viernes, 21 de julio de 2017

LOS FANTASMAS DE YEATS de Antonio Rivero Taravillo

LOS FANTASMAS DE YEATS de Antonio Rivero Taravillo



LOS FANTASMAS DE YEATS  de Antonio Rivero Taravillo

Editorial Espuela de Plata. Narrativa. 280 páginas.
    
        Como “ese médium que es… siempre todo lector”, que se dice en la página 210, voy a tentar la suerte como los toreros, intentaré dar mi opinión y aproximarme a Los Fantasmas de Yeats y a Antonio Rivero Taravillo, su autor; pero que conste que, por si las moscas, mi casa la he llenado de gatos de Angora y he leído esta obra como si fuera un “tablero en una ceremonia ouija”. Y que conste que no quiero “atemperar (mi) morenez con el brillo de (la) zalamería” –como se dice en la página 85 del libro.

Que Antonio Rivero Taravillo bebe los vientos por la literatura ya lo sabemos, pero esta novela lo confirma más aún si cabe. No sabemos si nuestro autor, la primera vez que pensó en Los Fantasmas de Yeats, exclamó admirado como la señorita Willerton en el relato La Cosecha de Flannery  O´Connor: “¡los irlandeses! ¡los irlandeses!”, quizá porque “su acento… era muy musical, y su historia… ¡espléndida!.” Y “como el oído es tan lector como el ojo”, advertimos que el oficio de poeta y traductor de Antonio Rivero Taravillo se transparenta en la partitura de esta novela.   La mirada de Antonio Rivero Taravillo, que escribe la novela como un zahorí, encuentra paralelismos que te llenan de asombro y dan rango de credibilidad al argumento y su hipótesis de trabajo, como clave de todo. Su escritura no es nada automática, al contrario, cuidada y bien trabajada. Un tour de force literario del que sale airoso.

Se pregunta en la página 247: “¿Qué estarán escribiendo los autores de hoy? ¿Qué tipo de poesía  harán?”. Pues no podemos olvidar que el año 1927 es un annus mirábilis de la poesía española, y también dentro de un contexto europeo, hay que decirlo. Como diría Ibon Zubiarur sobre William Butler Yeats, uno de los mayores poetas en lengua inglesa del pasado siglo: “bastantes de las vías que ensayó pueden leerse en paralelo con las que iba a proponer muy pocas décadas después la poesía española”. Y eso es lo que hace Antonio Rivero Taravillo, aprovechar los paralelos de Yeats con la poesía española para armar su novela.
  

          Los Fantasmas de Yeats, cual enciclopedia de nombres y datos y libros, suena como una elegía. “¿Es la ventriloquía de la tragedia?” –pregunta en la página 258, de una visita apenas aprovechada a la que pone voz nuestro autor y de una generación de escritores que viven un momento dulce sin avistar lo que se les avecinaba. Los Fantasmas de Yeats se pasean por esa Sevilla llena de reminiscencias irlandesas, casi convertida en callejero de Irlanda, incluso; novela que en cierta medida hace una biografía sui generis, homenaje a Góngora y a la Generación del 27, a la tauromaquia, a Yeats e Irlanda y el ocultismo. La novela nos “cambia de tercio y (nos) enreda en lances esotéricos” página 163. Hilos todos ellos que se entretejen, capítulo tras capítulo, hasta hacerse tapiz de simetrías, paralelismos y pensamientos, de pasado y de futuro, de realidad y ficción… que tan bien nos ha traducido nuestro excelente médium literario: Antonio Rivero Taravillo, y donde “la intersección de un mundo con otro, no tanto paralelos como sobrepuestos” –dice en la página 146, nos seduce y nos conduce por las páginas transmigradas, hipnotizadoras y visionarias. Todo el libro es una seance (sesión de espiritismo literario), una visión que recrea un momento único de la literatura que pasó de puntilla. Y es que el autor, como MacBride, va en busca de su misión: escribir una buena historia, o al menos intentarlo, porque no tiene plan de huída, y lo consigue “desgañitándose (con) el himno feniano: De nuevo una nación (novela)”, una buena novela que Antonio nos cuenta “como en trance, más recitándola que narrándola”, como dice en la página 121, que es como Yeats le cuenta la historia de Cuchulain a George.

           Se nos dice en la contraportada que “es una novela singular que trata del viaje real pero prácticamente descocido de William Butler Yeats y su esposa a Sevilla en 1927, tres semanas antes del famoso homenaje a Góngora de la Generación del 27”. Y de ahí parte (el autor) para (re)crear su fantasmagoría; “Como en una epopeya irlandesa, como en un romance de Villalón o una corrida de Sánchez Mejías” –dice en la página 257. Un revuelo de casualidades nos hace pensar que lo sucedido ocurrió tal y como lo hemos leído y no de otra manera. La exposición de los hechos y anécdotas (reales o inventadas) nos llevan a verlo como un erudito “de alto abolengo” y un excelente cicerone, que nos guía por su saber y por el mar de coincidencias que ha tramado para armar el argumento y su trasmundo, y presumir así del “don de la clarividencia” que tiene Antonio Rivero para partiendo de una casualidad histórica  desentrañar toda una época.
  
          Como diría Roberto Juarroz “la ausencia de la palabra” es mucho más que silencio, sin palabras no hay recuerdos ni historia, es lo que no existe: el olvido. Y a esa ausencia es a lo que pone remedio Antonio Rivero Taravillo escribiendo esta novela, ya que rellena con palabras la oquedad de un viaje y un momento de la historia que viste con excelentes renglones “porque las palabras recogen vestiduras/ abandonadas/ y regresan después empujando al pensamiento” y “porque existe un hueco que hay que llenar”, y él lo llena con credibilidad y buen oficio.

