miércoles, 17 de enero de 2018

SI QUISIERAS PODRÍAS LEVANTARTE Y VOLAR de José Carlos Rosales. Bartleby editores.

SI QUISIERAS PODRÍAS LEVANTARTE Y VOLAR de José Carlos Rosales. Bartleby editores. 75 páginas, 25 secuencias de un solo poema y una nota final.


SI QUISIERAS PODRÍAS LEVANTARTE Y VOLAR de José Carlos Rosales. Bartleby editores. 75 páginas, 25 secuencias de un solo poema y una nota final.

Dice Steiner que, “la crítica literaria debería surgir de una deuda de amor”, cosa que no siempre sucede, sino que muchas veces proviene de la envidia y la maledicencia. Aunque lo que voy a manifestar solo llega a una simple opinión de lector, sí puedo asegurar que surge sin ninguna mala intención, antes al contrario, brota desde la admiración. El primer libro que cayó en mis manos de José Carlos Rosales fue “El precio de los días”, allá por los años 90 del siglo pasado, siendo yo estudiante en Granada. Un primer contacto que me convirtió en un lector asiduo de su obra.

Cada autor, en su discurso poético, esboza un tipo de paisaje, unos lo hacen más rural o más urbano, otros buscan el misticismo de la cotidianeidad o el destello de la sorpresa… El caso es que cada cual describe un paisaje que lleva a un territorio más íntimo, y que lo sitúan a uno y a otro lado de la palabra convertida en frontera del silencio y en estado de conciencia.

José Carlos Rosales, este buzo incorregible que, sabe lo que vale el precio de los días y la luz de los faros, está siempre pendiente del horizonte que le circunda, de sus mínimas manías y de la nieve blanca de Sierra Nevada que la impregna con ese movimiento lento del desierto y la arena y del eco de la Alhambra hecha palabra, pero también del asfalto y las gasolineras; todo destilado desde un corazón que late poemas a Milena y busca la geografía confortable que proporciona el aire de los mapas y la sorpresa cotidiana de un paisaje: La ciudad, que al final nos conduce a otros paisajes más íntimos y existenciales que demuestran que sigue vivo, y que funcionan como unas constantes vitales de su obra.

En el magistral estudio-prólogo titulado “El lugar de las cosas” (página 9 y siguientes) que aparece en la antología poética “Un paisaje” de la Editorial Renacimiento, Erika Martínez (con su esclarecedor modo de decir las cosas) nos habla del “terror onírico” que habita los poemas de José Carlos Rosales, y de que en ellos “el espacio ha perdido sus coordenadas”, ya que “Rosales cultiva a su manera el género fantástico”. Añade otras perlas que alumbran el conocimiento de la poética del autor como: “Su viaje, a través del tiempo…, combina la indagación simbólica del analista con una fuerte deriva existencial”, para nuestro autor “pareciera que el pasado tiene vida propia, que se resiste a morir y siembra el presente de cenizas, hojarasca, residuos de su vida plena. Pero soplar ascuas hiere”, en él “cohabitan la mística de la intemperie… y la sordidez del capital…”, añade que “su escritura cabalga sin perder el paso, con un ritmo envolvente”, o que  “sus versos de autopista avanzan con una cadencia de largo aliento, y pasan sin prisas” “hasta convertir el espacio en un cauce de pensamiento”…

Como “nada puede encontrarse/ pensando que no existe aquello que se busca” –nos dice Rosales en la página 30, hay que comenzar la lectura de este poemario sabiendo que estamos ante un poeta de casta. La escritura del libro hace protagonista al lector, pronto identificado con aquél, el autor, en esa segunda persona con la que narra su viaje. En la contraportada se nos avisa para hacer hincapié del “trasfondo del poema”, donde hay “sutiles presencias de grandes maestros” como Blas de Otero, Miguel Hernández, Félix Grande, Luis Cernuda… Se nos dice también en la contraportada de este poemario que, “se trata de un solo poema que, dividido en 25 secuencias, “narra” en segunda persona, la fuga improvisada de un hombre durante una monótona tarde de agosto. Poesía urbana, vivida con una gran carga emocional.” Así se te conjura para el vuelo, desde el principio las alas (como metáfora de la libertad) acompañan el viaje desde fuera hacia adentro, desde la experiencia de la fuga al interior del aire más metafísico, atmósfera que todo lo envuelve. Desde las citas que abren y dan la bienvenida al libro ya percibes que hay una intertextualidad a la que debería atender el lector que se atreva a deambular por las páginas y los versos de “Si quisieras podrías levantarte y volar”, sugerente título que exhorta la voluntad del que lo lee. Citas con las que intuyes que los ojos y el alma entera del poeta son el observatorio donde el “hábito de ver y mirar” convierten al autor en un esteta del instante.

El último verso de la segunda secuencia, titulada El timbre de la puerta, coincide con el título del libro, pero escrito en primera persona: “si quisiera podría levantarme y volar”; mientras que a lo largo del libro se repite el título, con leves variaciones, como si fuera un mantra o una especie de antífona o estribillo que atempera el largo poema escrito en 25 estaciones o miradores. El lector pasa las páginas como si al girarlas “se pudiera cambiar de itinerario” –nos dice en la página 66, pero el poeta no nos deja, nos lleva por donde él quiere, con esa técnica escapista que tiene el libro del yo al tú y viceversa. Con poemas largos que huelen a Cernuda, que suenan a salmos urbanos, casi retratos costumbristas que navegan entre la épica y la lírica, más propios de un Ulises improvisado que pasea, en un mes de agosto, en busca de su yo a través del tú, en el que se encuentran autor y lector; porque es a través de la otredad como se llega a sí mismo y con la que pretende eludir la soledad hasta que, como un gran Houdini, se hace desaparecer en un golpe de efecto final que te deja una sensación de ilusionismo en estado puro; porque cuando “miras el goteo/ ploc-ploc/” del poema en tu cabeza, el poeta, refugiado en su silencio, te hace testigo del mundanal ruido lleno de motores que son, al fin y al cabo, la banda sonora de este libro.

Pareciera que el poeta escribe para dejar testimonio de una época y una geografía urbana, para reflejar el paisaje que le ha tocado vivir de móviles, autopistas, la ciudad, el coche, grúas, ascensores, gasolineras, periódicos… La soledad impregna el libro que va “de tu casa a tu coche,/ de tu coche a la calle,/ de una calle a otra calle,/”, quizá porque “todos los sitios son el mismo sitio”: La Palabra, como vértice que sustenta todo el trayecto purificador del libro. Sin la palabra José Carlos Rosales hubiera estado incompleto y solo, ya que la palabra lo ha salvado de la incomprensión y de la inmovilidad, alcanzando así la consciencia de su ser y de su estar en el mundo.

