martes, 14 de mayo de 2019

LECTURAS PENDIENTES de Pedro Ugarte


LECTURAS PENDIENTE  de Pedro Ugarte.

LECTURAS PENDIENTES (Anotaciones sobre literatura) de Pedro Ugarte. Ediciones Nobel, número 49 de la Colección Jovellanos de Ensayo. 169 páginas en prosa sin ninguna división salvo los párrafos, a modo de cuaderno de bitácora. Dedicado a su “aita”. Y una cita para reflexionar y abrir boca: “Millones de nuevos libros se escriben y se publican cada año… y crecientemente limitado… el tiempo que se dedica a la lectura”-página 106.




LECTURAS PENDIENTES (Anotaciones sobre literatura) de Pedro Ugarte. Ediciones Nobel, número 49 de la Colección Jovellanos de Ensayo. 169 páginas en prosa sin ninguna división salvo los párrafos, a modo de cuaderno de bitácora. Dedicado a su “aita”. Y una cita para reflexionar y abrir boca: “Millones de nuevos libros se escriben y se publican cada año… y crecientemente limitado… el tiempo que se dedica a la lectura”-página 106.

Opinar de algo es asumir un estado de con(s)ciencia. Si leer es llenar, escribir es una forma de drenarnos, de practicar una sangría purificadora. Yo, que no soy ningún ratón de biblioteca, alguna vez he pensado que, entre otras cosas, temo morirme por la cantidad de libros que dejaré sin leer, y modestia aparte, alguno supongo también sin escribir.

         Un libro es una arquitectura lingüística y como tal, tiene unos planos que nos orientan al transitar por sus dependencias. El índice, los títulos y las palabras elegidas ejercen de guías, túneles o ascensores. Más que un puñado de libros leídos, somos una suma de lecturas pendientes, ya que las ausencias a veces nos definen más que las presencias. Dice Olalla Castro: “El discurso crítico, que explora los textos tratando de cartografiarlos, ha de asumir eso: que el mapa que dibuja siempre queda abierto, siempre está inacabado, esperando a que otras lecturas intervengan en él y lo transformen, lo amplíen, lo completen, encuentren nuevas encrucijadas, intersecciones o confluencias”. Y Óscar Wilde manifiesta que “No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo”, y eso es lo que hace Pedro Ugarte con este libro. Confieso que lo he leído con paciencia, “buscando algún vínculo…” “algún hilo secreto que pueda unir(me) a él”, que es como hay que leer cualquier libro, porque me gustaría ser como él, un “lector que ha sabido descifrar e interpretar las claves” de muchos libros, o al menos intentarlo. El propio autor confiesa que “En literatura, no me cuesta reconocer los méritos ajenos”, a mí tampoco, en cualquier materia.

Una cita de Seguei Dovlatov y una premonición de perogrullo del propio Ugarte abren el libro como si fueran las agujas de una brújula que intentan marcar un rumbo, o al menos, definir unos límites: “Lástima que la literatura no tenga ningún fin” (Serguei Dovlatov) y “Te irás con un montón de lecturas pendientes”. Cuando “alguien escribe un libro, … solo el lector puede salvarlo”-dice Pedro Ugarte en la página 106 y añade en la página 86 “Escribir, sin molestar a nadie. Me pregunto cómo se consigue hacer eso”. Sirvan estas dos citas para aproximarnos al carácter literario de Pedro Ugarte y para enmarcar el sendero que nos espera con esta lectura.

El texto, sin índice y sin ninguna división intermedia, es un todo magmático que fluye a borbotones de párrafos. La lectura del libro es una especie de “scape room” en la que el autor se encarga de distraer y a la vez de orientar al lector. Los párrafos de este libro, con cierto tono de confesión y como un torrente fragmentario, se suceden uno tras otro, con una clara voluntad metaliteraria, dando un “repaso” general al mundo desde el acto creativo a las ferias del libro, desde los lectores hasta los autores… como si fueran impresiones de un viaje a través de las palabras y la conciencia (y por tanto tiene algo de impresionista, sus pinceladas, ya que exigen distanciamiento para advertir bien el resultado). Incluso llega uno a pensar que ha nacido un subgénero nuevo, la autobiografía metaliteraria, ya que están publicándose otros títulos con la misma o parecida inercia. Pedro Ugarte es un escritor y un crítico, pero ante todo es un gran lector, y el eclecticismo de aluvión envuelve a este libro. “El escritor nada sabe a ciencia cierta sobre esa experiencia (la lectura de sus libros) que se desarrolla muy lejos de él” –advierte en la página 29. Toda lectura tiene algo de comunión, común unión entre emisor y receptor, que, si se comparte, a veces, retroalimenta.

