasarela en el aire/ que cruzas cuando lees”.

Custodio Tejada
Opiniones de lector.
25 de mayo de 2018


EL TIEMPO ES UN LEÓN DE MONTAÑA de Trinidad Gan. Editorial Visor. 27 poemas, con 9 citas, 20 haikus, 10 tankas y unas “Dedicatorias”.





martes, 15 de mayo de 2018

SUCEDERÁ LA FLOR de Jesús Montiel. Editorial Pre-textos.


SUCEDERÁ LA FLOR de Jesús Montiel. Editorial Pre-textos. Con un prólogo de Erika Martínez, una nota introductoria del autor, siete capítulos y una nota final. Todo en 55 páginas.


 SUCEDERÁ LA FLOR de Jesús Montiel. Editorial Pre-textos. Con un prólogo de Erika Martínez, una nota introductoria del autor, siete capítulos y una nota final. Todo en 55 páginas.




            No me gusta repetirme en cuanto autores se refiere, y aunque cada libro es un mundo por descubrir, que ofrece una nueva visión del mismo autor, yo, un simple lector que comparte lo que opina a pesar del riesgo que esto supone, he decidido gracias a la impresión causada de este libro-relicario saltarme la norma autoimpuesta y volver a escribir sobre Jesús Montiel y “Sucederá la flor”, esta hermosa maceta de letras con semillas de petunia.

            No es esta –mi opinión- una hermenéutica, pero sí podemos afirmar que los textos de Jesús Montiel tienen algo de sagrado. Dice Jorge Luis Borges que “todo libro es sagrado, si da con el lector para quien fue escrito”. Y acudo a esta cita no tanto por la parte de lector estremecido con la lectura –que también-, sino expresamente por la parte sagrada y ascética que rezuma “Sucederá la flor”, de Jesús Montiel. En él, el autor, como si fuera el último superviviente del Génesis, da testimonio de Dios con su mirada al hijo, una mirada que se envuelve en la fe para hallar sentido a lo inexplicable: al dolor más grande de todos los posibles. Dios hizo al hombre para que cuidara de este maravilloso mundo, ya desde entonces quizá Dios había pensado en Jesús Montiel para que se fundiera con la naturaleza en sí, con la humana y con la divina (en un misterio trinitario que tiene el libro, de padre, hijo y espíritu lector). Así lo manifiesta su obra literaria y su misión recibida como un Abraham que recibe el mandato del sacrificio de Isaac, vía de santidad y entrega para luego asumir la de creced y multiplicaos como granos de arena o como palabras. “Un niño enfermo es un libro escrito por Dios con la tinta sagrada del sufrimiento en el dialecto de un amor que no se inquieta ni exige explicaciones” –escribe en la página 40.  Eso es este libro, una zarza ardiendo para el cordero del holocausto que es nuestro corazón de lectores.
            Erika Martínez nos advierte en el prólogo que es un “libro de sustrato autobiográfico educado en la grandeza lírica de Christian Bobin, en su prosa fragmentaria, su reflexión moral y su tensión metafórica. Nadie sale indemne de aquí”; pero yo matizaría que simplemente no se sale, una vez leído permaneces allí para la eternidad lectora, porque es un libro cuyo eco retumba en tu interior con la gran persistencia que da el dolor. Sigue añadiendo Erika Martínez que “este libro trabaja con los límites de la palabra, con la potencia insurreccional de los silencios” o “aquí se abre paso una verdad. Y lo hace desde una fe despojada en la vida y la palabra”. Breve en cuanto a número de páginas se refiere, pero largo en pensamientos y reflexiones que provoca, es un libro que acompaña. Un auténtico viaje por las emociones de un escritor que ve más allá de lo e-vidente, justo al otro lado de los cauces que dictan los sentidos porque… “la enfermedad nunca avisa de su llegada” y “la inteligencia no la comprende”. El título ya te predispone para una pretensión, para un deseo, para una premonición, como aperitivo del optimismo que espera a pesar de la incertidumbre. Un canto a la esperanza, un camino espiritual, sobre todo, contemplativo y existencial que eleva la mirada del hijo al centro de lo verdaderamente importante. En uno u otro sentido las opiniones se expanden como el eco, efecto mariposa que avanza como un tsunami por boca de la prologuista hasta el último lector, una especie de hilo conductor de alta conductividad, tipo fibra óptica o esperanza, como es el dolor y como es el amor.

            Me sorprende gratamente esa habilidad de Jesús al tratar la ciencia con ese don espiritual que su fe insufla en esos momentos lingüístico-ascéticos, “todos sus saberes ceden como una bolsa de plástico cuando tiene un peso superior a su resistencia” –que dice en la página 14. Espiritualidad y cotidianidad para conseguir el milagro de la gran literatura, ese es Jesús Montiel, un mago de la escritura, un mago que intercala entre lo particular una radiografía de lo colectivo, esbozando un cuadro casi costumbrista de una realidad difícil que él hace respirable con sus palabras, y de crítica social: “Conozco a muchos hombres con fiebre que están enfermos… Bajo su aspecto, el gusano del dinero va royendo su corazón”-denuncia en la página 15. Y luego están esos quiebros visionarios que te sacan de quicio y te dejan en trance, y que tan bien narra el autor: “Más tarde, cuando volvimos a la calle cogidos de la mano, el mundo olía a pan recién hecho…”-huele en la página 15. Hay momentos en que las lágrimas acompañan la lectura, y la risa y el amor, y la comprensión y la vida, porque la prosa poética de Jesús Montiel si es algo, ante todo, es transcendencia, vida y fe que “nos afecta sobremanera”. Visionario y profético en muchas ocasiones dice Jesús: “Sobre nosotros el cielo era una silla desocupada”, en la que te derrumbas completamente cuando lees “Érase una vez un niño enseñando a su padre a nacer” –de la página 19. Dolor que se vuelve cordón umbilical (de renglones) que une de padre a padre, entre lector y autor, porque sabes lo que duele un hijo.

            Libro polifónico, en el que se van sucediendo y a veces solapando una en la otra, la voz del autor con la voz interior del lector. Un libro valiente, optimista y sabio que nos da una lección de vida y que nos marca el rumbo a seguir: “la sonrisa es contagiosa, pandémica, por muy gris que sea el día” –comparte con nosotros en la página 42. Porque “la vida es un paréntesis entre dos vuelos”, igual que “Sucederá la flor”, que es un milagro escrito entre dos conciencias, la del autor y la del lector, y cuyo vértice de salvación es el amor a través de la enfermedad. Al escribir este libro Jesús Montiel nos da los veinte céntimos que nos faltan para ser felices y mirar la vida con otros ojos, con otra escala de valores, transformando nuestros latidos en villancicos, en alborozo de palabras y sonrisas. Y es que sólo imaginar a “un niño calvo y su padre mirando sin prisa el descenso de la nieve”, a través de una ventana de hospital, hace que el invierno entero circule por nuestras venas rumbo a la lágrima mortal del miedo.

