miércoles, 8 de febrero de 2023

EJEMPLARES VIVOS A LA LUZ DE LA LUNA de Josefina Martos Peregrín

 EJEMPLARES VIVOS A LA LUZ DE LA LUNA de Josefina Martos Peregrín. Por Custodio Tejada

OPINIONES DE UN LECTOR.

EJEMPLARES VIVOS A LA LUZ DE LA LUNA de Josefina Martos Peregrín. Editorial Amarante. Una novela (con reflejos de ensayo) de 284 páginas, 38 capítulos/relatos repartidos en dos partes. En “Punto cero. ¨Reflexiones y reflejos”, la primera, que va de la página 11 a la 153, hay 19 capítulos. En la segunda parte, “la cara oculta”, que va de la página 155 a la 282, otros 19. Una dedicatoria: “Para Juan Manuel, el más feliz de mis espejos”. Dos partes que funcionan como un espejo, a un lado Eva Petrovna y al otro su reflejo, Josefina. Comienza con una cita de Jean Cocteau: “Los espejos son las puertas a través de las cuales la muerte va y viene”.  Un libro que refleja un laberinto de palabras/espejo por donde la autora entra y sale en “una proyección del yo” que se hace nosotros. La propia autora se refiere a este libro como un “caleidoscopio escrito”. En cierta medida es también un viaje por el lenguaje y las lecturas. Dice la orientalista-espiritualista Alexandra David-Néel: “he ido al corazón de la espesura por senderos inverosímiles”, y eso es lo que ha hecho Josefina Martos para escribir este libro. Convertirse en un conjunto de personajes femeninos que entran unos dentro de los otros como si fueran muñecas matrioscas con reflejos de novela coral. En mi modesta opinión, a Josefina deberíamos prestarle más atención lectora, sabiendo que ella misma nos aconseja en la página 160 cómo debemos ser sus lectores: “sobra cualquier tipo de erudición, basta con leer y seguir el hilo de lo que iré contando”.

 


            Asegura el poeta José Luis Morante que “El trabajo crítico jamás se sustenta en la gratitud ajena; sería un ejercicio de frustración perpetua. Es una labor de aprendizaje y enriquecimiento personal”. Comparto la cita de cabo a rabo. El escritor barcelonés  Enrique Vila-Matas mantiene que “la autoficción no existe; es una redundancia”. “A partir del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno es posible construir una Teoría de la literatura de naturaleza racionalista, científica, crítica y dialéctica, cuyo fin es la  interpretación de las Ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios. La Teoría de la Literatura es el conocimiento científico de los materiales literarios. Y su fin es demostrar que la Literatura es inteligible” –mantiene el profesor de la Universidad de Vigo Jesús G. Maestro en su trabajo “El estatuto de la Teoría de la Literatura como ciencia de la Literatura ante la Teoría del Cierre Categorial”.  Y añade: “Puedo admitir que la Teoría de la Literatura sea una ciencia –minimalista– , al lado de ciencias –maximalistas–, como la Matemática o la Física, sin duda, pero no puedo aceptar que se le niegue, sin más, un estatuto gnoseológico o científico, porque desde las poderosas exigencias que impone la Teoría del Cierre Categorial de Bueno sí es posible reconocer en la interpretación de los materiales literarios un sistema conceptual definitorio, clasificatorio, demostrativo y modélico, capaz de construir, codificar y operar con términos, relaciones, referentes y estructuras o esencias literarias objetivas, y, en consecuencia, de segregar, también rigurosamente, operaciones, fenómenos, autologismos, dialogismos e incluso normas”. El cierre categorial de la literatura no se completa o está cerrado el proceso hasta que autor, obra, lector  e intérprete o transductor ejercen cada uno su labor ineludible, en una regresión y progresión permanentes, “donde los hechos nos conducen a las ideas y las ideas nos remiten de nuevo a los hechos… De este modo, interpretamos, es decir, intervenimos en la materia, con formas cada vez más sofisticadas, construidas a partir de los mismos materiales –en este caso literarios– que estamos interpretando”.

