viernes, 6 de marzo de 2020

ABRIL EN LOS INVIERNOS de Nicolás Corraliza Tejeda

ABRIL EN LOS INVIERNOS  de Nicolás Corraliza Tejeda

Opiniones de un lector. Por Custodio Tejada.


ABRIL EN LOS INVIERNOS DE Nicolás Corraliza Tejeda. Chamán Ediciones. Colección Chamán ante el fuego. Es un autor bastante activo en las redes sociales. 120 páginas. Cien poemas breves sin títulos y enumerados con números romanos. Cuidada edición cuya portada nos recuerda la pintura japonesa. Dedicado a Sabas Corraliza empieza con una cita de Claudio Rodríguez. Desprende un grato perfume a versoterapia. Versos que eliminan lo accesorio para poner en valor lo esencial de las pulsiones. Un poemario laberinto cuya llave para entrar y salir está en la mente del poeta. Una poesía mínima que alcanza el máximo lirismo. El poeta, como un Guillermo Tell, lanza sus poemas-flechas contra la diana de sus interrogantes vitales, que también son los nuestros.




ABRIL EN LOS INVIERNOS DE Nicolás Corraliza Tejeda. Chamán Ediciones. Colección Chamán ante el fuego. Es un autor bastante activo en las redes sociales. 120 páginas. Cien poemas breves sin títulos y enumerados con números romanos. Cuidada edición cuya portada nos recuerda la pintura japonesa. Dedicado a Sabas Corraliza empieza con una cita de Claudio Rodríguez. Desprende un grato perfume a versoterapia. Versos que eliminan lo accesorio para poner en valor lo esencial de las pulsiones. Un poemario laberinto cuya llave para entrar y salir está en la mente del poeta. Una poesía mínima que alcanza el máximo lirismo. El poeta, como un Guillermo Tell, lanza sus poemas-flechas contra la diana de sus interrogantes vitales, que también son los nuestros.

          Al final, la vida es, como los archivos informáticos, una cuestión de formato. A veces somos o actuamos como un PDF o un DOC, otras somos una imagen GIF o JPG, algunas nos encogemos en un ZIP o nos expandimos en la movilidad rítmica de un MP4. Y así podríamos seguir por HTML, ODT, MKV… De igual manera sucede con la creación literaria y artística, a través de sus corrientes y escuelas. El producto nos llega envasado en su formato, unos con manual de instrucciones o manifiesto incluido, y otros, hemos de averiguar su código de programación si queremos desentrañar su lenguaje y su mensaje. El formato elegido por Nicolás Corraliza ha sido el de una poesía breve y sucinta en un mundo cada día más prosaico y fragmentado. Decía William Shakespeare que la brevedad es el alma del ingenio. Yo debo tener poco, porque mis opiniones de lector son cada vez más largas. Y cuando se escribe desde la concisión hay que ser certero y eficaz en el decir para conseguir los efectos-dones deseados. El poeta José Iniesta escribe que “Ahora, que lo escribo, lo comprendo”, y es por ello por lo que pienso que escribimos para entendernos. La lectura es otra cosa, una aventura más sublime si cabe, se lee para aprender o disfrutar, para llegar a uno mismo a través de la voz de otro, pero también para tocar el cielo de las palabras convertidas en bálsamo. Dice Pablo Acevedo que “toda mirada (en donde reside la fuerza óptica del poema) desprende un aroma característico. El poema gana cuando conjuga revelación y ocultación, desvelamiento y máscara”, cuando “deja resquicio o fisura por donde la ironía pudiera actuar”.

            La primera edición de “Abril en los inviernos” de Nicolás Corraliza fue, por coherencia, en abril de 2019, el mismo día que nació el poeta José Ángel Valente. La imagen de cubierta es de María José López Cerro, cuyo paisaje nos recuerda la pintura japonesa (Kaiga) que, con aspecto de acuarela, parece más bien realizada al estilo Yamato-e, y por la que podemos imaginar cómo pasea el “Haijin” en busca de los versos que atrapan el instante. De hecho, algunos haikus nos esperan dentro. Parafraseando al propio Nicolás afirmaremos que la portada “siempre es una longitud:/ un tiempo inexacto que toma distancia en el paisaje” –dibuja con palabras en la página 50.   
      
            Si buscamos -Ecos y reseñas sobre “Abril en los inviernos”- de Nicolás Corraliza encontramos buenos ejemplos a tener en cuenta. Javier Gallego Dueñas nos dice: “Grandes poemas en los que predomina el pequeño formato, continuando la senda de la destilación en la que lleva inmerso el autor y perfecciona con cada nueva entrega. La pureza de conceptos no impide que se juegue con los sonidos y las resonancias, con las sugerencias y connotaciones”. José Luis Morante añade que: “En Abril en los inviernos, los versos abren una estela en el agua para ser testigos de la soledad y la intemperie, para protagonizar una contemplación… del tiempo, … para dar la mano a la emoción…” o “El poemario propone una intensa indagación del yo poético en un marco de soledad y espera… Vestidos con una lacónica desnudez los poemas adquieren un decir aforístico que esencializa el pensar”. También Efi Cubero confirma que “sus poemas, breves, concisos, nos dicen mucho con las palabras justas”. Antonio Rivero Taravillo matiza que “se trata de una colección de cien poemas breves sin título, algunos de gran, rotunda expresividad” y Miguel Veyrat reitera que es “un libro de alta intensidad emotiva”. Jesús Cárdenas nos advierte que “Nicolás Corraliza cultiva una poesía que busca la precisión sin ser hermético”. Y Beatriz Pérez Sánchez dice en Letralia.com que “En Abril en los inviernos también aparecen algunos recuerdos infantiles que destacan por su lirismo. Multitud de imágenes evocadoras, tristes y entrañables…” Y se podría seguir con un largo etcétera (Santos Domínguez Ramos, Miguel Ángel Real, Mari Carmen Torres, Carlos Alcorta, Esther Peñas, Álvaro Hernando… Con lo que podemos afirmar que Nicolás Corraliza es profeta en la tierra de la crítica y sus congéneres los poetas. El propio autor manifiesta en Facebook que “Escribo poesía desde hace tiempo, aunque fue en 2012 cuando editaron mi primer libro. Como dice el gran poeta Antonio Gamoneda, la poesía es un género para leerlo con un lenguaje apartado de la lógica. Como expresión artística, la poesía para mí tiene un poder balsámico, ya que al escribirla el mundo se entiende en toda su dimensión”.

            Libro que se mueve con soltura en el terreno movedizo de lo breve, tan fugaz como el suspiro, pero tan intenso como la queja. Metafísico y epigramático, existencialmente íntimo y aforístico en muchas ocasiones. Así es “Abril en los inviernos”, un poemario reflexivo que intenta hacer visible lo indescifrable. Con la sátira de la antigua Roma de por medio, o con la ironía romántica dispersa como gotas de perfume, los vasos comunicantes del asombro y la emoción también nos llevan a la poética del haiku y la poesía japonesa. Todo un aluvión de influencias, un atlas de caminos que van y vienen y que confirman la importancia de las huellas. Sus poemas, llenos de metáforas, al leerlos, unos desprenden ecos surrealistas o más simbólicos (v.g. XCVIII –P.116), otros podrían leerse como una poética con matices metalingüisticos (v.g. C- p.118, o el LXIV-p.82), algunos son más contemplativos o más filosóficos, o más posmodernistas en sus planteamientos (L_p.68), o con destellos de la experiencia (XLIII-P.61), con alguna tendencia al jeroglífico o el acertijo, tan juguetona como en la página 92 (LXXIV) donde se plantea escribir un ensayo al huevo, o con una vena de ironía (XV-p.21). A veces como un pos-teósofo o al menos como un poeta filósofo con vocación de asceta se adentra en las grandes preguntas existenciales o en las contradicciones religiosas con esa pizca de crítica que podemos leer en el poema XXIX-p. 57, en el XCVII-p.115 o el haiku V-p.23… Hay versos que resuenan en la mente del lector como epitafios: “Todos vivos./Los supervivientes y los resucitados./El mar se acaba/ ante el espejismo de los ojos/ para no entender la muerte” –p.21. Otros relampaguean con su chispa metafísica en busca de la luz: “El peso iluminado./ El espacio que ocupa lo visible” –p. 24. En “Abril en los inviernos” un remanso de luz alumbra lo cotidiano en busca de lo más sencillo y lo más intenso, enfoca lo importante que él quiere destacar, haciendo de las metáforas un camino de reflexión y encuentro. De un humor inteligente, con juegos de ideas y asociación de palabras nos deja destellos, que parecen grafitis, como éste: “Sin besos en la lengua,/ la vida es un pelo en la sopa fría” –p. 31., o “Doctor:/ hoy me duele el mundo/ a la altura del Hombre” p-95. Su libro es una calle por la que transitamos.