Con descripciones bastantes poéticas, a veces con diálogos y lecciones magistrales de narrador omnisciente o con poemas prestados y cartas, y sin hacer ninguna “escabechina de gato” nos arranca alguna sonrisa que otra. La poesía no falta, la ajena y la propia, ni el sentido del humor: “Ríos de oporto parecían desembocar en el océano a la altura del barco y directamente en la copa de ella, con mar de fondo ya trayéndola hacia su resaca” página 24. 59 capítulos que no se hacen nada largos ni pesados consiguen que la lectura avance con digestión cómoda, aunque densa. Musicalidad y juegos con el lenguaje que quizá sean guiños de homenaje a Luis de Góngora y de paso también a James Joyce: “…una pareja negriparda de mirlos, que se elevó pardinegra por el aire entre sonoras protestas” –dice en la página 54. “Como el gorgorito del gongorino Alonso” página 164, “El Guadalquivir va crecido como un toro y arrastra desde la Córdoba de Góngora fango y agua pródiga que se desborda en las riberas” página 162. Ingeniosos juegos de palabras que buscan relaciones mágicas y esotéricas de significantes y significados, a lo James Joyce: Gong-Gonne, Güines-Guinness, Sevilla-sybil-Sibila, “una botella que dormía su noche oscura del  as(l)ma” página 57, “¡Maldito Parnell!” página 147, Senado-seance, Pound-punt, Giralda-Big-Ben-giros-gyres-Giraldus, azar-azahar-bazar, regicidio-king size… He recorrido el camino de Yeats agarrado de la ouija de la intertextualidad y sus menciones, que han sido otros médiums puestos al servicio de la historia y que interactúan con la mente del lector. Así, esta letanía/retahíla de nombres (como algo paranormal o una sesión de espiritismo literario) golpean en las sienes mientras lees: Homero, Joyce, Ulises, Lenin, Shakespeare, Blake, Paracelso, Irving, San Juan de la Cruz, Pessoa, Isis, Rabindranath Tagore, Blavatsky, Generación del 27, San Agustín, R.L. Stevenson, Drácula, Cábala, Pierre Louÿs…, que como un retablo nos alecciona y nos introduce en la época y el pensamiento; ya que en esa barahúnda surge en “voz alta el hilo poderoso de (su) la telepatía” página 24. Sí, es una novela llena de datos, de nombres, de libros, de ritos y leyendas, de coincidencias y simetrías, de lugares, de versos. Y es que el libro es “una misma calle o plaza en las que se cruzan () trayectorias pero donde casi nunca, o jamás, se produce el encuentro” –se dice en la página 234. En la novela se está haciendo continuamente metaliteratura, como parte esencial de la misma.
  
          Los Fantasmas de Yeats deja el final en suspense, un final cuyo desenlace sabemos, y cuya tragedia nos suena a poema de Lorca. La proyección que deja abierta hacia el futuro es, paradójicamente, una constatación histórica del pasado certero, quizá la más verídica del libro. El capítulo 47 te pone los pelos de punta con su augurio tan bien narrado y que anuncia el final. Y cuando terminas la lectura crees que Antonio Rivero Taravillo te ha visitado astralmente, o sea, literariamente hablando, y te lo imaginas bajo el amparo de “las noches sevillanas, pletóricas de farra y versos”, como dice en la página 177. Y como “quienes tienen que tropezarse, lo hacen” –se dice en la página 234, así espero el momento de nuestro traspié para estrechar sinceramente nuestras manos.

Custodio Tejada
16 de julio de 2017
Opiniones de lector.



jueves, 29 de junio de 2017

LA ESPAÑA VACÍA de Sergio del Molino

LA ESPAÑA VACÍA de Sergio del Molino



LA ESPAÑA VACÍA DE SERGIO DEL MOLINO: UNA CELEBRACIÓN LITERARIA.

LA ESPAÑA VACÍA. VIAJE POR UN PAÍS QUE NUNCA FUE. De Sergio del Molino

Editorial Turner Noema. 294 páginas, en tres partes y con una coda de explicaciones no pedidas.

            Como dice Sergio del Molino en el artículo “El juicio final. Reducción del campo de batalla” aparecido en el nº 49 de la revista Eñe, primavera de 2017: “Si me resisto a la metáfora de la literatura como campo de batalla donde unos escritores luchan contra otros no es tanto por mis sentimientos ecuménicos ni por mi mala memoria…, sino porque no quiero verme envuelto en una pelea de perros por un trozo de carne” o de buitres que diría el poeta Jesús Montiel. Sergio continúa diciendo en el mismo artículo: “Prefiero parecer un ingenuo o un imbécil antes que asumir la metáfora de la batalla. Si quisiera pelearme, no me habría metido a escritor”. Y añade: “Envidio a los Welles de mi mundo y procuro guardar las distancias con los caniches ladradores y territoriales, siempre dispuestos a orinar en la esquina en la que te apoyas para expulsarte de ella”. Palabras que suscribo y hago mías.

            Como “un apóstol o un misionero, solo en su predicación” abres el libro y afrontas la lectura de La España vacía, y en cierta medida te sientes como el autor, “Legendre, Unamuno, Azorín, Machado y tantos otros, al situarse en medio del paisaje, se sienten solos. Dolorosamente solos” y aunque no “salvas tu alma” sí comprendes la soledad de tu geografía y quizá de tu lectura. Este ensayo es un vivo estímulo “que favorece la expansión de la fantasía, el ennoblecimiento de las emociones, la dilatación del horizonte intelectual, la dignidad de nuestros gustos y el amor a las cosas morales que brota siempre del contacto purificador…”(página 140) que diría Giner de los Ríos si lo hubiera leído, un buen paisaje para perderse en su lectura y a la vez para encontrarse en la memoria colectiva de un país que siempre está por descubrir porque siempre anda con complejos no superados (negándose a sí mismo) y con demasiadas puñaladas traperas. Y camino va, Sergio del Molino, de ser uno de los pocos sabios que en el mundo (España) han sido, y así lo demuestra la acogida que está teniendo este libro. Y si “la mayúscula es la forma ortotipográfica que tiene el castellano de sacralizar las palabras” –se dice en la página 140, permitidme que os recomiende encarecidamente la lectura de LA ESPAÑA VACÍA. VIAJE POR UN PAÍS QUE NUNCA FUE.