El sentido del humor y la ironía es una nota a tener en cuenta, especialmente para atinar con el sentido y significado de algunos renglones. El autor confiesa que “emprende muchas lecturas, apenas continúo algunas y recomiendo solo las mejores”. Y para dejar constancia  por lo que de paralelismo tiene, yo también tengo un amigo que cansado de que a los andaluces nos echen encima muchos tópicos peyorativos y se nos infravalore en muchas latitudes, decir que, igual que “los vascos, entre ordeño y ordeño” fundaban una ciudad (se apunta en la página 117), nosotros los andaluces entre siesta y siesta por aquello del chiste y demás chanzas, uno de Guadix que pasaba por allí, un poquillo antes que los vascos, como Pedro de Mendoza y Luján, hizo la primera fundación de Buenos Aires, al menos por aquello de… “yo lo vi primero y lo hice antes”, que algún mérito también tendrá, digo yo, especialmente en este momento histórico en que nadie piensa en lo nuestro y cada cual antepone lo suyo.

Metaliteratura y crítica literaria se dan aquí la mano. Pedro Ugarte, con una prosa acentuadamente aforística, pronto consigue captar nuestra atención y ya no nos deja huir hasta el final, como si estuviéramos abrazados fuertemente a él, por el talle, en un baile de salón mientras nos expone su verdad y nos lanza confidencias y pareceres al oído; a modo de confesionario literario o más bien púlpito, ético, existencial, de diario íntimo, para exponernos su sentir y su camino. Nos dice en la página 60 que muchas anotaciones de sus “cuadernos de oficina”, como él los llama, cuadernos de ida y vuelta, “no acaban en poemas ni en relatos, ni en artículos, ni en novelas, y engrosan un archivo como éste, lleno de anotaciones, la mayoría de ellas referidas al trabajo literario o a la vida de un escritor”. Escribe como si a cada traspiés de párrafo y al albur de una lluvia de ideas estuviera revelando verdades como templos y sentando cátedra, ya que Pedro es un hombre temperamental “de ideología liberal” y también se desprende que religioso. “No importa tanto la verdadera opinión que tengas sobre cierto asunto como la impresión que des con ella. Este es el criterio que determina los pronunciamientos públicos de la mayoría de la gente” –escribe en la página 62.

Pedro Ugarte nos habla de libros, de las presentaciones (“Me pregunto por qué sigo presentando libros de autores que no conozco y cuya obra me es igual de desconocida” –confiesa en la página 27), de los lapsus y las pérdidas del escritor, de su biblioteca, del paso del tiempo transmutado en polvo, de las temáticas literarias, de la humanidad, de política (“Me irritan las conversaciones y los prejuicios del mundillo literario, ese mundillo donde por ejemplo, resulta casi obligatorio ser de izquierdas” –suelta en la página 50), de los vascos, “sobre la condición humana”, “de la moralidad o la inmoralidad del mundo literario”, de su intrahistoria como escritor (léase el párrafo de la página 35 donde nos cuenta su forma de teclear), de las fotografías de escritores, del proceso creativo (“en la novela el proyecto precede a la ejecución, mientras que en el cuento y en la poesía suele ocurrir al revés”), de la vida y la muerte, de la relación entre escritores, y entremedias, como islotes, se cuelan otros párrafos de índole más personal que aluden a su vida cotidiana como padre, amigo… Mezcla opiniones filosóficas, éticas, literarias, políticas… con otras de ámbito doméstico, de su hijo, del frigorífico y la comida… lo que le da al texto un resultado más distendido, más creíble en cuanto a la humanidad y cotidianidad que hay detrás del escritor, al demostrar que quien ha escrito estas páginas es un hombre normal y corriente que pisa la calle y no alguien subido en su torre de marfil literaria. Ugarte pretende dejarnos su canon vital, ese que como lector a él le ha servido y le ha salvado. Y toda la escenografía textual y literaria que monta es para ofrecernos un viaje exclusivo por sus ideas, sus lecturas, sus experiencias, recuerdos y paseos, por su vida y su “conciencia ética”. Sus párrafos, como escaques de un tablero de ajedrez, le sirven para jugar una partida con el lector, y de camino materializar algún ajuste de cuentas también pendiente como la anécdota del señor Quesada preguntando por las novelas a Don Pedro de la página 125, entre otras.

