jueves, 21 de marzo de 2019

VICTORIA de Miguel Floriano

OPINIONES DE UN LECTOR

VICTORIA de Miguel Floriano

VICTORIA de Miguel Floriano. Una plaquette. Colección de poesía Heracles y nosotros. Gijón 2018. Dirigida por el poeta Nacho González. Edición especial limitada y no venal de sólo 10 ejemplares. 25 páginas y 12 poemas.



 VICTORIA de Miguel Floriano. Una plaquette. Colección de poesía Heracles y nosotros. Gijón 2018. Dirigida por el poeta Nacho González. Edición especial limitada y no venal de sólo 10 ejemplares. 25 páginas y 12 poemas.



Si algo aprende uno con los años es a no tener prisa, a degustar cada momento sin esperar nada más, ya que la eternidad es otro instante. Los caminos del lector son inescrutables, no puedes hacer planes. La sorpresa también forma parte del banquete porque no siempre se elige el menú a sabiendas, y así es como ha llegado a mis ojos esta obra.  El lenguaje es el agua caliente y los escritores o los poetas somos la bolsita de té que infusiona, según el contenido de sus hierbas. Por eso usando las mismas palabras la creación literaria siempre será distinta, lo mismo pasa con la lectura y los lectores. Aunque dice el poeta y pintor Ginés Liébana que “la genialidad no se puede imitar”, quizá sí se pueda aprender en alguna medida. Facundo Cabral comenta que “Somos lo que somos más lo que los demás creen que somos”. José Luís Morante en uno de sus aforismos matiza: “Poética. Salir al día. Marcar con palabras una hoja de ruta”. Dice el neurociéntífico argentino Facundo Manes que “La vida no es la que vivimos, sino cómo la recordamos para contarla”, y añade, “Cada uno crea su realidad: la manera en que pensamos determina la manera que sentimos”. Todo texto encierra una hermenéutica que lo explica, encontrarla es la principal misión del lector. Lo cual significa que el lector se convierte en un observador cuántico y por tanto partícipe de la obra-creación y de la exégesis de la misma, convirtiendo el texto en un bosón de verdad literaria que es capaz de estar en el autor y en el lector al mismo tiempo.

            Una plaquette no es un libro, es otra cosa. Permite una relación distinta de los fragmentos que la componen. Si un libro de poesía es un frasco de perfume, una plaquette sería como una muestra gratuita que busca ser aperitivo gourmet. Algunas son la antesala de un manjar posterior mucho mayor, otras, sin embargo, son simplemente el menú de sí mismas, un bocado exquisito y fugaz en su presentación y contenido, pero también en la publicidad y distribución de la misma. En esta misma colección de Gijón, “Heracles y nosotros”, en el número 15, Miguel Floriano también publicó “Solícito adiós”, que fue germen y adelanto de su posterior libro: “Claudicaciones”. Otros autores de estos cuadernos de poesía han sido Jordi Doce, Sandra Sánchez, Juan Ignacio González, José Carlos Díaz… Y ahora, Miguel Floriano nos ofrece “Victoria”, que sería el número 23/24 de la colección.

Carlos Alcorta comenta que Miguel Floriano Traseira (Oviedo, 1992) es “uno de los autores  más sólidos del joven panorama actual… se aprecia… una notable ambición poética que proviene… de sus lecturas… el rigor formal y rítmico”. Miguel Floriano, un poeta ovetense que usa las “palabras como avispas” y que piensa que “la poesía nos deja desnudos y vulnerables”, dice en una entrevista: “Quisiera que algún día mi pasión por la ambigüedad me ayudase a generar espacios poemáticos insobornables, autosuficientes hasta la perplejidad”. También añade “en literatura lo menos valioso es la verdad, entendida como cómputo de circunstancias que rodean al autor de la obra”, o, el poeta es “lo otro, una identidad posterior al lenguaje, porque el lenguaje crea la identidad”. En una entrevista Miguel Floriano, un poeta que anhela “vivir en las palabras” y en su “danza de sílabas”, dice que su “poesía es una ontología de la voluptuosidad y el deseo”. El poeta, al que le urge escribir sobre “el propio lenguaje y sus representaciones. Trato de escribir de tal modo que la materia lingüística (la palabra) busque la razón de sí misma, lo que creo conduce a su crítica sincrónica: detección de los límites connotativos” –nos confiesa. Tiene un blog: “Lujuria Crítica. Cuaderno de bitácora”. El poeta vive por y para escribir y leer, para “traducir la belleza… ver a los amigos”. Es un poeta que aspira a “la elaboración a largo plazo de un sistema metafísico”, quizá porque navega a la vez en dos océanos de pensamiento, la poesía y la filosofía, como un Saussure o un Lacan asturiano.

            Esta plaquette titulada “Victoria” que, como dice el autor “abre y cierra un mundo propio” y es una “obra con valor simbólico” que va más allá de un amor nostálgico, nos invita a penetrar en su estructura latente y patente como si fuera un reto que el autor lanza, para que descubramos sus verdaderas intenciones, con la dificultad y peligro que todo reto entraña. En ella se respira cierto misterio o hermetismo que el propio autor se encarga de mantener como ingrediente aglutinador. La poética de esta plaquette “trata de palabras que nacen para morir,/ y mueren sobre unos ojos/ brillantes como pájaros”  -dice en el último poema.

            Un poema de siete versos nos recibe a la entrada haciendo el papel de prólogo breve: “Hubo palabras/ que nadie dijo… Es hermoso decirlas hoy,/ aquí, callándolas de nuevo”, y que nos deja un cierto sabor a Antonio Machado al leer el verso “aquellos días azules”. A continuación, dos citas nos reciben, una de Paul Valéry y otra de una canción de Townes Van Zandt, que te predisponen para un paseo por la memoria, reflexivo y melancólico. Así el lector también asume cierto papel de semilla que busca germinar en los poemas, lo mismo que el autor ha pretendido en los recuerdos y sus lecturas, para crear “el mejor de los mundos posibles”, que para él siempre estará en el lenguaje.

Hay palabras que, como gárgolas agazapadas y expectantes, convierten el texto en un tejado de catedral o campanario. La elección de unas u otras palabras y su relación entre ellas dicen mucho del poeta que las usa, marcan el destino de la obra y su lectura, el sentido último y crucial de su mensaje. Las palabras-conceptos que usa aquí el poeta apuntan a la metafísica, pero también a una ética. Las palabras nos indican siempre un territorio, una “tierra oscura”, apuntan en una dirección, así encontramos: verdad, libertad, victoria, amor, luz, “el idioma del bien”, perdón, memoria, solidario, piedad, agua, cerca…, pero también leemos: odio, miedo, envidia, decepción, engaño, vanidad, fraude, muerte, dolor, sombra, mal, ironía, olvidar, fuego, lejos… O sea, la dualidad (el yin y el yan), los contrarios nos mecen en ese vaivén de mar que tiene el poemario, de oleaje lírico y metafísico; con el cual busca el poeta “un nuevo nacimiento” en el equilibrio, perdurar, hacerse palabra y conocimiento. “Los ojos arden cuando buscan/ nacer de nuevo en lo que miran”, o, “cautelosas aguas movían las palabras/ hacia donde de verdad se las espera,/ temblando en cauce imprevisible –dice.