            Si Andrenio afirmó que “el ensayo está en la frontera de dos reinos: el de la didáctica y el de la poesía, y hace excursiones del uno al otro”, Sergio del Molino ha poetizado su saber, como diría Eugenio D’Ors. “La España vacía no parece tanto un país extranjero como una dimensión desconocida” –dice el autor en la página 157. La España vacía es un viaje o un libro extraordinario y entretenido, un verdadero deleite para los lectores de ensayo. Y permitidme que divague porque el libro lo exige, por lo que dice y por cómo lo dice. A veces con lógica inductiva y otras con lógica deductiva nos desmenuza y expone su teoría con coherencia y sabia pedagogía. Adentrarse en un ensayo es buscar un camino nuevo de conocimiento, acceder “a la verdad entendida como una forma de mirar que aspire a ver lo que se encuentra ante los ojos y no lo que se espera encontrar” –se dice en la página 129. Buscar la verdad que todo ensayo persigue exige lanzarse al río como hizo el labriego en la página 130 para impregnarse del paisaje: “Me lanzo también al río… floto con las orejas dentro del agua. Mis oídos oyen el río y mis ojos ven los pinos de la orilla, el puente y un cielo con nubes algodonosas, No se puede estar mejor. No hay baño más fresco que este”, y eso es lo que hace Sergio para reinterpretar la realidad, y al hacerlo la ha hecho más creíble, más veraz, ha contribuido con su luz personal a iluminar mejor nuestra historia. Todo junto al río Ladrillar. Y como un buen “desladrillador” abre puertas y ventanas en muros que parecían inexpugnables para que se ventilen las estancias de la España vacía (que se intuye rota y expoliada) y de la España llena (que se intuye prepotente, déspota y avasalladora), aunque es la supervivencia y la transmutación de nuestras plagas a lo largo de la historia lo que también nos sorprende y define, especialmente si las comparamos con lo sucedido en nuestro entorno europeo. Entre “las dos digestiones hay dos países extranjeros que, aunque ocupan el mismo lugar en el mapa, no se parecen en nada” nos dice en la página 131.

            En la página 167 nos cuenta una anécdota histórica acerca de una pregunta que le hizo Heine a Gautier: “¿Cómo se las va usted a componer para hablar de España una vez que la conozca?”. Y a esta pregunta le responde Sergio del Molino de forma aguda y certera, casi dos siglos después, al escribir La España vacía, un ensayo que se hace paisaje y literatura, “es una construcción, una mirada” (página 200). La magia de este ensayo radica en que el autor convierte a los lectores en viajeros del tiempo y del espacio.

            Nos dice en la página 72: “La España vacía está en los mitos domésticos y está en la literatura. Por eso no es un territorio ni un país, sino un estado mental”  o “España… no era tanto un país como una idea” –en la página 168, y un sentimiento añado yo, he ahí su debilidad y su fortaleza al mismo tiempo. Un país construido a fuerza de mitos, tópicos y leyendas, unas románticas y otras negras, ya sean made in Spain o importadas. La España vacía, de la que nos habla Sergio del Molino, forma parte del paisaje interior de todos los españoles, rurales o urbanos, ya que procedemos de los mismos páramos y esa impronta ha quedado grabada en nuestro ADN de emigrantes y colonos. Un país siempre visto e interpretado a través de ojos ajenos y extranjeros, como la influencia que tuvo el libro Voyage en Espagne de Théophile Gautier. Y tal vez por eso, necesitamos de los extraños  para conocernos mejor, ya que le hemos dado ese privilegio y esa credibilidad que a veces nos negamos a nosotros mismos, porque nos gusta vernos con “mirada cruel y desdeñosa” hasta inventándonos la traducción que más conviene a nuestro discurso si es preciso. Y como “el mito es un logos, una palabra en la que se hace presente la verdad” que diría José Carlos Bermejo y Fátima Díez; Sergio del molino nos acerca a ella, a la verdad de la España vacía y de la llena, que como nuevo mito podemos deconstruirlo y reconstruirlo, siempre sujeto a nuevas reinterpretaciones, hasta dar con el quid de nuestra esencia, sentido que necesita ser desvelado.

            Puede que Sergio del Molino, lo mismo que Azorín, también esté “afectado por un estado alterado de conciencia” (página 188) y haya escrito este ensayo porque ha sido elegido por el espíritu peninsular para anunciar una verdad revelada, a modo de profeta y visionario. “El punto de partida es el Gran Trauma, el éxodo de mediados del siglo XX cuyas consecuencias directas aún están vivas. Termino este ensayo con otro ensayo (de la misma manera que la España vacía es un país dentro de un país) en el que dibujo España como una casa llena de fantasmas. Fantasmas reales que no admiten exorcismos.” –nos dice en la página 53. También nos dice que su “trabajo es literario, y la mirada que lanzo a la España vacía es la propia de un escritor que la ha pisado, la ha conocido, la ha vivido, la ha amado y la ha leído. Propongo un viaje a través del tiempo y del espacio de un país insólito que está dentro de otro país”, como un viaje a otra dimensión. “El campo se vació de pronto, mientras Madrid, Barcelona y Bilbao duplicaron y triplicaron su tamaño” (página 61). Y lo que te queda claro es que se vació una España para llenar otra, y ahora igual da Madrid que Barcelona… porque ambas junto a otras ciudades hurtaron al resto su porvenir, ya que se ha construido un país en contra de los pueblos y su futuro. Difícil tarea pues vertebrar hoy día un territorio y un país tan centrifugo y descastado como el nuestro. Unas veces desde “hipótesis fantasiosas y heterodoxas muy variadas” y otras desde “fuentes documentales” el autor se enfanga en un análisis atrevido que no te deja indiferente. Nos dice el autor en la página 135: “No es nuevo que los pueblos miren con desprecio, miedo y odio a unas ciudades que, cuanto más crecen, más desprecio, miedo y odio inspiran”, pero paradójicamente en nuestro momento actual parece que es al revés, son las ciudades las que se sienten expoliadas para mantener a los territorios sumisos y yermos de esa España vacía, que ya esquilmaron y ningunearon en el pasado, y que hoy miran con cierta nostalgia y cierta envidia; porque en algún sentido se han invertido los papeles de la historia, y la dolida España ahora es la urbana (o llena) en contra de la rural (o vacía), a la que consideran parasitaria de sus logros y de sus beneficios y a la que miran como mera expansión de sus intereses, pienso yo.

            Quien elige el vacío también elige el silencio, y no es aconsejable coger la parte por el todo, a este ensayo hay que devorarlo de cabo a rabo para sacarle todo su jugo. Este ensayo, como un árbol, retrata una época, que lo mismo hinca sus raíces hacia el pasado, que ensancha sus ramajes en el presente como proyecta el sombraje de sus hojas verdes hacia el futuro. Y ojalá no sea usado para perpetuar ninguna leyenda negra ni ninguna alegoría de éxito social, sino para aprender a conocernos mejor, y avanzar así en la justicia y en la modernización de todo el territorio español sin distinciones ni fronteras pero respetando nuestra variedad y pluralidad. Y ojalá superemos tantos dramas y traumas al ser esta España nuestra un eterno “territorio de emigrantes y silencios” (página 77). No sólo nos encontramos con un análisis socio-político… sino también con un estudio literario-cultural de la época que abarca La España vacía y del enfoque con que aborda el ensayo: “El abismo que separa la España llena de la España vacía es demasiado grande” o “Son demasiados siglos de mirar al campo con una misma crueldad”-nos dice en la página 81.