            Si en cualquier libro los nombres se vuelven “hilos de Ariadna” o de albañil, en éste se hace más patente, ya que Ugarte va tejiendo el texto unas veces con hilos metaliterarios y otras con hilos más biográficos a modo de dietario, con reflexiones y recuerdos, con opiniones y sentimientos. Ugarte, con un tono confesional como si de una confidencia se tratara, juzga, analiza, recuerda, expone, escribe, opina, interpreta, explica, justifica, denuncia, destapa, esconde…. Cuando un lector opina, de alguna manera, lo hace pensando en los lectores que vienen detrás, con el fin de hacerle más fácil el camino, o sea, la lectura, o por lo menos de dar fe, la suya propia. Ofrecer un listado de nombres sin más no tiene ninguna utilidad salvo si es para hacernos una idea del autor y sus lecturas, o sea, de las fuentes en las que bebe para bien o para mal. Para un escritor sus lecturas son la tradición que le ampara y socorre o le condenan. Y esa intertextualidad es la que nos sirve para localizar sus coordenadas lectoras y de alguna manera su canon literario y existencial. Así, en Lecturas pendientes Pedro Ugarte se refiere de una u otra forma a: Albert Camus, Iñaki Uriarte, José Fernández de la Sota, Borges y Bioy, Íñigo García-Ureta, Juan Bas, Fernando Marías, Toti Martínez de Lezea, Sartre, Fernando Palazuelos, Miguel Sánchez-Ostiz, Elías Canetti, Franz Kafka, Jesús de Nazaret, Adolf Hitler, Miguel Torga, Bengoechea, Stephen Craen, George Orwell, Michael Herr, Ingacio Aldecoa, Julio Cortázar, Sándor Marai, , Chateaubriand, Hanif Kureishi, John Cheever, Vladimir Nabokov, Medardo Fraile, Jon Bilbao, Anjel Lertxundi, Peter MOen, Margo Glantz, Frida Khalo, Chesterton, Michael Houellebecq, Ambroise Pare, Poe, Fernando Iwasaki, David Hume, John Stuart Mill, Oscar Wilde, Joris-Karl Hoysmnans, Guadalupe Nettel, Anatole France, Eduardo Haro Tecglen, Manuel Alcántara, Miguel Delibes, Juan Casamayor, Homero, Montaigne, Philip Larkin, Antonio Machado, Manuel Machado, Julio Camba, Julio Ramón Ribeyro, Juan García Armendáriz, Gustave Herling-Grudzinsky, Roberto Bolaño, Jaume Vallcoba, Paul Valéry, Rudyard Kipling, Anton Chéjov, Augusto Monterroso, Bryce Echenique, Enrique Mochales, Los Panero, Louis-Ferdinand Céline, Valentí Puig…  También hace referencia de forma expresa a obras como Moby Dick, Cartas a un amigo alemán (de Camus), La Biblia y los Evangelios, La autopista del sur de Julio Cortázar, Casi inocentes o El mundo de los cabezas vacías del propio Ugarte, Vidas y otras dudas de Anjel Lertxumendi, Diario de Petter Moen, Los cuentos de Poe, Monstruos y prodigios de Abroise Pare, Diarios de Iñaki Uriarte, Nueve cuentos de Salinger, Decline and Fall de Edward Gibbon, En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, Los años de Downing Street- Memorias de Margaret Thatcher, libro de los pasajes de Walter Benjamin, Esclavo de la luz o Mermelada amarga de Enrique Mochales, La voz a ti debida de Pedro Salinas, Juego de tronos de George R. Martin, Ana Karenina de Leon Tolstoi, Estrella distante de Roberto Bolaño, De vita de Séneca, El Criterio de Jaime Balmes…  Los lugares también cartografían el texto y nos llevan a la geografía Ugartiana, esa que ha modelado su mirada y sus paseos, en vivo o de oídas: Bilbao, Londres, Francia, Alemania, Europa, Gran Bretaña, País Vasco, Vitoria, Palestina, Coimbra, Gïor (Hungría), Logroño, La Rioja, Perth (Australia), Barranquilla (Colombia), Chile, Barcelona, Zarauz, Paris, Guipuzcoa… Y pongo todos estos nombres juntos aquí porque pienso que facilitan una visión global y directa de la biblioteca-mente que posee Pedro Ugarte, del “globo terráqueo literario” que orientan y seducen sus pasos lectores.