Hay versos que actúan como puentes intertextuales y que nos recuerdan otras orillas, “sutiles presencias”: “vas de tu corazón a tus asuntos” en la página 17, “antes de que el gallo cantara” en la página 26, “(mi casa, mi teléfono)” en la página 43, “vuelva por la mañana” en la página 54…

Las distintas secuencias de su único poema, que funciona como un cortometraje donde poesía y cine se dan la mano, están llenas de enumeraciones, de retahílas de pequeños sucesos y productos que funcionan como mantras de la vida urbana, y con las que repasa las estanterías de las farmacias, tiendas, supermercados, gasolineras… para inmortalizar el momento y convertirlo en recuerdo. A veces “in media res” como en La nieve blanca, a veces en segunda persona como aquí, José Carlos Rosales es un poeta que le gusta recurrir a los artificios/artefactos literarios para armar su poética y para realzar su mensaje y su mirada, ya sea desde una posición más minimalista o desde otra más narradora. El poeta surca el poema desde el desengaño, una seña de identidad en su obra. Rosales deja sus coordenadas (tanto históricas como biográficas) delicadamente escondidas pero siempre presentes. Su tiempo y su conciencia siempre afloran en los destellos del poema, y por extensión  en su estilo, siempre al borde del existencialismo y de la introspección; siempre en el límite del autorretrato y el retrato vía encabalgamiento de la época-memoria-conciencia. Y es que quizá, los versos de cualquier poeta, y en especial de José Carlos Rosales “solo son testimonios,/ material de museo,/ sopor, arqueología./” –nos dice en la página 26. Hay poetas que se visten con ropajes propios o prestados y poetas que se desnudan,  José Carlos juega al despiste.

Utiliza sucesos cotidianos para llevarnos a esferas más metafísicas y existenciales: “tu coche se lo llevó la grúa/ igual que se han llevado tu vida la desgana/ o la inercia, y no queda/ nada que defender/” –nos plantea en la página 30. Al leer sus versos procuras que “tus pies encajen en la (linealidad) del (poema)” para conocer la poética marcadamente urbana de este libro, porque “no hay que entrar en un sitio/ sin saber dónde entras” –nos advierte en la página 32. Cuando lees a José Carlos Rosales parece que estas de viaje, descubres e imaginas “que otro sitio hay/ en algún sitio esperándote”. Las coordenadas de sus versos, marcadas más allá del tiempo y del espacio, conducen a lugares más remotos de los que intuyes a primera vista, “sitios a los que nunca has ido” y de los que “nunca se regresa” exactamente igual que cuando fuiste, ya que descubres que “todo sigue lo mismo y todo es diferente”.

El deseo de levantarse y volar es el nexo que une el poemario entero, sin embargo, el poeta lo que hace es descender a los “sótanos o túneles” del ser y de la calle, “esos pasadizos sin llave” que están detrás de las palabras y dentro de los silencios.

El libro te absorbe como un desagüe, te traga “gluc-gluc”, “traslada con brío/ desechos o despojos” y nos avisa de que “te volverás basura/ si llevas la contraria”. Hasta cierto punto resulta algo claustrofóbico y agobiante, por lo que de reiterativo tiene. Y además el coche que, convertido en símbolo de todas las derrotas y de todas las pérdidas, funciona como metáfora de una época y de una conciencia que está al borde del naufragio y “de un tiempo que se esfuma”, de una huída a ninguna parte.

A pesar de que nos dice en la página 39 “tú a nadie le interesas”, no es cierto, José Carlos Rosales y su libro “Si quisieras podrías levantarte y volar” interesa y mucho, a los lectores de poesía, ya que se preserva y nos preserva en su “bosque de palabras”.



Opiniones de lector
Custodio Tejada
4 de Enero de 2017


Granada Costa. Nº 467. 31-11-2017


Wadi-as Información. Año2. Nº 38. Enero de 2018




Opiniones de lector
Custodio Tejada
4 de Enero de 2017



sábado, 13 de enero de 2018

¿QUIÉN TEME A THELMA Y LOUISE? De Mónica Doña. Editorial Renacimiento

¿QUIÉN TEME A THELMA Y LOUISE? De Mónica Doña. Editorial Renacimiento.


¿QUIÉN TEME A THELMA Y LOUISE? De Mónica Doña. Editorial Renacimiento. 24 poemas y Dedictorias.


            Dice Enrique Gracia Trinidad: “El más grave problema que tienen los lectores de poesía es que, como se descuiden, el poema les cuenta su propia historia. Conflictivo eso de verte reflejado en los papeles sin haber tenido arte ni parte.  Por eso, el común de los mortales le tiene cierta aprensión a los poemas.” Pues este libro de Mónica Doña habla especialmente de nosotras y también de nosotros.

           Ya desde la portada y desde el mismo título (que hace referencia a una película de culto para el feminismo y que tuvo el aplauso de muchos por la forma en que trató la violencia de género) el poemario te predispone para vivir una intertextualidad histórica, cinematográfica y emocional sin límites, con ese coche volando por el cielo (un Ford Thunderbird modelo 66 conducido por Mónica Doña) en busca de la libertad y la dignidad de todas las mujeres. La cita que abre el libro, de Rosario Castellanos, es toda una declaración de intenciones y de principios.

            En el libro todo es femenino, la mirada y también el pensamiento. Todas las citas que aparecen en él son de mujeres y hasta las dedicatorias finales son para ellas, para doce compañeras de viaje. Los latidos que mueven los batanes de la lírica de Mónica Doña parten de una sensibilidad exquisita y claramente femenina, que apuesta de manera decidida por su esencia de mujer que ansía vivir en igualdad de condiciones.
  
          Según Trinidad Gan este poemario “¿Quién teme a Thelma y Louise?” es “una excelente road movie por el territorio de la palabra, por las afueras de la condición femenina, por el paisaje interior de cada uno de nosotros.” Mónica Doña es una poeta cuya poesía “opta siempre por la claridad y la conexión con la realidad”. En la página web del Centro Andaluz de las Letras podemos encontrar las siguientes letras capitales para desentrañar su significado: El libro “es una búsqueda de lo femenino a través de la huella que dejaron mujeres singulares que figuran en la historia. Y, a su vez, es una reflexión sobre la llamada guerra de sexos y sus conflictos profundos que lleva al sujeto poético a una huida hacia delante, una escapada con el objetivo de encontrar un lugar más amable en el mundo, lo que supone una reinvención de esa construcción social que llamamos feminidad.”