            Sergio juega a ser un narrador omnisciente y lleno de dinamismo expositivo que convierte el renglón en camino, y todo lo dispone como un demiurgo que busca recrear una memoria y un pasado reciente, incluso todavía presente en muchos planteamientos, ya que él “encuentra señales esotéricas y se contagia de la mística” rural para exponernos pedagógicamente su punto de vista y rescatarnos así de nuestra ignorancia, página 133. “Algo pasó a finales de la década de 1980 en aquella España tecnopop y finalmente europeizada. El ingreso en la Comunidad Económica Europea en 1986… se vivió como la ruptura definitiva con el problema de España. Ya no habría más Unamunos ni Ortegas ni Marañones. Ya no más Machados melancólicos” –nos dice el autor en la página 75. Y habría que añadir que ahí no queda la cosa, porque ahora ha venido Sergio del Molino a dar una vuelta de rosca más si cabe, y ha rascado en la herida nuevamente para demostrar que todo ha sido un espejismo más, de tantos que hemos tenido. Porque “No hay desapego más grande y definitivo que el que siente el hijo de la estepa por su cuna o la de sus padres” o “… los españoles tienen el deseo de huir” –dice en la página 190, quizá porque no se contó con ellos para estar y cambiar el porvenir. Desde nuestra perspectiva actual el ensayo La España vacía es algo exótico y original, en el que Sergio del Molino, que se sueña un Charlie Parker en pijama, se convierte en un predicador depositario de una verdad y nos habla con la rotundidad de un evangelio, el suyo, con el que quiere hacernos partícipes de su viaje/experiencia a través de su “mano sarmentosa” y sabia y de sus pies viajeros. Sergio busca conocer mejor su país, España, y estimula la reflexión del lector con su discurso expositivo y argumentativo para establecer con él un diálogo, dejando libre el pensamiento para que fluya en muchas direcciones y el lector pueda tomar cartas en el asunto.

            Cuando lees La España vacía te das cuenta de que puedes intervenir en tu propia salvación y no eres un sujeto pasivo ni un mero espectador o un oyente solo, sino que te sientes parte activa del relato que se completa en ti; ya que todo ensayo lo que hace es convertir al lector en un laboratorio de su hipótesis, y en este caso por el número de lectores que el ensayo va teniendo y las expectativas que ofrece podría afirmarse que el experimento está dando resultado y su evangelización va ganando fieles edición tras edición. En el ensayo persiste una cierta idea de redención al poner en valor sus puntos de vista que apuestan por hacerse verdad revelada y salvífica. La España vacía inventa un paisaje argumental confiando en que los lectores le darán el acabado que necesita para convertirse así en una interpretación más o menos fidedigna de la realidad estudiada, que se eleva como una simbólica silueta del Moncayo: “confluencia mágica en la que los tres grandes reinos cristianos se (funden) en una ceremonia pagana que los (ata) a las raíces ibéricas” –nos dice en la página 156, como este ensayo que pudiera parecernos “exótico, atávico, sobrenatural” y patriota, pero que es mucho más.

            A una parte de España (o a toda) nos impregna una “moral de derrota”, un “sustrato antiurbano de ideología tradicionalista o carlista”, y que nos hace seres paradójicos, ya que como les pasa a Valle-Inclán o a Ciro Bayo se reclaman como “parte de un movimiento que tenía como uno de sus objetivos principales destruirlos” –nos dice Sergio del Molino en la página 209. Y es que la autodestrucción nos seduce a los españoles, por lo que de provocación y rebelión tiene, tarea a la que estamos dedicados en cuerpo y alma desde siempre (quizá por herencia de los visigodos). Quizá porque pensamos que una vez destruidos nos reconstruiremos de otra manera, mucho mejor y más perfecta… Los españoles no tenemos mayor enemigo que nosotros mismos, nos encanta posicionarnos con fanatismo los unos contra los otros y buscar la diferencia más que la semejanza, la descalificación más que el halago, la división o la dualidad antes que la unión, el privilegio más que la igualdad y la solidaridad… Y paradójicamente, por lo que sorprende este ensayo, es que mirando al pasado parece que viéramos el presente y adivináramos el futuro de una gran nación llamada España que está condenada per saecula saeculorum a no entenderse consigo misma. Quizá porque vivimos con el corazón partío, como diría el cantante, obligados siempre a dejar de ser lo que somos y lo que fuimos (parte de esa España vacía) para ser lo que otros quieren que seamos, una nueva generación de folio en blanco de esa España llena con la que a veces no nos identificamos pero en la que no queremos desentonar para no seguir siendo más víctimas. Y para colmo disfrutamos negándonos quizá porque escondemos otros intereses más espurios, y es que una parte de nosotros busca la pureza inmaculada de nuevos proyectos nacionales para alejarse de los errores históricos y de las derrotas que España ha sufrido, como vía para superar frustraciones tradicionalistas, de cargas y complejos de culpabilidad que nuestra historia nos ha dejado en nuestro ser más profundo, y que aunque nos vayamos en busca de nuevos “Dorados” siempre viajarán con nosotros. Todavía en la genética de muchos de los que viven en la ciudad circula el Gran Trauma de la España vacía, y de otros traumas que por asociación nos vienen a la mente, esa derrota y pérdida que supuso la emigración, más entendida como exilio de una identidad y una intimidad robada para siempre. Esto en cuanto a los que se fueron, porque los que se quedaron y padecieron tanto o más que los otros, buscan ser contados desde la dignidad, el esfuerzo y la honradez de la resistencia, ya que todos quieren huir de lo vergonzante. Nos habita un complejo de culpa. La España vacía y la España llena también han provocado unos ciudadanos rotos, desde la conciencia o desde el subconsciente. Por una parte están vacíos, y han sido “rellenados” con otras nostalgias que no son las suyas, ni familiar ni culturalmente hablando. Han tenido que reinventarse para adaptarse. Los han obligado a tener unos planteamientos que han asumido como propios, cuando en realidad su “genética total” es forastera en esencia, pero el olvido y la renuncia a seguir siendo es el precio que tienen que pagar para ser aceptados, para ser considerados de pata negra y vivir en paz sin más exclusiones ni menosprecios, como ciudadanos de primera.