            Monólogo y diálogo sazonan este ensayo que cabalga como caballo desbocado en lo ecléctico, dando saltos de la filosofía a la política, de la crítica o la literatura a la anécdota, yendo del dato o el aforismo a la lírica y a la prosa de una narración chispeante, rozando lo novelesco, indagando en el dietario y la autobiografía, convirtiendo lo fragmentario en un recurso mágico donde todo cabe, y ensalzando el párrafo como unidad de medida de toda la literatura. O sea, que tenemos al alcance de la mano la “mundoliteratología” de Pedro Ugarte, que de un párrafo a otro va de la persona al personaje, de la intra-biografía a la intrahistoria (como la narración de “el falso shaolín” de la página 130). Párrafos que parecen inconexos, quizá porque fueron escritos en momentos de inspiración y luego elaborados en la tranquilidad del escritorio-alambique, y que convierten al autor en su único pegamento. Y quizá sea por eso, que mientras leemos siempre estamos en vilo a la espera-sorpresa de lo que va a decir en el párrafo siguiente, puesto que cada párrafo adquiere rango cuanto menos de capítulo, si no de castillo.

            “Todo diario es un íntimo diálogo del autor consigo mismo” – nos dice en la página 42. Con una sinceridad casi absoluta nos dice cosas como: “Antes leías a los grandes autores de la literatura universal, para experimentar una sacudida en el alma. Ahora lees a tus contemporáneos para algo tan feo y tan triste como ver de qué van” –nos confiesa en la página 56, quizá porque los lectores también con el tiempo se vuelven algo elitistas cuanto menos. “Hay algo mucho peor que ser un escritor completamente olvidado: ser un escritor cuyo nombre se recuerda pero a quien ya nunca nadie lee” –manifiesta en la página 68.

Hay que reconocer que Pedro Ugarte se convierte en personaje de su ensayo para llevarnos por su pensamiento y quizá más aún, por su alma siempre inquieta. Para concluir, en “Lecturas pendientes” nos encontramos escritores, lecturas, anécdotas, vivencias, recuerdos y opiniones… que le sirven al propio Pedro Ugarte para conocerse a sí mismo y para trazar una aproximación al mundo que le ha tocado leer/vivir, para reflexionar sobre la existencia a través de la literatura y sobre la literatura misma, para avanzar en el argumento del libro y para dejar constancia de una etapa de su vida dedicada a “la suerte redentora de la palabra” –dice en la pág 43, o sea, para dejarnos en herencia su verdad literaria como si fuera un evangelio revelado. Y parafraseando al propio Ugarte, ojalá la vida nos trate como escribimos, aunque preferiblemente mejor si cabe, en mi caso, digo. Y como “Realmente los libros no existen al margen de la lectura: sin ella son solo objetos”, una vez leído éste, lo deposito en el estante de mi biblioteca, donde permanecen las lecturas no pendientes, pero donde aguardan, pacientes, las relecturas de los libros que me han dejado huella.


CITA-POSDATA (que suena como un aviso para navegantes): “La suerte de una obra literaria se resuelve tarde, más tarde, mucho más tarde, cuando no hay ni amigos ni enemigos, cuando solo queden los libros, aparcados en las baldas de la historia cuarteándose, haciendo tiempo, cogiendo polvo, a la espera de alguien. Ese alguien los mirará de otra manera. Frente a ese alguien de nada valdrá que tú, escritor, hayas sido una buena persona, un bribón o un miserable. Solo quedarán las palabras y su destino impreciso” –reza en la página 127.