                        Algunos temas que sobrevuelan el poemario son la vida y la muerte, la realidad que se cuela por las rendijas, el amor, la poesía, el lenguaje, el paso del tiempo y la memoria-recuerdos (infancia, juventud…), la política, la religión… De cualquier lugar o cosa brota una de sus visiones: “De un bar cerrado” (p.46), “de la antigua Unión Soviética” (p.41), Albaicín, Roma, acuarios, laberinto, del mar, de un pensamiento, de una emoción, de la nieve sucia, juguetes, la escuela, un recuerdo, los ascensores, la lluvia, semáforos, los lunes, las estatuas… También los nombres y las citas que aparecen en sus páginas abren nuevas estancias: Nina Simone, Claudio Rodríguez, León Felipe, Gil de Biedma, El doctor Malo, Eduardo Moga, Antonio Martínez Sarrión, Félix Francisco Casanova, Adriano y Eva, Gabriel Celaya (“la poesía es una bala/ de un calibre excepcional” –dice Nicolás en la p. 56 y que apunta a la poesía social, aroma que también desprenden sus versos.

            Nicolás es un poeta de latidos, de pulsiones, de instantes sublimados, de fotógrafo verbal que transforma el lenguaje en un documento visual. “Y todo se manifiesta multiplicado/ como si en el interior/ las palabras tuvieran pulso” –aclara. Sus versos son el camino que “nos anda y nos desanda/ el cuerpo y el viaje” (p.22), el pensamiento y las emociones, una mirada al interior de las palabras, un encuentro con la contemplación como vía de aprendizaje. Nicolás insufla vida a las palabras, la suya propia, que, al compartirla, por impregnación, se hace otra y se injerta por esquejes en quien la lee, recetándonos “un verso en defensa propia” (p.69), y confirmando el poder sanador de la poesía, al menos, para el autor.

            Conforme leemos nos encontramos varias líneas de fuerza que, como sutiles cimientos, sustentan todo el edificio lírico. La primera es la dualidad de imágenes y conceptos, lo que le da un vaivén de ola o péndulo. La vida y la muerte, la primavera y el invierno, la calentura y el frío, la luz y la sombra, el recuerdo y el olvido, el día y la noche, lo fértil y lo yermo, agua y fuego, “el jaleo de la felicidad” y “el silencio del dolor” P.62… Y es desde esa percepción dual desde donde emerge la fuerza heroica y testimonial de Nicolás Corraliza, una poética bastante filosófica y terapéutica, casi notarial, puesto que levanta acta del instante concreto que el poeta-testigo vive y experimenta en sus ojos y en su mente, en su corazón y en el pensamiento. Y aunque nos invita a resistir, algo de desencanto hay en sus versos (p.40), hasta un deje estoico. La segunda son los cuatro elementos y las cuatro estaciones en una interacción constante de puntos cardinales. Verbigracia: Agua (LXI), fuego (LXII), aire (LXXVI) y tierra (LXIX).

Libro casi telegráfico, si no en la extensión sí por las pulsiones que lo sostienen. “Ser./ Pertenecer a una emoción/ para estar vivo/ o morir en el intento” –esplende en la página 100. Pudiera parecerte en algún momento que por él fluye una escritura automática o un azar objetivo, pero no, todo responde a una estrategia del poeta, es su estilo, un relámpago repentino que ilumina con la contundencia y la fugacidad de los fuegos artificiales, una poética que retrata el instante y se hace, de forma calculada, “sangre de golpe en el papel” (LIX-p.77). Y aunque nos advierte en la página 53 (XXXV) que “Los que están de pie/ odian a los sentados./ Con la felicidad ocurre lo mismo./ A ser posible no la muestres.” , tendremos al menos que manifestar que mientras lees “Abril en los inviernos” disfrutas felizmente (usaremos el adverbio) de una tarde lectora. Un territorio lleno de verdades reveladas por la voz de su experiencia. El poeta quiere hacernos partícipes de su dicha y su congoja. Estos poemas-reflejos, que revelan y ocultan, son la síntesis de un rico bagaje existencial, de una mente despierta y un corazón en marcha “que pertenece/ al pájaro y a la música” p.87. Os invito a leerlo en voz baja.

Y por esta vez, sin que sirva de precedente, terminaré esta opinión lectora con un poema propio que me ha inspirado la lectura de “Abril en los inviernos”.

VERSOTERAPIA

            A Nicolás Corraliza

Erguido en la torre del poema
donde tan bien escribes
con efecto placebo
tan solo abril seduce
la vida de este mundo
que hace de los ojos
un pájaro con alas


Custodio Tejada
Opiniones de un lector
Enero de 2020


Periódico GRANADA COSTA. nº 492. Enero de 2020. Depósito legal GR-1579/99







sábado, 4 de enero de 2020

INVENTAR EL HUESO de Olalla Castro

INVENTAR EL HUESO de Olalla Castro.

Opiniones de un lector. Por Custodio Tejada.


INVENTAR EL HUESO de Olalla Castro. Editorial Pre-textos, Poesía. XXXIII Premio Unicaja. Heurístico título donde los pronombres marcan una declaración de intenciones y una ruta a seguir. Con una portada desnudamente monocromática está envuelto en un plástico prescindible. 16 Euros. Tamaño especial de 13x19 cms. 87 páginas y 41 poemas separados en seis partes. Distribuidos de la siguiente manera: I.- “Decir yo es cavar una tumba” con siete poemas, II.- “Tú en el hueco” con siete poemas, III.- “Nosotras, que vinimos de lejos” con otros siete poemas, IV.- “Ellos vendrán” con seis, V.- “Del lenguaje y sus muertos” con ocho poemas y VI.-“Atraviesa bailando este dolor” con seis poemas. Tres citas, como tríadas o trinidades dialógicas, casi todas de mujeres, preceden cada parte.





INVENTAR EL HUESO de Olalla Castro. Editorial Pre-textos, Poesía. XXXIII Premio Unicaja. Heurístico título donde los pronombres marcan una declaración de intenciones y una ruta a seguir. Con una portada desnudamente monocromática está envuelto en un plástico prescindible. 16 Euros. Tamaño especial de 13x19 cms. 87 páginas y 41 poemas separados en seis partes. Distribuidos de la siguiente manera: I.- “Decir yo es cavar una tumba” con siete poemas, II.- “Tú en el hueco” con siete poemas, III.- “Nosotras, que vinimos de lejos” con otros siete poemas, IV.- “Ellos vendrán” con seis, V.- “Del lenguaje y sus muertos” con ocho poemas y VI.-“Atraviesa bailando este dolor” con seis poemas. Tres citas, como tríadas o trinidades dialógicas, casi todas de mujeres, preceden cada parte.


            Cuando enumeramos una serie de citas elaboramos un contexto que estudia la dialéctica entre el contenido manifiesto y el contenido latente. El lector cuando opina sobre una lectura, desde su óptica, plantea una serie de estrategias que guían un descubrimiento o una caja de resonancias. Se le atribuye a Iósif Stalin la frase: “Si quieres conocer a la gente que te rodea, averigua qué leen”. Así que, sin subestimarme por ser un lector común, añadiré otra cita igual de puntiaguda, esta vez de Henry Thoreau: “No conozco a casi ningún intelectual que sea tan abierta y auténticamente liberal que se pueda hablar con libertad en su presencia”. Escribe Rosa Luxemburgo en “Reforma o revolución” lo siguiente: “Porque es nuestro sistema dialéctico el que le muestra al proletariado el carácter transitorio de su yugo, les demuestra a los obreros la ineluctabilidad de su victoria y ya está realizando una revolución en el dominio del pensamiento”. También dice Valentín Volóshinov que “La palabra es el fenómeno ideológico por excelencia” o que “toda palabra expresa a una persona en relación con la otra”. Para Mijaíl Bajtín el lenguaje y la palabra “son el indicador más sensible de las transformaciones sociales”. “Hay una grieta aquí/ partiendo las palabras/ pintadas sobre el muro./  Una infección.” –que diría el poeta Raúl Quinto. El propio Vladimir Illich Lenin y su experiencia utópica/distópica plantea en su libro “El Estado y la revolución” una tesis en la que “El estado es un instrumento del que se valen las clases dominantes para perpetrar su poder sobre las clases explotadas”. Si cambiamos el concepto Estado por el concepto Lenguaje y la palabra “clases” por “sexo/género-raza”, estamos en las mismas latitudes y nos vale la tesis anteriormente mencionada para afrontar la lectura de este poemario de una forma más profunda y certera. Antonio Gramsci manifiesta que “La realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad” o “La conquista del poder cultural es previa a la del poder político, y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados –orgánicos- infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios”. Silvestre Manuel Hernández en “Dialoguismo y alteridad en Bajtin” afirma que “Las palabras significan aquello que la sociedad que las –produce- les asignan. Su funcionalidad y resemantización depende de los discursos socioculturales o literarios donde se inscriben… la palabra pertenece tanto a quien la enuncia como a quien se destina y la confronta”. Jesús G. Maestro dice que “No hay literatura a-estatal. La literatura es una prolongación de la política”, o, “El mito de la cultura, un grimorio posmoderno, es la gremialización del individuo”. “La –lucha por la historia-, es decir, la lucha por ganar la verdad histórica, le puede interesar a toda facción o grupo para mantener su hegemonía frente a otros en el presente (sea con fines políticos, o sea con fines ideológicos” –remarca Pedro Insua. “La poesía de la experiencia… quiso construir la cuadratura del círculo: desde la izquierda, -reconstruir- el sentimiento y al individuo, dos pecados que siempre combatió el comunismo” –afirma Francisco Morales Lomas. También Luis García Montero concluye que “El reto de la creación es una toma de postura en un conflicto en el que no marcan el paso las discusiones abstractas, sino los sentimientos de verdad. De ahí su verdadera dimensión ideológica” (p.13 del libro Nuevas poéticas y redes sociales, coordinado por Remedios Sánchez). Y apostilla Fernando Valverde que “El poeta, dentro de los moldes del capitalismo social, tendrá que perseguir una supuesta originalidad para encontrarse con todo lo contrario, la imposición de un lenguaje y de una forma”. Valerie Solanas postula que “El hombre es un accidente biológico; el cromosoma Y no es más que un cromosoma X incompleto, una serie incompleta de cromosomas. En otras palabras, el hombre es una mujer fallida, un aborto ambulante, un aborto congénito. Ser hombre es tener algo de menos…” Todo lo dicho sería el sustrato del “inconsciente ideológico”, que diría Juan Carlos Rodríguez. Y mientras, debajo de su nogal heredado, Basilio Sánchez canta que “No nos quedan lugares en los que sea posible lo absoluto”, o que “La poesía no explica ni argumenta,/ la poesía sólo llama a las cosas”; sin embargo, siempre habrá quienes busquen con ahínco “desfacer agravios y enderezar entuertos”, quizá por esa tendencia quijotesca que el español tiene para luchar por las quimeras y el idealismo.