            Hay algunos pensamientos que como sinestesias, me llevan de una época o otra, y me pregunto si no seguiremos en la actualidad viviendo en “montes inverosímiles y en los yermos más feroces” del pensamiento de nación que tenemos. “Como esa forma de nacionalismo que consiste en amar el país a través de la suela de los zapatos” –nos dice en la página 135, así, de la misma forma, al recorrer renglón a renglón este ensayo consigues re-conocer la España más moderna y contemporánea, y te ayuda a comprenderte mejor a ti mismo como producto-resultado de esa dicotomía de la España vacía (rural, interior, despoblada, serrana, antigua, yerma, pobre, cateta…) versus la España llena (urbana, poblada, productiva, exterior, marítima, moderna, glamurosa, cosmopolita, rica…). “Las excursiones eran un acto de amor, una peregrinación a lugares santos” –se dice en la página 137, y eso es también este ensayo, una peregrinación a nuevos espacios de pensamiento que buscan una nueva Jerusalén y una nueva Meca para dar sentido a nuestro ser como habitantes de un territorio, y por tanto partícipes de una esencia y de un estar en el mundo. Y una reflexión me viene a la mente, como cada día nos desconocemos más los españoles (de una comunidad y de otra) ¿Se puede caminar por España hoy sintiéndose español, o en alguna medida nos hemos retrotraído a antes de la Restauración? ¿Será necesario volver al excursionismo como herramienta pedagógica para hacer país? Lo digo por el desconocimiento que tenemos los unos de los otros, y siempre forjado en medias verdades, en tópicos y en envidias, y que da como resultado el que nosotros mismos sigamos siendo nuestro peor enemigo, el Gran Trauma que nos (des) habita tantas veces y nos impide ser compatriotas sinceros, puesto que siempre miramos de reojo al que tenemos al lado.

            La España vacía no tiene pinta de que sea un ensayo escrito “por poderes”, como pudiera haber sido la película documental de Buñuel “Las Hurdes: tierra sin pan” o el libro “Les Jurdes” de Legendre en francés, y tampoco sabemos si va a influir mucho en su tiempo como aquellos; aunque sí sabemos que ya van más de sesenta mil ejemplares vendidos, y eso es algo importante en este país que se dice que no se lee. Nos dice Sergio en la página 117 que “Nadie vio la película de Buñuel, como nadie leyó en España el libro de Legendre, pero ambos, película y libro, se convirtieron en soportes de un mito”. Ojalá este ensayo no corra la misma suerte e influya y cale su mensaje, tanto en letra como en espíritu. Ya que España siempre se encuentra en la misma encrucijada, el problema de España siempre “trata de una lucha entre quienes creen en el estado y quienes aspiran a destruirlo o a cambiarlo por otro” –nos dice el autor en la página 121.

Nos pregunta el autor en la página 235, refiriéndose a un artista argentino: “¿Qué busca Cristobal Repetto en el desierto? Un anclaje, quizá. Tiempo y silencio. Puentes entre el pasado y el futuro”, precisamente lo que quizá necesitamos buscar aquí en nuestro país, entre la España vacía y la llena, entre la que quiere ir junta o la que desea marchar por separado, echándose en cara culpas y complejos, en voz alta o desde la mirada recelosa. “Todos (caminamos) contra las ciudades y sus inercias… y (acabamos) más pronto que tarde viajando al vacío de (nuestro) país, porque la parte habitada suena a hueca y sabida para (nosotros)” “(explorando) los orígenes familiares y geográficos… desde el prestigio y la aclamación” o sea, “volver al pueblo” –nos dice Sergio del Molino en la página 237, y aquí está el quid de la cuestión. “El imaginario de la España vacía ha sido construido desde fuera… Nunca ha sido dueño de sus propias palabras. Siempre ha estado contado por otros” (página 251).

“Si un vicio de los entusiastas es su tendencia a exagerar” –nos dice Sergio del Molino en la página 145, intentaré ser comedido esta vez, y solo diré que “La España vacía: Viaje por un país que nunca fue”  es un ensayo que va más allá de un “viaje curioso e impertinente” y aunque pareciera ser en algún momento “un lamento por el desierto y la falta de árboles” alcanza una mirada de ardilla que “podía cruzar la Península de Irún a Cádiz” saltando de argumento en argumento, deshaciendo mitos, porque al explicarnos nos reinventa y nos reinterpreta en la soledad del paisaje, desnudándonos en bastantes momentos, hasta hacernos tambalear y fijar así el paradigma que sustenta este ensayo: El mal de Maritornes (página 181). Nos gusta hablar mal de nosotros mismos, ya sea por desconocimiento o con mala fe, y tirar piedras encima de nuestro tejado común. Porque después de leer este ensayo “lo que queda, lo que se transmite, es, ciertamente, un decir” (página 241), ya que la inmensa mayoría de este país es “víctima del éxodo rural” y “es normal que busquemos pasados mitológicos que nos expliquen o que nos consuelen de la liquidez feroz que se derrama alrededor”. En el ensayo buscar esa España vacía es buscar el útero que nos cobija a todos, nuestra lengua materna, el paisaje que somos porque “somos esa España vacía, estamos hechos de sus trozos” y “es la única forma plausible de patriotismo que queda para un español” –dice en la página 248. Y si “desde 1975, los españoles se han desentendido de España” ¿qué podemos esperar como nación?, ¿será quizá porque España “(forma) parte de un país extinto al que nadie (quiere) regresar”? (página 250), al que quizá le echamos siempre la culpa de nuestro atraso secular o porque quizá nuestros complejos no superados ni asumidos nos han hecho unos cobardes cuya meta principal es la comodidad, olvidando que una nación se construye con sacrificios pero también con reconocimientos y homenajes.

Nos deja algunas perlas metaliterarias que también sazonan el texto: “Casi nunca hay cosas nuevas en la literatura porque su historia consiste en una actualización y una refutación cíclica de los mismos mitos” –nos dice Sergio del Molino en la página 225. “Y llegó allí donde toda la literatura aspira a llegar, al alma de los lectores” –añade en la página 76, que es donde llega este ensayo; porque a su “historia le conviene que lo sea”, una obra literaria y un nuevo mito, “como señal que da sentido a todo” y lo celebra. Y es que este ensayo, al estilo de la Institución Libre de Enseñanza de Francisco Giner de los Ríos, con su fluir didáctico y su retórica, renueva nuestro modo de ver y entender la historia moderna y contemporánea de España.