           Leyendo a Mónica Doña, esta “mujer-sofá” que se siente libre mirando las musarañas del techo, descubres que es una de esas mujeres que han decidido dejar rastro y darnos en ofrenda su punto de vista, en definitiva, escribir su propio relato de las cosas. Ella se erige en protagonista de su propia biografía para reivindicar su lugar en el mundo, su voz dentro de la poesía y de la historia, porque ella no quiere ser “una mujer subterránea” ni una sombra; sino que desea ser un astro que brilla con luz fluorescente y elige su propio destino, porque nuestra poeta es una “sirena-roca” que “ama riendo”. Y es que, como si fuera un selfie literario, Mónica Doña nos ha regalado con mucho arte esta “road movie” poética.
  
          La mujer es la verdadera protagonista de este poemario donde, convertido en un film lírico o en un viaje iniciático, todo tiene un por qué y todo responde a un código secreto previamente fijado y diseñado: dar la voz a las mujeres a las que tantas veces se les ha hurtado. Desde el principio aflora la rebeldía, el deseo de cambio y transformación como hecho revolucionario: “y cambiaste tu alma/ por espada de Arcángel” –nos dice en la página 13.

            Es un poemario dividido en tres partes. La primera titulada “Femenino y singular (la huella)” compuesta de ocho poemas. La segunda titulada “Tiempo muerto (la captura)” con otros ocho poemas. Y la tercera titulada “Mujeres al cabo (la escapada)” también con otros ocho. Esta distribución guarda una estructura de relato-novela o película, o sea, tiene una exposición, un nudo y un desenlace claramente definidos. No sabemos si el número 8 significa algo concreto para nuestra autora, pero sí podemos decir que el número 8 bendice este libro y que el significado de éste número está relacionado con el poder, la energía, la realización y la perseverancia. El 8 simboliza la transición entre el cielo y la tierra. Para la Iglesia Católica es el número de la resurrección, de hecho, el 888 es el número de Jesucristo (¿Habrá buscado el paralelismo del mesías salvador con el feminismo de salvación?). En el Tarot, el arcano número VIII es la justicia y se representa con una mujer de gesto severo, o sea, el mundo objetivo y el equilibrio de las energías (¿se referirá Mónica Doña a las masculinas y femeninas?). Lo que pone de manifiesto el mundo mental y espiritual del que goza Mónica Doña, la gran sacerdotisa de este magno poemario. “Tal vez la magia sea/ este pequeño signo,/ este número ocho, que se tiende/ y el poema susurra la palabra infinito…” –nos dice en la página 64. Se puede leer también en la página 67: “La mirada imposible/ ante ocho kilómetros de playa” o “Somos ocho risueñas fugitivas”, de las que siete (más la autora ocho) integran “Mujeres al Cabo (la escapada)”; las cuales se funden con las otras ocho de la primera parte del poemario, yendo su relación mucho más allá de la mera intertextualidad y de la poesía, quizá en una unidad de destino.

En la primera parte acude a la historia para encontrar la huella y a partir de ahí iniciar su viaje literario, aparecen personajes históricos (“ocho mujeres, ocho” como “toros” embisten): Juana de Arco, Rita Hayworth, Billie Holiday, Teresa de Ávila, Cleopatra, Coco Chanel, Madame Curie y Frida Khalo (convertida en diosa crucificada y en símbolo del feminismo liberador). Ocho amazonas del talento femenino, todas ellas igual que nuestra autora hijas de la metamorfosis, de la ironía y de la rebeldía. La mismísima Cleopatra (por boca de Mónica Doña) nos exhorta diciendo: “mi belleza/ es un mito diabólico, un lujo de la historia que hiere sin piedad/” –podemos leer en la página 20. Poniendo el foco en que a la mujer siempre la miramos desde la esclavitud de la belleza y no desde la libertad de sus muchos otros valores. Y precisamente porque es hija de su tiempo, Mónica Doña nos confiesa a través de la voz de Teresa de Ávila que: “Hoy me siento muy sola, y cada vez le tengo más miedo a las alturas” como tantas mujeres. Mónica Doña tiene algo de todas ellas, aunque solo sea por haberlas convocado. Un libro, por tanto, para estar atento a las sugerencias y a los matices que la lectura provoca. La segunda parte, aderezada con recuerdos más íntimos y personales, aprieta el nudo del poemario entre juegos prohibidos (de culpas y remordimientos) y transformaciones de una mujer que descubre que todo lo que se sueña tiene un precio. El mar con su vaivén de fondo nos acoge en la tercera parte, no cualquier mar, sino el mar del Cabo de las Ágatas en Almería; y es allí donde sucede el desenlace del libro: “Ocho lobas dispersan los rebaños”, “ocho gatas en celo” “guardan… un útero de roca” “de ocho mujeres vivas y enlazadas/ para que el (la) mar-montaña/ rescate el horizonte femenino” –nos confiesa en la página 51. Ocho amazonas transformadas por el rito del fuego y las palabras que se hacen “nuevos gritos” y “cantos nuevos” “hasta formar anillo” y “echar a correr”. 

Para mí el gran acierto de este libro está en el modo y en la forma de contar el mensaje que quiere transmitir su autora. Podría decirse que “¿Quién teme a Thelma y Louise?” es una caja de resonancias, un poemario/púlpito (sin connotaciones peyorativas) lleno de ecos y voces que retumban con voluntad mediática y aleccionadora.

Al leer a Mónica Doña algunos versos conducen a la sonrisa vertical de Ana Rosetti que a veces también se torna en horizontal hasta suplicar “menos testosterona, por piedad” –nos dice en la página 40. Con el poema “El beso de Klimt” la écfrasis va más allá de la mirada de los museos, nos lleva al interior de la feminidad y de la época que le ha tocado vivir, y es así como nos seduce la reflexión del “amor al borde del abismo” y del “tiempo muerto”. Thelma y Louise se juntan con Javier Egea en el mismo destino y en la misma esperanza, lo mismo que Mónica Doña y Javier Egea se unen para hablar de sus cosas una tarde en la Isleta del Moro.
      