            En todas las épocas se vive una lucha a muerte por controlar la dirección del idioma y por dirigir el rumbo de las conciencias, en definitiva, por imponer una visión supremacista, totalitaria y redentora frente al otro, considerado siempre como un disidente o un infiel, cuanto menos, si discrepa o difiere, quizá porque nadie quiere un lenguaje verdaderamente inclusivo donde quepamos todos, al contrario, siempre terminan siendo excluyentes. Vivimos una época caótica donde todo se subvierte, todo se cuestiona y está en continua transformación, todo muere o se le mata como una especie de “totum revolutum” en un continuo Génesis creador, porque si algo ha demostrado el siglo XIX y especialmente el XX es que al ser humano le gusta matar o anunciar la muerte, y además genocidamente: al prójimo, a Dios, a la poesía, al arte, al autor, al lenguaje, la ideología, la democracia, la historia, al estado, la justicia, la tragedia, la función poética, la literatura, la verdad…, todo está en cuarentena porque descontentos y hastiados con lo que tenemos buscamos otra cosa que nos sirva y nos salve mejor. La extinción, por tanto, se convierte en la única salida revolucionaria para empezar de nuevo, piensan algunos que la solución es explotar un final atómico o de guillotina para encontrar un renacer más puro y más justo al otro lado, como ya se pretendió tan fatídicamente en el pasado. ¿Pero en ese río revuelto en el que vivimos, quiénes son los pescadores y cuál es su ganancia? Mientras tanto, suenan nuevos tambores de guerra anticapitalista para justificarnos, como grafitis abracadabras pintados en cualquier pared urbana: “Destroy the system”; y otras pintadas más largas y nostálgicas como: “¡Por la reconstitución ideológica y política del comunismo!”. “Y es que al principio no fue el verbo sino el daño/ y nadie desde entonces ha sabido extinguirlo” –leemos con rabia en la página 65.

Esta opinión lectora bien podría titularse “El marxismo como trasunto poético en Olalla Castro”, y por extensión en muchos y muchas poetas de esta época. El marxismo y sus nuevos matices más o menos dulcificados impregnan la obra de muchos creadores en este comienzo de siglo y milenio, una poesía que pretende transformar el lenguaje, reinventar la realidad y reinterpretar el mundo y la historia. Conseguir a través de la palabra una nueva revolución ideológico-conceptual del mismo calibre que se produjo con la reforma protestante y sus efectos WASP, salvando distancias y matices.

            Literariamente hablando también vivimos en la época de la “premiocracia” (eslabón orgánico del sistema convertida a la vez en crédito, dinero, mercancía y capital) donde los premios, como anzuelos, marcan el rumbo de casi todo, del poder y su interés, de la publicidad, de la literatura y el arte, de editoriales y mercados, de los autores y su prestigio, de los lectores, de los modelos de discurso a seguir, del lenguaje moda correcto y de la opinión pública adecuada. Conseguir un premio es la mejor carta de presentación y la mejor promoción que uno puede tener para estar en el candelero de las ventas y de la publicidad mediática y su ruido. Olalla Castro, por mérito de una obra exquisita, en este último año 2019 entra por la puerta grande del éxito no con uno, sino con dos premios consecutivos debajo del brazo: El “XXII Premio Internacional de Poesía Antonio Machado en Baeza” con “Bajo la luz, el cepo”, publicado en la Editorial Hiperión, y el “XXXIII Premio Unicaja de Poesía” con “Inventar el hueso”, publicado en la editorial Pre-textos. Dos libros magníficos publicados en dos grandes editoriales de poesía que comparten muchos vasos comunicantes, tocados ambos con la varita mágica del momento más propicio y la poética más laureada.

            Dice Asunción Escribano en su blog: “Inventar el hueso es, sin duda, un magnífico libro, inteligente y lúcido, que sigue abriendo camino… manifiesta la voz propia de la autora desde una mirada nueva y original. Sin duda alguna, todo un logro lírico.” El Jurado del premio conseguido lo definió como “un libro directo y bien construido, que responde a un proyecto estético reconocible y a profusas lecturas en torno a la problematización del yo y su reivindicación feminista”, o que el libro plantea “la búsqueda de un yo capaz de construir una genealogía nueva a través de lo poético”. José Enrique Martínez (Filandón) en el Diario de León añade: “se puede intuir que la voz de Olalla Castro es densa y conceptual, con un pensamiento difícil de sintetizar fuera de sus propios versos”. “El blog de los baños árabes” (hammamalandalus.com) afirma que [Su obra propone un relato por la libertad de las mujeres, la clase obrera, los pueblos colonizados, los subalternos y oprimidos] y la propia autora recomienda y nos confiesa “en lo colectivo y no en lo individual” ¿Cómo? A través de “la organización colectiva, el pensamiento y la praxis transformadoras, la lucha; sólo desde ahí podremos romper con la estructura del poder y aspirar a un tipo de libertad distinta a la construida por la fábula del capital que solo nos hace libres para vender nuestro tiempo, nuestra vida, fuerza de trabajo a cambio de un salario.”

“Inventar el hueso”, un título heurístico donde ya el verbo nos prepara para el cambio, para tomar partido y ser fuerza activa, para “crear alguna cosa nueva que antes no existía”, aunque es verdad que este verbo transitivo (que transfiere) también tiene un componente imaginario o ficticio. Al comienzo el hueso puede pasar inadvertido, pero cuando acabas la lectura caes en la cuenta de que el hueso hace referencia a la “costilla de Adán”, y ambos conceptos juntos como título, “Inventar el hueso”, trazan las coordenadas-estrategias del viaje interior que el poemario propone: una conversión ética y transformadora que guía el descubrimiento lector. En ese trayecto-recorrido que abarca más allá incluso de la historia, nos vamos encontrando una serie de epifanías que la poeta comparte con nosotros como la de la página 53 que dice: “Podremos defendernos” o “Esta vez, cuando regresen,/ se toparán con ellos”, o, con “Nosotras,/ que bailamos en la historia del mundo/ mientras alguien sin ritmo/ nos pisa los pies en cada giro.” –esplende también en la página 35.

            Nuestra autora, inmersa en la sociedad, no grita cuando escribe, susurra, “porque sabe(mos)/ que lo que de verdad es peligroso/ se ha de decir en voz muy baja.” –revela en la página 44, quizá porque “siempre hay un ellos/ donde seguimos mudas” (p.45). Olalla tiene claro cuál es su objetivo desde el principio, el fin que justifica su poética y su vida: “Lo urgente es la luz:/ decir su brillo sobre el cristal/ y no lo que la opaca.” (p.37), o “ha venido a enseñarte” –dice en el poema “Los ojos de los muertos” (p.79), quiere que nos bañemos neoheráclitamente en la sabiduría de su río para que aprendamos a renombrar el lenguaje y dotarlo así de una nueva con(s)ciencia, para ella la única posible. Ese es su plan salvífico (p.68). Ella, conocedora de la situación actual en la que vivimos, y con su visión de nuestro pasado y nuestro presente, se plantea cambiar el futuro, aunque sea metaliterariamente, porque sabe de la importancia del relato: “Retrocedamos/ decenas de siglos en la lengua/ hasta un segundo antes de empezar a fingir/ que una hebra invisible atraviesa los nombres/ y los une a las cosas” (p.63), o, “Eres esa memoria/ y también este incendio” –manifiesta en la página 69. “Desde el hueco terrible de la culpa” (p.52) señala a los culpables para impedir su impunidad, porque no quiere que “Ellos”, generalizadamente, se vayan de rositas “cada vez más pequeños,/ hasta parecer inocentes/ del grito, del semen, de la llama.” Y deja bien patente que la unión consigue la fuerza del cambio. “Nosotras:/ ¿para cuándo otras manos,/ otra historia, otra estirpe?” –esgrime en la página 41.