Me vais a permitir que ahora haga un popurrí de citas ya que encontramos reflexiones muy interesantes, y que como vasos comunicantes nos llevan a otros pensamientos donde el tono de las palabras dice mucho: “El carlismo… fue la venganza de una España que empezaba a vaciarse contra la España que empezaba a llenarse” –página 190, o “Cuando los nacionalistas vascos y catalanes empezaron a construir sus edificios ideológicos a finales del siglo XIX, se encontraron con que  los carlistas ya les habían hecho casi todo el trabajo” –añade en la página 209, lo que parece describir nuestra realidad más genuina y en la que parece que todavía estamos, salvando las distancias y los nuevos matices. “La tradición no es más que una mentira compartida como si fuera verdad y transmitida con modales religiosos, como tan bien sabía hacer el carlismo” (página 218). Hay algunas comparaciones poco acertadas como “para los jóvenes aldeanos… echarse al monte en una carlistada equivalía a emprender la yihad para un musulmán de hoy”, pero que quizá puede dar luz de por qué surgió ETA, Terra Lliure… y que apunta a un ingrediente en nuestra convivencia que se ha escondido, que es el odio acumulado, y que durante los últimos años no ha hecho más que crecer, porque la transición la hemos usado más para incidir en lo que nos separa que en lo que nos une. También dice: “La constitución de las autonomías se escenificó no tanto como una avance hacia un estado moderno y democrático, sino como una restauración de instituciones usurpadas” (página 210), citas que nos invitan a pensar que algo se hizo mal en nuestra transición al apostar más por las tijeras que por el pegamento. En Madrid y Barcelona (quizá como arquetipos de esas dos Españas eternamente enfrentadas para asombro del ahora) sucedía lo mismo y se aprovecharon de las mismas ventajas en contra del resto, fueron las grandes “receptoras del éxodo de la España vacía” –página 225, a la que fagocitaron, no solo demográficamente, incluso falseando la historia si es preciso, para saciar sus hambres expansionistas y modernizadoras que todavía hoy dura, y sin la cual no serían lo que son.

Si partimos “de la premisa del tiempo detenido” encontraremos una aclaración para entendernos mejor a nosotros mismos, a esa España vacía y a esa España llena que nos (des) habita y nos (des) protege al mismo tiempo, pero sobre todo nos explica, desde la “teología del paisaje” ya que “pone las cosas en leyenda”. E igual que el estado o la patria “no puede existir sin la irracionalidad de los mitos”, este ensayo no alcanza su grandeza hasta que no lo interiorizas en ti mismo, lo proyectas en el pensamiento formando parte de él y consigues que los mitos sobre el paisaje traduzcan tu sed de pertenencia a esa España muchas veces desconcertante y esquiva. El día que los españoles de las dos Españas, del norte o del sur (porque la España vacía y la llena están más allá de lo marcado por Sergio del Molino), estemos a la altura de este ensayo y nos pongamos en la piel del otro, sin excepciones ni desertores, otro gallo cantará, otra realidad más justa y equitativa nos hará más patriotas, como diría Unamuno; aunque sea redescubriéndonos en círculos concéntricos, ya sea desde Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla, Valencia o desde el pueblo más pequeño y recóndito de España, sin insidias ni menosprecios y sin calumnias, pero juntos, porque España no es el problema sino la solución. Una última cita nos puede cohesionar como país más que cualquier discurso actual: “mirar en los rincones de la España vacía de los que procedemos es mirar dentro de nosotros mismos” para “recrear el mundo perdido de nuestros abuelos y bisabuelos” (página 239), y eso es lo que hace magistralmente este ensayo: vernos desde dentro con orgullo. Más allá de la introducción, del desarrollo de sus ideas y nos guste o no el resultado de las conclusiones que proyecta, La España vacía nos toca de lleno y nos explica, es un punto de partida para entendernos mejor y avanzar con paso firme hacia un futuro en común desde el autoconocimiento y la aceptación del otro. Y aunque por el número de páginas que he escrito, más que opinión o reseña parece un ensayo de otro ensayo, lo que pretendía era solo aportar mi granito de arena a un libro que me ha gustado leer y que recomiendo.

Custodio Tejada  (20 de junio de 2017)

 Opiniones de lector       

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miércoles, 28 de junio de 2017

ENCUENTRO DE POETAS DEL SURESTE ESPAÑOL EN CEHEGIN

ENCUENTRO DE POETAS DEL SURESTE ESPAÑOL EN CEHEGIN
24 DE JUNIO DE 2017





sábado, 10 de junio de 2017

LA PIEL DE LA INTEMPERIE de Juan José Castro Martín

LA PIEL DE LA INTEMPERIE de Juan José Castro Martín



LA PIEL DE LA INTEMPERIE de Juan José Castro Martín

Editorial Nazarí. 124 páginas

            Cuando lees a un autor, en cierta medida, estás leyendo su biblioteca y las lecturas que han cimentado su bagaje de escritor. Por sus venas, o sea, por sus renglones corre la sangre de los libros que ha leído y la impronta de otros autores que van dejando un reguero de huellas, como una luz ultravioleta impregnada en sus textos, de una manera  más explícita o menos, pero siempre latente y clarificadora para entender el resultado creativo. En este caso, con Juan José Castro Martín y con La piel de la intemperie, su último poemario, esto que digo sucede de una manera mucho más clara. Al leer este libro nos convertimos en huéspedes de un corpus poético, en inquilinos de un mismo edificio en continua construcción a través de nuestra singularidad. Un poemario lleno de instantes que te llevan a La piel de la intemperie, que no es otra que la piel de la palabra que se hace (des) presencia corpórea y homenaje a muchos autores. Hay momentos de la lectura en  la que la intemperie parece estar tanto afuera como adentro, o sea, a un lado y al otro del espejo que es la piel, donde además de envolverte también te habita como intersticio entre sueño y vigilia.  La piel de la intemperie no es una torre de Babel, pero sí podría entenderse como un ágora de la Grecia clásica en la que resuenan los ecos de muchas gargantas y con los que  Juan José Castro dialoga y establece vínculos. El texto se enriquece constantemente con su intertextualidad, y es en esa relación del texto con las referencias y las citas donde los versos o la prosa del poeta cobran sentido y se hacen faro, por lo que hay que tener en cuenta el texto pero también el contexto que lo enmarca para comprender el discurso global del libro.     
  