Tras sus renglones se vislumbra a un poeta filósofo y también teólogo, que hace de la fe una esperanza eterna de sublimación literaria. Su escritura no es una estafa, es la misma vida, una liberación. “La enfermedad pone el tiempo patas arriba” –dice en la página 27, con ese tono senequista y aforístico que Jesús Montiel esgrime en muchas ocasiones, que escribe con la contundencia de quien lo ha vivido en primera persona. “Sucederá la flor” es un libro tan sapiencial que me ha provocado una catarsis en la relación con mi hijo y los avatares de la vida cotidiana que tanto nos ciegan y nos apartan de la verdad, y en la visión de nuestra relación con el tiempo. “Sólo los tontos, los santos, los locos y los niños danzan en los salones del ahora” –revela en la página 28, o “ven en una cosa más cosas”. Y durante su lectura muchas veces necesitas echar mano del silencio porque “la habitación se vuelve irrespirable con tantas palabras”. Porque hace del dolor un gran maestro, el único mesías: “yo pongo mi dolor a mi lado y hablo con él todos los días” –nos confiesa en la página 22. Jesús Montiel, aunque resulte paradójico, “encuentra en el dolor… motivos de alabanza. El dolor (le) ha dado el canto”, el hermoso canto de un registro literario único y especial.
El mayor recurso literario de este libro es que ha elevado una experiencia vital a rango de oración casi mística, con un lenguaje sencillo y unas vivencias cotidianas, convirtiéndose así Jesús Montiel en una especie de escultor mágico al estilo de Alexander Milov y su escultura Amor. Como éste, Jesús ha sabido transmitir la fuerza interior del ser humano: su amor, su fe y su esperanza convertidas en “llave maestra de todos los sufrimientos” –página23.

            Nos va dejando noqueados con frases que no envidian nada al más sublime de los aforismos como “El chupete es un asidero, infunde seguridad al niño, es un pecho portátil” –página22-, y al decirlo, la realidad ya es otra para siempre. Jesús es un hombre religioso que, con pinceladas inesperadas pero certeras, expande la fe por sus escritos: “tuviste que abandonar el báculo de tu chupete”, erigiendo así a su hijo con la mismísima autoridad de un obispo que hace doctrina con su enfermedad, como el guía espiritual más elevado de la fe cristiana, porque de la noche a la mañana su hijo se convirtió en la prueba más irrefutable de Dios, en santo testimonio que “encendía la habitación con su sonrisa” –manifiesta en la página 23. “Sucederá la flor” es una oración, sin duda, una oración literaria, pero una oración que navega también por las aguas de la teología de lo cotidiano, porque al niño enfermo “lo mecen las oraciones que sus padres… pronuncian en silencio”. Y por el arte de la ciencia infusa convierte la esperanza en la clave de toda teología, de toda fe, de todo proyecto literario, uniendo hijo y literatura en una misma alabanza. Literatura que se hace confidencia y confesión que absuelve y eleva, atribuyéndonos a los lectores el papel de confesores; aunque nuestra absolución valga poco ante los ojos del alma que vibra en la fe, como verdadera quimioterapia que salva a la literatura. Porque “el amor es la medicina” –nos dice en la página 24, y yo doy fe también de ello. Jesús Montiel además de poeta también es un predicador, un gran predicador “que sabe abrirse para rezar” con su ser de poeta. La intertextualidad del libro con la Biblia es una constante, “Ananías, Azarías y Misael” –página 24- que nos lleva al horno ardiente que es en lo que se ha convertido “Sucederá la flor”. Su prosa suena como un salmo, porque en su pluma “el salmo del amor sofoca todos los infiernos”. Y es que la fe, en su obra está presente; aunque no esté de moda y así lo salmodia.

            Su lectura desprende un aroma auténtico y verídico, autobiográfico y de testimonio que te abre de par en par las puertas de un corazón, el suyo, el de Jesús Montiel, un corazón que parece el de “un Dios con la estatura de un niño de tres años” –exclama en la página 31.  Un libro didáctico y hasta filosófico en el que la sabiduría que da el dolor y el sufrimiento se comparte para hacernos testigos de otras realidades paralelas que vivimos. “Cada segundo no amado es más invierno, el frío intensifica su influencia, hay menos árboles, se mueren más mirlos” –dice en la 36. Un libro menudo como grano de mostaza que atrapa lo imprescindible porque como dice en la página 37 “los poetas y los niños sois capaces de nombrar las cosas con un vocabulario insuficiente”. Su escritura es un rezo. “Sólo los niños, los tontos, los santos y los locos lográis vivir sin asomaros al futuro”.

            La enfermedad, ese caballo de Troya del que se sirve Dios para vencernos en muchas ocasiones, ha servido también a Jesús Montiel, que la percibe como un regalo o una oportunidad, para inocularnos un ejército de palabras salvadoras que nos rediman con su aliento de padre entregado al hijo, y por extensión, de autor entregado a los lectores, a los que también nos acoge en alguna medida como hijos. Palabras que “testimonian lo invisible” y nos dejan vulnerables e indefensos al amor que rezuma “Sucederá la flor”. Espiritualidad pura que nos sublima, su lectura. “Cuando muere un ser querido se nos aparece el fantasma más o menos grande de su amor” –reza en la página 50. Igualmente, cuando se acaba la lectura de un librito que atrapa como éste, se nos aparece también el fantasma de su autor, un ser que ve y siente en lo sencillo la grandeza de Dios, la verdadera importancia de la vida. “Yo he tirado un poco de ese viernes con árboles y mucho frío y mira: se ha construido solo este libro que ya es como una casa en la que vivimos” –advierte en la página 51, y tirando de ese mismo hilo podemos afirmar también que nos ha construido un hogar a todos sus lectores, un refugio de alta montaña y de alta literatura al que siempre poder volver, ya que este libro-hijo es “una flor perfecta con aroma de resucitado”.

Custodio Tejada
Opiniones de lector
12 de mayo de 2018




domingo, 22 de abril de 2018

ORDESA de Manuel Vilas. Editorial Alfaguara.


ORDESA de Manuel Vilas. Editorial Alfaguara. 387 páginas, 157 capítulos-reflexiones-recuerdos y un epílogo de once poemas titulado: “La familia y la Historia”.



ORDESA de Manuel Vilas. Editorial Alfaguara. 387 páginas, 157 capítulos-reflexiones-recuerdos y un epílogo de once poemas titulado: “La familia y la Historia”.

            Dice por ahí José Luis García Martín que “cuando hablamos de los demás, hablamos de nosotros mismos” y viceversa añadiría yo. Y desde esta óptica se podría enfocar tanto la lectura de Ordesa como la de esta opinión de lector.