            En el poema de la página 79 “Como quien lanza un anzuelo” se percibe cierto paralelismo simbólico con una cristo-poeta, Olalla Castro se autoerige en mesías y profeta de su causa, en la voz de la conciencia colectiva, en “ángel exterminador” del cambio que viene a purificar con el fuego de la palabra transcendiendo el victimismo, a desenterrar “la verdad que los otros enterraron” (p.78), en definitiva, a acabar con el miedo. “Me alimento de muerte:/ lo uso como cebo/ para atraer más muerte hasta mi plato.” –confiesa en la página 70. Morir para renacer, es un canto a la comunión, al tránsito de los pronombres: del yo al nosotras pasando por el tú y acorralando el ellos, lo colectivo frente a la turba del individualismo y el patriarcado, “Para que deje el lenguaje de ser/ o jaula o fuga” (p.64), evasión o cárcel, absolución o castigo.

            Varios hilos de Ariadna, como “cuerpos-péndulos” que nos balancean, tejen y sustentan este libro y también a la autora: la crítica marxista, la crítica feminista y de género, el colonialismo y la raza, Freud y el psicoanálisis, la semiología y las escuelas francesas de la crítica, la deconstrucción… Como el efebo que busca su lugar frente al precursor, así, Olalla Castro encuentra su sitio más allá de “la angustia de las influencias” y transciende “la escuela del resentimiento” que diría Harold Bloom, para seguir adelante con su discurso e instalarse en el parnaso-comité de la lucha de la palabra contra la barbarie del silencio, para conducirnos (por el camino de los pronombres) de la poética a la ideología. “Son los dedos blanquísimos/ conque disparan a los ciervos,/ azotan a los esclavos/ y a nosotras nos manosean sin permiso.” –denuncia en la página 54, o, “Ellos no entienden,/ pero adivinan ya, sólo con vernos,/ la forma en que nuestra ternura los socava.” –reza en la página 56.

            Un autor no deja de ser más que un lector que escribe, y eso es lo que pone de manifiesto la intertextualidad de un libro, el lector-época que lo habita. Además de los más o menos invisibles nos encontramos con los fehacientes como Rousseau, Descartes, Montaigne, Pessoa, Woolf, Musil, Heráclito, Antígona, Adán y Eva y el cristianismo (“a pesar de Platón y de su estirpe” –nos apunta en la página 15), AudreLorde-Samuel Beckett-Adrienn Rich, Ada salas-Pilar Fraile-Erika Martínez, Anna Almátova-Francisca Aguirre-María Sotomayor, Alejandra Pizarnik-Elisabeth Bishop-Nicanor Parra, Chantal Maillard-Jaques Derrida-SadiYusuf, AnneSexton-Cristina Peri Rosi-Marina Tsvetáieva…

            El poemario tiene un componente metalingüístico claro que deja en el aire una música de fondo que suena a Chomsky y a Lacán, especialmente en la parte V “Del lenguaje y sus muertos”. “No olvidemos que antes/ de trenzar las palabras/ nuestros dedos ya hallaban los caminos/… Tachemos la gramática/ y probemos a decir otra vez.” –susurra en la página 63, o, “A veces la poesía/ es esto oscuro que se embosca/ y respira de prisa detrás de la maleza” –encontramos en la página 71. Incluso en “Lo que se escurre es el poema” (p.72) podríamos hallar una poética activa y comprometida. El vocabulario utilizado apunta a lo apocalíptico y a la revancha, pero a la vez tiene algo de “ave fénix”, ya que transforma el lenguaje (cuando se interrelaciona) en un tejido de nuevos campos semánticos. Así leemos palabras como dolor, daño, rabia, turba, muerte, miedo, noche, temblar, huesos, muertos, sudario, tumba, bestias, árida, baliza, vacío, herida, ceniza, ceguera… pero también semillas, verdad, deseo, oro, grano, alimento, vida, luz, cantar…

            Para Olalla la poesía es un arma cargada y puesta al servicio de una causa: su fe, con la cual quiere reescribir-reconstruir otra vez el mundo y la historia, la poesía y las palabras. “Inventar el hueso” es, en su conjunto, una poética, un plan de vida, una filosofía, un programa político o un manifiesto, es todo eso y más, pero por encima de todo es una “mano-puente” tendida a los demás, del lenguaje con la vida, del pasado y el presente con el futuro, de la poesía con la política, del arte con la ética, de la palabra con la conciencia... y todo a su vez en interacción constante con la historia y la tradición. Aunque las etiquetas son lo que menos importan a la hora de afrontar una obra, ésta, se podría englobar dentro de la poesía crítica, poesía social y comprometida o de la conciencia feminista, una tendencia cada vez más intensa entre nuestras escritoras poetas, especialmente. La excelente poeta Olalla Castro, siempre en busca de su propia autenticidad, se debate a lo largo del libro entre dos imágenes o metáforas potentes, la del pan y la de los peces, la de panadera y la de pescadora, y que aluden por su significado a cierto paralelismo con la iconografía cristiana, quizá porque, como diría Andrés García Cerdán: “Se trata de desacostumbrar y desacralizar la literatura (el lenguaje) para, a continuación, resacralizarla según una fe rupturista”. La poeta, que busca “convertir [la poesía] en un anzuelo” (p.66) quiere descifrar o convertir el lenguaje en “un bisturí/ con el que sajar la vida” (p.68), y a los lectores nos da un papel de peces, sus versos serían los gusanos señuelos, y ella se convierte en una pescadora de almas que sueña con revoluciones pendientes que extiendan su vieja buena nueva. Pero también nos dice en la página 17 que “amasar a diario lo distinto/ implica aceptar que el pan sabe a otra cosa;/ que los nombres que inventamos no nos sirven”, y por tanto, urge establecer otra vía salvífica y redentora a través de una nueva percepción o una nueva ética: “Es necesario un tú/ donde salvar la vida.”, “hasta transformar/ lo atroz en alimento,/ el pan en grito”  –nos dice eucarísticamente en la página 23, o, “cocinando los huesos de otros/ para hacer esta sopa/ que a otros servirá de alimento” (p.40). Ya que solo así la mujer podrá decir que “hallaste el oro/ siquiera una pepita” (p.82) (¿será una referencia al clítoris?) y que de alguna manera evoca el Manifiesto Scum y la militancia activa de Valerie Solanas donde el hombre vive “en la creencia mística de que por tocar oro se convierte en oro”, o sea, en mujer para completarse; porque es imprescindible “un idioma común” para cambiarlo todo y hacer que triunfe “el amor que amontonamos en las yemas” –confiesa en la página 42.

“Inventar el hueso” es un libro incisivo en su mordedura, cuyo bocado nos lleva a un nuevo Génesis y a una nueva manzana, con una delicada destilación ideológica cuyo resultado alcanza el rango de proclama que susurra, aunque dentro lo que habita es un grito desgarrador que busca la liberación de un antiguo desgarro. En definitiva, estimado lector, aquí encontrarás una poesía escrita al más alto nivel lírico e intelectual llena de méritos y connotaciones, con muchas corrientes freáticas, llamada a perdurar como símbolo de una época y una lucha tan antigua como nueva. Su lectura no te dejará indiferente, su calidad tampoco.

Custodio Tejada

Opiniones de un lector.

Noviembre de 2019.


INVENTAR EL HUESO de Olalla Castro. Editorial Pre-textos, Poesía. XXXIII Premio Unicaja. Heurístico título donde los pronombres marcan una declaración de intenciones y una ruta a seguir. Con una portada desnudamente monocromática está envuelto en un plástico prescindible. 16 Euros. Tamaño especial de 13x19 cms. 87 páginas y 41 poemas separados en seis partes. Distribuidos de la siguiente manera: I.- “Decir yo es cavar una tumba” con siete poemas, II.- “Tú en el hueco” con siete poemas, III.- “Nosotras, que vinimos de lejos” con otros siete poemas, IV.- “Ellos vendrán” con seis, V.- “Del lenguaje y sus muertos” con ocho poemas y VI.-“Atraviesa bailando este dolor” con seis poemas. Tres citas, como tríadas o trinidades dialógicas, casi todas de mujeres, preceden cada parte.


http://custodiotejada.blogspot.com/

Nº 490 Noviembre de 2019. Granada Costa. Depósito legal Gr-1579/99



viernes, 6 de diciembre de 2019

LA PALABRA MUDA de Antonio Enrique

LA PALABRA MUDA de Antonio Enrique
Opiniones de un lector. Por Custodio Tejada


LA PALABRA MUDA de Antonio Enrique. Ediciones El Gallo de Oro. 57 páginas y 22 poemas-triunfos más 1. Una Nota a la edición aclaratoria y un poema-epílogo final. Dos citas guardan la entrada, como dos esfinges antes de llegar a la sala hipóstila, una de Félix Grande y la otra de Carlos Aurtenetxe, que vinculan e intertextualizan, abrochan y abrazan. Como colofón se nos manifiesta que “Se terminó de imprimir en Kadmosel 19 de enero de 2018, 65 aniversario del autor”. Algunas hojas de cortesía en negro actúan a modo de paréntesis o telón, quizá hasta de premonición, cuatro páginas al comienzo y cuatro para cerrar el libro, como un sudario que cubre una fosa común. Una especie de Tarot lírico cuyo significado primero, el Holocausto, es transcendido o acompañado por lo esotérico y lo cabalístico. No es “La palabra muda” de Jacques Ranciere, sino la de Antonio Enrique, la que nos ocupa. Un libro iconográfico, casi santuario. El propio autor recomienda que sea leído de un tirón, sin interrupciones, quizá porque así su lectura se convierte en una especie de viaje a Auschwitz, reparador y claustrofóbico al mismo tiempo. “La palabra muda” no es una vía muerta que acaba en el desastre, sino una vía salvífica que conduce a la liberación del amor y el recuerdo, hacia el homenaje.