           Si “una reseña es un autillo…” nos dice el poeta en la página 49, esto que yo hago no pretende ser, por supuesto, el concierto de ningún ruiseñor, quizá una opinión de lector a lo sumo, ya que el autor se siente “un espíritu errante incomprendido” que ansía la resurrección de la poesía en los lectores; una declaración de intenciones que va más allá de los poetas, de los críticos, de los periodistas e incluso de los pájaros. En su decir “todo resulta resumible” (página 50) y a la vez rehace la realidad con cada palabra que sale de su tinta-trino, llena de cierto hermetismo y bastante metaliteratura. “Comentarios/ artículos, reseñas, entrevistas” se puede leer en la página 51, con juegos de palabras: “los expertos se tornan en espectros” se dice en la página 42 con cierta resaca. Juan José Castro “En su consumación quisiera(s)/ ser traducido al humo,/ al idioma del pájaro que nunca/ … habrá de retornar a sus fronteras” (página 48), porque con cada nuevo libro su límite se expande sin caer en lo ya dicho, sin repetirse, ya que siempre busca los confines de lo inefable. Fusionando ciencia y poesía nos dice en su poema Antipoética: “una especie es un número variable/ de errores sometidos a unas leyes/ de evolución certeras, discontinuas.”, dejándote en el posgusto cierto sabor a manifiesto literario.

            La piel de la intemperie es un poemario con un marcado poso culturalista que insufla un aire erudito y a la que algunos podrían tildar de elitista, aunque lo interesante es que cada cual puede hacerse el traje de su lectura a la medida que quiera y combinarlo como mejor le guste según su fondo de armario. “No basta con vivir, habrá que inventar lo vivido” –dice en la página 35, y así nos introduce en  “el vértigo de existir”.  “Morir es un juego de espejos” (página 86). Atravesar este libro es como atravesar un espejo en el cual renaces en un acto de fe, y al abrir los postigos del alma desde su reflejo ve a los demás, igual que al mirar a los demás termina viéndose a sí mismo.  Una hermosa polifonía de destellos en la que Juan José Castro ejerce como director de orquesta. “Únicamente la poesía vuelve más real la realidad” –nos dice en el prólogo Pablo Acevedo. La lírica fluye por los cuatro costados de la página convertida en trampantojo. Y conforme avanzamos en la lectura del poemario nos damos cuenta que juntos con el autor “somos nosotros creciendo como sonido –a veces tan puro-“ (página 38) las aves que emergen y se sumergen en el devenir poético de La piel de la intemperie, al comprobar que la lectura se convierte en un punto de encuentro. “Porque existir es frecuentar una y otra vez las mismas ausencias”, y eso es también la relectura que este libro tiene, un volver a existir para descubrir nuevas estancias y tener “más luz, más luz, más luz” como nos dice en la página 58.

            Julia Kristeva dice que: “todo texto se construye como un mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto”. La piel de la intemperie es un poemario lleno de alusiones y (des)presencias que convierten el proceso creativo de Juan José Castro en un eco coral entre la experiencia interior y las palabras y su nexo con la nostalgia que es “cementerio y paraíso de una memoria inventada (e inventiva) que solo progresa a fuerza de regresiones, hasta su definitiva dilución en la nada seminal de los recuerdos” –nos apunta Pablo Acevedo en el magistral prólogo que abre el libro. Shakespeare, Goethe, Rimbaud, Darwin, Verlaine, Faulkner, Rilke, Juan Ramón Jiménez, Nietzsche, Fray Luis, la Biblia, Camús, Kundera, Kafka, Wallace Steven, Emilio Prados, Vicente Aleixandre, Alejandra Pizarnik, Heinrich Böll, Thomas Mann, José Ángel Valente, Fichte, Marx, San Juan de la Cruz, Parménides, Heráclito… Muchas referencias/ecos que nos insufla el don de la intertextualidad a cada paso, por lo que el caminar se hace lento y lleno de resonancias, ya que cada cita es una confluencia con la que hay que dialogar y reflexionar para seguir avanzando.

Y es que abrir las páginas de este poemario, algo existencial, es “ir hacia la fragancia del jazmín y quedarse deliciosamente ciego” –se dice en la página 40. Intertextualidad y hermetismo impregnan este libro, incluso algunas gotas de surrealismo lo perfuman. Y aunque en algún momento sus poemas te pueden parecer algo repentistas, para nada, es trabajo e inspiración lo que fluye. Unas veces en verso o prosa poética, otras con poemas de extensión más larga o más corta, con heptasílabos o endecasílabos o con versículos, con puntuación o sin ella; pero siempre con un ritmo planetario que suena como un mar de latidos. Y en medio, como una perla en una ostra o un faro, un soneto: “en cuyo ascenso el cuerpo acaba” en un aullido y su eco. Y si este libro puede que sea “un traje demasiado estrecho para tanta sombra” como nos dice el poeta en la página 54; ya sea como sueño, insomnio o pesadilla nos atrapa y no nos suelta. “Somos la reverberación de nuestros pasos” apunta, y al terminar la lectura de este poemario te sientes como una crisálida que al final despierta de su letargo transformada en otro ser pero con la misma carne desencantada.

“Levitar o hundirse, esa era la cuestión” (página 102), y en este punto sucede la metamorfosis, la mariposa decide volar para expandir mejor sus alas en las fronteras del sueño que alumbran sus dos ángeles. Y “¿Piensas quedarte aquí?” –nos pregunta en la página 38, y no se queda ahí. Juan José Castro Martín echa a volar en lo más alto del pensamiento y así lo demuestra La piel de la intemperie.

Custodio Tejada
7 de junio de 2017
Opiniones de lector






viernes, 9 de junio de 2017

LA MEMORIA AUSENTE en la Feria del libro de Madrid 2017

LA MEMORIA AUSENTE en la Feria del libro de Madrid 2017






TOMANDO ALGO CON UNOS VIEJOS AMIGOS EN MADRID




sábado, 27 de mayo de 2017

VÉRTICES de Francisco Onieva

VÉRTICES de Francisco Onieva



VÉRTICES de Francisco Onieva

Colección Visor de Poesía. 60 páginas y 37 poemas.

Buscando lo efímero, nuestro poeta lo que alcanza es la eternidad del vértice de una habitación, de una casa, de un mundo y un libro, cuerpo-cuna que se hace recinto de paz y plenitud. Y que no te dé miedo tu alegría por ella(s), disfrútalas sin perder tiempo, porque no hay mayor tesoro que hacerse poesía viva y moldear la realidad para preservar tu “única certeza”: Ella(s) que, al fin y al cabo, son tu escritura misma, confluencia y proyección de tus versos y tus miembros que intuyen la magia de la lluvia en sus ojos. “Ella es vértice” (página 15) cima o punto en el que coinciden todas las aristas de este poemario poliédrico donde se superponen distintas lecturas dentro de la misma lectura. “Me invento entre vosotras” –nos dice el poeta en la página 14 – hijas y palabras que se vuelven también hijas, origen y confluencia del hombre y del poeta, porque Ella(s) son “la alquimia permanente de la vida” (página 18), y esa mezcla es su ámbito: Una poética de la existencia. “Vivir es compartir un zeugma/ y no emplear palabras connotadas.” –nos dice en la página 24. Este libro es un “lugar de paso de los pájaros y de la luz”, plano secuencia que desvela el truco de transmutación que el poemario tiene.

