martes, 19 de marzo de 2013
EL VUELO (microrrelatos)
martes, 3 de abril de 2012
ÁFRICA
domingo, 4 de marzo de 2012
LA PESADILLA
sábado, 5 de noviembre de 2011
BENDITO ENGAÑO
martes, 11 de octubre de 2011
EL ESCRITOR PROLÍFICO (microrrelato)
Había una vez un escritor tan prolífico que parecía un momia envuelta en un larguísimo renglón. Con su muerte apareció el primer y único punto final de toda su obra.
Autor Custodio Tejada
lunes, 26 de septiembre de 2011
UNA VIDA JUNTOS (relato)
UNA VIDA JUNTOS
Águeda fue una joven muy guapa y ahora es una abuela muy bella. Se casó por amor. Luis es menor que ella. Desde que se conocieron el uno no puede pasar sin la otra y viceversa. Juntos decidieron crear un hogar. Visitaron inmobiliarias, eligieron un piso de sesenta metros y se hipotecaron hasta la vejez. Soñaban con vivir la mejor aventura de sus vidas. La convivencia al principio les resultó un poco difícil hasta que se adaptaron a sus respectivas manías cada uno. Luego vinieron los hijos, dos, Paula y David. Los educaron lo mejor que pudieron. Sacrificios que fueron recompensados con dos brillantes expedientes académicos. Jubilados, dieron a sus nietos los caprichos que negaron a sus hijos. Hoy, Águeda y Luís, después de cincuenta años juntos, celebran sus bodas de oro y siguen enamorados como el primer día. Una fiesta sorpresa les hará que olviden por unas horas la grave enfermedad que padecen. Con una pasión a flor de piel sueñan con morir el mismo día y a la misma hora, juntos, igual que han vivido casi toda su vida. Lo que todavía no saben es que el destino les concederá esta noche su último deseo.
Autor Custodio Tejada
sábado, 20 de agosto de 2011
EL PERRO DEL FARMACÉUTICO (relato)
Eligió el día más lluvioso de enero para morirse sin más. Juan Ruiz de Azpitarte falleció a causa de su adicción a los somníferos y a un carácter apocado demasiado propenso a la depresión y la tristeza. El día de su entierro fue el único de todo el invierno en el que el sol brilló con fuerza; como si el tiempo quisiera rendirle un último homenaje a un hombre extremadamente sensible que vivió sin darse cuenta de su suerte y sin saber disfrutar de su fortuna. Juan Ruiz de Azpitarte, farmacéutico de profesión y arqueólogo ameteur en sus ratos libres, era un buen hombre al que nunca le gustó hablar mal de nadie, siempre dispuesto a echar una mano a quien se lo pidiese. El suyo fue un entierro multitudinario. No faltó nadie. Acudió hasta el alcalde. Ya sabéis que para lo único que se unen en los pueblos es para asistir a los funerales y para criticar al prójimo. En los pueblos hay demasiado rencor, la gente no perdona fácilmente y como tienen todo el tiempo del mundo para pensar y sacarle brillo a la memoria, el deseo de venganza se nota en los ojos de las personas. Aunque hay pueblos y pueblos. Todos no son iguales, eso es verdad. Unos son más hospitalarios y agradecidos que otros.
Quien más sintió la muerte del farmacéutico, además de su viuda, doña Leonor García de Santacruz, fue Mingo, el perro de la tía Eulalia, del cual se hizo cargo Juan Ruiz de Azpitarte al fallecer ésta cinco o seis años atrás. Había que ver en el entierro del farmacéutico con qué aflicción marchaba aquel pobre animal detrás del coche fúnebre. Era digna de ver la solemnidad de Mingo detrás del féretro. Aquel día sólo le faltó llorar. El pueblo entero recuerda cómo se quedó solo en el cementerio cuando los demás nos marchamos cada uno a nuestra casa. Permaneció durante tres días y tres noches a los pies de la tumba. Después de aquello nada más se supo de él. Hay quienes piensan que Mingo también murió aquel día igual que su amo.
Los que conocían bien a Juan Ruiz de Azpitarte aseguran que su mal empezó cuando visitó las ruinas del Castillo de la Peña Encantada. Junto con el párroco y el maestro del pueblo se dedicaban a investigar la arqueología del lugar y a realizar pequeñas excavaciones en las que encontraron un poco de todo; así es como hicieron su fabulosa colección de arte. En ella te podías encontrar lo mismo una hacha pulimentada o una vasija del Neolítico que un capitel visigodo, un trozo de mosaico romano que monedas de Al Andalus o exvotos iberos.