LA PALABRA MUDA de Antonio Enrique. Ediciones El Gallo de Oro. 57 páginas y 22 poemas-triunfos más 1. Una Nota a la edición aclaratoria y un poema-epílogo final. Dos citas guardan la entrada, como dos esfinges antes de llegar a la sala hipóstila, una de Félix Grande y la otra de Carlos Aurtenetxe, que vinculan e intertextualizan, abrochan y abrazan. Como colofón se nos manifiesta que “Se terminó de imprimir en Kadmosel 19 de enero de 2018, 65 aniversario del autor”. Algunas hojas de cortesía en negro actúan a modo de paréntesis o telón, quizá hasta de premonición, cuatro páginas al comienzo y cuatro para cerrar el libro, como un sudario que cubre una fosa común. Una especie de Tarot lírico cuyo significado primero, el Holocausto, es transcendido o acompañado por lo esotérico y lo cabalístico. No es “La palabra muda” de Jacques Ranciere, sino la de Antonio Enrique, la que nos ocupa. Un libro iconográfico, casi santuario. El propio autor recomienda que sea leído de un tirón, sin interrupciones, quizá porque así su lectura se convierte en una especie de viaje a Auschwitz, reparador y claustrofóbico al mismo tiempo. “La palabra muda” no es una vía muerta que acaba en el desastre, sino una vía salvífica que conduce a la liberación del amor y el recuerdo, hacia el homenaje.

            Cuando uno da una opinión lectora y penetra en la hermenéutica de un texto lo más importante es el otro, en sus dos versiones, libro y autor, por este orden. El que opina debe permanecer dignamente en un segundo plano, cualquier otra cosa podría interpretarse como un rasgo de pedantería o usurpación de funciones, cuanto menos.

            Hay obsequios que no son tales si no salen del corazón, lo mismo que hay halagos llenos de ironía, y cuesta discernir unos de otros, por la buena fe que siempre habita en uno y le presupone al otro. La vida es compleja por lo mucho que tiene de incógnita, y en muchas ocasiones despejarla no depende de nosotros ni de nuestras circunstancias. Si las palabras son el agua del pensamiento un libro es un manantial de ideas, y cada cual está en su derecho de pensar libremente desde el acierto o el error. Lo bueno de la literatura es que ofrece citas para reforzar cualquier discurso, cualquier hipótesis de trabajo, por peregrina que ésta sea. Cuando uno opina y emite un juicio se pone a los pies de los caballos, ya que muestra todo lo que intuye y sabe, pero también todo lo que ignora y yerra. Es verdad que dependiendo de quiénes lo digan le damos un valor u otro, porque los nombres de quienes dicen también visten, ensalzan y acompañan el discurso. Dice José Ángel Valente que en poesía “tienes que entrar justamente en el mundo de lo que no entiendes”. Aquilino Duque manifiesta que “No siempre los críticos o los lectores aciertan con lo que el escritor quiso decir”. Y Robert Penn Warren apostilla que “En el fondo un poema no es algo que se ve, sino la luz que nos permite ver, y lo que vemos es la vida”.

            Mauricio Gil Cano opina que Antonio Enrique “Con La palabra muda viene a replicar en el doble sentido de responder y repetir –aquella cuestión propiciada por el filósofo Adorno de si es posible escribir poesía después de Auswichtz”, o, “El lenguaje directo, desgarrado, para nominar lo innombrable sacude el corazón del lector”. José Antonio Santano dice: “Casi transfigurado, mudado de su yo y convertido en otredad, el poeta socava en la naturaleza humana”. La palabra muda es un libro “estremecedor, verdaderamente de una conmoción inusitada, de principio a fin”, “capaz de conmover y perturbar”. José Sarria comenta en República de las Letras que “La palabra muda se erige como vía de conocimiento, comprensión de la existencia”, “El sufrimiento y el miedo, con toda su gama de matices (dolor, devastación, angustia, tristeza, desesperación) acampan en el texto”, “nos habla del horror, nos describe su abisal iniquidad, su desproporcionada infamia, pero también abre la puerta al adviento”. Añade Pedro López Ávila: “Antonio Enrique nos pone delante de nuestros ojos la crueldad, el horror y el espanto del exterminio nazi a través de un poemario”. Y completa Ada Soriano: “Considero que es un libro espiritual, y también arriesgado, no solo por la carga social y emocional que conlleva sino por la manera en la que está escrito”. También Alejandro López Andrada dice que la poesía de este poemario es “Poesía lacerante, bífida, afilada, que rebasa el amor levísimo del cielo”, o, Antonio Rodríguez Jiménez va más allá incluso y lo canoniza directamente: “Antonio Enrique es una especie de Jorge Luís Borges sabio, pero no de Argentina sino de la vieja y mítica Granada de Boabdil… que merece el Cervantes o el Nobel”. El propio Antonio Enrique afirma que La palabra muda es “El único libro que le hace justicia a los sefardíes españoles que fueron gaseados, torturados y asesinados por los nazis”.

Afirma Oswald Wirth que “Nadie está obligado a creer que los adivinos pueden decir la verdad, y proporcionar una prueba experimental no es el fin de la adivinación”. Dice Octavio Aceves refiriéndose al Tarot: “según sea el enfoque, así será lo que él nos brinde”, y aclara Arthur Edward Waite que “el verdadero Tarot es puro simbolismo”. El Tarot sedujo a Freud, a Yeats, a Henry Miller, a Lawrence Durrell, a Elliot. Incluso Alphonse Louis Constant (Eliphas Levi) estableció una relación entre el Tarot y la Cábala.

            La palabra muda, poemario escrito en veintiún días de peregrinación por el desierto (6-26 del 7 del 17), como por inspiración divina, a través de su profeta Antonio Enrique (que llora cuando lo lee igual que lloró al escribirlo), nos muestra un itinerario múltiple, una revisión poética del horror nazi y una aproximación cabalística a la divinidad a través del alfabeto hebreo. Más aún, si “Cábala” significa recibir, en este caso el poeta ha hecho las funciones de un Moisés lírico que recoge las Tablas, o sea, los veintidós poemas más uno que nos ocupan. El significado de cada título se completa con el lenguaje oculto de cada letra hebrea y un número. Alejado de cualquier tipo de adulación hay que reconocerle al autor el mérito de saber moverse como pocos por las tierras movedizas de lo críptico, de lo simbólico… estableciendo una para-realidad literaria que transciende la época concreta para convertirse en una cosmovisión iconográfica de las entrañas del pasado, pero también del futuro. Este es un poemario hermético, apocalíptico y visionario, una especie de oráculo. Distintos hilos tejen la poética de este libro: el alfabeto hebreo y la Cábala, la historia y el horror del genocidio nazi, el bien y el mal, el tarot, la religión, las matemáticas y los números… que como círculos concéntricos viajan “Adentro y más adentro” del autor. Cada poema es un camino, una vasija que contiene una fuerza espiritual que recibe y otorga, y es esa fuerza cósmica (por inspiración inductiva o deductiva) la que proyecta una mística que completa el significado del conjunto, que reinterpreta el valor de cada significante, en búsqueda constante de la verdad colectiva, pero también individual.

            Entre la variada imaginería que utiliza el libro para sus fines, aparece la Virgen de las Angustias que seguramente tantas veces habrá visto el autor en Guadix o en Granada, como la hermosa escultura (réplica-reconstrucción) de La Piedad de Miguel Ángel obra de Mariángeles Lázaro Guil, que hay en la Catedral de Guadix, convirtiendo su poética en un crisol alquímico con una rica iconografía religiosa, histórica, esotérica… Una poética que vuela a la vez en distintos cielos y en múltiples percepciones, en una simbiosis si no por parasitismo, al menos por comensalismo. “Una mujer y un hombre, una mujer/ que tiene a su hombre atravesado en el regazo,/ ¿qué es sino la viva imagen de la Puerta del Cielo?/ La Madre y el Hijo en éxtasis.” –escribe en la página 50.