            “Ejemplares vivos a la luz de la luna me ha parecido una novela singular, también algo experimental en muchos aspectos, pues no sigue una trama lineal. Es un caleidoscopio de historias… El espejo como metáfora es el elemento que unifica y da entidad a todas ellas. Es un relato cargado de erudición, con una prosa cuidada, salpicada de imágenes poéticas, llena de reflexiones filosóficas” –escribe Carmen Hernández Montalbán en la revista Absolem.  Miguel Arnas Coronado comenta en el periódico Ideal: “Cuando uno comienza la lectura de esta novela evoca la tendencia iniciada por Sebald de mezclar ensayo con ficción. Solo que aquello sobre lo que aquí se ensaya es lo oculto, lo misterioso, lo irracional… esta novela no es de terror y ni mucho menos de género. Es literatura de altos vuelos”, “ya conocíamos la labor de Martos Peregrín como cuentista, verdaderamente encomiable, con una prosa rica y fluida. Aquí nos sorprende con una obra original y que excita el pensamiento”. Y César Rodríguez de Sepúlveda dice que “es una apasionante incursión en el inquietante mundo de los espejos. Desde su misma estructura, ya que todo el texto está construido sobre los centelleos que intercambian dos narradoras, espejo la una de la otra, reverberando las palabras de una en las de otra, y haciendo que nos cuestionemos la fiabilidad de ambas… En esta estructura duplicada y duplicante se inserta un racimo de historias”. En la contraportada del libro leemos en la sinopsis que “reflexiones y reflejos nos alumbran en la indagación de un misterio que fluctúa entre la locura y lo imposible, mientras asistiremos a las aventuras vividas por personajes diversos, tan llamativos como cristales de colores, en una historia hecha de historias que combina la fatalidad de los espejos rotos con la azarosa belleza de las flores de caleidoscopio”.

            Josefina Martos Peregrín, cuyos “sueños a veces transcurren con subtítulos”, en una entrevista concedida a Javier Gilabert para Secreto Olivo confiesa que “con cada libro sufro, río, me desespero, viajo, indago, disfruto”. Y con este “sentí una acuciante necesidad de reflexionar sobre conceptos íntimamente unidos al espejo: la verdad, la apariencia, la identidad, el doble, el misterio, la posibilidad de otras dimensiones, la máscara, la locura”. Ejemplares vivos a la luz de la luna “muestra diferencias notables con obras anteriores; en concreto, una mayor extensión, la hibridación de géneros (narrativa, ensayo, lírica, autoficción” y el papel decisivo de elementos metaliterarios”. Dice la orientalista-espiritualista Alexandra David-Néel: “he ido al corazón de la espesura por senderos inverosímiles”, y eso es lo que ha hecho Josefina Martos para escribir el viaje iniciático de este libro. Pero por mucho que digamos la autora aconseja en la página 160 que “sobra cualquier tipo de erudición, basta con leer y seguir el hilo de lo que iré contando”.

 