El párroco del pueblo, Evaristo Saenz Villanueva, amigo y camarada de correrías arqueológicas y pláticas variadas, no pudo aguantar la emoción y soltó unas lágrimas en la homilía que le dedicó a Juan Ruiz de Azpitarte el día de su funeral. Fueron las palabras más sentidas y llenas de cariño que se hayan escuchado jamás, una verdadera despedida para el amigo. Aquellas palabras todavía hoy retumban en los oídos de muchas personas del pueblo. Algunos dicen, los más atrevidos y descarados, que después de aquella no ha dicho otra homilía igual.
Desde la muerte de su marido doña Leonor García de Santacruz vive en una clausura permanente. Ataviada de negro sólo sale de su casa para hacer las compras necesarias y para ir a la iglesia, que es en el único lugar donde encuentra consuelo y fortaleza.
Según me contó el maestro del pueblo, Pedro Leyva de Irigaray, que era quien le acompañó aquel fatídico día, lo que se encontró allí abajo tuvo que ser algo muy fuerte; porque cuando subió por las cuerdas su rostro desencajado parecía el de un muerto que había vuelto a la vida. Al subir no dijo nada, simplemente le miró y en sus ojos se podía palpar el pánico. Lo que vio en el Castillo de la Peña Encantada le dejó marcado para siempre. Después de aquel día jamás volvió a ser el mismo, ya nunca más salió a buscar tesoros, nunca más habló del tema. Pedro Leyva de Irigaray me dijo que allí abajo, en aquellos corredores y pasadizos, no estuvo más de cinco minutos; sin embargo fueron los cinco minutos más largos de su vida, le parecieron una eternidad. Al principio oyó cómo Juan Ruiz de Azpitarte hablaba con otra persona, parecía una voz de mujer, pero acto seguido sólo se oyeron gritos y más gritos, y la petición de auxilio del farmacéutico: -¡Sacadme de aquí, por Dios! ¡Sacadme! ¡Sacadme!-
Transcurrido un año del sepelio hay vecinos del pueblo que aseguran haber visto a Mingo, el perro del farmacéutico, merodeando por las ruinas del Castillo de la Peña Encantada; incluso hay quienes atestiguan que duerme en la grieta por la que se desciende a los corredores y pasadizos secretos del Castillo. Hasta aquí llega lo que sé y lo que he podido averiguar, lo demás es leyenda.
Autor Custodio Tejada
miércoles, 3 de agosto de 2011
DESTINO
DESTINO
Entré en aquella habitación pensando que la luz de una mirada limpia podría comprender las razones que llevan a un individuo a quitarse la vida. Allí, en una esquina, encima de una mesa con aspecto de altar, se encontraba una máquina de escribir modelo Fitch de 1891 americana –una pieza muy rara y valiosa- y un taco inmaculado de cuartillas. En el suelo tirada había una botella vacía de güisqui barato y un revolver astra police con munición del 38 especial al que le faltaba una bala. La papelera estaba llena de cuartillas arrugadas con no más de una o dos frases escritas. Aquel pobre hombre no pudo soportar la soledad de enfrentarse a un papel en blanco. Fue víctima de su argumento y su propia sangre la tinta que escribió el final perfecto.
Autor Custodio Tejada
sábado, 30 de julio de 2011
TATUAJE
TATUAJE
No tengo suficientes palabras para contarlo. Quizá por eso he preferido hacerlo a través de un microrrelato. Cuando uno se enfrenta a un papel en blanco el pensamiento zozobra como un barco antes de hundirse en las profundidades marinas. El ritmo cardiaco se acelera y la mente parece un pozo sin fondo en el que sólo se oye el vértigo de la caída. Nadie puede imaginar lo duro que resulta escribir la primera frase, casi lo mismo que la segunda. Una vez que te adentras en la selva del abecedario los miedos te acechan detrás de cada coma; el rugido de una puntuación estridente te acongoja imaginando que detrás de los matorrales ortográficos te aguarda una fiera famélica dispuesta a devorarte. El hambre es el hambre y no respeta a nadie. Por eso cuando escribes el punto final de un relato el papel parece una piel llena de tatuajes.
Autor Custodio Tejada
sábado, 23 de abril de 2011
LA MARIPOSA (microrrelato)
LA MARIPOSA
Una mariposa se posa en un árbol y después de meditar varios minutos decide echar raíces. Es entonces, cuando deja de ser un simple animal para convertirse en una flor de seda.