            Después de leer Ordesa es fácil quedarse sin palabras, porque solo te apetece oír su música y porque lo que se tenía que decir del libro ya lo ha dicho el propio Manuel Vilas, su autor, y ante el cual, el lector asiste como un mero testigo que al final se vuelve también cómplice. Incluso uno llega a pensar que ante “la vanidad de las conversaciones, la vanidad del que habla, la vanidad del que contesta” –como nos dice en la página 9, lo mejor es callar, guardar silencio y asentir con la cabeza para darle la razón en una simbiosis absoluta, simbiosis que te conduce a tu Ordesa particular y a tu Monte Perdido propio, ya que Ordesa es un reguero de pisadas que llevan y traen a Manuel Vilas de su yo al nosotros y viceversa.

            Manuel Vilas, desde su teoría literaria, nos dice en una entrevista que “el sueño de todo escritor es trasladar todo el flujo de la vida al flujo de las páginas” y eso es lo que él ha hecho en su libro. Sara Mesa apunta en la contraportada que “escrito a ratos desde el desgarro, y siempre desde la emoción, este libro es la crónica íntima de la España de las últimas décadas”.

            Una cita de la letra de una canción de Violeta Parra abre el libro, y un color lo envuelve de cabo a rabo: el amarillo, color que asigna a la memoria y al paso del tiempo, y que es en definitiva el color supurante del libro. Podríamos definir este libro como “un estado mental que es un lugar: Ordesa. Y también un color: el amarillo” –escribe el propio Vilas en la página 11, como reflejo del “dolor, de la inconsistencia, o el rencor”. Amarillo es el color de los rastrojos, y eso es lo que nos presenta Ordesa, los rastrojos de una vida incendiada en 157 capítulos-recuerdos y un epílogo con once poemas largos titulado “La familia y la Historia”, y donde todos “se irán muriendo” porque “los muertos son la intemperie del pasado que llega al presente desde un aullido enamorado” –nos confiesa en la página 125. Una muerte entendida como liberación siempre, “porque si alguien alguna vez ha de echarles una mano, serán los muertos quienes se las echen” –dice en la página 52. Y en la 213 nos dice que “el amarillo es el color que habla del pasado”.

            La voluntad de Manuel Vilas cuando narra la deja bien clara: “No me interesa enjuiciar lo que pasó, sino narrarlo o decirlo o celebrarlo” –manifiesta en la página 18. En sus renglones transcurre “la catarata de la vida, agua que está corriendo todo el rato, mientras enloquecemos” con su lectura –advierte en la 19, porque él busca la verdad con este libro, su verdad, y “la verdad es tu padre y tu madre” –dice en la página 31. Y aunque nos desvela que “de (mi) madre heredé el caos narrativo”, hay que decir que el suyo es un caos con mucho orden, con una línea argumental muy bien definida (sus padres), sujeta por los finísimos hilos de su sabiduría existencial, a pesar del “miedo a equivocarse, o miedo a meter la pata” que tiene el autor. No sigue una temporalidad biográfica, sino que va a saltos según su memoria y su interés narrativo. Va del pasado al presente, de una anécdota a otra sin seguir un orden estrictamente temporal, sino más bien sentimental. “Cuantos más paralelismos encuentre, más sagradas son la vida y la memoria” -281, y eso es lo que hace continuamente Vilas, buscar paralelismos entre el pasado y el presente, entre los padres y los hijos, entre lo familiar y lo social, entre la anécdota y la Historia, entre la palabra y la imagen, entre la realidad del recuerdo y la ficción de la realidad…  Porque le gusta “contemplar las cosas, la inesperada vacuidad de la cultura y de las palabras y de la realidad humana” -293. “Mi madre perseguía la estimación social, que se evaporó, y yo persigo la estimación literaria, que también se está evaporando” –nos dice en la página 313, y que resulta hasta cierto punto una “heterodoxa forma de libertad” y de una humildad magistral digna de alguien que se inmola en cada renglón.

            El libro se hace tumba, no nicho, sino el gran mausoleo de todos nosotros, que huye de la incineración quizá para compensar alguna deuda. Tumba con la que honra la memoria del autor y su época. “Las tumbas se inventaron para que la memoria de los vivos se refugiara en ellas” –dice en la página 32. En sus páginas hay renglones que restallan como aforismos o verdades reveladas y que iluminan durante unos segundos toda la oscuridad de la tinta. Y es a través de esos renglones –hechos máximas- la manera en que avanza la trama y penetra en sus personajes; así es como evoluciona el hilo conductor de los recuerdos, quizá como constatación de que la experiencia es el poso que queda de la vida en la memoria, la forma preferida de confesar su verdad al lector a la espera de una bendición absolutoria.

            El libro entero es una sinestesia que va de lo individual a lo colectivo y viceversa, un retrato particular que consigue definir a una época y a una sociedad. Y por tanto 157 capítulos y 11 poemas que se hacen bodegones de “la familia y de la Historia”, una especie de museo costumbrista que roza la exquisitez del vestigio.

            Una obra llena de guiños, al Quijote: “Vivo en la Avenida de Ranillas, en una ciudad del norte de España cuyo nombre no recuerdo ahora mismo”, a Teresa de Ávila, a Jesús de Nazaret, a Rimbaud, a Juan Goytisolo, a Kafka, a Hamlet, a T.S. Eliot … lo que intertextualiza la lectura y el contexto creativo del autor. Con una prosa diáfana y sencilla, plagada de oraciones simples consigue alcanzar la mística del instante y de la memoria como vías ascéticas llenas de clarividencia. Una obra reflexiva y auténtica que respira a modo de diario o de memorias y donde el autor nos deja en testamento su mundología. En Ordesa hay mucha poesía, filosofía, metáforas llenas de vértigo y testimonio histórico: “por eso hay en el rostro de Felipe VI una burbuja de sombra, y por eso hay en su mujer un murmullo de látigos” –podemos leer en la página 39. Páginas que se hacen documento de un archivo llamado Manuel Vilas, “este chico (que) lo hace bien” y que “ya ha cumplido los cincuenta años” y que “es un hombre que de vez en cuando alcanza ideas que están por encima de su clase social” –retrata en la página 42. Los adjetivos, elegidos concienzudamente, juegan un papel crucial, ya sean anudados a una corbata o sujetos a cualquier otro objeto o suceso, porque te ayudan a evolucionar en la lectura. Y es que él se hace “el portador oficial de las noticias…, el cartero, el notario” de la historia, la suya y la nuestra.

Ordesa es una casa encantada de reminiscencias y pensamientos donde Manuel Vilas actúa como médium. En él ves una vida, pero también una época; una biografía, pero también una épica. Una obra brutal que, convertida en un “cajón de recuerdos”, consigue aunar realidad y ficción en un relato que va más allá de la autobiografía, ya que como una sinestesia existencial hablando el autor de él mismo lo está haciendo de nosotros en una especie de alegoría, con las distancias y salvedades que cada lector quiera poner de por medio. Entre las páginas de Ordesa encontrarás ocho fotografías de camuflaje autobiográfico que atestiguan y dan fe del relato que el autor quiere transmitir, haciendo del seat 600 un templo de la nostalgia, por ejemplo, y a la vez convirtiéndolo en palio de muchas cabezas y personas que comparten similares recuerdos. Entrar en Ordesa es como entrar en cualquier casa española de nuestro pasado más reciente, es como entrar en nuestra propia casa y en nuestra propia familia, y leernos, a través de Manuel Vilas y sus vivencias, a nosotros mismos, por la multitud de paralelismos que encuentras. Ahí está la grandeza de Ordesa, en su proyección, en su refracción, que se hace y nos hace historia viva y contemporánea y a la vez relato literario.