           El libro, en cierta medida desprende un aspecto lúdico y creativo (a imagen y semejanza de su autora), de reconstrucción poética, de crisálida literaria en la que obra la metamorfosis de las imágenes en palabras. Hubiera sido espectacular que la arquitectura del ocho (por lo que el poemario tiene de logia literaria o cripticismo) hubiera poblado también los versos, sin embargo, predominan los heptasílabos y los endecasílabos, como es lo normal y lo contemporáneo, dicho sea de paso.
    
        Cuando nos dice “¿Quién teme a Thelma y Louise?” la verdadera pregunta que nos plantea la autora, a modo de reflexión intrínseca, es: ¿Quién teme a la mujer y por qué?, y las respuestas nos la dan las mujeres que pueblan el libro. Pero habría que entender la pregunta como un desafío que no espera respuesta, porque en el fondo es una afirmación de valentía que recurre a la ironía para explicarse.

Y aunque Thelma y Louise, según nos dice Callie Khouri, “Volaron fuera de este mundo porque nuestra sociedad todavía no es lo suficientemente grande como para apoyar a las mujeres que se han liberado de todas sus cadenas”, sin embargo, Mónica Doña se ha quedado aquí para escribir este libro y para tratar de poner su grano de arena en la lucha que las mujeres tienen con la historia y en la deuda que ésta tiene con ellas.


Opiniones de lector
 Custodio Tejada
12 de Enero de 2018


Opiniones de lector
Custodio Tejada
12 de enero de 2018

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WADI-AS. Periódico informativo de la comarca de Guadix. Nº 40. Marzo de 2018


martes, 5 de diciembre de 2017

1ª.- LA CIUDAD (Antología poética 1985-2014) Editorial Renacimiento 2ª.- PEQUEÑOS INCIDENTES (Antología poética) de Karmelo C. Iribarren. Editorial Visor.

1ª.- LA CIUDAD (Antología poética 1985-2014) de Karmelo C. Iribarren. Editorial Renacimiento. 274 páginas, un prólogo “Cuando la ciudad duerme”, un epílogo y 204 poemas.

2ª.- PEQUEÑOS INCIDENTES (Antología poética) de Karmelo C. Iribarren. Editorial Visor.  240 páginas. 177 poemas, con un prólogo “Poética de un paseante con paraguas”.


1ª.- LA CIUDAD (Antología poética 1985-2014) de Karmelo C. Iribarren. Editorial Renacimiento. 274 páginas, un prólogo “Cuando la ciudad duerme”, un epílogo y 204 poemas.


2ª.- PEQUEÑOS INCIDENTES (Antología poética) de Karmelo C. Iribarren. Editorial Visor.  240 páginas. 177 poemas, con un prólogo “Poética de un paseante con paraguas”.

            Que vayas a una librería y en sus estantes encuentres no una sino dos antologías (de distintas editoriales) de un autor vivo es algo poco frecuente y llama la atención. Cuando a un autor se le acumulan las antologías es porque ha llegado al culmen de la excelencia y porque ya amontona obra a sus espaldas y años en su cuerpo. Y si además está “apadrinado” en prólogos y críticas por los mejores “popes” de nuestra literatura reciente, eso lo sitúa al autor en un lugar casi sagrado o privilegiado dentro del panorama poético nacional.  La primera de ellas, la antología de Renacimiento, va ya por la tercera edición (ampliada y revisada) y llega hasta 2014, con una selección de inéditos incluida. La primera edición es de mayo de 2002, cuyo prólogo estuvo a cargo de Vicente Tortajada, en la segunda (en abril de 2008) quien se encargó de las consideraciones introductorias fue Joaquín Juan Penalva  y en la tercera (de mayo de 2014) el prólogo “Cuando la ciudad duerme” está firmado por José Luis Morante, donde también aparece una introducción en la solapa del libro de Abelardo Linares. De la segunda antología, la de Visor, aparecida en 2016, que ya va por la segunda edición (marzo de 2017), tiene un estudio introductorio titulado “Poética de un paseante con paraguas” del mismísimo Luis García Montero, que mide las palabras y tiende la mano, y en la que aparece su penúltimo libro “Haciendo planes” (2016), porque en 2017 ha aparecido el último hasta ahora, “Mientras me alejo”, y que es el único que no aparece en dicha antología.

            Cuando uno comienza la lectura de un libro “Hay que estar preparado para lo peor/ y disfrutar de lo bueno. Esa es la fórmula” –nos dice en la página 48. Así que seguí el consejo y continué mi viaje lector entre sus páginas como quien busca un camino que no tiene por qué coincidir con el del autor, solamente; para buscar “una pizca de luz” o la mejor interpretación y cuidándome mucho “de los que siempre/están detrás.” –como nos advierte el propio Karmelo.

            Toda antología, además de un conjunto de poemas seleccionados, son también un compendio de vivencias y de momentos, que así ordenados y sacados fuera de su contexto natural “adquieren/ otros matices” y otros significados al interrelacionarse de otra manera, al establecer nuevos vínculos entre los mismos poemas; al penetrar en ellos  sientes que hay “momentos que no tienen precio” –podemos leer en la página 71.

            Dice Luis García Montero: “La obra de Karmelo contiene uno de los mundos más ricos de la poesía española de hoy”. “El pensamiento de Karmelo es escéptico y está definido por el pesimismo”. José Luis Morante dice sobre la poética de Karmelo que “El poema entonces se hace crónica, apunte costumbrista en el que la sorpresa encuentra un hueco”, la suya es “una poesía vigorosa y precisa para captar la esencia, emotiva y sin adornos verbales, oportuna y cercana”. Abelardo Linares afirma que “es un poeta que no condesciende con la vacuidad ni la palabrería, quizás porque ha aprendido a creer en la poesía con minúscula y a descreer de las poéticas con mayúscula”. Mientras que Luis Alberto de Cuenca dice del último libro de karmelo C. Iribarren “Mientras me alejo” que “es tan sabio, sencillo, efectivo y emocionante como los anteriores.

            Si abres la antología  La ciudad, de Renacimiento, lo primero que te vas a encontrar es una fotografía del autor con un letrero sobre su cabeza que pone hotel; sinestesia que, de repente te hará sentir como una especie de turista-lector que durante algún tiempo (lo que dure la lectura o más, porque sus poemas tienen la persistencia de los buenos vinos) se va a hospedar entre sus páginas/habitaciones para callejear por sus poemas en un viaje que ya veremos adonde conduce.