Autor Custodio Tejada
jueves, 14 de abril de 2011
A NINGUNA PARTE (Relato)
A NINGUNA PARTE
“Querido amigo Javier, el mundo está loco pero nadie lo sabe. La gente anda por las calles buscando paraísos que no existen, cómodas redenciones. Sueñan con el éxito fácil. Amigo mío, ¡ánimo!. La rebelión de la naturaleza ha comenzado. Tsunamis, cambios climáticos, extinción de especies, guerras, contaminación... Me dicen que soy un catastrofista, que para la edad que tengo no se percibe el optimismo de la juventud ni la vitalidad de la sangre, que así no se va a ninguna parte. Y quizá sea verdad y tengan razón. Pero quienes me critican están ciegos. ¿No lo ves?. Javier, algo está pasando y no queremos darnos cuenta. Algo estamos haciendo mal. Demasiada competitividad, demasiadas injusticias. Yo no puedo esperar más. Yo no puedo esperar a que sea demasiado tarde y el dolor me destruya. Yo no quiero convertirme en un zombi, en un siervo más del sistema. El mundo no me necesita, no cuenta conmigo. A nadie le importo...”
Después de haber leído varias veces esta carta de mi amigo Jorge Campos, he sabido por la prensa y la televisión que nueve jóvenes se han suicidado juntos este fin de semana tras hacer un pacto por Internet. Quedaron citados en un área de descanso de la A-7, cerca de Valencia. Murieron asfixiados dentro de sus automóviles. Conectaron el tubo de escape al maletero y dejaron encendido el motor. Todos ellos enviaron por correo una carta de despedida a sus mejores amigos. Eran jóvenes entre 19 y 25 años. Nadie se lo explica. Nadie entiende cómo han preferido la muerte antes que una vida llena de sorpresas, de milagros, de aventuras. ¿Por qué? Yo tampoco me lo explico. Siempre tan alegre, siempre tan preocupado por los demás... La carta que envió mi amigo termina con una posdata que dice: “Te esperamos en Ninguna Parte”. También lleva anotada una dirección en Internet.
Autor Custodio Tejadaviernes, 4 de junio de 2010
PRIMAVERA
domingo, 16 de mayo de 2010
LA HORMIGA

lunes, 3 de mayo de 2010
A DUERMEVELA (relato)
A DUERMEVELA
-La muerte no es el final, querido amigo. Al contrario, es el comienzo de una trepidante aventura que te coloca de nuevo en el epicentro del Universo, justo en el corazón del Big Bang. No temas la muerte. No te aferres a esta vida efímera. No creas a pies juntillas las verdades que has aprendido tal y como te las han enseñado los cinco sentidos que ahora tienes. La muerte es sólo un medio de transporte. El faro que orienta en la oscuridad. Al otro lado te aguardan nuevas dimensiones, múltiples y refinados sentidos que te permitirán alcanzar una sabiduría más exacta acerca de todo lo creado. Cuando cruces el puente que te separa de la eternidad descubrirás otros sentimientos mucho más adictivos. El Cosmos entero se postrará a tus pies para siempre.
-¿Quién eres? ¿Dónde estás? - Dijo Gabriel tragando saliva con dificultad y frotándose las manos con nerviosismo.
- Yo soy la luz que ilumina cada mañana y la sombra que oscurece cada tarde. Soy la materia y también el espíritu. Soy todo y nada al mismo tiempo. La fe y la duda. El antes y el después. La voz y el silencio. Soy la casa y quien la habita. Estoy aquí y allá. Dentro de ti y también fuera. En todas partes puedes encontrarme y en ninguna. Puedes verme en el jardín y en el trastero, en el camino y en la posada. Estoy cuando quieres verme y cuando no. En cualquier lugar mi presencia y mi ausencia te sirven de cobijo por igual.
- ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué soy el único que puede oírte? ¿Qué hago metido aquí dentro? - Gritó Gabriel mientras la desesperación se apoderó de él.
- Vete, vete y no mires atrás porque todavía no ha llegado tu hora.
Sobresaltado, preso de la taquicardia y con la adrenalina desbordándose por cada poro de su piel abrió los ojos de golpe. Una brisa fresca atravesó la estancia y aquel resplandor desapareció. La voz cesó y aquel bienestar incómodo pero a la vez excitante dio paso a una tranquilidad extrema, casi irreverente.
Entretanto, en la sala número tres del tanatorio municipal, todos los familiares dormían mientras el único que parecía despierto era el difunto.