“Si de algo me he dado cuenta en la vida es de que todos los hombres y las mujeres somos una sola existencia” –dice en la página 12, y eso es lo que consigue hacer el autor con los lectores, forjar una sola existencia con un único nexo, su libro, convertido en pan ácimo, en torno al cual la verdad, la suya, que es la nuestra, se hace testamento vital y documento historiográfico; lo mismo que hizo la novela Patria de Fernando Aramburu, de otra manera, por buscar otro paralelismo más de los que tanto le gusta a Manuel Vilas.

Conforme lees te vas adueñando del libro, o mejor el libro se va adueñando de ti, y en ese trueque descubres que compartes sus renglones quizá porque están convertidos en axiomas empíricos y hasta casi transformados en “verdades reveladas”. “Por muy mal que te vaya en la vida, siempre hay alguien que te envidia. Es una especie de sarcasmo cósmico.” –nos desvela en la página 13.

Un libro lleno de anécdotas que nos arrancan deliciosas sonrisas como cuando cuenta la de “soy tu padre” o habla de Moisés y la literatura, o solo existen la inmortalidad y la canción del verano, o el entierro de su tía Reme, o la que revela “lo que hemos sido casi todos” “pobres, pero con encanto”. Muchas son las páginas en las que te ves reflejado y con las que te identificas, al vivirlas como propias, ya que nos contagia su “don de ver las vidas” y su sentido del humor.

Manuel Vilas “no (cree) en los médicos, pero sí en las palabras” –afirma en la página 129, y es que éstas se convierten en placebos, más aún, en medicamentos para él; son, en cierta medida, sustancias que lo sanan y lo mantienen vivo a pesar de todos los muertos. Palabras que se convierten en drogas, y que ayudan a reconciliarse con uno mismo, lo mismo que hace el autor con el lenguaje. Vilas pone sonido a las palabras, se autoerige en Ulises de su memoria y de sus emociones, porque lo que hace el autor es un “viaje homérico”, como la placa con el nombre de su padre de fondo negro y hecha de cristal. Su libro es “un boomerang metafísico”, lírico y épico, con tintes de novela y de ensayo, de autobiografía y de ficción al mismo tiempo, de relatos y de poemas, en verso y en prosa y de crítica literaria. Libro ecléctico, torrencial, de aluvión.

Sabemos que la música activa ciertas partes de nuestro cerebro relacionadas con el aprendizaje y la memoria, entre otras. También nos riega, gracias a su beneficio sonoro, con dopamina y cortisol haciendo que la química mejore nuestro humor y ansiedad; además fortalece nuestro sistema inmunológico, alivia el dolor, nos ayuda a recordar y a tener emociones más positivas. En este libro la música también tiene su lugar y su magia. Aparte de las canciones del verano y del Dúo Dinámico o Julio Iglesias, los nombres se hacen música y las páginas son un concierto de sensaciones, partituras de una nostalgia existencial con ciertas dosis de remordimiento. Para Manuel Vilas, este autor esclavo de las sinestesias, la música del recuerdo es clásica y afectiva. A sus seres queridos, los que han significado algo para él, les ha asignado el nombre de un músico.  Así su padre es Bach y su madre Wagner, y a sus hijos los llama Bramhs y Vivaldi. A su tío Alberto le asigna Monteverdi, a su abuela la bautiza con el nombre de Cecilia, en honor a la patrona de la música. Otro tío paterno es Rachmaninov, su tío Mauricio es Händel, Herminio es Pergolesi, la tía Reme es María Callas y a un amigo lo nombra como Giusseppe Verdi. Y como guinda familiar, porque lo hace paralelamente suyo, al rey Felipe VI le da el apodo de Beethoven, y como espejo quizá se lo da también a sí mismo reforzando la unión más aún si cabe, al entrelazar el paralelismo entre la relación paterno-filial de Juan Carlos I y Felipe VI y la de Manuel Vilas y su padre. “Ya los he convertido en música, porque nuestros muertos han de transformarse en música y en belleza” –nos canta como un tenor en la página 220, o, “Sospeché que la música me sanaría, sentí el poder sanador de la música” “para llenar así de música la historia de mi vida” –apunta en la página 181. Una sinfonía de números y notas que campan por las páginas de Ordesa en busca de la función catártica que persigue el libro. “Se puede distinguir dos clases de música: la que canta y la que condena” –se afirma en la página 268, y aunque en el libro se oyen las dos, la que más fuerte suena y predomina es la que canta, la que celebra, la que da fe de la existencia. Es por eso por lo que el libro entero se ha convertido en una banda sonora o en un concierto. “Porque el pasado es también un rito de palabras y una forma de pronunciarlas” –dice en la página 260. Vilas se convierte en un experto taxidermista del lenguaje al convertir sus capítulos en animales disecados como trofeos de caza que adornan su memoria.

 “Si dejas de ser hijo, no eres nada”, y eso es nuestro autor, un hijo de su vida y de su historia, el hijo de una época, un tiempo y una geografía, y a nosotros –los lectores- nos hace hermanos suyos. “Una liturgia de hermanamiento” (página 199), eso es lo que hace con nosotros Manuel Vilas al escribir este libro, ya que “Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas”, porque “nos une el dolor” (página70) y el amor –“ya que solo el amor tiene sentido”, y la lectura nos hace de su estirpe. Porque en realidad, Ordesa es “una gran obra artística creada con (nuestra) propia carnalidad y espiritualidad”, a modo de un tumor literario –descubrimos en la página 28. Se nos cuenta en la página 228 que “solo existen los seres queridos. Solo el amor”, y así es como conviertes al autor de este libro en alguien querido y familiar porque te ha abierto la puerta de muchas remembranzas propias y extrañas. Aunque “una cosa son las palabras de un libro, y otra las palabras de la vida” –nos dice Vilas metaliterariamente en la página 96, y que aquí en Ordesa parecen confluir ambas; “las dos son verdades”, pero “juntas fundan una mentira”, y ahí está la clave y el truco narrativo de esta ficción que nos propone Manuel Vilas y la forma en la que cierra el círculo-laberinto del libro, encadenando todos los conectores tanto literarios e históricos como biográficos. “Los libros no son vida, como mucho un adorno de la vida, y poco más que eso” –añade en la página 286. Y como la muerte es “algo que no tiene sonido” –susurra en la página 315, todos los ángulos muertos que tiene este libro nos llevan al silencio (un “silencio –que- salió tocado de música” –solfea en la página 154) a ese sonido de lo no dicho, que, en cierta medida complementa y abrocha la música que desprende Ordesa. Un libro donde se escucha “la música de los muertos” y con el que el autor ha encontrado “un lugar donde caerse muerto” -327- y eludir la soledad al encontrarse con todos nosotros, sus presentidos lectores. Y “como abolir el pasado es abyecto” por eso él lo preserva dentro de nosotros.