            Al poeta le gusta jugar con el lector y hacernos pensar, situarnos en un sendero literario donde nos aguardan distintos geocaches. La intertextualidad en el texto también tiene su importancia. Cada nombre que aparece en un libro (explícito o implícito) es un escaque del tablero de ajedrez que supone otro camino dentro de la hermenéutica de dicho libro, que complementa y amplía, y hasta explica. Aunque busca “huir de la semejanza, que es la rémora del asombro” –nos dice. En ésta plaquette ciertos nombres revolotean como mariposas y dejan un rastro a seguir: Tupac Shakur, Leibniz, John Lennon, Bob Dylan,… Dice Diderot sobre Leibniz: “Cuando uno compara sus talentos con los de Leibniz, uno tiene la tentación de tirar todos sus libros e ir a morir, silenciosamente en la oscuridad de algún rincón olvidado”. Y es quizá eso lo que pretende el autor, marcar un paralelismo con ellos, pero no para irse a un rincón olvidado, sino para acompañarlos. Todos han sido grandes genios en lo suyo. Y quizá esa es la aspiración máxima de nuestro poeta, soñar con ser otro genio.

            Hay un sutil juego de transmutación, la literatura como un juego “patarrealista” (Victoria, un amor del pasado que, como un cisne, se hace metáfora de la poesía o más aún, que le sirve para transformar esta plaquette en una poética, en una reflexión metapoética. La metonimia le permite transmutar a Victoria, que se torna en una sinestesia también conceptual. La amada es la poesía, la poesía es la amada, la palabra, su verdadero amor, su razón de ser. Una noción que se hace metáfora y deseo para expresar el verdadero logro y anhelo de éxito que tiene el poeta cuando escribe. Porque como si de un puzle se tratase, al poeta le gusta ir dejando esparcidos por el texto sus señuelos, como cebos con los que atraer al lector a su anzuelo más críptico y profundo. Todo fluye como un monólogo “country” que interpela, como una especie de banda sonora. Amada y poesía se funden en un único ente, forjando una sola realidad lírica. Es un texto eminentemente metaliterario y metafísico, y donde la metonimia ejerce su poder y le da un nuevo significado a cada palabra. “Disfracé las palabras, malgasté mi cuerpo”, o, “Poema/ es un lugar que mi lenguaje asola” – dice en el poema Interludio. Lugar y verdad, dos conceptos que pugnan en su poética por hacerse un hueco entre el amor y el tiempo. Porque Miguel Floriano “deja caer las palabras” sobre el poema con pericia de jardinero, para que como semillas germinen en la mente del lector, creando una nueva realidad, otra identidad del poema. Hay posibilidades de que incluso Victoria, además de la amada (poesía y persona) del poeta, real e imaginada, en algún sentido sea también, por simbolismo, el triunfo de la poesía, y todo el texto sea un homenaje para “decir la herida abierta” que todos compartimos tras la pérdida del amor, la herida infinita que sirve para “acompañarte con la escritura” en tan duro viaje. “La tristeza vive/…/ allí donde el perdón está ausente” –dice. Distintos reflejos confluyen en las mismas palabras: la amada, la poesía, el autor…, paralelismos que caben todos y comparten los mismos significantes y significados.

            En cualquier caso, después de leer “Victoria”, como metáfora del éxito y la genialidad, uno descubre que Miguel Floriano es un gran poeta, que lo salva la escritura y la literatura. Su obsesión es ser poeta por encima de todo, porque escribe “durante las mañanas, las tardes y las noches”, como un acto salvífico, como un acto reparador que le permite ser una crisálida que está siempre naciendo de nuevo.

Opiniones de un lector

Custodio Tejada

 21 de marzo de 2019



VICTORIA de Miguel Floriano. Una plaquette. Colección de poesía Heracles y nosotros. Gijón 2018. Dirigida por el poeta Nacho González. Edición especial limitada y no venal de sólo 10 ejemplares. 25 páginas y 12 poemas.

En GRANADA COSTA digital (9 de enero de 2020)


domingo, 10 de febrero de 2019

MATRIA de Raquel Lanseros

OPINIONES DE UN LECTOR

                                                                  MATRIA DE RAQUEL LANSEROS


MATRIA de Raquel Lanseros. Editorial Visor Poesía. Número 33 de la Colección Palabra de Honor. 45 poemas y 116 páginas, en papel grueso y tapa dura. Unas amapolas de pétalos púrpuras nos reciben en la portada de forma atrayente y atractiva. Y al final el dibujo de una rosa yacente donde se anuncia que se acabó de imprimir en Madrid el 24 de octubre de 2018. De todos los participantes en dicha colección (más de 30) es la segunda mujer que aparece.




MATRIA de Raquel Lanseros. Editorial Visor Poesía. Número 33 de la Colección Palabra de Honor. 45 poemas y 116 páginas, en papel grueso y tapa dura. Unas amapolas de pétalos púrpuras nos reciben en la portada de forma atrayente y atractiva. Y al final el dibujo de una rosa yacente donde se anuncia que se acabó de imprimir en Madrid el 24 de octubre de 2018. De todos los participantes en dicha colección (más de 30) es la segunda mujer que aparece.

Entro en cualquier coche-libro. El móvil me avisa: ¡Blutú; acoplamiento fallido! No siempre la química metodológica y epistemológica funciona. De igual manera, a veces el “bluetooth” de la lectura no ensambla bien con las expectativas que despierta, otras veces engancha y acopla con precisión de amantes y revelación divina. Como vivimos  inmersos en el posmodernismo puro y duro, una época irracional donde la verdad se construye  y donde toda verdad es relativa (salvo la propia) y donde cada persona tiene su verdad inalienable (salvo cuando se enfrenta a la verdad imperante), por tanto, la objetividad no existe y todas las certezas que pongan en duda estas premisas deben ser deconstruidas para conseguir la corrección política del pensamiento único que nos conduce a “la ideología invisible o The Silent Revolution” del “proceso histórico y cultural que subyace” en ellas, “con la doctrina del victimismo, concepto fundamental en esta ideología”, además del “presentismo” y el “multiculturalismo” (Stanley G. Payne), y donde el control del lenguaje, como diría Chomsky, es el medio más eficaz para conseguir los objetivos.

                Muchas voces retumban dentro de la misma voz. Aunque a priori pudieras pensar que Matria está puesto ahí como antítesis de Patria, podría también pensarse que en este poemario son dos caras de una misma moneda más que otra cosa. “Matria” es aquí un concepto aglutinador en torno al cual los poemas ejercen un tipo de sinergia y consenso, como una especie de broche que da sentido al conjunto. “Matria”, como título, estaría más en consonancia con la acepción de Julia Kristeva como “otro espacio”, como un lugar interior en el que crear un “cuarto propio” que diría V. Woolf, con todas sus reminiscencias y anhelos, o con la visión de María Zambrano, más que con las acepciones de Unamuno o Borges, que también podrían añadir matices. Ya el título, como neologismo, nos lleva de una forma implícita a escritoras como Virginia Woolf, Isabel Allende y Christa Wolf, pero también a los pueblos indígenas americanos como los mapuches, aymaras o quechuas. Para Raquel Lanseros la verdadera Matria es el lenguaje (el idioma es nuestra verdadera tierra natal, la concepción que nos une), y su verdadero hogar es la poesía “que toma conciencia” de que “Nuestro nombre es la casa/ donde nace la madre”. Y qué es la poesía sino el atuendo con el que se viste el poeta o la radiografía que transfigura a una sociedad. “Y qué gozosamente, con qué brío/ uno se da de bruces con el mundo/ y antes de comprenderlo ya lo ama” –leemos en la página 17, igual pasa con los libros y con “Matria”. La lectura de la sinopsis te predispone para que enfoques tu mirada de una forma holística, donde la sinergia, situada más allá de lo inductivo o lo deductivo, proyecta su capacidad de interacción entre los distintos fragmentos.