Ella(s) al final confluyen en una simbiosis  perfecta: la poesía, Marta y Blanca son la misma cosa, carne de su propia carne, frutos de Francisco Onieva que se funden en el libro verso a verso hasta hacerse esencia y presencia, hilos que se van entretejiendo hasta conformar una misma pieza de tela: Vértices.
Qué es la poesía sino fruto. Qué son las hijas sino la verdadera patria del padre, igual que la palabra es la única patria del poeta. Y es aquí donde convergen, en el hombre, al que ambas “llena(n) (sus) bolsillos de piedras,/ de hojas secas y de objetos mínimos/ que nunca imaginé guardar/ -nos dice en la página 17, porque el poeta (igual que el padre) no puede “existir sin vosotras” las palabras, verdaderas hijas. Transformando así, todo el libro Vértices, en una poética; la poética de la vida convertida en un acto de amor extremo: una poética amniótica de la paternidad y de la creación artística al mismo tiempo, en un dos por uno perfecto. Vida y literatura suenan con igual música.

Y es al escribirla cuando nace, la paternidad, de otra manera, como un vientre donde hijas y poesía se amamantan la una de las otras, como matrioscas que permanecen unidas umbilicalmente para “guardar otros días, dentro del día.” (página 51). Y es que Ella(s) son la clave del zeugma poético de este libro: los mismos versos para referirse, vía elipsis, a ambas tres: a las niñas y a la poesía, a través de una misma paternidad creadora, porque aquí las palabras también son hijas que forman parte del mismo paradigma metapoético. E intuye  bien, Francisco Onieva, porque “amar es querer ser un árbol” –nos dice en la página 34, y eso es Vértices: un árbol de hijas y hojas o versos que nos cobijan en su lírica “que aúna emoción y reflexión, desnudez y sugerencia” y “redefinición de fronteras”, como se nos advierte en la contraportada. Ya que Marta y Blanca, sus auténticas musas, son “la única patria/ en la que vale la pena creer” y vivir, y la bandera de esa patria son las palabras del poeta que crece en Ella(s), cuando escribe y cuando encuentra su lugar en el mundo: como “hombre que se explora en el poema/ y tropieza en las palabras” hasta traspasar el “vestíbulo del folio”, dice en las páginas 51 y 52. Porque “El folio es surco y andamio” (página 48) y también “aguja-matriz” donde el autor desarrolla su espejo de padre y poeta hasta conseguir el zeugma, y cambiar así la verdad de la vida en verdad metaliteraria.

Hijas y palabras “para que estas no sean artificio/ sino descarga, temblor, sacudida.” (página 50), y fuera de ellas el resto es silencio: “silencio (que) también nombra” a Francisco Onieva, al que hay que agradecerle que haya enhebrado y tejido un gran poemario lleno de intensidad y ritmo, de meditación y vértices.

Custodio Tejada
26 de Mayo de 2017
Opiniones de lector



domingo, 21 de mayo de 2017

ENTREVISTA CON EL FANTASMA de Eduardo Moreno Alarcón

ENTREVISTA CON EL FANTASMA  de Eduardo Moreno Alarcón




ENTREVISTA CON EL FANTASMA de Eduardo Moreno Alarcón.
Editorial Autores Premiados. 13 capítulos y un epílogo y 105 páginas.

                   Para conocer la verdad literaria a veces hay que rescatar del olvido a autores  y libros, esos que a veces se esconden y no transcienden la voluntad de los mercados o las cátedras, ni la bendición mediática del establishment establecido. Hay que buscar libros y autores por otros cauces y otras vías que no sean siempre las mismas, las que el negocio y sus allegados nos imponen a la fuerza, vía escaparate o vía suplementos culturales. Comprar el libro de un autor desconocido, publicado en una editorial pequeña y de una tirada quizá no muy extensa, quizá sea el acto más subversivo que puedes realizar en este mundo tan literariamente preconcebido y lleno de catálogos mayúsculos. A veces sienta muy bien salir de los circuitos y dejar que nos guíe la diosa casualidad para encontrarnos con un autor y una obra que no desmerece los planteamientos de la buena literatura, al contrario, sorprende y encandila en su anonimato. Y este es el caso de Eduardo Moreno Alarcón y su novela Entrevista con el fantasma. “En ocasiones, ciertas fuerzas ocultas nos empujan en dirección opuesta al rumbo prefijado en nuestra mente” se dice en la página 70, y nos dejamos llevar a la hora de elegir un libro o un producto cultural, quizá porque la etiqueta “Bestseller” pesa mucho y no hay nada mejor que  consumir lo que cuenta con el beneplácito del gran público.
                   Eduardo es un autor de pluma ágil y prosa cuidada, no exenta de cierto barroquismo, en la que intercala expresiones cotidianas de la calle con construcciones más rebuscadas. Preciosista en sus acabados trabaja la prosa como un orfebre, colocando palabra tras palabra con suma precisión y elegancia. Recomiendo una lectura pausada para degustarla en toda su extensión. Entrevista con el fantasma está a camino de una novela corta o de un relato largo. Eduardo la define como “una historia delirante de fantasmas extremeños”. O como se dice en la contraportada “Esta es una historia de fantasmas poco inquietante, que busca la provocación mediante un humor negro e irreverente… que parodia los clichés del género de terror.”  El argumento avanza con un planteamiento clásico de exposición, nudo y desenlace, con un final que sorprende y te arranca una última sonrisa algo sarcástica que “bordea la inasible eternidad” “en una dimensión sin días ni noches” y con ciertos dejes moralizantes. Este libro tiene un acicalado carácter lírico, la poesía corre también por las venas del autor y la novela así lo demuestra. Me recuerda en alguna medida a Gabriel Miró pero también a Góngora, por su cuidado y exquisito lenguaje y por su elaborada prosa, sinestesias entre autores llamo yo a esto.
                   “Y es que una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica” –se dice en la página 59. Y es cierto. Pues aquí, el autor sale airoso de ese trance y puede sentirse satisfecho con el resultado conseguido. Ya que en Entrevista con el fantasma hay “algo que podría tildarse –y no les exagero un ápice- de milagro prodigioso” (página 68), de lectura amena y divertida y de obra literaria.


Custodio Tejada  (17 de Mayo de 2017)   Opiniones de lector