“Una relación que muere da origen a una lengua muerta” –dice en la página 78, renglón-aforismo que demuestra que la relación autor-lector da origen a una lengua única, muy viva y siempre distinta. En la página 113 se pregunta Vilas de una manera indeterminada si “¿valió la pena leer ese libro?”, y concretando en Ordesa yo digo que, una vez terminada su lectura, sí que valió la pena, porque “somos compositores de la música del olvido” –se dice en la página 276, y en eso es en lo que se ha convertido Manuel Vilas, en un compositor, y este libro es la gran partitura de una vida, su sinfonía Ordesa. Texto que se convierte en alegoría de una época y un territorio que va más allá de la metonimia y de la sinestesia, porque nos enseña que “la verdad es lo más interesante de la literatura” – se dice en la página 77, y así lo demuestra. “Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida y el único éxito” –revela en la página 236, y ese paralelismo también lo descubres conforme lees, porque es un libro que espera al lector para entregarse a él en cuerpo y alma.

Custodio Tejada
Opiniones de lector
16 de abril 2018




ORDESA de Manuel Vilas. Editorial Alfaguara. 387 páginas, 157 capítulos-reflexiones-recuerdos y un epílogo de once poemas titulado: “La familia y la Historia”.



sábado, 10 de marzo de 2018

¿DE DÓNDE ESTA MANÍA DE SER PÁJARO? De Cristina Requejo. Editorial Enkuadres.




¿DE DÓNDE ESTA MANÍA DE SER PÁJARO? De Cristina Requejo. Editorial Enkuadres. 50 poemas repartidos en dos partes, con un prólogo “La profecía del vuelo” de Juan Carlos Mestre y unos agradecimientos.






¿DE DÓNDE ESTA MANÍA DE SER PÁJARO? De Cristina Requejo. Editorial Enkuadres. 50 poemas repartidos en dos partes, con un prólogo “La profecía del vuelo” de Juan Carlos Mestre y unos agradecimientos.

            Un verso del poema “sugerencia de hielo” da título al conjunto. Con una portada bastante minimalista y en color crema, que casi parece una tarjeta nupcial con la que nos invita a su desposorio lírico, Cristina Requejo nos presenta su primer poemario titulado ¿De dónde esta manía de ser pájaro? Lo primero que observas en la portada es que viene avalada con un prólogo del Juan Carlos Mestre, cosa que es de agradecer por la luz que aporta. Autora y prologuista se solapan con letras casi de igual tamaño. Pero el mejor aval que puede tener una poeta es su propia poesía, y en ese cuerpo a cuerpo entre autora y lector Cristina Requejo sale victoriosa porque consigue rasgar con gran maestría la lira, hasta el punto de que puede sentirse satisfecha por el buen trabajo realizado con unos poemas bien armados y construidos y que resultan extremadamente existenciales. Además del prólogo abre el poemario una cita de David Foster Wallace: “Somos lo que caminamos entre dos puntos”. De esta forma se nos predispone a los lectores para que asumamos un rol de caminantes antes de transitar o volar por el paisaje poético de Cristina Requejo.

            Dice Juan Carlos Mestre en el prólogo: “El lugar de la poesía es el vuelo… el sentido primero de un poema… establece siempre un vínculo inédito entre lo real conocido y la intuición de los nuevos sentidos del porvenir… reaparece en otro universo, acaso paralelo, al de las significaciones previstas” o “Cristina Requejo ha escrito un libro que no es resultado del ensueño, ni de la culpa, ni de las ambiciones conclusivas de la intimidad, sino la consecuencia de otra más alta aspiración, la de fundar sobre el territorio de su propio dialecto afectivo el monólogo de su existencia”. “De esa aspiración de y hacia la libertad está hecha la razón primordial de este hermoso libro de Cristina, de la misericordia tras el duelo, del acogimiento en los extramuros de la razón”. Si como nos dice Juan Carlos Mestre: “Una memoria de futuro es el poema”, y, “El saber de todo poema es inversamente proporcional al silencio que este desaloja de la estructura pensativa del mundo” podemos afirmar que este poemario también goza de ese “efecto iceberg”, o sea, lo que nos muestra es una ínfima parte de lo que contiene y calla, un silencio que se hace misterio alumbrado y “milagro lingüístico” por lo que dice  pero también por lo que guarda. He ahí “la profecía del vuelo”, “la memoria como un desafiante acto de dignidad ante la cobardía del olvido”.

            El poemario dividido en dos partes, la primera titulada “Trayectoria de vuelo” con 25 poemas y la segunda parte titulada “Hacia otras latitudes” con otros 25, nos sitúa en un lugar equidistante entre el pasado y el futuro, entre los recuerdos y las intenciones. Cristina Requejo en la primera parte se desviste para ofrecernos la nostalgia de sus plumas y en la segunda se prepara (porque ha llegado la hora) para la migración, para volar a otro lugar más benigno y acogedor si cabe que la memoria, el deseo. Antes de echar a volar, en vez de posarse en los cables eléctricos, esta ave, Cristina, ha decidido hacerlo en el verso como fórmula para encontrar sus coordenadas y no perderse en el trayecto de su viaje. En ¿De dónde esta manía de ser pájaro? La autora, esta mujer poeta renacida de sus propias cenizas como ave fénix, eleva su vuelo por encima del lenguaje hasta alcanzar el cielo infinito de su alma de mujer convertida también en árbol, con la única intención de volver a ser, de reinventarse de otra manera. Así sus versos siempre miran al cielo como vía de escape y salvación, como lugar donde hallar el cobijo que necesita. “Exprime sus palabras en nuestros ojos” y comprobamos que su poesía no es solo “recuerdo, risa, reproche”, es también esperanza y rebeldía; porque no se queda en la “intemperie del vértigo”, sino que se eleva hasta el festejo de un nuevo rumbo con destino a esa manía de ser pájaro, no concebida como obsesión, más bien como liberación y plenitud.

Ya el título de su primer poema (Renacimiento) nos anuncia la principal aspiración o la meta que pretende Cristina con éste su primer libro. Los verdaderos protagonistas de este poemario son las palabras-latidos de un corazón que se redime en la poesía y que funciona como catapulta de un yo alimentado “de las presencias y de todas las ausencias, de la alegría y del dolor, de la risa y del llanto, de heridas que aun sangran y también de cicatrices, y de cualquier objeto cotidiano, o de un gesto o una mirada”, y es ahí donde el verso se transforma en “estado gaseoso” para saciar la sed más íntima de las alas. “Ella habita en un vuelo de aves” –nos confiesa en la página 57, mientras “vive a duelo con la muerte”.