Después, apenas un puñado de líneas a lápiz han servido para que Juan Vida construya un retrato de Raquel Lanseros, artífice ilustrador también de la portada de amapolas intencionadamente púrpuras. A continuación, el índice, sin divisiones ni partes, con 45 poemas en bloque. Posteriormente una dedicatoria donde ofrece el libro a su hijo. Más adelante cuatro citas como cuatro guiños (todas de mujer), una de Rosalía de Castro (española), otra de Ingeborg Bachmann (alemana), de Rosario Castellanos (mexicana) y de Li Quingzhao (china), las cuatro nos introducen en el poemario a modo de prólogo o como una carta de navegación cosmopolita.

En la Revista Proverso dice Mateo Barbato: “Matria es una perspectiva, una relectura del mundo tal y como lo conocemos”, “Matria se descompone en temas como la libertad, la inmortalidad, la decadencia política, la magia del descubrimiento, la revolución, y, como no, la imaginación creadora y cómplice de la poesía”. Francisco Morales Lomas añade: “Con su última obra, Matria, penetra directamente en la esencia de lo humano, lo convierte en materia sensible, vivificante, esplendente. Un libro de suculenta riqueza expresiva y múltiples matices, sinuosidades, lecturas diversas y enriquecedoras”, “transita del yo al vosotros, del tú a ellos”. Daniel J. Rodríguez matiza en Zenda XL Cultural que “Matria es la conciencia del tiempo de la vida”. Alberto Dovar: “Matria es maravilloso. No solo por lo que cuenta, sino por el valor exacto de cada palabra, ni falta ni sobra ninguna. Este libro se subraya en el corazón”. En la solapa de la sobrecubierta del poemario podemos leer: “En ese territorio holístico se adentra la fuerza expresiva de la poeta… en una ceremonia poética rebosante de valentía, imaginación y vigor.” La propia Raquel Lanseros nos confiesa en una entrevista que “La poesía es el territorio absoluto de la libertad”, y que ella quiere “transmitir la verdad que anida dentro de un ser humano”.

El lenguaje de los números nos introduce en un mundo algo hermético, en un mensaje oculto, o al menos, discreto. Una arquitectura numérica sostiene los pilares de este libro. Ciertos números, como epifanías, aparecen en este poemario: 666, 21, 45, 1936…, y el número áureo de fondo, como arquetipo que contiene también la belleza globalizante. “Soy lienzo de simetrías canónicas” –reza en la página 53. “Matria”, seis letras, tres en rojo y tres en negro, en el interior. Ejemplar que ocupa el número 33 de la colección Palabra de Honor, en Visor Poesía. El 33, un número maestro, que desea, como una cumbre espiritual, llevar a los demás hacia la iluminación y lo eterno, hacia la luz “holística” del conocimiento y de la verdad que propone.

                El primer poema “La loca más cuerda” es un mar de interrogantes introductorios que nos deja desprotegidos de toda convicción, que busca desnudarnos como forma de desarme ante cualquier dogmatismo, para enfrentarnos a nosotros mismos, como si fuera una especie de poema-camino iniciático que conduce a otra realidad paralela. Una forma de hacernos repensar nuestras “certezas”. Raquel Lanseros, como “La loca más cuerda”, camina llena de interrogantes y algunas que otras convicciones que actúan como respuestas para no olvidar quién es y de dónde viene, y a dónde desea llevarnos. Sus versos se expanden y contraen en un Big Bang lírico que alcanzan los límites del momento histórico y su memoria. “Defiendo la memoria como la patria íntima” –nos revela en la página 107. Nos conduce a la identidad de los recuerdos, “donde las raíces del vaho aman y rezan”, entendidos estos como una correa de distribución que mueve el motor de una de las voces poéticas más importantes y exitosas del panorama poético contemporáneo. Bien podríamos considerarla como el buque insignia de una generación y una época que ha hecho de la poesía frente a la incertidumbre otra forma “de-escribir” el mundo y ponerlo en tela de juicio.

Son las sílabas y su cómputo, como el cloroplasto, las que contienen la clorofila de la métrica, la musicalidad del viento y las hojas que azotan suavemente el poema. Con endecasílabos o con alejandrinos sus poemas son corredores de fondo. Pero también danzan heptasílabos, pentasílabos, trisílabos… Y en medio de sus versos libres, emerge como un iceberg de “Fuego mutilado” la estructura clásica de un magnífico soneto en la página 31, o unas “Coplas de pensamiento poliédrico”.  Un poemario con múltiples recursos donde el experimentalismo, como la ausencia de puntuación o la ruptura silábica de las palabras para crear nuevos espacios de significación, agranda su figura creativa de excelsa matriz lírica. “Y uno se siente vivo porque sabe/ que todo está en primicia eternamente”, como un oxímoron divino.

                Y como “Nada surge de la nada”, que diría Parménides de Elea, qué son entonces las intertextualidades sino aceleradores de partículas, horizontales o verticales, que nos llevan a una transversalidad lectora, en definitiva, que teletransporta a unos diálogos previos que el autor ha mantenido con otros y consigo mismo hasta llegar a la intertextualidad entendida como una especie de alquimia o pócima literaria donde cristaliza una nueva interpretación que amplía nuestra percepción y la retroalimenta. Una retahíla de nombres acompaña el itinerario de la lectura. Enrique Santos Discépolo, Platón, Jacques Brel, Yeats, Jean Gabin, Francesco Petrarca, Dante, Antonio Quintero y Pascual Guillén, Albert Camus, Pablo Neruda, Elena Valdelamar, Rubén Darío, T.S. Eliot, Johne Donne, Roberto Juarroz, Lorca, Benjamin Button, Munch, Khalil Gibran, Robert Frost, Imperio Argentina, guiños también a Hemingway, Cervantes, Tolstoi… Ulises, Poseidón, Goliat y David… También los libros son recorridos y transitan por lugares interiores y exteriores. Así viajamos hacia otros puertos en busca de Ítaca, del Edén, del estuario del Río de la Plata, del Barrio la Boca, lago Calafquen, País Vasco francés, Hendaya-Irún, Chile-Villa PanguiPulli, Florida, Golfo de México, Avignon, la península ibérica, américa latina, Europa, España… Un conjunto de palabras esparcidas en el libro, como hitos en el camino, también nos guían y retratan una época: Posmodernidad, anglofilia, androides, estoicos, desheredado, refugiados, hiperestesia, utilitarismo, holístico, genocidio, antropocentrismo, canónico, paradigma, liturgia… Muchas son las temáticas del libro: El bien y el mal, tiempo y espacio, la Guerra Civil, la lucha de la mujer y el feminismo (refiriéndose a ellas dice: “Llevan siglos mirando desde lejos las hazañas ajenas, en los escaparates de la Historia”, “todo el futuro seguirá agonizando/ hasta que no sea suyo lo que les pertenece”), la memoria y los recuerdos, pasado y futuro, una voz ecologista crítica con el consumismo y el capitalismo… “de un mundo sin luciérnagas”. Nos advierte que “Mi tiempo es ceremonia de insolencia…”, tal vez porque hemos aprendido que los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos.

                Cuando lees a Raquel “las palabras preguntan por (su) alma” y “engendran sabor a nuevo mundo”, por lo que te convierten, en cierta medida, en un descubridor de su lírica profunda y metafísica, en la que navega la esperanza de una revolución contra la impostura y la manipulación. Sus versos pretenden ser “hologramas” de otra época y de la presente, en cruce y diálogo constante, pero también son “fotografías, vídeos, grabaciones”, testimonios de vida, “todas las lluvias de América y de Europa” juntas al mismo tiempo en “Matria” para dar fe de una nueva misión.