 Como un gato, Karmelo “mira, observa, escruta” “las ciudades, sus plazas,/sus calles, sus esquinas/”, sus bares, sus pequeños incidentes que se hacen cataclismos de la cotidianeidad. La vocación urbana del autor pronto queda de manifiesto. Con San Sebastián-Donosti al fondo de cada palabra que “está hecha de barro y luz” y que ha recorrido de punta a punta durante más de 30 años (nos dice en las páginas 130 y 174) Karmelo viaja de la contemplación de lo que le rodea a la introspección de sí mismo, de la mirada inhóspita del exterior a la reflexión sagaz, irónica y crítica de su yo poético. Karmelo está dotado especialmente para la observación de la que exprime su poesía, a veces más épica que lírica y como poeta se plantea el sentido de su vida, cuya medida exacta la encontramos más cerca de la incertidumbre que de la certeza porque sabe lo que es una “racha de viento helado” que lo “reconcilia con (su) pequeñez” –apunta en la página 124.

Karmelo, con su característico sentido del humor, se autodefine como “un tipo sólido, sobrio, serio/ de los que ya no se ven”, como vasco que es: “Tanta hostia y tanto colorín”… nos dice en la página 134. A Karmelo me lo imagino, con ese aspecto de personaje de novela negra, envuelto en una espiral de humo, ceniceros y paquetes de cigarrillos mientras vive, escribe y atrapa el lado más sórdido de la existencia, transformando lo prosaico en excelente poesía que surge de sus “resacas” líricas o reales. Karmelo es un testigo, un poeta fedatario de la condición humana y urbana. Un poeta cosmopolita que, ya sea desde calles y plazas, desde los bares, subido en un autobús o asomado a la ventana de su casa da fe de la existencia que le ha tocado vivir. Karmelo es un poeta distinto, que situado en algún lugar entre medias de Bukowski  y Baudelaire afronta su poética con idéntico descaro, incluso con dejes pictóricos y cartelistas sus princesas le seducen en sus poemas-estampas a lo Tolouse-Lautrec. Irónico y con cierta mordacidad, sabe que la verdadera función de la poesía para que no haya “heridos de importancia” pasa por ser fiel a sí mismo y a su poética, alejado de modas-escuelas-tendencias y demás ambientes viciados (literariamente hablando).

Con maestría cuenta lo justo para convertir un suceso cotidiano o estampa costumbrista (sin aparente importancia) en un alegato de principios y posiciones, de coherencia existencial.  Utiliza los versos justos y necesarios para construir el poema, sin rodeos ni divagaciones, él va al grano y prescinde de lo superfluo. Escribe preferentemente versos cortos y poemas breves y escuetos (casi cabales), sin rima, donde prima más la melodía del significado que la del significante, versos que te cogen “por el cuello” y te llevan “al límite” de la reflexión y de la contemplación. Es un maestro en “el manejo de la lengua”, su lenguaje sencillo así lo corrobora. Y es que “parafraseando de alguna manera” unos versos del propio Karmelo “La poesía/ de cada poeta/ debería importarle a alguien”, y más si es un poeta de la talla y coraje como Karmelo C. Iribarren, ya que su poética es “Nada, sólo eso, la vida, la poesía de un miércoles cualquiera” –nos dice en la página 114.

Nuestro poeta, descreído y desengañado, recuerda con nostalgia su inocencia perdida, aquellas ganas “de cambiar/ el mundo” y que ahora se conforma “con dejar de fumar” simplemente –nos confiesa en la página 68. El va por su camino con su poesía a cuestas, no le interesan  los aplausos ni las “demás zarandajas”, como nos apunta en La función de la poesía de la página 29. Lo que de verdad le gusta a este poeta cazador de momentos es sentarse en plazas-calles-bares… “a verlas pasar” las horas, los coches, las gentes, la vida… -nos dice en la página 31. En sus poemas nos encontramos, a modo de hitos, un reguero de intertextualidades que complementan la lectura y la enmarcan en una interpretación más rica. Aparecen Durruti, Jesucristo, James Dean, Raquel Welch, Roger Wolfe, de copas con Cioran, Harry Whittington, Chandler, Baroja, Abelardo Linares, Johne Wayne, Francisco Diaz de Castro etcétera.

En el poema “Tu padre se ha ido de viaje” (página 36) nos abre su alma de par en par y nos deja entrever el vacío que le quedó, y que en cierta medida le persigue a lo largo del libro, y que le enseñó “que la vida iba en serio” (página 159). Karmelo, que lleva con honra el sambenito de poeta, sin alharacas ni postureos, pero sí con la seguridad de quien escribe con el alma y el aliento está especialmente sensibilizado para darse cuenta “de la trampa, del fraude” que supone la vida y sus fracasos especialmente. Como un escultor de palabras cincela el tiempo con letras/espejo en las que también nos reflejamos nosotros, como lo podemos comprobar en el poema Vidas de la página 83, entre otros.

Su epicentro vital es Donosti, pero (como buen cicerone) a veces nos hace viajar a otros lugares como Barcelona, Sevilla, Lisboa, Paris, Madrid, Pekin, Bayona, Peñiscola, Zaragoza… lo que nos confirma también que es un poeta viajero. Su lírica/testimonio es un viaje/péndulo que va desde la felicidad de un cigarro y una “cerveza: en su punto/” al… “pobre viejo/ hurgando en las papeleras” dejando en evidencia la ambigüedad en la que vivimos. La noche y los bares le seducen por igual, y es la noche, quizá, su mejor refugio y también su mejor derrota, los bares son su paraíso aquí en la tierra; porque leer a Karmelo C. Iribarren es atravesar un páramo ebrio de lirismo atribulado “… sin ningún/ remordimiento de conciencia” que te asombra con cada poema-escena, y es que sus versos te dejan la sensación de que “esto es la vida”, un espejismo, y él lo cuenta (con su desparpajo sencillo y directo) para deleite y disfrute de todos, para testimoniar la cotidianidad del tiempo, “no hay más”, “así de cómico,/ y así de trágico” es Karmelo y su poesía –se dice en la página 68. Siempre escribe al borde o en la frontera de la intemperie y del abrigo, justo en el límite de la derrota o del momento feliz y fugaz, de lo habitual y lo deslumbrante. Sus poemas son estampas costumbristas de naturaleza urbana que funcionan como si fueran bodegones publicitarios o simples carteles pegados en marquesinas.