Cristina Requejo con su primer libro de poesía (en el que “se arranca las plumas una a una”, verso a verso, hasta quedar hermosamente desnuda, y que “cuando escribe,/ se –le- llena la boca de matices/ y –se- convierte en rehén de la palabra”, eso sí, nunca sometida a los adverbios) nos ha dejado un libro auténtico escrito desde la verdad afectiva y existencial de su corazón salvaje. Un libro de poesía muy visual, con un tono y una dicción propia que mantiene el pulso a lo largo de todo el poemario, con unas imágenes sugerentes y muchas veces excitantes incluso, y es que la palabra aquí roza la prestidigitación y “la misericordia tras el duelo” –que dice Mestre. Libro repleto de imágenes hermosas y sensuales metáforas, sugerente y festivo desde la nostalgia y en algunos momentos con un toque exquisitamente erótico. Repleta de un amor que la desborda su corazón se empeña en ser pájaro a toda costa. Cristina, que siempre está “yendo de un verbo a otro”, no es ninguna “neófita”, sus latidos y sus ojos así lo atestiguan. Su poesía se adentra en el mar profundo de la sangre y de los sentimientos como testigo o como protagonista del oleaje lírico que impregna todo el libro, dejando poemas de hondo calado y elevado trance. Los verbos que encontrarás nos indican una clara voluntad de comunicación, de entrega al lector como un acto cuasi eucarístico, de sacrificio y sacramental incluso, que busca explicarse y, sobre todo, entenderse.

Una vez leído el poema “Monólogo de la piel” de la página 21 podríamos pensar que además del significado evidente, biográfico y vital, que la poeta dice, también podríamos encontrar connotaciones de una poética, una especie de interlocución directa entre la poesía y la poeta, un tú a tú decidido, una confluencia en la piel de esa voz que la atraviesa y le ha ayudado a comprenderse. “Como el agua que fecunda la tierra,/ tus palabras penetran en mis poros,/ haciendo, como la luz,/ visible lo invisible./ Sucedes así,/ como una caricia que,/ sin requisitos,/ atraviesa mis fronteras./”

            Cristina Requejo se ha tomado muy en serio la escritura porque sabe que al pronunciarlo el mundo existe de nuevo, tanto como para dejar huella de una vida para nada impostada y crear una nueva realidad hecha con palabras. “Que nada está prohibido/ cuando te atreves a nombrarlo/aunque nazcan heridas en la lengua” –nos dice en la página 29. También nos dice: “para nombrarlo/ y que exista desnudo/” o “Préstame tu palabra/ para que pueda utilizarla a mi favor” o “Saberte como palabra/ como tacto, como destino”. El lenguaje hecho puente, demiurgo o dios creador, usado como cicatriz exorcista y liberadora. En su “Vaticinio” una “T” aguarda a que el oráculo cumpla la profecía de su memoria o de su olvido, que al final son la misma cosa, un mismo laberinto “que aún sobrevive en la memoria de los peces”. La poeta no se conforma con la resignación, Cristina desea renacer en la palabra entendida como paradigma del alma y de la voluntad, con el objetivo claro de volver a ser lo que una vez fue, un pájaro libre que se desangra en el aire del lenguaje, “esperando quizá/ a que (la) pronuncies”. “Me elegiste/ y me nombraste/ concubina de todas tus palabras” –afirma en la página 29. O “se (le) llena de pájaros la boca” –página 45- “detrás de la palabra”, y en el “trascurso entre tu cuerpo y la palabra,/ carne y poema” –página 41. La palabra es el poder al que aspira para continuar con su nuevo rumbo, y así lo percibes durante toda la lectura. Incluso nos dice en la página 61: “perdimos la palabra” como signo de la derrota más humillante.

            Así pues, el libro ¿De dónde esta manía de ser pájaro” nos cuenta una “historia propia o robada” de Cristina Requejo y “aunque se nos fracture la palabra/ y caigan sus sílabas en el vacío” ha cumplido con su misión, mostrar la esencia de una poeta levantada en armas contra el olvido y el dolor y viva de deseo y de amor por la vida y el vuelo. Y aunque nos lanza una advertencia: “Soy esa mujer/ que nació huyendo./ Témela”, no le hagáis caso, cuando terminéis la lectura quedaréis prendados de esta excelente poeta que sabe lo que pronuncia y escribe. Porque ella necesita “convertirse en palabras” y las palabras son pájaros para ella, una manía auténtica, la suya, de hacerse poesía y literatura, porque el papel en blanco es el verdadero cielo al que aspiran sus versos-pájaros.


OPINIONES DE LECTOR

Custodio Tejada

4 de marzo de 2018




jueves, 15 de febrero de 2018

HISTORIA DE UN ALMA de Antonio Praena. Editorial Visor.

HISTORIA DE UN ALMA de Antonio Praena. Editorial Visor. Poesía. Dividido en cinco partes y 37 poemas. Sin prólogo, pero con muchas citas y contraportada-sinopsis a modo de prólogo.



 HISTORIA DE UN ALMA de Antonio Praena. Editorial Visor. Poesía. Dividido en cinco partes y 37 poemas. Sin prólogo, pero con muchas citas y contraportada-sinopsis a modo de prólogo.

            Antonio Praena es un fraile dominico y un poeta con mayúscula (sus dos grandes vocaciones) que, situado “en un lugar intermedio entre la teología y la creación literaria”, investiga la relación entre teología, cine, poesía y arte. Y cuando un poeta como Antonio Praena dice: “La palabra engendra vida, crea el mundo y resucita de la muerte y todas nuestras muertes” o “La poesía no puede ser un supermercado de emociones. Hay que abrir al misterio por el horizonte de la belleza y el lenguaje” o “La poesía es un acto de comunicación en los límites del lenguaje y de la experiencia”… si no decimos “Palabra de Dios” (porque él mejor que nadie sabe del poder de la palabra y su sagrada escritura) debemos, cuanto menos, escucharlo y leerlo, para descubrir muy pronto que su poesía nunca defrauda. El autor nos confiesa que quiere verdad, la busca y la necesita para existir.