                Algunos poemas son más metalingüísticos, como “La lengua necesita una escapada” que conforman toda una poética donde el lenguaje recurre a la poesía como eje de salvación. Es la suya una poética que parece estar “presidiendo el mismo corazón del mundo”, una poética de útero que a todos nos contiene y define, o al menos lo pretende, haciéndonos pedazo de sus pedazos y fragmento de sus fragmentos en un “tótum revolútum”, en los que desemboca su conciencia que termina siendo la nuestra, por contacto y por amor, y que origina “todo conocimiento”, ya que sobre sus versos construimos nuestra casa común.

 En “Matria”, quizá uno de los libros más experimentales de los que haya escrito “con apoyo de todos los recursos que el lenguaje brinda”, y más concretamente en el poema “Europa”, juega con los conceptos, con las palabras y sus sílabas creando espacios paralelos de significación, una de dos, quizá porque eso sea para la autora Europa, un engendro experimental si nos fijamos en su historia, en creación y destrucción constante, en un vaivén de acordeón, como las sílabas de este poema; o porque el lenguaje es el primer paso para cualquier transformación. “el tu yo es el no mbre de una mujer violada/ y Platón a firmó/ el no mbre es arquetipo de la cosa” –dice en la página 27. Otros poemas más visuales emparentan con el cine o la pintura, con el grito de Munch o “Morena clara”. Aparecen poemas bilingües. También hay citas en inglés, francés y alemán. Un libro lleno de guiños ideológicos y eruditos, que funciona como un puente aéreo o un crucero de ida y vuelta entre España, América y Europa, entre la lírica y la épica, entre lo hermético y lo evidente, entre lo fragmentario y lo absoluto, entre el español, el inglés y el francés, entre el bien y el mal, entre la historia y la fe, entre el pasado, presente o futuro, entre el teatro, la poesía y la metafísica, o el cine y la pintura…

                Cuando leas “Matria”, con sus múltiples lecturas posibles, no des nada por sentado, cada lectura arranca nuevos matices, nuevos significados subyacen entre las mismas palabras. Un poemario que aspira a llevarnos “rumbo a la verdad”, ni más ni menos, “frente a la mentira dominante”, porque se presenta como una “poesía que nos asciende al cielo”, un cielo diferente y nuevo, más salvífico que ningún otro, el de Raquel Lanseros. Especialmente escrito si te “gustan las palabras cansadas de camino/ ésas que a vida o muerte se empeñan en decir” cosas nuevas.

                Dice Lawrence Ferlinghetti en “La poesía como arte insurgente”: “¿Para qué sirven los poetas en épocas como éstas?/ ¿Cuál es la utilidad de la poesía?”. “La condición del mundo pide auxilio para que la poesía lo salve”. Y eso es lo que pretende Raquel Lanseros, “Decide si un poema es una pregunta o una declaración, una meditación o una protesta”, de eso van los poemas de este libro, de ser subversivos, cuestionando constantemente la realidad y el “status quo” recibido. Ahí radica la fortaleza de “Matria” y su nuevo big-bang. La sinergia entre sus partes forma un todo que va más allá de cada poema. Eso es lo que pretende indicar este poemario: “que no es arbitrario, que todos coincidimos en ello si miramos con atención” a “donde se estrella cada día la verdad”. El libro es una búsqueda que termina con el hallazgo de un puñado de certezas. Busca la verdad como odisea, la propia. “La primera verdad que siempre vuelve/ a quien ya entiende que es la verdadera” –nos advierte “Cielo arriba”. Se pregunta: “¿Soy épica o hermética? / ¿Versicular o clara?/ ¿2.0 o mística?” Raquel Lanseros es todo eso y más, es alguien que nos expone que su “ambición mayor/ es volver a nacer”, a ser siempre otra sin dejar de ser ella misma. Por tanto, lo que demuestra “Matria” es que “El sol puede salir también de noche” y que puede poner patas arriba la creación tal y como la conocemos, si ella quiere. Y para concluir quiero parafrasear a la poeta: “Hay quien tiende a pensar que lo merece todo./ Yo prefiero dar gracias” por todo lo recibido, que es mucho, con esta lectura y los pensamientos que sugiere en este comienzo tan agitado de siglo y de milenio donde la posverdad campa a sus anchas.

Opiniones de un lector
Custodio Tejada
Febrero de 2019


MATRIA de Raquel Lanseros. Editorial Visor Poesía. Número 33 de la Colección Palabra de Honor. 45 poemas y 116 páginas, en papel grueso y tapa dura. Unas amapolas de pétalos púrpuras nos reciben en la portada de forma atrayente y atractiva. Y al final el dibujo de una rosa yacente donde se anuncia que se acabó de imprimir en Madrid el 24 de octubre de 2018. De todos los participantes en dicha colección (más de 30) es la segunda mujer que aparece.










miércoles, 23 de enero de 2019

LAS ÓRDENES de Pilar Adón


LAS ÓRDENES de Pilar Adón. Editorial La Bella Varsovia. Poesía. Dividido en tres partes, con tres enfoques de la dependencia. 68 páginas y 35 poemas (las primeras palabras de la mayoría de los poemas asumen el papel de títulos). Tercera edición en noviembre de 2018. Y un verso para abrir boca: “Volver a casa es el miedo”.



LAS ÓRDENES de Pilar Adón. Editorial La Bella Varsovia. Poesía. Dividido en tres partes, con tres enfoques de la dependencia. 68 páginas y 35 poemas (las primeras palabras de la mayoría de los poemas asumen el papel de títulos). Tercera edición en noviembre de 2018. Y un verso para abrir boca: “Volver a casa es el miedo”.

Cuando entro en una librería me dan muchas ganas de leer y ninguna de publicar. Lo que nos pasa a los escritores con la letra impresa es algo enfermizo, muy parecido a lo que vive una polilla con la llama de una vela. Nos gusta quemar nuestras alas en las imprentas. Al elegir los autores, cada editorial tiene su tijera y su forma de recortar la realidad, e incluso de recrear el mundo a su antojo, como no puede ser de otra manera. Buscar una cuota de mercado o un prototipo de lector, encontrar un espacio vital donde hacer cada uno su revolución y su guerra, esa es la máxima aspiración de cualquier proyecto intelectual. Encontrar cada uno su Dorado, en suma.  Y mientras tanto, el lector sobrevive como puede entremedias de las grandes publicidades demostrando que no solo vive de ellas. Lo que demuestra “La Bella Varsovia” es que hay poesía más allá de los paraísos editoriales, de que hay vida literaria más allá de Tusquets y sus Textos Sagrados, Visor, Hiperión… Como todo pacto con los lectores, “La Bella Varsovia” está repleta de una nostalgia utópica, como lo demuestra su catálogo de títulos y autoras como Ana Rossetti, Fruela Fernández, Berta García…, en una apuesta clara por una nueva poesía social y un orden lírico nuevo. Ya sabemos que el individuo es más vulnerable cuando va solo que cuando marcha en grupo. Desde que nacemos proyectan roles (expectativas) sobre todos nosotros, en casa, en el cole, entre los amigos, en el trabajo, en Facebook… que muchas veces tenemos que asumir el trágala para ser aceptados, o rebelarnos, y entonces caer en el ostracismo o el desprecio, cuanto menos.