Nuestro poeta antes que “el nobel, el cervantes/ el príncipe de Asturias” prefiere la mirada de un lector que le solicita unos poemas para una revista –nos dice en la página 90-, lo que nos retrata su carácter. Algunos poemas podrían leerse como magníficos microrrelatos (ya que se mueve en un terreno polivalente y fronterizo muchas veces), por ejemplo “La estampa nocturna” de la página 86, “La cháchara” o “Bar Etxekalte” en la página 137. Encontrarás versos memorables como los de la página 98 o 102: “solo ella es capaz/ de sacarle esa música al cemento” o “ser libre/ no es lo mismo que ser feliz”, “la soledad es eso,/ ahora lo sé:/ lo que hay/ antes y después de tu nombre” –dice en la página 173.

El tema que enmarca toda su poética es la ciudad, retratos de la vida urbana (trenes, coches, autobuses, calles, bares, ventanas, balcones, plazas… hasta un simple periódico puede protagonizar uno de sus poemas); pero también la memoria y su nostalgia: postales de la infancia, la historia, el amor pasajero o no, las mujeres, los paraguas, los vagabundos… para él todo es y todos somos poesía.

Con estas antologías de Karmelo C. Iribarren, La ciudad o Pequeñas incidencias, realizarás una multitud de viajes, todos ellos llenos de itinerarios sumergidos e íntimos; porque Karmelo (dentro de estas páginas) es una especie de Ulises/Robinson Crusoe urbano. En ellas autor y lector se funden, ya que brillan como una Ítaca Donostiarra, singular y costumbrista al más puro estilo Barojiano, y donde Karmelo aguarda seguro de sí mismo: “¿Que te pone verde algún crítico? El tiempo le pondrá amarillo a él.” –advierte en la página 122. Nuestro autor también aborda la metaliteratura en sus poemas “que sirven para ir/ y para volver/ de ninguna parte a ti mismo,/ o al revés” –apunta en la página 124.Y como él mismo le dice a la poesía y lo reconoce en la página 221: “Si no te hubiese conocido/ mi vida sería otra”, pero por suerte para todos tropezaron la una con el otro, y hoy tenemos para nuestro deleite los frutos de su romance: una vida azarosa que se ha hecho literatura de la buena. Lo mismo que le pasará a cualquier lector si abre alguno de sus libros y pasea por ellos.

Opiniones de lector

Custodio Tejada

5 de diciembre de 2017




domingo, 26 de noviembre de 2017

EL HORIZONTE HUNDIDO de Alejandro López Andrada. Editorial Hiperión

EL HORIZONTE HUNDIDO de Alejandro López Andrada. Editorial Hiperión. 122 páginas, 87 poemas, un prólogo y una nota final.


EL HORIZONTE HUNDIDO de Alejandro López Andrada. Editorial Hiperión. 122 páginas, 87 poemas, un prólogo y una nota final.

En la primera página, como saludándote, una foto del autor situado en el porche de su casa (suponemos) te recibe en bermudas y te da la bienvenida como buen anfitrión que es, para que te sientas acogido y a gusto en su libro-casa “El horizonte hundido (poesía desreunida)”.

Hablar de “El horizonte hundido” de Alejandro López Andrada es hablar de una trayectoria poética o de un camino recorrido, como lo demuestra esta antología, ya que “reúne los poemas más esenciales e imprescindibles del autor”, como se nos dice en la contraportada del libro.

Cuando leemos una antología estamos leyendo una selección, o sea, el extracto de una obra mucho más amplia  y compleja, que sale de su contexto para interrelacionarse con otras piezas distintas, de otros libros y otros momentos poéticos-vitales del autor, y que a partir de ahí también conforman una nueva realidad interconectada e intertextual; ya que dota a los poemas “desreunidos” de una nueva capacidad de asombro y nuevas acepciones líricas. Cuando abres la antología de un autor como Alejandro te embarga la emoción de tener un “códice” entre las manos, una especie de mapa secreto, un mapa que te orienta por los senderos de un alma que se hace palabra como una forma de inmolación en pro de los lectores y de la literatura, una especie de transubstanciación del dolor y la alegría del poeta en lenguaje liberador. Cuando un autor se hace antología termina siendo otro desgajado de sí mismo, igual pero distinto; ya que su poesía “desreunida” y junta (de otra manera) interactúa entre sí formando nuevos códigos y ecos más largos, se metamorfosea más aún si cabe para aportar otra frescura “personal y auténtica” reconstruida con los mismos versos.

Ya desde el título “El horizonte hundido” nos predispone para un viaje aciago y duro. Desde “el perfil de la nada” intenta explicarse a través de las palabras y los silencios, y por contacto, también comprender el mundo y sus circunstancias, las de todos y las suyas propias.

Nos dice Antonio Colinas (en su clarividente prólogo) sobre la poesía del autor: “López Andrada trabaja con el lenguaje de la sencillez, con unas palabras limpias y claras…” o “Ha sido… fiel a su voz. (Ha ido) a contracorriente de los gustos o de las estéticas”, alejado “de las derivaciones culturalistas como de las realistas” y del “mundo literario”. Su poética rezuma una “naturalidad lírica”. También nos dice sobre él que escribe “una poesía que salva al que la lee”.

La suya es una poesía que mana de la experiencia y de la cotidianidad filtrada por el cristal de la memoria, donde como postigos “los olvidos también tienen su hueco junto a los silencios”. “Un haz de lejanía” es su nostalgia y son sus versos, que traen la voz de sus recuerdos, con un pecho enorme en el que cabe el mundo entero y todas las ausencias, las pérdidas, las derrotas y las tristezas; ya que la memoria es uno de sus grandes temas, la añoranza de un pasado arrebatado. Su poesía está llena de imágenes que detienen el tiempo y buscan el cobijo de las letras y nuestra complicidad. Como fotografías o estampas, a veces van en movimiento y otras están quietas; porque “sus ojos van como lentas nubes” oteando el azogue de las cosas y del tiempo, de los silencios y las heridas, de los paisajes y de “la verdad que nos vigila desde siempre” –nos dice en la página 34. Sus versos son ventanucos, puentes o desvanes donde el autor reverbera cada vez que los lees, y por donde entra el viento con sus fauces y sus garras derramando el olor de la naturaleza y el campo. Pareciera que escribe para dejar testimonio de una existencia perdida que se fue y a la que regresa asiduamente el poeta para beber de sus fuentes: “cadáveres suaves del ayer/ reliquias/de un pasado que aún regresa./ -nos confiesa en la página 43.