            Pongámonos entonces en perspectiva para abordar a un poeta de largo alcance llamado a perdurar y hagamos un recorrido veloz por lo que han dicho de sus libros. Hace ya tiempo que Álvaro Valverde dijo que “Antonio Preana es un excelente poeta. No me duelen prendas afirmarlo. Alto y claro”. “Al buen oído de Praena, que consigue transmitir a través de un ritmo envolvente e impecable, hay que sumar la armoniosa composición de sus versos”. Rafael Alonso Pica comenta: “Con -Actos de amor- nos sorprende con su sabia estructura y nos seduce con su desnudez”. Refiriéndose a “Yo he querido ser grúa muchas veces” comenta: “En esta obra me sorprendieron los siete pasos poéticos de las siete partes de este poemario que evocan, comentan y parafrasean de alguna manera los siete dones del espíritu o quizás las siete virtudes”, y añade: “La seducción que provocan los poemas de Antonio Praena surge de la ambigüedad biográfica con que se desvela el autor”. Francisco Onieva afirma que nuestro poeta es “una de las apuestas más interesantes y auténticas de la poesía más reciente en nuestra lengua”, y refiriéndose a “Yo he querido ser grúa muchas veces” dice que este poemario “defiende una poesía que podríamos definir como mística de lo humano, en la que se fusionan sin fricciones la cultura posmoderna, las referencias grecolatinas y un hondo humanismo, de base renacentista, que coloca al hombre en el centro del verbo” o que su poesía “busca la emoción con precisión, agilidad y claridad, sin olvidar la sugerencia y la musicalidad”, “una poesía en la que lo profundo y lo cotidiano se dan la mano en el poema”. José Antonio Santano también nos ilumina con sus palabras para conocer mejor la poesía de este autor, y dice: “quizá no tan hondo y apasionado como lo hallamos en Fray Luis de León o Santa Teresa de Jesús. El misticismo en Praena es más reservado y atemperado” o “La cruda realidad que observa a su derredor hace que el verso se revista de humano sentir y vuele trascendido a otros lugares”. Y José Antonio Olmedo afirma que “Historia de un alma” “supone un giro –digamos, lingüístico- en la dicción poética del autor de “Yo he querido ser grúa muchas veces”, “De entrada, sorprende la naturalidad, rozando la irreverencia, y el descaro, lindando con la provocación, de un argumento lírico, con destellos místicos, pero a la vez hundido en sus raíces de un hiperrealismo urbano”, y, “Este libro es una suerte de vínculo entre lo clásico y lo moderno”. Además, Gonzalo Santoja, miembro del jurado que le otorgó el Premio Gil de Biedma ha señalado de -Historia de un alma-  que “se trata de un poemario descarnado y muy duro”. Incluso un tal Señor Scott, en Amenazadederrumbe blog, dice: “La voz que encontramos en –Historia de un alma- nos grita desde la intimidad. Es una voz brusca, violenta y provocadora. Carece de antifaces y en algunos pasajes tiene un marcado tono nihilista” o “Al fondo del poemario brota una mirada mística, espiritual, que sirve de contrapunto a la superficie Nietzscheana presente en varios pasajes”, “la intención del autor es meternos de lleno en un escenario, en una situación de la que hacernos espectadores”.

            No sabemos si será debido a la pasión que tiene por el séptimo arte, pienso yo, por la que se ha dejado impregnar con una poética llena de huellas cinematográfico-publicitarias y de imágenes fuertes y poderosas, ya que su poética es muy visual y profunda, casi pictórica diría yo. Si nos fijamos en las portadas de sus tres últimos poemarios comprobamos que él (a su imagen física me refiero) aparece en primer plano, ya sea de una manera más nítida o disimulada. Como un Alfred Hitchcock de la poesía, y quizá como homenaje a él, a Antonio Praena le gusta aparecer y jugar en esos planos inesperados (mostrando su brazo musculoso con pajarillo incluido –imagen muy mística, por cierto-  o ese torso desnudo que parece en trance de éxtasis, o subido en una moto y con traje en un alarde posmoderno, “con aire seductor de inspiración publicitaria” que “desea cabalgar (su) Kawasaki/ en busca de otra vida” más en cueros, como si fuera un adonis posando para el objetivo de Miguel Ángel.

            El propio poeta nos dice que en “Poemas para mi hermana” “el protagonista es el paisaje y las raíces”, en “Actos de amor” no es él quien habla sino su vida, en “Yo he querido ser grúa muchas veces” “entona un canto a la libertad, al riesgo, a la ebriedad de vivir y de poder cantarla” y en “Historia de un alma” se nos apunta en la contraportada que “es un libro moral compuesto de retazos inmorales”, o nos dice: “Mi intención pasaba por probar algo diferente, con una serie de poemas que habían ido viniendo de una serie de cuestiones sociales y contemporáneas, y que construyen un libro extraño en el que rompo la línea establecida y trato de emprender una búsqueda diferente” o añade “es un libro sin poeta”. “Dejar que cada poema sea una escena de una película” “como un documental de los bajos fondos” nos aconseja en una entrevista como pistas a seguir para “componer el rompecabezas” que supone “Historia de un alma”. Con estas mimbres tan altas y premio tras premio se está convirtiendo en uno de los grandes poetas de este país, y podemos asegurar al leerlo que es un poeta de los grandes, que entronca con la mejor tradición literaria española y en el que brilla la originalidad de una poesía exquisita y magistralmente elaborada, quizá más cerca de Góngora que de ningún otro por nombrar a uno, y es al uso del lenguaje a lo que me refiero.

            No sabemos con certeza, aunque lo intuyamos, si con la primera cita de Santa Teresa de Liseux, de su autobiografía “Historia de un alma” (con la que comparte título), lo que pretende nuestro poeta es también la conversión y la curación (individual y colectiva) como aquél, aunque en este caso circunscrito solo al mundo de la lírica o de la literatura. Si “el hombre es un dios para el hombre” y el consumismo es la salvación a la que aspira, él nos recuerda con este poemario que hay un Dios más allá del hombre y otra gloria más duradera, porque “los grandes pecadores y los santos/ siempre estamos muy cerca.” –se nos revela en la página 68, y, “La estatura moral es su constructo/ contra las leyes naturales” –añade en la 53.

Antonio Praena, el cochero de este carro alado tirado por un caballo bueno y otro malo que es “Historia de un alma” nos deja su sabiduría escrita en unos poemas que alcanzan la belleza más suprema como principio de vida. Para Antonio Praena, como diría As-Sustari –el otro místico de la comarca de Guadix-, sus “mejores momentos (son) cuando está reunido con (su) esencia” de hombre religioso y a la vez mundano. Nuestro poeta se sitúa entre el cielo y la tierra para servirnos de codificador o descodificador de la buena poesía y del arte como antesala del Paraíso y de la eternidad. En este libro escribe más desinhibido y seguro de sí mismo, en búsqueda de un nuevo yo, más social, y superando el listón de su propio legado poético. Dice el papa Francisco que debemos “evitar seguir estrellas fugaces como el dinero, el éxito, los placeres buscados como finalidad en la vida… que, en vez de orientar, despistan” de lo principal de la vida, y ese parece ser, en alguna medida el argumento más primario del libro. En “Historia de un alma” hay momentos en que la poesía de Antonio Praena es una poesía que reza, aunque no lo parezca, pero reza desde la reflexión que provoca el pensamiento del poema en la conciencia del lector, al enfrentarlo consigo mismo y con la voz del “C(c)reador”. “De una forma o de otra” el poeta nos lleva a donde quiere, a otra belleza, nos enfrenta al mundo de los espejos y su intemperie para dejarnos a solas con Cristo y sus santos. “También yo soy testigo de mi tiempo” –nos anuncia en la página 76, y es de ahí de donde arranca, de su testimonio y de su idea de Occidente para dejar al lector al borde de su abismo y frente a “los instantes” de gloria o de nada. Un libro, en definitiva, sobre el que podríamos decir como Inocencio X: “¡Troppo vero!”.