Dice Archie Randolph Ammons que “las palabras son un modo de defenderse/ en el/ mundo”. La portada de “Las órdenes” de Pilar Adón, en una presentación exquisita, con aspecto vintage y un color crema de fondo, nos deja una imagen onírica que anuncia, quizá, la extrema incertidumbre que produce el miedo. Una edición cuidada y elegante cuya cubierta, un collage de Francisa Pageo, profetiza el surrealismo que impregna en alguna medida todo el poemario. Una faja, como una tela de araña para atrapar al lector, en color tierra, abraza y apadrina el libro con una frase de Fernando Aramburu que dice con todo el peso de su nombre: “Provista de un fino ingenio para extraer mil y una sutilezas psicológicas de los barros interiores de que están hechos los seres humanos”. En la contraportada se apunta que “Pilar Adón ha escrito un libro incómodo por su cuestionamiento de aquellos dictados –crecer, cuidar, reproducirse, seguir cuidando- que habíamos asumido, y contra los que Las órdenes se rebela”. Carmen Sigüenza dice en “Tribuna Feminista. elplural.com” que “Pilar Adón mete el bisturí en las relaciones de dependencia” y que “se ha convertido en una de las escritoras más reconocidas y valoradas por su profundo amor a la palabra y su intensidad temática” sobre “una verdad que adquiere verdad literaria porque Adón escribe sin disfraz”. Diego Doncel completa en ABC Cultural que “Las órdenes está construido por medio de dicotomías tanto existenciales como morales. Por eso a la vez que expresa ese malestar, es un libro sobre la posibilidad de la ternura… y del sufrimiento familiar y social”, “es un libro de lenguaje, de imágenes y de pensamiento, es decir, de vida”. Y ya para rematar concluye Francisco Javier Irazoki en el Cultural.com que “Adón sacude los mitos femeninos: la maternidad, un fardo de expectativas, las sumisiones”, o que “su escritura nítida y refinada no se agota en la superficie de los hechos y paisajes. Ahonda. Sus páginas contra la resignación o la culpa desvelan nuestras contradicciones.” Y así es como he leído el libro, con la música de Vanesa Martín y de “Todas las mujeres que habitan en mí”.

            Las dos primeras palabras del primer poema: “Regalarlo todo”, nos anuncian lo que es este libro, un regalo de Pilar Adón a todas las madres y las hijas, especialmente con una clara intención: huir del sometimiento de los roles, de las órdenes y de las imposiciones sociales. El libro sigue una trayectoria que transita los márgenes del orden establecido y busca otra perspectiva, un orden nuevo al que aspira con lucidez. En este poemario “Las órdenes” van unidas a la palabra culpa y la palabra miedo, pero también a “la palabra ficción y a la palabra verdad”.

            Lo que nos cuenta Pilar Adón es otro sentir, nos muestra una mirada distinta, otra forma de ver los hechos y sus consecuencias. Refundar la feminidad, reconducir “Cada mirada de hembra. Cada preñez” para liberarnos del miedo porque “el cuerpo… lejos de aumentar/ reduce su tamaño y se parte en dos”. La maternidad se expone como un yugo, una opresión o una condena. Algunos tintes surrealistas se esparcen por el libro, quizá con la intención de crear un clima onírico, para desvelar el lenguaje que hay “a través del sueño”, como el poema “Un perro en el barreño del bebé” que bien podría parecer el conjuro de una bruja.

Poemas largos y poemas cortos, algunos de un par de versos que emparentan con el aforismo, se suceden y marcan un ritmo roto donde el matiz de los significados son señales certeras que ayudan a interpretar el conjunto, a poner en tela de juicio toda certeza. Su lírica narrativa avanza por nuestros oídos con “silencioso impulso” de serpiente que se arrastra por los renglones de hierba “en una interminable tentación del malestar”. Sus poemas, la mayoría sin título, dibujan escenas, atesoran momentos íntimos de valor incalculable. El texto, eminentemente enunciativo, crea una atmósfera onírica con tintes de pesadilla que pretende instalarse en una voz rebelde con la intención no solo de denunciar las cosas, las actitudes, los roles, sino también de cambiarlos. Poemas, con una clara vocación descriptiva, que parecen secuencias cinematográficas de una memoria con cargas de profundidad que conducen a un cuestionamiento metafísico y moral de la realidad. Un poemario que en su conjunto pareciera una serie televisiva, y cada poema uno de sus capítulos. Los versos de “Las órdenes”, de una visualidad extrema, avanzan a cámara lenta, como si fueran un mar detenido lleno de puntos y comas que dan al texto una fluidez lenta y sugerente, por lo que tienen de fotogramas, da alud de imágenes y percepciones.  Los ojos de Pilar Adón se convierten en los focos que apuntan al escenario para resaltar a los actores principales de su poética social, sus latidos. Los poemas cortos de uno o dos versos actúan como una claqueta que prepara la toma siguiente.

También hay nombres que acompañan su camino y el nuestro, itinerarios vitales que confluyen en su poesía y su pensamiento. Alice Oswald, Jane Kenyon, Percy Bysshe Shelley, Ingeborg Bachmann, Thoreau Katherine Mansfield… Numerosas figuras literarias embellecen el texto, anáforas, epanadiplosis, concatenaciones, polisíndeton... Un poemario que, confeccionado en tres partes, nos presenta tres enfoques de la dependencia, como madre, como hija-cuidadora y como poeta. “No queremos ser madres./ Seguir siempre hijas” –nos confiesa en la página 30.

Sí, hay que reconocer que Pilar Adón escribe “Las órdenes” como si hubiera hecho un inventario de su vida y de sus ideas, un arqueo de sus verdaderas posesiones en pos de la razón de su existencia y del sentido de la poesía, la suya. Una poesía social comprometida con la causa: la transformación de la sociedad. Con este libro contribuye a la creación de una nueva conciencia y a la constatación de una consciencia distinta. Eso es “Las órdenes”, una expedición a su yo más íntimo, “a la vida de siempre”, a la esencia de su ser femenino cansado de tantos atropellos. “Ellos no lo advierten/ pero arrastramos un rencor en los genes/ heredado de cada mujer” -exclama Pilar Adón en la página 34 como una amazona del verso, “Acusando un odio que no se cura”. ¿Pero qué quiere conseguir o a qué aspira en última instancia Pilar Adón con este libro? A “corregir cada palabra, cada voz./ Cada movimiento y cada gesto”. Busca una nueva fe, despertar a la serpiente y encontrar otro camino para escapar de cualquier intento de sumisión, partir de cero para darle una nueva utilidad a las palabras y a los hechos. Una “resistencia eterna…/ mejor no dejar/ nada./ Ni hojas ni muebles./ Ni cosas ni hijos” –apunta en la página 27, no le preocupa “recoger lo que se ha sembrado”, quiere ser en la plenitud de sí misma, nunca “una hembra delicada ni pusilánime”. Una llamada a rebelarse, un canto a la desobediencia, porque sin obediencia las órdenes no son nada, y todos, sin excepción, somos el resultado de las mujeres que nos habitan.




Opiniones de un lector.
Custodio Tejada
Enero de 2019






jueves, 3 de enero de 2019

VERSOS DEL EQUILIBRISTA de Carlos Vaquerizo.

OPINIONES DE UN LECTOR


VERSOS DEL EQUILIBRISTA de Carlos Vaquerizo. Editorial Verbum. 54 poemas y 68 páginas. Incluye en las primeras páginas el fallo del premio conseguido (El “Juan Alcaide de poesía 2018)) y el índice. Cierra el libro el poema que da título al conjunto.



VERSOS DEL EQUILIBRISTA de Carlos Vaquerizo. Editorial Verbum. 54 poemas y 68 páginas. Incluye en las primeras páginas el fallo del premio conseguido (El “Juan Alcaide de poesía 2018)) y el índice. Cierra el libro el poema que da título al conjunto.