            El poeta, siempre tan adicto a lo hermético y a lo heterodoxo, nos presenta un poemario multisignificativo, como un halcón que vuela por la historia en busca de otra verdad, de la sabiduría y el conocimiento, y trasciende la escritura y la poesía social para ir más allá de lo evidente, para penetrar en lo ancestral y profundo del saber más metafísico y mágico, para convertir los poemas de este libro en vehículos de aprendizaje o en metáforas que navegan en procesos inconscientes. Antonio Enrique, refugiado en la meditación y el recogimiento, se transmuta en un hierofante o sumo sacerdote lírico, por lo que tiene el poemario de ritual e iniciación en asuntos más ocultos y simbólicos, y además se erige como mediador entre lo manifiesto y lo más reservado, presentándonos un poemario que por su singularidad y belleza roza lo extravagante y lo complejo, debido a las variadas lecturas o tiradas de cartas-poemas que puede ofrecer al lector.

            Este libro de poesía social y metafísica, lleno de sentidos recónditos y resonancias vehiculares que rezuma múltiples paralelismos con la cábala, busca un crecimiento espiritual, la revelación, la iluminación, conocer la realidad más profunda del alma humana. La exégesis que sustenta el libro, de acuerdo con el “Zohar”, también puede interpretarse de cuatro maneras, desde la Peshat (interpretación directa del contenido), Remez (significado alegórico), Derash (comparación con otras palabras o textos) y Sod (significado secreto y esotérico). O sea, tiene cuatro lecturas: la literal, la simbólica, la comparativa y la oculta. Está presentado como un libro sagrado y en algún sentido talmúdico, por tanto, escrito por revelación, en apariencia, aquí es donde entra el personaje y su puesta en escena con la que tanto disfruta el juego sutil del erudito. Antonio Enrique actúa en este libro como un teósofo que interpreta, como un ser que escribe para erigirse en la voz de todas las conciencias y, por tanto, también en maestro de ceremonias y en nigromante mayor o en genio agazapado tras su lámpara.

            La ideología de un escritor es su propia obra completa, pero en este caso concreto, podría decirse que es la obra más ideologizada de su cosecha. La voz del poeta, que escribe en primera persona pero que pretende serlo de la humanidad entera, se hace testimonio del juicio final, asume el papel de testigo presencial para levantar un acta lírica de todos los “Condenado(s) a la pena capital/ de nunca haber vivido” –reza en la pag 43. Entrar en el libro es penetrar en el abismo más atroz del siglo XX. Sobre tu cabeza, como una guillotina, se desploma un letrero que dice “Arbeit Macht Frei”, que resuena como aquel mantra de “la letra con sangre entra”. Los poemas de este libro, como trenes, conducen al lector por la vía de los versos a modo de un deportado que ha sido marcado como una res dispuesta para el sacrificio.

            No es un libro más de poesía, no es un libro para leer con prisas y a la ligera. En “La palabra muda” la numerología es otra mística, un ingrediente más a tener en cuenta. Hace el número 22 de sus libros de poesía. Contiene 22 poemas-esferas, como las veintidós letras del alfabeto hebreo, los 22 arcanos del Tarot o los veintidós capítulos del apocalipsis. El 22 es el número de la lucha y la fuerza que guía por el bien común, es un número maestro que tiene la luz espiritual para transformar el mundo, que “expresa la evolución del hombre”, su pasado y su destino. Es un número ambicioso que “vuelve realidad los sueños imposibles”. Pero el libro también está bajo la protección del 23, que pertenece a los cabalísticos, es un número místico, relacionado con los cambios, el movimiento y la libertad. El título, “La palabra muda”, que hace de alguna manera referencia al Tetragrámaton, tiene 3 palabras, y también 13 letras. Maimónides sintetizó en 13 principios de fe lo esencial del judaísmo. El 3 es un número espiritualmente perfecto y está presente en todos los libros sagrados. El número 13 es un número sagrado que hace referencia a un renacimiento tras la muerte, a una transformación, a una nueva existencia (quizá sea esta la intención última que persigue el autor después de que se lea su obra ininterrumpidamente, como si fuera una peregrinación por el desierto). Pero también aparecen el 7, el 6, el 420.875… Y curiosamente hay quienes buscan coincidencias interesadas, y así unen dos fechas que bailan sus números, la expulsión de los sefardíes en 1492 y la solución final en 1942, “anacrónicamente y desenfocadamente se comparan… Querer ver aquí, como quieren muchos, un precedente del Holocausto es desenfocar, tergiversar y, confundir totalmente ambos problemas” –dice Pedro Insua, sin dejar de manifestar que en Europa (Francia, Alemania, Inglaterra…) ha habido también expulsiones de los judíos, y más crueles que en España y, sin embargo, nadie se acuerda de ellas ni se buscan equivalencias similares, quizá porque se siguen buscando relaciones negrolegendarias contra España, aunque sea de manera inconsciente.

El índice, intencionadamente desnudo, también se hace partícipe del juego-ritual hermético que tiene el libro (para ser leído con los ojos cerrados), muestra solo “La palabra muda”, sin más referencias a las que atenerse, quizá para conseguir el efecto del caminante que se hace camino al leer, quizá buscando un paralelismo con la incertidumbre de las vías que llevaban a Auswitzch, salvo por la “Nota a la edición” que le añade más suspense al trayecto iniciático. Sus 22 poemas actúan como si fueran un retablo barroco, a lo Valdés Leal, retablo que retuerce sus palabras-tallas, sus sonidos, sus significados, su dorada madera lírica para cumplir una función catequética. Son arcanos de un tarot literario que se comunican con el lector a través de un lenguaje oculto y esotérico, a través de la magia de la metonimia y la transmigración. El libro es un campo de concentración de versos y emociones, una tragedia que huele a holocausto, a carne quemada y a trenzas húmedas, a estética barroca (casi de calavera), pero que conduce a la luz, ya que deja un resquicio al optimismo y la esperanza, como no podía ser de otra manera en un libro tan místico. Entrar en él, en La palabra muda, es como penetrar en Austwichz reconstruido con palabras, palabras que se vuelven cámaras de gas o trenes que nos llevan al horror, pero también a la gloria. Su escritura pretende dar voz y homenajear a los más de un millón de judíos asesinados en ese campo de exterminio y por extensión a todo el Holocausto, como paradigma. Pero el libro no se queda ahí, y esa es precisamente la gran estratagema-juego que el autor hace para elevar el resultado lírico a un rango superior de percepción, de significación. El autor ha sido atrapado en un túnel espaciotemporal y a la vez en un estado de con(s)ciencia superior, según el juego trazado. El libro funciona como un tarot lírico, como una ruta cabalística que transita de lo semítico a lo semiótico en un centelleo donde se entremezclan literalidad y hermetismo. Onírico y casi surrealista a veces, podemos leer en él: “Cristo en una cruz torcida,/ la cruz doblada y rota/ de la esvástica”. O “Medio kilo de ceniza/ en media hora era/ todo lo preciso/ para achicharrar el alma”-versos que resuenan como un clamor contra el genocidio y la crueldad del hombre.

            En su texto se respira la influencia de nuestros clásicos como San Juan de la Cruz, Jorque Manrique… La música del libro suena a réquiem, a toque de campana que llama a funeral, a cuerpo cayendo en una zanja chocando uno contra otro, desnudos. “El réquiem del mundo/ es una fosa común” –revela en la página 24.

Las tres últimas palabras de los tres últimos poemas son: perdón, paz y cisne, respectivamente. Y funcionan como una tríada cuyo simbolismo busca la iluminación, la purificación y la metamorfosis del corazón humano, la salvación, en definitiva. “La palabra muda” busca la metafísica de la plenitud, un camino hacia la sabiduría y el poder de la luz, alcanzar la paz y hacer justicia, y de forma entrelazada en ese trayecto interactuar con la tradición y la historia. Libro pues alegórico, lleno de simbolismos, profético, claustrofóbico y tenebroso por el horror que encierra, casi epitafio o panegírico de una época no tan lejana, “de un tiempo otro” donde se produce una simbiosis por ósmosis entre autor-lenguaje-Auswitzch-Humanidad-Cábala-Tarot-religión-etcétera, ética y conciencia, entre los distintos pliegues del texto... Libro que oprime como un campo de exterminio y rezuma resignación por la impotencia que contiene, como la hora misma de la expiración, pero que salva por la puerta abierta que deja al amor como única fuerza divina capaz de transformar el mundo y cambiar el destino. Eso es precisamente lo que ha conseguido el autor con este libro, vivir un proceso de individuación que profundiza en los temas y saberes universales. No es un poemario más, es iconográficamente cartomántico, un libro esotérico colmado de sabiduría oculta, un libro iniciático que funciona como una mancia, una gran alegoría del “árbol de la vida”. 22 poemas arcanos listos para ser barajados como una gran cabellera de arquetipos, ahí radica el otro gran juego creador, en hacer del poemario un camino espiritual que, como la Cábala, explique la vida, o una especie de tarot lírico abierto al conocimiento y crecimiento personal, además.