            Poeta de imágenes potentes y poderosas y de una contemporaneidad espiritual a contracorriente indiscutible, ya nos sorprendió con aquella imagen tan mística de la grúa que se hacía cruz salvífica para las aves y con la que se fundía en una misma metáfora. Ahora con Historia de un alma transforma las motos en corceles del espíritu y las huellas de la ciudad, de la historia o del arte se convierten en las moradas de su “castillo interior”. Se podría pensar que su “camino de perfección” es más ascético que místico porque su lado humano sobresale sobre el divino, aunque cuando uno lee sus libros con detenimiento comprueba que prevalece el lado divino sobre el lado humano, ya que su alma está a flor de piel (como sus portadas nos indican) y sus versos parecen estar cincelados en mármol de Carrara.

            Dice Pedro Salinas: “El místico exalta las fuerzas del espíritu, sus poderes de penetración en el misterio”. El poeta desentraña alma y cuerpo para transcender su poética en forma y materia, de la que levanta acta y da fe, ya que las pasiones forman parte de la naturaleza humana y lo impropio es ser dominado por ellas. “De un ansia irracional proviene al alma,/ y es por eso que amamos/ mordiéndonos el cuello y husmeando/ rincones innombrables/ igual que los caballos y las perras” –retrata en la página 45, porque estamos “convocados al orden de la gracia divina” en esa predilección que tiene el libro por las personas feas. Los caminos del misticismo en Antonio Praena, siempre atento a la realidad y al arte, transitan por el amor y la palabra como las dos caras de una misma moneda espiritual que hacen de él un claro ejemplo de adaptación a los tiempos posmodernos en los que nos encontramos; ofreciéndonos una mística, la suya, que, más que oración silenciosa es homilía en voz alta, la cual apunta a lo sobrenatural con fe delicada y lenguaje abrupto, como signo de la época que vivimos y padecemos. Aunque su mirada apunta al mundo (satírica, irónica y burlesca incluso) siempre nos deja una vía abierta hacia la Transcendencia, aunque sea a través de la polisemia. “Poder, oh, sí, poder. Poder es la palabra. Poder es el amor, poder la entrega” –nos dice en la página 18, o, “Vertical es vivir. Morir es vertical” –página 13, donde destaca la fuerza del verso hecho aforismo.

            En la poesía de Praena, poeta docto y cultivado, podemos encontrar una vertiente culta y otra más sencilla y coloquial, en apariencia solamente, ambas fundidas en un mismo molde místico-metafísico. Escribe tan bien para disfrute de todos nosotros que consigue que el lenguaje alcance logros notorios y que no sea solo un medio de expresión, sino también una vía de inspiración, lleno de variados recursos literarios y figuras que provocan continuamente la admiración del lector. La estilística del autor sustentada en múltiples simbologías, con esas reiteraciones tan suyas y esos versos tan técnicamente perfectos, consigue dotar al poema de un ritmo vivísimo de pensamiento y lingüístico, elegante y envolvente, hasta convertirlo en auditorio de la música más divina, donde significantes y significados con sus ecos juegan en las alturas, transformando la lectura en un concierto de música sacra donde el cuerpo y el alma se hacen instrumentos místicos en manos del poeta músico. Poemas, los suyos, que en algunos casos se transforman en parábolas o en alegorías. Un libro, pues, donde brilla la armonía y la perfección artística y en el que Praena ha sabido muy bien insuflar vida divina a los poemas dotándolos de alma, o sea, de un sentido que va más allá de las palabras, “donde la carne, simplemente,/ desea no ser carne:/ vuelvo el alma a sus cuerpos.” –nos confiesa en la página 47.

            En este libro, el más distinto, inflamado de teoría y experiencia y el más religioso y narrativo de cuantos ha escrito, con ciertos dejes de ensayo, el autor se reinventa y va de la filosofía a la teología y viceversa para armar su poemario de una verdad a la vez antigua y posmoderna, y siempre tan real. Praena, subido en su alma y en su formación, nos hace viajar a través del cuerpo y del alma, de Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, la Escolástica, Nietzsche, el nihilismo… y certifica su vocación de hombre de Iglesia, “el idealismo de Platón ha fracasado./ Sin embargo, Aristóteles/ nos une para siempre a lo concreto.” –nos dice en la página 50. Hay veces que el alma y el cuerpo, cual Quijote y Sancho en su dualismo, intercambian sus papeles y su aventura, haciendo más humano o más divino el momento, según convenga al discurso del poeta. Y con esos hilos duales (alma y cuerpo, vida y muerte, filosofía y teología, moral y arte, Dios y hombre, el yo del autor y el yo del libro, la fe y la nada, pasado y presente, realidad y ficción, vicios y virtudes…) es como el poeta va tejiendo su obra que al final resulta ser su vestido como lo es el de todos, con rumbo a los funerales y a “La historia de esta alma/ (que) es la historia de un alma sin historia” –dice en la página 39. Y de paso, de forma soberbia, nos enfrenta a los siete pecados capitales como podemos comprobar en Men Style. “Perseguís la belleza… estáis gordos/ lo que denota una pereza nauseabunda” –nos relata en la página 54.

            En las citas que acompañan al libro hay santos, filósofos, teólogos, poetas… en un intento de ambientar el camino de redención que nos ofrece el poemario. Citas que, junto a la contraportada, en cierta medida actúan como prólogo que justifica y pretende esbozar las líneas de fuerza que sustentan el libro, todas ellas apuntan hacia el misticismo como lugar de encuentro a la espera de “la mañana entre almendros/ de la resurrección” –página 83, quizá con una clara intención de dejarlo todo bien explicado, a la interpretación me refiero y al sentido último de sus poemas, distanciándose asépticamente de ellos a través de un yo ficticio para, paradójicamente, estar más presente en ellos.

            Se nos pregunta en la página 79 si “¿Cambió la vida de alguien un poema?, quizá no, nunca, pero seguro que su lectura entretiene mientras nos llega el Apocalipsis con su monotonía. Después de leer esta “Historia de un alma”, de Antonio Praena, no se me ocurre mejor manera que acabar esta opinión con una cita de As-Sustari: “Oh poeta, enhorabuena, presume, ufano de tu Señor” porque ha escrito otro magnífico poemario para gloria y alabanza de todos los amantes de la buena poesía y para los anales de nuestra literatura.

Opiniones de lector.
Custodio Tejada
10 de febrero de 2018



HISTORIA DE UN ALMA de Antonio Praena. Editorial Visor. Poesía. Dividido en cinco partes y 37 poemas. Sin prólogo, pero con muchas citas y contraportada-sinopsis a modo de prólogo.




GRANADA COSTA. Periódico de información nacional sociocultural. Nº 469. 28-2-2018