            Atravesamos tiempos en los que hay que hacer un verdadero equilibrio existencial para sobrevivir en un territorio cada vez más hostil, que nos ataca por todos los frentes, en los que siempre se le echa la culpa a otro y nadie asume sus propios errores, el insulto y la descalificación como antesala de la muerte. En medio de este panorama, casi desolador, yo doy mi humilde opinión acerca de un libro de poesía como si no hubiera otra cosa más importante que hacer en el universo. Hay libros que aparecen por todas partes, pero otros hay que ir a buscarlos a caso hecho, asumiendo riesgos y sin derecho a devolución una vez enviados a la librería. No por eso son mejores unos que otros. Éste, “Versos del equilibrista” es uno de ellos. La imagen de la portada, como una sombra chinesca, nos recibe insuflando una extrema flexibilidad y equilibrio a la luz y a la sombra. De una simple hoja que está a punto de desprenderse pende la vida del equilibrista, o sea, Carlos Vaquerizo, su autor.
            Al comienzo, en letra pequeña, está el fallo del premio conseguido por este libro y donde podemos leer que se le otorga por: “la naturalidad de su tono lírico, su clasicismo y belleza contenida. Este libro, partiendo de la experiencia del yo personal quiere abarcar al mundo, con un fuerte contenido de la presencia del tiempo, del límite inexplorado que se abre en lo cotidiano.” En la contraportada se añade que “indaga sobre cuestiones universales e inherentes al ser humano, tales como la infancia, el amor, la índole temporal del hombre y el oficio de escribir.” Rubén Martín Díaz dice en Facebook: “Buen libro de Carlos Vaquerizo Torres, poeta de una profunda honestidad que se maneja en el verso largo y en la prosa poética como pez en el agua. Imágenes potentes y fuerza contenida en unos poemas que beben de la mejor tradición poética española.” El propio Carlos Vaquerizo nos cuenta en Facebook que “A veces un perfume, un son, una imagen… nos enlaza con aspectos que estaban arrumbados en la memoria”, convirtiendo al lector en un “Diván” (título de uno de sus poemas) de psicoanalista donde, el paralelismo de los versos, nos ofrece el descanso y el llanto.
            Versos del equilibrista, poemario que se debate entre la decepción y la euforia con cierta tendencia al desengaño, es un libro que te hace pensar que está escrito al revés, con el índice al principio. Pareciera que su orden interno está construido para que se pueda leer tanto de delante hacia atrás como viceversa, quizá por la estructura circular que lo abrocha. Ambos recorridos comparten idéntico final y sentido. Incluso los títulos de los poemas que resuenan con voz de anacoreta que clama en el desierto, leídos todos a la vez y seguidos, en ambas direcciones, adquieren rango de poema, que en apariencia puede parecernos autómata, pero que no lo es. Los títulos de los poemas cumplen con una misión secreta, mostrados en el índice, son muy elocuentes y esclarecedores, en este caso más que en otros. Funcionan como una letanía del alma y del ser del poeta y del propio libro, una letanía que adquiere rango de voz salmodia (casi de oración a su diosa: la Poesía) como todo el libro rezuma. Quizá por eso ha colocado el índice al principio, para que nos sirva de plano-guía, de primeras impresiones y para dejar clara su voluntad. En él nos muestra el itinerario a seguir a través de un puñado de palabras que funcionan como mantras de la poética que todo lo envuelve, y que luego la lectura nos confirma y amplía. “Como tantos hombres,/ como tantos nombres”, “que aguarda/ su restitución” en el lector atento. Un índice “in order of appearance” que traza las coordenadas de una lucha interior, a caballo entre la conciencia y la metapoesía.

            Que ciencia y poesía van de la mano y se retroalimentan es algo evidente tanto en éste como en muchos otros casos. La ciencia es la poesía de los hechos verificables. La poesía es la con-ciencia de las palabras. El primer poema “Arquímedes lector” nos introduce en un contexto y proyecta sin contemplaciones el rol que el autor espera de nosotros. Lo asumes o lo dejas, pero el autor te lo plantea a bocajarro. En su “Principio lector” y desde su cuerpo flotante, puesto que toda lectura experimenta un empuje de dentro hacia afuera igual a la opinión manifestada, aflora la técnica del “tornillo de Arquímedes” (la lectura) que comunica dos realidades que se retroalimentan, la del autor-emisor y la del lector-receptor. Es así como consigue que flotes en el líquido amniótico de su poética. Sus versos, convertidos en vasos canopes de la emoción, guardan las entrañas de un autor convertido en “sacerdote funerario” que rescata del inframundo recuerdos y reflexiones. “La muerte momificada del mundo que se encuentra en los libros” –proclama en la página 20.  Las palabras son un “sanctasanctórum”, y así es como las trata y las adora, en una especie de ritual de momificación contra el tiempo que su quehacer de poeta tiene. A los lectores nos deja el papel de “pontífices de Ra”, para que le demos nuevamente vida a estos versos momificados en sagrada “Metempsicosis”. El segundo poema titulado “Job” nos alienta en la perseverancia y en la paciencia, dejándonos claro desde el principio el marcado componente metaliterario que el libro ofrece. “Quiero, lector, que concluyas las miras de estos versos, que ahondes la expresión que se proclama…”, para que lo hagamos “llanto de (nuestro) llanto, en savia de (nuestra) savia” –exhorta en la página 11. O “Mucho mejor una certera frase que nerviosas y efímeras páginas”, quizá porque este libro tiene mucho de fragmentario y aforístico.

            El poemario, que nos introduce “en la diáspora/ del tiempo y sus demonios”, es un laberinto encriptado que convierte al lector en verdadero protagonista del juego que el autor ha preparado, y del que resulta difícil salir indemne, de esos “criptopoemas en los que verti(ó) jeroglíficamente (su) vida”. El autor equilibrista encuentra en el trapecio la línea de sujeción para no caer al vacío sin red que hay debajo de los renglones. Los versos son una maroma por la que desliza sus pies descalzos, el punto de palanca que busca para mover lo imposible y descifrar un enigma, el suyo. “Dadme un fragmento…Voy a mover el mundo, las conciencias” –dice de forma pretenciosa. Y aunque se respira cierto escepticismo y desencanto, su sed de equilibrio le lleva a compensarlo con algunos atisbos de lo contrario, en ese vaivén existencial que sus versos tienen. Un libro que conforme vas leyendo, el simple hecho de pasar sus páginas, ya te provoca una extremada hiperestesia hasta que te convierte en parte de su laberinto. “Mi verso se ha hecho hombre. Quiere cargar la cruz de humilde cirineo hasta que todo acabe” –recalca a modo de penitencia, porque “Versos del equilibrista” está impregnado de un éter religioso, donde el autor erigido en una especie de sacerdote dirige la ceremonia lírica en la que convoca a su iglesia metaliteraria, los lectores, a la espera de la resurrección o la reencarnación que la lectura supone. Un poemario, surtidor de melancolía y tristeza que sangra siempre casi al borde de la extinción, como una especie de epitafio “que nos nace intramuros”. Un libro denso y enigmático, por lo que tiene de hermético, de calavera y barroco (a lo Valdés Leal), pero con palabras-fuente “que conservan del hombre todas las cenizas, todos los sueños de grandeza”, ya que “(somos mortecina oquedad de tiempo y humo)” –revela en la página 35. Poesía que danza como una santa compaña de versos “de modo esquizofrénico y lírico y la lluvia/ de hiperestesia que todo lo asume en el abierto laberinto”.