Alejandro López Andrada es un apátrida y un cazador de luciérnagas que transforma la sombra en luz, el olvido en palabras que dan fe de “la emoción abriendo la honda luna del sendero” que señaliza su lenguaje y su poesía (una poesía desreunida, la de este volumen, que no desunida) existencial y de testimonio que pasea por el campo y el hogar como universo creativo que lo enmarca todo.

El libro entero parece actuar como un solo poema, como una secuencia cinematográfica llena de matices y precisiones. El horizonte hundido nos muestra un estilo coherente “que recorre la blanca lentitud de la penumbra”, con una poética que rompe “los límites del tiempo” y sus costuras. Paisaje y tiempo son sus temas preferidos, pero como andamios para sujetar otros más íntimos como el amor, los recuerdos, la nostalgia, la vida rural y su trajín de sentidos y emociones, la libertad y la justicia y la historia filtrada a través de los ojos del poeta.

Intuyes, cuando lees, esa mirada del poeta y del padre juntos “que iba abriéndose/ como una mano blanca en la espesura” –nos dice en la página 69, como una voz derrotada que se resiste a desaparecer sin más y que busca la resistencia pacífica. Los títulos de los poemas, en algunas ocasiones son letreros-guías o cunetas que funcionan a modo de foco, unas veces conducen al texto que le sigue pero otras llevan  a  lugares situados fuera, al alma del poeta y sus silencios. Y es que nuestro autor cuando escribe “vuelve resucitado… del infinito, envuelto en una sábana de paz” –apunta en la página 75, porque de alguna manera, escribir para él es un acto purificador y reconstituyente, un acto de justicia, de remembranza y homenaje hacia atrás y de esperanza hacia delante, en un compás de ida y vuelta.

Alejandro López Andrada que “vive en la humanidad de las palabras” y en cuyo hálito “no arde el odio,/ ni el rencor” consigue que la poesía que escribe “entre sus rojos brazos” marche “en comitiva hacia la dignidad” de un alma limpia y un horizonte hundido “hacia el que se dirigen (siempre sus) pisadas” y sus versos para dejar huella.

Opiniones de lector
Custodio Tejada
25-11-2017



domingo, 19 de noviembre de 2017

EL MAR Y LOS SIGLOS de Josefina Martos Peregrín. Esdrújula Ediciones

EL MAR Y LOS SIGLOS de Josefina Martos Peregrín. Esdrújula Ediciones. 252 páginas, 38 relatos, un prólogo y un “Complemento Colofónico”.


EL MAR Y LOS SIGLOS de Josefina Martos Peregrín. Esdrújula Ediciones. 252 páginas, 38 relatos, un prólogo y un “Complemento Colofónico”.




No sé yo si conseguiré llevar esta opinión de lector al otro lado del espejo, “puesto que aquí, en este lado de la vida donde predominan los hablantes descuidados e imprecisos, miles de palabras bellísimas se mueren de aburrimiento y de abandono” –nos dice la autora en la página 244,  y es que ella es una enamorada del lenguaje, al que mima y cuida con devoción. Así que haré caso a su último consejo, el de la página 247 y comenzaré “el dulce expulgo”, examinando con cuidado y por partes.

Una nueva obra nos convoca esta vez, EL MAR Y LOS SIGLOS, de Josefina Martos Peregrín, autora con un bagaje literario muy respetable a sus espaldas. Josefina es poeta, escritora, pintora, fotógrafa… artista en el más amplio sentido de la palabra. Lo que nos ayuda a verla como es, una mujer formada con una sensibilidad especial y con un saber erudito. Madrileña de nacimiento, accitana durante algún tiempo y por tanto de corazón y granadina de residencia en la actualidad. Ha escrito varios libros de relatos, una novela, un poemario y ha sido incluida en numerosas antologías de poesía o relato.

Decía Friedrich Hegel: “El escritor no solo ignora quién es, sino que no es nada. Solo existe a partir de la obra, pero, entonces, ¿cómo puede la obra existir?” Por tanto hay que tener cuidado con el ego… para no morir de arrogancia o de éxito. Pero éste no es el caso, porque Josefina, con un talento literario preclaro y brillante, es agua humilde que juega. Con cada nueva publicación nos demuestra que agranda su sombra-faro ya que es una escritora de reflejos, sin estridencias, y esa es la mejor carta de presentación que un escritor puede tener, su obra, la excelente obra de Josefina.

El cuento y los cuentistas, actualmente en España viven un “boom”, un momento dulce, si no tanto por las ventas sí por las preferencias de muchos lectores y siguen en aumento, y Josefina está dentro de ese almíbar irresistible de los buenos cuentistas.

En el libro que nos atañe, El mar y los siglos, ya el título, a priori, nos inocula el germen del espacio y el tiempo, la aventura y la sorpresa del infinito y la eternidad de los relojes transmutados en renglones de arena que se vacían lentamente en el lector. La simbología del mar y su significado polisémico nos lleva a la vida, al subconsciente y a los miedos, a lo desconocido, a los peligros, al sacrificio y su abismo, a la contemplación, a la inspiración y a los sueños. “El mar que se traga la vida” nos apunta Josefina en la página 239, en sus notas o “Complemento Colofónico”. “El sujeto principal de este libro es el yo y el tiempo, manifestados de múltiples formas” –añade en la página 242. Nos dice también “de esta decepción ante el comportamiento humano, surge mi deseo de reencarnarme en árbol, aunque para tal menester prefiero el roble al laurel”, con lo que nos deja claro que la autora prefiere la fortaleza y la resistencia de su yo al éxito lisonjero de los halagos y de las prebendas.

Recurriendo a la mitología y a la antigüedad que tanto le atrae, Josefina/Dafne no se transforma en árbol, como le gusta tanto el juego y la transmutación, lo hace en libro, en un logrado y victorioso libro de cuentos, y aunque ella no es tanto de laurel como de robles duros y resistentes, Josefina pretende convertirse en una gran fortaleza espiritual y literaria, y así de paso en un testimonio replicante.

El libro no tiene desperdicio alguno, y para colmo viene avalado con un prólogo de Ángel Olgoso que dice cosas como: “La belleza de un libro como El mar  y los siglos reside en su condición de animado tapiz boscoso, rebosante de portentos”… “de escritura sacrificial que merodea sobre sí misma, transfigurando la lengua”. “Alterna con soltura estilizados pero potentes microrrelatos y cuentos extensos pero majestuosos”, “El lector sediento de sensación de maravilla y exigencia estilística reconocerá en este libro su Grial”, “creación rigurosa, llevado de la mano de un lenguaje increíblemente sabroso, plástico, vívido”.