            La autora, como una gestora de logística inversa, hace una recogida selectiva de residuos o de “productos vividos” y aprovecha todos los materiales a su alcance para reutilizarlos, reciclarlos, rediseñarlos, para desmontarlos y volverlos a montar con nuevos embalajes a modo de una sala de despiece o de espejos. El libro es un acto de transmutación constante, de prestidigitación y ventriloquía. También tiene algo de psicofonía. Un narrador omnisciente nos acompaña desde el principio, aunque también evoluciona, a veces de una forma autodiegética, homodiegética o heterodiegética. Como no podía ser de otra forma también atisbas en ella reflejos de una novela coral, donde los personajes de las historias secundarias también actúan como narradores, y cuyo objetivo primordial es jugar con el lector formando un gran salón de espejos y de reflejos. En ningún momento se pierde el ritmo. El argumento presenta la acción con relatos intercalados, documentos adjuntos, testimonios, viajes, diario… Una dedicatoria abre el primer reflejo: “Para Juan Manuel, el más feliz de mis espejos”. Comienza con una cita de Jean Cocteau: “Los espejos son las puertas a través de las cuales la muerte va y viene”. En “Punto cero. ¨Reflexiones y reflejos”, la primera parte, que va de la página 11 a la 153, hay 19 capítulos. En la segunda, “la cara oculta”, que va de la página 157 a la 153, otros 19. Dos partes que funcionan como un espejo, a un lado Eva Petrovna y al otro su reflejo, Josefina. En la primera parte habla “Eva Petrovna, periodista y parasicóloga”, pero en la segunda “la cara oculta”, habla “su albacea literaria, su compañera invisible, la otra”. Y en el capítulo “No soy la misma” la autora se nombra a sí misma: “Yo me llamo Josefina Martos, coautora de esta novela caleidoscópica, un volumen de magias, una especie de grimorio que recoge fórmulas y ritos, procesos de cocción en marmita lenta y recolección de ejemplares vivos a la luz de la luna”. Lo que nos manifiesta, una vez más, el espíritu juguetón de la escritora y la voluntad de hacer cómplices de sus “andanzas literarias” a los lectores. En la segunda parte nos previene de que “aparecerán dos magas”: Alexandra David Néel y Helena Petrovna: “me relaciono con ellas a través de sus escritos, para mí la mejor forma de relación” –advierte. Dos médiums narradoras, pero un solo libro, una novela con destellos de ensayo. Además la autora intenta también explicarnos su modus operandi como narradora a través de un “método holmesiano”. El libro, en especial la parte final, presentada como un diario, nos introduce en la liturgia de la muerte como un camino y vía de revelación. ¿Podría entenderse como otro paralelismo/reflejo más, un “entierro celestial” en el que la autora/rogyapa ofrece su cuerpo literario a los buitres/lectores/intérpretes en un festín tibetano y budista? (página 264) En cualquier caso la novela es un tributo a la escritura y a los viajes.

            Palabras cóncavas y a la vez convexas consiguen crear una atmósfera/espejismo envolvente que llevan y traen al lector en volandas del misterio. Sorprende la magia de los nombres y de las menciones, colocados ahí a caso hecho, como si fueran agujeros de gusano. Aparecen en el texto muchos nombres que actúan como espejos intertextuales: Valle Inclán, Indiana Jones, Apolonio de Tiana, Alberto Magno, Madama Blavatsky, los hermanos Grimm, Plauto, el Fantasma de la Ópera, Narciso, la ninfa Liríope, Tiresias, Frankenstein, Moby Dick, Drácula, Bécquer, Poe, Lovecraft, “Marcelino, pan y vino”, Max Estrella, Alejandro Sawa, Mr. Hyde, Orson Welles, Rita Hayworth, Rodolfo Valentino, Almanzor, Francesca Woodman, Peter Pan y su “legión de fantasmas párvulos”, Goya, Shakespeare, Diego Fint, Cristo, San Pablo, Corintios, Agustín de Hipona, Iker Jiménez, Rilke, Dylan Thomas, Miguel Ángel, Cervantes, Don Quijote, Sancho Panza, Ana Frank, Los Beatles, Rodin, Perséfone, Alexandra David Néel, Kaspar Hauser, Hitchcock, Ingmar Bergman, Edith Piaf… Pero el texto, como si fuera una galería de los espejos, también está lleno de lugares a los que nos teletransporta: Callejón del Gato, Madrid, Córdoba, Nunca Jamás, Cuesta Moyano, Ikea, Hades, Laguna Estigia, Hélade, Roma, Medina Azahara, mezquita, Elche, sumeria, Egipto, España, Inglaterra, Praga, Grecia, India, Rabat, Montevideo, Tíbet, Versalles…

            El texto, además, está salpimentado con una retahíla de aforismos que pueden dejarte un rato congelado en tu propio pensamiento: “No existe objeto ni saber que el género humano utilice del todo bien, porque nada puede ir bien mientras nuestra curiosidad sea mayor que nuestro respeto” (p. 35). Otras con gran sentido del humor y fina ironía: “Lástima no entender lo que dicen las moscas en su zumbido, cuántas citas de moscas filósofas, tan cultas y bien voladas, nos perdemos” (p. 42). “Mientras estamos vivos nos vemos inmersos en la vanidad del ser, en la nada multiforme y no podemos evitar el ensueño, ya penoso, ya feliz, pero siempre engañoso y transitorio” (p. 52). O “en un espejo siempre hay más de lo que vemos” (p. 28).