            En el libro suenan muchos ecos, una retahíla de nombres señalan otro itinerario dentro del libro y del propio autor. Como una especie de reencarnación sinestésico-intertextual, su aliño creativo (de influencias clásicas, científicas, lectoras, existenciales…) dota al libro de un espíritu connotativo particular y de unos vasos comunicantes que riegan la lectura a veces a manta y otras por goteo. Arquímedes, Cicerón, Job, Jacques Lacán, Rilke, Juan Ramón, Rubén Darío, Gardel, J.N. Cassavetes, Pandora, Eva, Lugones, Luis Cernuda, Prometeo, José Asunción Silva, Ingma Bergman, Tarkovski, Lugosi, Browning, y también resuenan Nicanor Parra y Pablo Neruda…

            El círculo representa la unidad y la perfección, lo espiritual, a Dios, al disco solar, un encuentro entre lo divino y lo humano, la forma que contiene a las otras formas… “Hacia el final del círculo viajamos entre anécdotas” –decía al comienzo, en la página 19. Y con el último poema, que da título al conjunto, cierra el círculo de pensamiento que pretende su poesía y el libro en su conjunto, como ese espacio perfecto que es el “sagrado círculo” “de no estar solo”, porque ya está refugiado en los lectores a los que tanto necesita para completar su periplo metaliterario y existencial. Y ya que todos los lectores somos “los despojos de lo que otros fueron” –aclara en la página 59, y a los que nos deja, en cierta medida, un papel de sarcófagos bibliográficos que descansan en esta cámara mortuoria que es la literatura, ¿qué busca entonces el poeta Carlos Vaquerizo, “amante arrojado de la prosa del mundo”, aunque en él hay mucho de prosa poética? Psicoanalizarse como vía para comprender el mundo, “Vivir lo que (leyó) en los libros” -dice. ¿Qué quiere conseguir entonces con “Versos del equilibrista”? Una “dicción redentora” y casi mística “que soporte la densa voracidad del tiempo”, lanzar su yo “hacia el lector: la fama o el olvido”. “Conformar un canto/ fundacional y mítico, indeleble”, consumirse eucarísticamente “para volver a ser en otros hombres”, para ser la voz limpia de una conciencia que espera conseguir el éxito de la eternidad que da la palabra, por los méritos alcanzados en la vida y en los versos. Busca hacerse poesía “de numen trascendido”, perpetuarse en la palabra equilibrio y su ablución bautismal. Encontrarse a sí mismo, en suma, a través de la poesía y de nosotros sus lectores.

           
Custodio Tejada
Opiniones de un lector
14 de diciembre de 2018





VERSOS DEL EQUILIBRISTA de Carlos Vaquerizo. Editorial Verbum. 54 poemas y 68 páginas. Incluye en las primeras páginas el fallo del premio conseguido (El “Juan Alcaide de poesía 2018)) y el índice. Cierra el libro el poema que da título al conjunto.




sábado, 8 de diciembre de 2018

DEFENSA DE LAS EXCEPCIONES de Andrés García Cerdán


DEFENSA DE LAS EXCEPCIONES de Andrés García Cerdán. Colección Visor de poesía. 34 poemas y 64 páginas, con dos citas al comienzo, una de Denis Levertov en inglés y otra de Paul Klee en español, más una dedicatoria. El poemario no está dividido en partes, es un todo magmático.

DEFENSA DE LAS EXCEPCIONES de Andrés García Cerdán. Colección Visor de poesía. 34 poemas y 64 páginas, con dos citas al comienzo, una de Denis Levertov en inglés y otra de Paul Klee en español, más una dedicatoria. El poemario no está dividido en partes, es un todo magmático.


            Si la inteligencia y su bravura nos hace sumisos o rebeldes, todo escritor es un puzle repartido en la opinión de sus lectores, por eso, cuando un lector comparte su opinión lo que comparte son las luces y las sombras de una realidad “cuántica” (la lectura), que le transfiere al observador un papel crucial, casi místico. En estos tiempos que corren un libro puede ser lo más parecido que hay a un kit de supervivencia. Toda opinión, como “en el sueño mínimo del átomo/ las cosas son, pero no son, y nada/ hay que sea certeza y solidez”, depende tanto del observador-receptor como del autor-emisor. Aquella cita archiconocida de Gabriel Celaya, que dice “la poesía es un arma cargada de futuro”, viene aquí como anillo al dedo para introducir este poemario guerrillero, al menos en intención y potencia sublimada. Walt Whitman dijo que “no dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo”, y es desde esta premisa de donde parece haber partido nuestro poeta. Andrés García Cerdán, que le “enaltece el extrarradio” y esa llanura en llamas que tanto quiere, se convierte aquí en el Robin Hood de “la escuela poética de Albacete” y de los versos periféricos que dan en la diana de la buena poesía y su influencia cada vez más laureada.

            La portada nos recibe con una flecha en amarillo (de Carmina Ramírez Belmonte), una señal que indica el camino a seguir o la diana a la que apunta. El título del libro nos deja muy claro cuáles son sus verdaderas intenciones “contra el orden que duele”. Es una incitación a tomar partido, a definirse y señalarse independientemente de las consecuencias, para así entrar en el club de los elegidos. Por eso, si la excepción confirma la regla, “Defensa de las excepciones” es un poemario que viene a lo contrario, a convertir la voz en credo y duda de los inconformistas y los rebeldes. Un libro cuya lectura te “conecta umbilicalmente” con el autor y su mundo particular de observador cuántico con cierto pedigrí “underground”. Andrés García Cerdán, como un francotirador, “con la lentitud de un amor que quema”, aprieta el gatillo de la buena poesía para que la palabra (hecha bala) nos alcance con la mayor precisión posible, quizá aspirando a ser vacuna en el mejor de los casos.

En la contraportada, la sinopsis nos aclara que el libro “es una llamada a la disidencia y la rebelión espiritual. Desde el vitalismo, estos poemas deslizan su gran rechazo de los límites, las certezas y las imposiciones del mundo contemporáneo”. Rubén Martín Díaz nos dice: “Andrés García Cerdán es un revolucionario. Y, además, uno de los buenos, de los que están en primera fila y no fallan, porque escribe verdadera poesía”, y añade que en el libro hay “pluralidad de referencias culturales, lenguaje contundente, formas cuidadas del poema, importancia de la adjetivación para dar mayor énfasis al verbo, variedad temática…” El propio autor confiesa que “es mi poemario más desnudo y directo… Es mi poemario más personal y menos literario en el sentido de que es mucho más libre en las formas”. Parafraseando la opinión del autor en otros foros, su poesía no es “poesía basura, low cost, de autoayuda, fécula de poesía, postureo poético”. Él lleva el poema a “lo más lejos posible en su indagación de la naturaleza, el ser, las palabras”, porque también piensa que “ahí afuera todo da un poco de pena, todo es un poco demasiado sórdido y estéril”. Y es que Andrés García Cerdán es un poeta de casta, a lo Miguel Ángel Velasco podría decirse.


                        Los primeros versos son un acto de contrición “en su estado más puro”. “Me equivoco. Cometo errores./ Digo cosas inoportunas” –confiesa. Pero no penséis que es derrotista, no bajéis la guardia, porque pronto pasa al ataque. Este poemario, en cierta medida, es un alegato para rebelarse contra esos discursos oficiales que nos imponen una versión unívoca (para dejar de ser críticos) y contra ese lenguaje impostado de lo políticamente correcto que toca defender porque a alguien desde arriba le interesa y lo decide así, aunque el incorrecto a veces también adolece de lo mismo. Es una provocación para que seamos dueños de una libertad real en lucha contra los tiranos de la opinión que hay en todos los frentes. Con un “Atrévete a decir lo que te duele” –nos exhorta para que seamos dueños de nuestra opinión, libre de intermediarios. Un libro en el que late cierto panteísmo underground en estrecha alianza con una poesía social sutilmente envuelta en un “misticismo lisérgico” como él mismo manifiesta. Títulos y álbumes de canciones, poemas, pintura, nombres de bandas, autores… Una especie de sinestesia general parece nutrir su experiencia (de música, de poesía, de pintura) saltando de una a otra en acrobacia lírica y espiritual hasta convertir el corazón del libro en un “disco de vinilo” deliciosamente subversivo. La otredad, como un viento frío de la meseta, como “un golpe de aire en la cara”, es el espíritu que habita en él, desde una nueva perspectiva del prójimo, de hecho, el segundo poema se titula “Los otros”, que podría leerse como una poética del ser colectivo por encima del ser solitario. El autor, desde una perspectiva individual puesta al servicio del otro, escribe “contra la corrección insoportable”, “contra la horrible semejanza de todo”, aunque paradójicamente lo que pretende este libro es la comunión de todos los hombres “que dicen no”. O sea, que su verdadera “estructura profunda” es la palabra convertida en hostia lisérgica de una revolución sumarísima.