Todo libro encierra unas claves, que no siempre son imprescindibles para su lectura. Por muchas claves que tenga un libro, cada lector debe buscarle las suyas propias, que son al fin y al cabo las que satisfacen a cada uno. Esa es la gran virtud de la literatura, que a cada uno le da su ración de magia.

Literariamente hablando podríamos decir de Josefina que Grecia (y el mundo antiguo en general) es su madre, porque “la ama por encima de todas las cosas”, en ningún otro lugar la autora se siente tan a gusto, quizá porque le da la cobertura y la inspiración necesarias. Su canto resulta “diferente, nuevo y original, pero dentro de los límites naturales (del relato)” y deja “una huella imborrable en (los) oyentes” –nos apunta en la página 32, porque Josefina interpreta “bien su papel de virtuosa, aunque nunca se adaptó del todo a esa represión constante del impulso, de la pasión, de la desmesura dramática que (habita) en su garganta”. Josefina, una Dafne feliz que se estira en sus renglones, con este libro asume el rol de Ulises, sus relatos son el mar proceloso por el que navega, y nuestra mente es la Ítaca a la que espera volver para quedarse y para “jugar a inventar respuestas” –página 38, que siempre nos conducirán al Monte viejo de la literatura.

Ya sea con apariencia de animal fantástico o con apariencia de lugar exótico nuestra autora nos cautiva con su lenguaje exquisito, y aunque todo lo tiene calculado, como debe ser, deja siempre abierto un resquicio al lector. Y es que la vida, en sus manos de escritora/sirena la hace: “Metamorfosis del dolor en melodía, de los sollozos en trinos… en un adagio lento, una salmodia infinita y enervante… creando un amanecer de resonancias” –dice en la página 46.

En sus relatos, unos más largos y otros más breves, construidos con maña y con arte, nos tropezamos con olores y sabores, sonidos y caricias, al fin y al cabo, con sentidos varios que esparcen su percepción en las palabras, convertidas en puertas o ventanas que abren o cierran a otras dimensiones de la realidad, del tiempo y del espacio, que se expande como un bandoneón de círculos concéntricos conectando pasado con presente, imaginación con realidad, pensamiento y corazón. Y es que Josefina, ilusionista, dominadora de la eterna metamorfosis del relato, telépata y homeópta de las palabras infinitas “no (conoce) mejor oración que un poema. Y no puede (hacernos) regalo más íntimo que este (libro de) cuentos” al que “no le falta jalea de reina y nata de luna” –como nos dice en las páginas 57 y 64.

Josefina construye sólidamente sus relatos. Un libro, por tanto, lleno de exquisiteces que te harán sentir emociones encontradas, ya sea desde el espíritu goloso de esa letanía de pasteles inventados en la tienda de ultraterrenos… ya sea desde la sátira repartida por doquier, algunos con dejes de ensayo y mucho humor, unos más divertidos y otros más bizarros y reflexivos o metaliterarios, donde se ríe del oficio y de los oficiantes, o con pinceladas autobiográficas sabiamente disimuladas... Y a quien no le gusten estos cuentos está condenado “al Averno cotidiano de una existencia prosaica”  -dice en la página 95, porque este libro rezuma buen gusto, gran oficio y poesía; ya que nuestra autora “Eligió el español como vehículo idóneo para transportar los más cálidos e íntimos efluvios de (su) alma” –nos dice en la página 96. Sucesos reales e imaginarios se entrelazan como si una rueca mágica tejiese una pieza única bordada con hilos de oro y también de cáñamo. Así es Josefina, una hilandera de las palabras y de las triquiñuelas literarias como técnicas del despiste y distracción para que funcione el truco; puesto que a veces resulta difícil “asimilar que en tanta brutalidad (haya) tanta belleza.” –página 144. Josefina, escribe y sobreescribe, y nos lleva adonde quiere como una cuerda india, desde una sonrisa a una corrida de toros, y a través de ellos (de la geografía de sus cuentos) confirmamos la dosis viajera que atesora nuestra autora, que le gusta “tornarse puerta de luz” o “mano-e-santa” narrativa; porque sus cuentos, nada clásicos, como si fueran vasijas llenas de formol conservan la información de una autopsia realizada por una escritora que convierte las palabras en vestigios de una civilización nueva y actual llena de reminiscencias y visiones, todo aderezado con un estilismo singular.

El “cerebro (de Josefina está) saturado de literatura, de historias, (su) mente erudita, (su) alma intoxicada de leyendas” “paladea las palabras” y las reinventa –páginas 191 y 245. Casi siempre en 1ª persona nos asalta y nos atraca como lectores desprevenidos, con relatos sugerentes que sobrecogen, inquietan y sorprenden (como el de Baba-Yaga entre otros). Con sus renglones lo mismo viajamos de Guadix o Las Alpujarras a Japón, que de Grecia a Turquía, que de Socram a Juan Carlos Friebe o a Lord Byron, o de Egipto a las fiestas de los toros o a la malafollá trágica y genial del relato patafísico de La libertad definitiva (página 212)… un sinvivir viajero, que en su fondo, siempre permanece en el mismo sitio, o sea, en los ojos escudriñadores de Josefina; que son los vértices geodésicos donde lo lejano y lo cercano se funden en una misma argamasa, en una misma cuestión de amor propio.

            Leer este libro de relatos, en cierta medida es como dejarse llevar por el vaivén de un oleaje y su tic-tac, y así es como he ido escribiendo esta presentación, como un oleaje de ideas que van y vienen, que llevan y traen, que susurran y callan. Y cuando llegué al final de la lectura, o sea, del libro descubrí “que cuando (se) acaba el viaje (uno) se encuentra en el mismo sitio y, sin embargo, (ha) viajado muy lejos” agarrado del puño y letra de Josefina que, si no nos hace “sentir curados al despertar” nos dejará al menos “conformes con (nuestro) sino”. No os dejará indiferentes porque sus cuentos son “llamas que lloran letras, palabras enteras que crepitan en la noche”
           
Custodio Tejada
12-11-2017

Opiniones de lector





EL MAR Y LOS SIGLOS de Josefina Martos Peregrín. Esdrújula Ediciones. 252 páginas, 38 relatos, un prólogo y un “Complemento Colofónico”.