 En el libro se mezclan personajes y autores en un encuentro espectral digno del mejor espejo literario. En él también viaja un canon/equipaje, el que la autora/lectora ha elegido para esta novela/viaje. Porque lo que nos propone Josefina, una gran viajera, no es otra cosa que un viaje, un viaje espectral a través de la palabra y las ideas. La autora, con un ojo crítico de Gran Hermano que todo lo ve, va desmenuzando una “realidad especular” que es intemporal, por lo que tiene de visionaria. La narradora omnisciente, como si fuera una vidente, nos guía y nos lleva de la mano por la novela a través de su fina ironía y el suspense. Nos aguardan distintas historias dentro de la historia, como muñecas matrioscas que encajan unas dentro de las otras. Como Espejo hambriento, que da fe de que toda realidad es un reflejo fragmentado de espejos rotos, igual de fragmentado que nos presenta el argumento de esta novela, que bien podría funcionar como un libro de relatos. O la del espejo veneciano.

            Si toda lectura es un punto de encuentro, este libro resulta que es una calle o una plaza en la que puedes sentarte a ver pasar la muchedumbre y a ti mismo entre ellos, en un juego de espejos mutantes. Varias preguntas te surgen conforme vas adentrándote en su espesura: ¿hasta dónde autora y protagonista coinciden y divergen (Eva Petrovna y Josefina)?, ¿hasta dónde se solapan “identidad y máscara”? La palabra/concepto espejo (aderezado con toques filosóficos, históricos, teosóficos, literarios…) es el hilo de Ariadna que la autora ha elegido para dar sentido al conjunto, pero también para hilvanar el argumento antes de coser cada capítulo con el título final, que suena en cierta medida a aquellos grimorios antiguos o bestiarios de la Edad Media.

            La autora/protagonista escribe desde el principio pensando en el lector, al que lo introduce en el texto de una manera “espectral”, como un espejo más, y así podemos leer en la página 43: “Vaya, me doy cuenta de que acudo al lector en apelación expresa, ¿un truco para involucrarte a ti que lees mis peripecias? ¿Existes? ¿Diálogo con un lector inexistente en la esperanza de que algún día exista?...”. A la autora le gusta jugar, establecer una especie de yincana en la que el lector se sienta protagonista de su propio juego. También está presente el cine, como otro espejo más. Así hace referencia a “La dama de Shangai”, “Marcelino, pan y vino”, “Jhony Guitar”, “Planeta Prohibido”, “Como en un espejo”. “El cine, en sí, es un espejo: refleja la sociedad, sus pesadillas y deseos, su visión de la vida e invención de la Historia” –dice en la página 50. Dios y las religiones actúan como otros espejos más: “esa metáfora que hinduismo y budismo llaman Maya, la Ilusión” (p. 52). Una carrera de relevos parecen los distintos espejos. En sus renglones percibimos los rastros de las constelaciones familiares y de Freud: Refiriéndose a Hixam relata en la página 66 que “y ríe como lo que es, un niño perverso a cualquier edad, enfermo de inmadurez crónica, caprichos insaciables, conciencia culpable y terror infantil. Así lo percibo en mi visión: así lo han hecho su propia madre y Almanzor”.

Es un viaje interior, pero también un retrato social o un retrato de época, donde toca distintos temas: la maternidad, la muerte, el viaje, el tiempo… Pero también es un viaje metaliterario y metapoético: “Frecuento a Borges y me crie con cuentos de todas clases” –confiesa en la pag 58, o, “los poemas pueden actuar como palabras mágicas, y probablemente lo son, pero tal vez no bastan, tal vez debería…” –expone en la página 157. La autora también ejerce la crítica literaria: “nunca han visto a Alicia. Yo sé por qué, porque Lewis Carroll era un farsante, un adulto que no sabía nada de la infancia y se limitaba a utilizarla” –comenta en la página 151. O cuando habla de Peter Pan en las páginas 70 y siguientes o en la 168 y siguientes, planteándonos un ensayo. “Milton, en El paraíso perdido transforma la religión en poesía y la poesía en religión; con esta metamorfosis salvaguarda la libertad” –exhorta en la página 229.