Custodio Tejada

Opiniones de un lector

Mayo de 2019





LECTURAS PENDIENTES (Anotaciones sobre literatura) de Pedro Ugarte. Ediciones Nobel, número 49 de la Colección Jovellanos de Ensayo. 169 páginas en prosa sin ninguna división salvo los párrafos, a modo de cuaderno de bitácora. Dedicado a su “aita”. Y una cita para reflexionar y abrir boca: “Millones de nuevos libros se escriben y se publican cada año… y crecientemente limitado… el tiempo que se dedica a la lectura”-página 106.


Granada Costa. Nº 484. 31/05/2019


miércoles, 10 de abril de 2019

DEBAJO DE LOS DÍAS de Ángel Paniagua

DEBAJO DE LOS DÍAS de Ángel Paniagua


DEBAJO DE LOS DÍAS de Ángel Paniagua. Editorial Raspabook. Una portada con una maleta y un hombre, sentado de espaldas y mirando al horizonte boscoso, sobre la línea continua que separa los dos carriles de una carretera. En sus entrañas 52 poemas y 153 páginas, dividido en tres partes: I.- El cuarto del poniente con 16 poemas, II.- Oro y vacío (El hilo de los nombres) con otros 16, y, III.- Macbeth en las murallas con 20 poemas. Al final viene un epílogo: “Aclaraciones probablemente innecesarias… y quién sabe si del todo ciertas”, y una “Cronología de los poemas” para darle al espacio un tiempo. Nos advierte el autor que los poemas aparecen “por orden de nacencia”.




DEBAJO DE LOS DÍAS de Ángel Paniagua. Editorial Raspabook. Una portada con una maleta y un hombre, sentado de espaldas y mirando al horizonte boscoso, sobre la línea continua que separa los dos carriles de una carretera. En sus entrañas 52 poemas y 153 páginas, dividido en tres partes: I.- El cuarto del poniente con 16 poemas, II.- Oro y vacío (El hilo de los nombres) con otros 16, y, III.- Macbeth en las murallas con 20 poemas. Al final viene un epílogo: “Aclaraciones probablemente innecesarias… y quién sabe si del todo ciertas”, y una “Cronología de los poemas” para darle al espacio un tiempo. Nos advierte el autor que los poemas aparecen “por orden de nacencia”.


Leer un libro que te gusta no siempre es entrar en una zona de confort. Como diría Jorge Luis Borges: “Somos… ese montón de espejos rotos”. Harold Pinter consideraba que “el pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar”. La historia de las piedras como la de los nombres, termina siendo la historia de la carne, lo mismo pasa con las palabras y sus cicatrices. Y eso es lo que hace Ángel Paniagua, escribe la historia de su carne, pero también la de su alma, a través del camino siempre inédito que brinda el lenguaje. Al final la memoria de todo escritor se convierte en una retahíla de nombres y de títulos (y muchas veces también de vidas prestadas) que configuran el ser y el lector que ha sido y que es. La obra de un escritor es la síntesis útil de todas sus lecturas. Dice Raquel Lanseros de manera visionaria que somos “Las cenizas que, para consolarnos, llamamos biografía”.

Carlos Alcorta nos revela que Debajo de los días es “un extenso libro con poemas de largo aliento, que compendia de algún modo todo el mundo poético de su autor y ratifica un tipo de poesía narrativa, casi conversacional”. Añade Francisco Javier Díez de Revenga que… de gran “estatura intelectual” “Ángel Paniagua… es uno de los poetas más singulares y reflexivos que habita entre nosotros”, “estamos ante un libro de una intensidad psicológica sobrecogedora”, “es el poeta de la palabra medida, de la exactitud en la expresión, de la calidad y la naturalidad a la hora de evocar su mundo, con sus objetos, con sus cosas, con sus pasiones y emociones”. También se nos advierte en las aclaraciones finales del libro que el poeta va de “los límites entre los tonos y elementos más puramente líricos y los más narrativos-digresivos; y por supuesto la teatralidad, la dialéctica inherente al encuentro/desencuentro personal (máscara al fin) y personaje”.  Pertrechado con todas estas advertencias-sugerencias el lector debe afrontar en solitario su misión: Leer sin más preámbulos.