La elección de ciertas palabras y no otras, como si fueran un reguero de pólvora o puertos, determinan el destino ideológico y ético de cualquier discurso. Y esa elección es otro itinerario más que hace que los conceptos sean la verdadera luz de cualquier libro, el mensaje encriptado de los poemas y su diálogo alucinógeno por lo que las palabras tienen de extrasensorialidad, poder visionario y también subliminal. Como un acto revolucionario el libro está sustentado en palabras-comando como: “explotan, francotirador, Plaza de la Revolución (francesa, con la guillotina al fondo), Ilustración, Robespierre, Guerreros comanches, arco, sublevación, graffiti, enemigos, asesinato, bala, gatillo, disparo, muerte, soldado, monstruo, decadencia, libertad, “cruz tóxica, atómica”, sacrificio, imbéciles, punk, Dios, cuervos, conciencia, dolor, amor, perdón y un largo etcétera. Detrás de todo libro hay una filosofía y una postura vital que sustenta el edificio, una arquitectura de pensamiento que actúa como dovela central del puente que unen al autor con el lector. Y en especial para Andrés García Cerdán, que sabe que las palabras tienen un nivel cuántico-freático y una longitud de onda que las convierten en fetiches mágicos de las conjuras y de las utopías.

            En “Defensa de las excepciones”, título que actúa como pegamento de un conjunto variado de poemas, hay homenajes e intertextualidades que trazan caminos paralelos, multitud de connotaciones, otros itinerarios dentro de la misma odisea del libro, ideologías, en suma. Nombres que desfilan casi de manera marcial, al fin y al cabo, y que actúan como pócimas o hechizos dentro del libro, como delicadas matrioskas. Cada mención o referencia es una línea de fuerza que sustenta la arquitectura y el pensamiento que ha recorrido el autor para construir este poemario. Así aparecen Paul Valery, Charles Simic, Noam Chomsky, Heisenberg, Sócrates, Cang Jie, Platón, Johannes Vermeer, Antonio Gamoneda, Horus, Jhon Lennon, Jorge Riechmann, Homero, Ulises, Nietzsche, Czeslaw Milosz, Jan Boleslaw Ozóg, Jan Twardowski, Marylin, Plutarco, Frankestein, Emanuel Swedenborg, San Andrés, la banda “Los planetas”, Anne Sexton, Evelyn Waugh, Dylan, El Bosco, David Bowie, Egon Schiele,  Iggy, Rolling Stones, Robespierre, Rimbaud, Orfeo…Todo nombre que aparece en un libro es un recorrido intelectual previo que ha realizado el autor hasta cristalizarlo allí, en el poema, y que actúan como vasos comunicantes o veneros. Con los lugares ocurre algo similar. También nos indican otros caminos, otras vías de conocimiento y de trance que “trazan un recorrido eléctrico”. Así, a través de sus versos también viajamos a Delft, Holanda, China, Hawai, Río Avon, Inglaterra, Sohach, Egipto, Liverpool, Tíbet, Görtlizer Park, Berlín, Oranienstrasse, Basilea, Polonia, Lévcade, Grecia, Fuenteálamo, Albacete, Etna, Sicilia, Istambul, Turquía… Otros nombres, a modo de sutiles dedicatorias u homenajes dejan entrever otros senderos vitales como son José García Armillas y familia, Carmina, Félix y Diego Sánchez Aguilar.

El propio autor lo escribe en la página 31: “La diferente longitud del verso/ y el lugar al que llega/ cada vez que intentamos decir algo/ esculpen una línea de costa imaginaria/ en el poema”. En prosa poética o en eneasílabos, alejandrinos, endecasílabos, heptasílabos, tetrasílabos, trisílabos… los versos chocan como un oleaje silábico contra el acantilado que el lector supone, en busca de una musicalidad distinta, de una banda sonora alternativa que usa otra forma de cortar el verso y su cadencia, con la intención de que la realidad sonora del poemario vaya más acorde con los tiempos y los ritmos que vivimos. Versos de arte mayor y arte menor se mezclan para tocar un nuevo son, para musicalizar de otra manera, más cerca del jazz o del rock (a veces con tintes de balada) que de la cantata o la sinfonía; siendo el compás de los significados, más que la melodía de los significantes, quienes dominan la voz del poema y “ecualizan el canto”, como “una guitarra que se afina/ con el paso del metro”.

Cierta dualidad recorre el poemario en busca de una nueva teología, a modo de catequesis semántica, lírica y existencial que el libro tiene. “Dejadme que os diga que soy el ángel y el demonio”, “Dejadme que os bendiga”, “como el apóstol San Andrés” –reza en distintos momentos.

            Pero ¿qué es lo que pretende o busca el autor con este libro? “Ver más lejos que el resto de los hombres/ y más profundo” –confiesa el autor, en cierta medida “ser un evangelista, pescador” de lectores, con la clara intención de hablarnos y “convencer(nos) de que es verdad/ todo esto que (dice)”. Qué es si no este libro, sino “el arco/ en la madera del nogal y el fresno/ …urdido según la curvatura/ exacta de los cielos”, un nuevo evangelio, otra forma de combate y de lucha, un arma poderosa en manos de un rebelde con causa, que usa la poesía y la música para sentirse vivo y poderoso. Un poemario que nos convierte al leerlo, consciente o inconscientemente, en francotiradores de la disidencia de un pensamiento inconformista e incómodo que está harto del pensamiento único y acrítico que nos pretenden imponer desde todos los frentes. “Defensa de las excepciones” es “un mínimo artefacto de amor”, es “lo más propio y lo más sagrado” del autor, “la parte esencial/ de (su) inocencia”, un auténtico “electrocardiograma lírico” que podría explicarse como un mapa donde “El corazón explota a diferentes profundidades” “del cielo y del infierno” y que “late de hermosura”, con sus curvas de nivel, sus múltiples escalas líricas y sus distintas coordenadas musicales. Su epicentro sísmico es el amor, que late a pecho descubierto como llave maestra que abre todas las puertas de los cambios. Un libro que funciona como una vena y una arteria, un ring en el que combaten dos fuerzas creadoras, el bien y el mal. “Que la bondad/ o el rencor sean luz” –dice en la página 25. Hay que leerlo porque Andrés García Cerdán es un poeta que lleva “en el corazón la nobleza y la aventura” de los mártires, y aspira a la “impregnación” de hacerse “melodía de una galaxia/ o la conciencia” de una época, nada más y nada menos.

Custodio Tejada

Opiniones de lector

diciembre de 2018


DEFENSA DE LAS EXCEPCIONES de Andrés García Cerdán. Colección Visor de poesía. 34 poemas y 64 páginas, con dos citas al comienzo, una de Denis Levertov en inglés y otra de Paul Klee en español, más una dedicatoria. El poemario no está dividido en partes, es un todo magmático.