Cuando leemos y comprobamos la habilidad que tiene Josefina para nombrar y personificar, comprendemos que además de narradora, es también una gran poeta con sentido del humor. “Ciprés Insomne”, “año del Algarrobo que Nunca Llora”, “Castaño Incomprendido”, “Manzano Dormilón”, “Magnolio que Huyó del Parque”… Lo que nos demuestra el espíritu juguetón de la narradora que actúa muchas veces como esos martinicos traviesos y bromistas.

El paralelismo con su “efecto espejo”, entre otros muchos que los hay, es para mí el gran recurso de esta novela, “de esta relación literaria y vital” –apunta en la página 172. Se establecen paralelismos entre Eva Petrovna y Josefina (con su relación epistolar, o de alter ego), entre Josefina y Peter Pan, el Nunca Jamás y el Hades, Homero y Virgilio, Novela o conjunto de cuentos, filosofía teosofía y religión, realidad y ficción, texto y vida, entre pasado y presente, entre imaginación y biografía, entre la vida y la muerte, entre lo humano y lo divino.

“Esta novela en exceso compleja y, para colmo, semiajena” –como la define  la propia autora en la página 177, tiene algo de mirada atrás, también de unas memorias sui generis. Eva-Josefina nos advierte del juego: “lo que para mí es literatura, para ella es biografía”. La autora, con un fino sentido del humor, seduce y desarma al lector. Basta con asomarse a su alegato exhortación contra el demonio de la grasa y el colesterol para comprobarlo (páginas 122 y siguientes, 188) “Parafraseando la reina de Blancanieves, le pregunto al espejo mientras me peino: < espejito, espejito, di la verdad por favor, ¿hay alguien más tonta que yo?> Gracias a Dios no contesta” –podemos leer en la página 223. Porque como dice la autora en una entrevista: “el sentido del humor y la ironía aligeran y liberan el peso del drama”.

Las palabras anzuelo que la autora va esparciendo por el texto con un gran poder de imantación nos van seduciendo hasta dejarnos postrados ante su escritura de altos vuelos. “Reconociendo mi carácter de tiquismiquis con las palabras, caprichosa con la sintaxis y maniática de la concisión y la sintaxis” –confiesa metaliterariamente la autora en la página 167. Así: “reflexión-espejo, especular, caleidoscopio, estanque o balsa de mercurio, espejo líquido, fuente de azogue…” invitan al trance. La lectura permite que uno se mueva como en una especie de plano astral “de manera que cada lector pueda creerse descubridor del secreto” –dice en la página 93.

Qué es la escritura sino un espejo que no siempre refleja a quien escribe o a quien lee, sino a todo el mundo. Es importante cazar a lazo estos “Ejemplares vivos a la luz de la luna”, porque “necesitamos la magia” de una escritora como Josefina que consigue con sus renglones hacer una metempsicosis literaria de observaciones, vivencias y reflexiones. Parafraseando una cita del propio libro podríamos decir que es una novela que “me entretiene, me fascinan sus aventuras, sus viajes por el mundo material y el mental”. Y es que de alguna manera, la literatura para Josefina ha sido un plan de huida: “la necesidad de huir para poder vivir” –leemos en la página 172. Es un libro lleno de guiños, de nombres, de juegos, de magia, de espejos… Josefina da muestras sobradas de ser una excelente retratista. Si todo el libro puede leerse como un gran retrato de época, lleno de descripciones,  página a página se van alternando la prosopografía y la etopeya hasta conseguir una especie de museo de lentes y espejos, un álbum casi fotográfico de “Ejemplares vivos a la luz de la luna”. Un lugar mágico a caballo entre el grimorio y el bestiario. Es un libro para disfrutar de lo lindo, idóneo para releer, porque con cada nueva lectura el idioma de sus espejos/espejismos puede ser otro distinto. Y cuidado con los destellos/reflejos que también encandilan. Y sin desmerecer a nadie, Josefina no es una autora que trata temas por encargo, escribe lo que quiere sin pensar en los premios o en los reconocimientos, pero podría publicar en cualquier editorial por mérito propio. Es mi opinión.

 

Opiniones de un lector

Custodio Tejada

17 de diciembre de 2022

https://custodiotejada.blogspot.com/

 




TODOLITERATURA

GRANADA COSTA

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