            Y aunque el autor nos previene con toda su metralla dialéctica en la página 103: “Qué quieren que les diga, no parece/ que éste sea el lugar para que tontos/ del culo vengan a escribir soflamas/ incendiarias sobre lo que se hace/ o se deja de hacer en la poesía/ actual…”, yo sin pretender eso, simplemente dejaré mi opinión de aprendiz de lector, “…tamquam lector perpenderem”. Sin lugar a dudas la literatura es una carrera de relevos, y así lo constata el autor: “Yo sé que esos poemas te hacen daño/ como a mí me lo hicieron los de otros/ escritos hace tiempo”- matiza en la página 19.
El título, “Debajo de los días”, como si estos fueran un felpudo o una alfombra que invita a mirar debajo, ya te predispone para estar expectante a los recuerdos, a la memoria y al tiempo, pero también a los detalles que se tornan en pequeños suvenires del pasado. El texto, sin saber dónde acaba el personaje y dónde empieza la persona, nos introduce en un viaje dramático y profundo que ahonda en el ser literaturizado del autor. Ángel Paniagua, como si de un taxidermista se tratase, nos muestra sus poemas disecados por el filtro de sus ojos, en una especie de museo de caza donde guarda sus trofeos: recuerdos, fracasos, heridas, escenas... “la vida hay que vivirla y los poetas/ sólo piensan en verso sobre ella…” –advierte en la página 92.

            Cuatro citas abren el libro, de Jaime Siles, Félix Ruiz Suárez, Juan Eduardo Cirlot y Ángel González. Las cuatro comparten la expresión “debajo de los días”, como si fuera un hilo conductor por el que pasa la corriente de una hermenéutica, que nivela y delimita, que dice y calla, que muestra y señala. Todos los poemas empiezan con la tipografía de la primera letra en fuente gótica. La numeración de las páginas viene escoltada por unas espadas que le dan un aspecto de baraja lírica dispuesta para la justicia y el homenaje o para jugar al solitario.
El tiempo, la paciencia y el consejo de los allegados al autor han preparado este edificio-libro que, como una cueva del agua, con sus estalactitas y estalagmitas, han culminado en la publicación que nos ocupa. Ángel Paniagua ha construido este poemario como si fuera un arquitecto, pero también un artesano. Sus versos “-como camisas de serpiente viejas-“ conducen a un abismo, pero también a un ventanal introspectivo “junto al borde/ del camino que cada uno fue”, a través de “pequeños fragmentos inconexos/ que la luz difumina y va borrando” a modo de un testamento vital o de diario extraño. Un poemario que suena como la ópera y supura tintes de tragedia Shakespeariana, “Bajo la luna llena”, pero también de profecía apocalíptica de hombre lobo, si no tanto en lo individual, sí en lo colectivo, “que la estirpe de los hombres, desaparezca de la faz del mundo/ y la naturaleza recupere su equilibrio” –preconiza en la página 120. Una sensación de derrota y a la vez de nostalgia impregna todo el libro, que busca “la verdadera esencia del amor:/ dorado y negro, sí, oro y vacío”. Cierta lisergia underground y noctámbula recorren bastantes de sus poemas. Ante todo, es un libro de amor que se hace “nombres” y memoria, “ruinas de un templo”, bodegones de un alma en retirada (Antonio, Héctor, Raúl, Gustavo, Alberto, Enrique…). El amor es uno de los grandes temas del libro, a veces como anhelo de la pasión y otras como corazón roto, de un amor no correspondido. Otro hilo que teje el libro es el tiempo, “interminables años malgastados” “en la búsqueda/ inútil del amor”. Un poemario, éste, impregnado con notas aromáticas de la nueva hermenéutica de Paul Ricoeur, por el nihilismo y el psicoanálisis.