Opiniones de un lector

Custodio Tejada

Octubre de 2019




Nº 489 GRANADA COSTA. 21/10/2019. Pags. 38 y 39


LA PALABRA MUDA de Antonio Enrique. Ediciones El Gallo de Oro. 57 páginas y 22 poemas-triunfos más 1. Una Nota a la edición aclaratoria y un poema-epílogo final. Dos citas guardan la entrada, como dos esfinges antes de llegar a la sala hipóstila, una de Félix Grande y la otra de Carlos Aurtenetxe, que vinculan e intertextualizan, abrochan y abrazan. Como colofón se nos manifiesta que “Se terminó de imprimir en Kadmosel 19 de enero de 2018, 65 aniversario del autor”. Algunas hojas de cortesía en negro actúan a modo de paréntesis o telón, quizá hasta de premonición, cuatro páginas al comienzo y cuatro para cerrar el libro, como un sudario que cubre una fosa común. Una especie de Tarot lírico cuyo significado primero, el Holocausto, es transcendido o acompañado por lo esotérico y lo cabalístico. No es “La palabra muda” de Jacques Ranciere, sino la de Antonio Enrique, la que nos ocupa. Un libro iconográfico, casi santuario. El propio autor recomienda que sea leído de un tirón, sin interrupciones, quizá porque así su lectura se convierte en una especie de viaje a Auschwitz, reparador y claustrofóbico al mismo tiempo. “La palabra muda” no es una vía muerta que acaba en el desastre, sino una vía salvífica que conduce a la liberación del amor y el recuerdo, hacia el homenaje.





jueves, 19 de septiembre de 2019

HERIDO LEVE de Eloy Tizón

Opiniones de un lector

HERIDO LEVE de Eloy Tizón. Por Custodio Tejada


HERIDO LEVE - Treinta años de memoria lectora, de Eloy Tizón. Editorial Páginas de Espuma. Ilustrador Iker Ayestarán. Editor Juan Casamayor. Una portada con aspecto de cómic que nos recuerda el mundo de los detectives. Mucho más que un ensayo, “una autobiografía intelectual”. 651 páginas, con un prefacio, ocho partes y 114 escenas caleidoscópico-lectoras (que se convierten en un laberinto de espejos por la intertextualidad en estampida que encierra cada una), un agradezco final, referencias bibliográficas, nombres y obras. El libro está dedicado a sus padres, con todo lo que eso supone de conexión umbilical. Aunque en las lecturas de Eloy Tizón no hay paridad, según el rastro de nombres que surcan sus páginas, una gran cantidad de mujeres escritoras compiten en igualdad de méritos con los hombres y dejan constancia de las influencias del autor. “La lectura como arte”. Cuando cierras las páginas de Herido leve consigues que la memoria quede “prendida como polvo de mariposa entre los dedos de un lector conmovido”.


HERIDO LEVE - Treinta años de memoria lectora, de Eloy Tizón. Editorial Páginas de Espuma. Ilustrador Iker Ayestarán. Editor Juan Casamayor. Una portada con aspecto de cómic que nos recuerda el mundo de los detectives. Mucho más que un ensayo, “una autobiografía intelectual”. 651 páginas, con un prefacio, ocho partes y 114 escenas caleidoscópico-lectoras (que se convierten en un laberinto de espejos por la intertextualidad en estampida que encierra cada una), un agradezco final, referencias bibliográficas, nombres y obras. El libro está dedicado a sus padres, con todo lo que eso supone de conexión umbilical. Aunque en las lecturas de Eloy Tizón no hay paridad, según el rastro de nombres que surcan sus páginas, una gran cantidad de mujeres escritoras compiten en igualdad de méritos con los hombres y dejan constancia de las influencias del autor. “La lectura como arte”. Cuando cierras las páginas de Herido leve consigues que la memoria quede “prendida como polvo de mariposa entre los dedos de un lector conmovido”.

Un lector es más peligroso si está herido, especialmente letraherido. Pero conste que a nadie le gustaría estar enfermo de literatosis (que diría Juan Carlos Onetti) y mucho menos morir por ello. Si “la primera frase de un libro es su cubierta”, ésta de Iker Ayestarán, la de Herido leve, es un gran poema visual que está a la altura del texto que nos aguarda dentro, una lluvia de letras que hacen del lector una especie de superhéroe con paraguas, gabardina y bufanda entregado al poder “inútil” que da la lectura. Su autor, Eloy Tizón, uno de los grandes de nuestra prosa actual que escribe para permanecer en las estanterías más asequibles, amante de la literatura, es un escritor de casta que escribe con maestría, elegancia, generosidad y señorío. Cerca de la playa y debajo del agua, sobre el fondo de arena, una red de sol atrapa el vaivén de las olas y el jugueteo de los peces, quien bucee un poquito sabrá la imagen metáfora que proyectan estas páginas en la mente de los lectores. Si “La literatura es una cadena de entusiasmos (que) se transmite por contagio de una generación a la siguiente”, cuando uno da su opinión siempre tiene miedo a “equivocar(se) o a quedar en ridículo”, aunque siempre consuela que “la literatura es ese lugar extraño en el que la luz puede estar apagada y encendida al mismo tiempo”.

            Nos recuerda el mastodóntico Harold Bloom que “El estudio de la literatura, por mucho que alguien lo dirija, no salvará a nadie ni mejorará a la sociedad” o “Leer al servicio de cualquier ideología, a mi juicio, es lo mismo que no leer nada… Leer a fondo el canon no nos hará mejores o peores personas, ciudadanos más útiles o dañinos”. Italo Calvino nos advierte que “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, siempre lo leemos como si fuera la primera vez, idea que aquí viene como anillo al dedo. Dice Carlos Gamerro: “Si el canon literario es una barca que conduce a las tierras de la inmortalidad, no hay lugar para todos en ella: los más fuertes echan a los más débiles por la borda.” Olalla Castro afirma que “En realidad, todo texto es intertexto de muchos otros, ya que todo proceso de escritura se sirve de un lenguaje entrecruzado desde siempre por la alteridad” o “La intertextualidad es siempre un intento por parte del autor o la autora de elaborar una genealogía, de sacar una foto de familia...” Y si para Bloom los que hacen el canon son los otros escritores, quizá sea desde estos presupuestos de donde parte Eloy Tizón, como una especie de Giorgio Vasari, para guiarnos por su río de lecturas y preferencias críticas. Y es que “El modo en que varía el canon de la literatura, en que cambia la percepción de los autores, es una lección de humildad” –sentencia el propio Tizón.

            Podemos leer en El cultural del día 15-03-2019 que “Autor de culto para los amantes del cuento en español, Eloy Tizón es también un lector atento y un crítico certero, entusiasta y sabio”. Antonio Lucas en El mundo nos apunta que “Este repertorio de reseñas o ensayos portátiles, tan bien armado para esta edición, da cuerpo a un libro extraordinario” o “un turbador magnetismo se aúpa en este libro, porque la ansiedad de quedarse en él es fuerte”, “Su músculo crítico no pretende hacer palanca en la jurisdicción de Connolly, de Elliot, de Borges, de Bloom, de Auden, de Brodsky, de Pound”. Ricardo Lladosa ha dicho de Herido leve (en Zenda, XL Semanal) que “el libro es un gigantesco mapa, donde cada lector puede escoger ir hacia el norte o hacia el sur… El mapa de Tizón es, por ello, una cartografía del infinito que abarca ingentes regiones, todas ellas en proceso de cambio”, “su singladura lo lleva de la literatura española a la europea, de la estadounidense a la latinoamericana, con incursiones en la narrativa africana o japonesa”. Mónica Crespo nos alumbra que “La escritura de Eloy Tizón es vibrante y caleidoscópica, llena de música y de referencias sinfónicas… Escribe con palabras dúctiles, palpables, que te acarician o arañan…”. Pedro Pujante (en Culturamas.es) sigue aclarándonos que “No existe más acertada autobiografía intelectual de un escritor que un catálogo de sus lecturas, recorrer su biblioteca (anotada y comentada) y descubrir su filias literarias… no hay mejor forma de acceder al corazón de la literatura que a través de un lector omnímodo como Eloy Tizón”, un autor que “escribe con gracia, dotando al ensayo literario una densidad que oscila entre la objetividad comedida y la subjetiva mirada del lector”. El propio editor Juan Casamayor también nos anunció en su momento que “El cuentista, incluso el novelista que es Eloy Tizón, le debe casi todo al lector que ha sido y que es. Quizá lo que somos se lo debamos en parte a lo que leemos. Este libro resulta de vivir la lectura como pasión.” Incluso en la contraportada se nos interpela con una retahíla de interrogantes: “¿Cómo lee un escritor? ¿En qué aspectos se fija? ¿A qué abismos se asoma? ¿De qué manera las ficciones atrapan y modifican nuestra mirada? Todas esas cuestiones, y muchas otras, comparecen en este ensayo literario… -Diamante corta Diamante-”

            Herido leve, con todo su poder ventrílocuo, habla de autores, traductores, de lectores, de críticos, de tirios y troyanos. Es un paseo-odisea por la Teoría de la literatura y por la Literatura comparada en un mismo sorbo de té, no desde un planteamiento académico sino tizoniano, sin un afán didáctico, más bien como una confesión terapéutica. Eloy Tizón, batuta en mano, dirige su canon desde una musicalidad sinestésica atiborrada de vasos comunicantes. El ensayo-libro es, ante todo, un viaje, un viaje por obras y por autores, de “salidas iniciáticas a tumba abierta”, pero también por el cine, el arte, la música, la pintura, la época y la historia (“El paso de las palabras es el paso del tiempo” –dice en la página 74), por lugares y geografías, por ideas… es un viaje a través de sí mismo, o sea, a través del propio Eloy Tizón, y por añadidura dialógica, a través de nosotros sus lectores, que con efecto boomerang, consigue llevarnos a su canon particular que se convierte en una especie de medida de todas las artes, en una confluencia de todas las opiniones válidas formando un coro existencial y polifónico. Un estado de ánimo lector que recorre el libro para conseguir que “al término del viaje desemboquemos en una verdad posible o incluso en la verdad total”.

            El libro está dedicado a sus padres, con todo lo que eso supone de conexión umbilical, convirtiendo “Herido leve” en la mejor metáfora de una célula madre universal y literaria, esa que lo redime y lo protege y lo une a su yo más íntimo, a su origen, pero también a su destino: La literatura, su otra madre. Este libro está lleno de instantes, de consejos, de detalles, de reflexiones, de intrahistoria lectora… En la página 167 nos indica, por ejemplo, la manera metaliteraria y metalectora de afrontar una opinión-una elección: “La primera frase de un libro es su cubierta. Las historias comienzan –y terminan- por la imagen. Uno empieza a leer el libro mucho antes de abrirlo, de pie en la librería…”

            Eloy Tizón, como un pintor impresionista no solo habla de libros, con unos cuantos renglones-pinceladas nos retrata la época y el contexto de quien lo escribió. Son muchos los “puntos de referencia y cartas de navegación con que orientarse”. Eloy Tizón nos muestra un camino que no tiene por qué ser el nuestro, ya que cada lector se hace camino al leer…, pero ayuda a interpretar el globo-terráqueo-lector de la literatura y del pensamiento. Nos desvela las líneas de fuerza de muchos autores, nos da las claves para profundizar en sus laberintos, nos habla de recursos literarios y méritos, de sobrevaloraciones y justicias literarias más allá de las épocas, de los aplausos y los silencios, del presente pomposo y del futuro que juega malas pasadas a obras y autores, en definitiva, nos arroja luz a través de una prosa única que no desmerece (sino que se iguala) si la comparamos con el mapa de nombres que nos propone su red-canon.

            Eloy Tizón, a la vez que esboza su opinión va más allá de la literatura, adereza el texto con instantes biográficos que le dan un ritmo más intenso y ameno si cabe, y que nos recuerdan los vericuetos y las anécdotas que le llevaron a otros autores y sus libros, hermosa conjunción que le sirve de guarnición a su apetito gourmet, en la que se entrecruzan otras realidades paralelas en un ritmo dialógico e intertextual, vital y literario como cuando ojea “un ejemplar de segunda mano El bosque de la noche de Djuna Barnes y su dedicatoria” –p. 40. Eloy Tizón no teme mojarse, ni tampoco le importa jugar a ser profeta o notario, al anunciar la importancia de muchos autores y obras o constatar en numerosas ocasiones el saqueo (a veces para bien y otras no tanto) que el cine o la TV han hecho de la literatura. Aquí el Eloy lector y el Eloy cinéfilo se dan la mano y caminan juntos por la misma herida que escribe.

            Herido leve nos pone de relieve la importancia (muchas veces delicada) de los vasos comunicantes y los paralelismos que abundan en la literatura de una manera transversal. Así, la pluma de Eloy Tizón, como una piedra que salta por la superficie del agua, nos lleva de Anna de Chéjov a Molly Bloom de Joyce o a Clarisa Dalloway de Woolf, las tres hijas Bursanov de Gerhardie “como muchachas de Balthus o como las tres hermanas de Chéjov, o entre Dostoievsky-Nabokov-Kundera que los enfrenta en un solo renglón, como también a Platónov y Sartre, o Tsvietáieva-Dickinson, Jean B de Patrick Modiano con El Extranjero de Camús y El chino del dolor de Peter Handke. O cuando compara a Edgar Allan Poe con Henry Jamaes y con Antón Chéjov en “la hazaña del relato moderno”, Paul Theroux-Ernest Hemingway, W.G. Sebald - Claudio Magris - Peter Handke - Cees Nooteboom y las crónicas viajeras… porque “aquí lo que importa es la mirada”. Un mundo de intertextualidades e interrelaciones lectoras en un desdoble permanente de secuencias fractales. Ya que “De este modo ibas entendiendo que tener cultura no consistía en acumular información enciclopédica, nada de eso, sino en afilar tu capacidad para establecer conexiones entre dos puntas distantes” –confiesa en la página 28.

            Las palabras nos demuestran que los umbrales son distintos para cada lector y para cada escritor. La lucidez de Eloy Tizón parece inagotable, máxima tras máxima, renglones tras renglones convertidos en aforismos brillantes que consiguen entretejer un texto cuyo tino no parece tener fin y que echas de menos en cuanto lo acabas, hasta que se vaporiza en ese vaho lector que impregna cada una de sus páginas y nuestro pensamiento. Un lector, como es lógico, tiene lecturas diversas que lo llevan y lo traen de su zona de confort a su zona de riesgo. Así, Eloy Tizón ha ido de lecturas “incómodas, perturbadoras” a otras “agobiantes y enfebrecidas” pasando por “lecturas absorventes y plenas”, difíciles, estremecidas, apasionantes, “inteligentes y decantadas” … y nosotros con él de la mano.

            Afirma Eloy Tizón en la página 190 que “Ser un clásico significa algo distinto que ser académico. Clásico es aquel artista que sigue empeñado en importunarnos, espolearnos, invadir nuestra intimidad y colonizar desde la tumba nuestros sueños hasta que logra imponerse y corregir nuestra mirada”, y hacia ese territorio camina Eloy Tizón. Si no lo es ya está cerca de convertirse en un clásico vivo, y para comprobarlo sólo tenemos que asomarnos a Herido leve o al resto de sus libros (Técnicas de iluminación, Velocidad de los jardines, La voz cantante, Seda salvaje, Parpadeos…). Una labor, la suya, que demuestra que es un escritor tocado por la magia inagotable de la literatura. Con pinceladas de historiador, de biógrafo, de cinéfilo, de crítico, de testigo lector… así va tejiendo la “naturaleza viva” de Herido leve.
“Entiendo por relato moderno aquel en que el texto no solo cuenta, sino que también se cuenta. No solo muestra, sino que también se muestra…” –revela en la página 456. Mientras nos expone sus lecturas él mismo se cuenta, mezclando notas biográficas de los autores con su propia biografía hasta hacer un tapiz existencial que va más allá de la mera enumeración (como cuando nos cuenta la forma en que se enteró de la muerte de Cortázar –p.88). Son muchos los párrafos en los que Eloy se autorretrata hasta hacerse una radiografía no solo literaria (cosa que se agradece en un tiempo tan propicio a la autocensura como éste), como cuando opina sobre “la lógica militar”, o cuando lo hace sobre Lenin-Stalin-canibalismo-La Perestroika y sus nostálgicos, el nazismo, Vietnam, o sobre África y el Apartheid…, por poner algunos ejemplos.

La lectura no nos hace mejores ni nos redime, por supuesto, y máxime cuando sabemos que “Stalin leía libros. Muchos. Igual que Hitler o Pinochet y que otros tiranos” –p. 287. Pero sí, la lectura es subversiva y por ello se han quemado bibliotecas a lo largo de la historia en un intento por controlar el pensamiento humano (desde Almanzor pasando por Alejandría hasta nuestros días, con los incendios y cortafuegos más virtuales de internet), ese es el gran poder de la lectura, que es capaz de cambiarnos, por eso hay quienes temen tanto a los libros que están dispuestos a prohibirlos o esconderlos. Herido leve nos demuestra que la herida de la literatura sí puede ser mortal, propiciatoria, revolucionaria, liberadora… casi una inmolación personal que todo escritor-lector vive en algún momento de su existencia, como “El acomodador” que busca y sigue la luz, la luz comensal de la palabra.

            A estas alturas que más se puede decir de este libro, que Herido leve está lleno de “ternura herida” y “de conciencia herida”, que es un libro nutriente que regenera, un libro útero que nos atrapa en su líquido amniótico y nos contiene como seres humanos y como lectores. Un libro que hace de la reencarnación lectora un hogar y un refugio, ya que “la literatura nos convierte en otros. Todos tenemos la necesidad de ser otros, bien sea leyendo o escribiendo o ambas cosas” –afirma en la página 75. El mérito de Eloy Tizón en Herido leve (un autor, cuya prosa es capaz de provocarnos un “segundo nacimiento” “esquivando el riesgo del narcisismo”) radica en que hablando de la “estatura literaria” de los grandes él mismo consigue hacerse otro gigante más, a la misma altura de la memoria lectora que propone. Y es que para bien o para mal, pero siempre por suerte “el tiempo también lee, y nos lee, a favor o en contra”. Herido leve: Un libro referente, de atril y mesita de noche, para tener siempre a mano como un vademécum o un libro de horas.


Custodio Tejada

Opiniones de un lector

Septiembre 2019


Nº 487 GRANADA COSTA. 31/08/2019. Pgs. 38 y 39