            Treinta y cinco citas, entremedias de muchas otras alusiones, campan por este poemario dejando tras de sí un trayecto vital e intelectual, una relación de referencias y sabiduría acumulada; algunas en latín, en inglés o en italiano. Los nombres, que abundan, puestos en una rueca, tejen su hilo de oro, un hilo intertextual que conduce y guía. El libro está lleno de caminos: argumental, temporal, irónico, existencial, claustrofóbico… Citas de T. S. Eliot, Francesco Petrarca, Ausías March, José María Álvarez, Sancho de Muñón, Alberto Chessa, William Shakespeare, Marcel Proust, Antoine de Saint-Exupéry, R. Wagner, John Donne, John Ashbery, Steve Fellner, Vicente Aleixandre, Madeline Miller, L. A. de Villena, Paul Ricoeur, A. P., Guillaume Apollinaire, René Char, J. G. de Biedma, César Vallejo, Stéphane Mallarmé, W. B. Yeats, M. F. Quintilianus, P. Ovidius Naso. Toda una biblioteca de libros, personajes, autores y lecturas navega crípticamente por el libro (Sienkievicz, Casiodoro de Reina, Domenico Scarlatti, Bach, Hantï, Vallejo, Szymborska, MIlosz, Bruckner, Horacio, Thom Gunn, Hamlet…), nombres que nos llevan a otras realidades paralelas de pensamiento.

“¿Importan los detalles…?/ sólo hacen/ efímero lo eterno” –nos dice en la página 63, y sí, en este poemario importan. Está regado de anécdotas y de instantes, de recuerdos y percepciones, de recortes que transcienden el momento para instalarse en la épica de la nostalgia, “el mismo fuego/ que ha calentado a todos es distinto,/ dependiendo del tipo de madera/ que lo nutre”, que bien podría ser el lema de cualquier lectura. Un libro que esparce en versos las “Migajas” de lo que somos: “una maraña de despojos” que van “de la vida al retrete”. El libro desprende un olor a derrota, “una extraña mezcla de nostalgia y hastío”. Y aunque intenta “explicarse con palabras”, son sus silencios los que hablan mucho más que sus versos, en voz baja, son los que orientan y guían por el mapa de su poética. “Silencio oscuro casi roto por/ el ruido peculiar de la desdicha/ quitándose la ropa” –canta en la página 68. Pero el hilo que atraviesa y une todo el libro es la ausencia, que es como un estruendoso silencio que retumba en la memoria, entendida ésta como un tendón de Aquiles o unas alas de Ícaro.

            De gran musicalidad, endecasílabos y heptasílabos llevan en volandas el discurso y su ritmo, donde significantes y significados compiten por imponer su viaje, sus Ítacas respectivas. Un autor melómano que nos hace “mudo(s) testigos de la escena”, a través de una lírica de enorme teatralidad, como si todo el libro fuera un gran soliloquio existencial de un “Segismundo” del siglo XXI. Las palabras del libro encuentran otro ritmo más allá de los significantes, justo allí donde los significados erigen un itinerario alternativo. “¿Es la vida un/ camino o sólo una breve estancia/ en un apeadero sucio, donde/ esperar –no sabemos cuánto tiempo-/ transbordo hacia el origen…? –dice en la página 40. Poemas largos o más largos y cortos se suceden. Sus versos avanzan en oleajes fluidos de una métrica medida.

            En una primera impresión te parece un libro pensado para lectores eruditos, pero pronto su lenguaje sencillo te demuestra que no es así, aunque tenga muchas lecturas, tantas como capas tiene una cebolla, y cada cual puede acceder a él en busca de su propio botín y cobijo. Ya que la lectura de “Debajo de los días” de Ángel Paniagua podría escucharse como una ópera de sí mismo, una ópera donde el autor se hace partitura en verso para ser devorada. El poeta, como un detective, se erige en notario de la realidad y da fe de ello: “aquel pasea al perro/ como cada mañana antes de ir/ al trabajo. Aquella otra se retoca/ el pelo mientras anda a hacer la compra/ para la cena de fin de año. Todos/ cumplen su cometido” –relata en la página 44.

            Ángel Paniagua ha elegido la parte de umbría que tienen las palabras y la memoria más que la de sol. Sus poemas, como ciénagas nos atrapan y “hunden nuestros pies en el barro” de los días, nos abrazan y ahogan en sus metáforas, en sus códigos secretos y en sus certidumbres inamovibles. El libro y su hermenéutica como un “sermón de lo ya sido”, como esa memoria filtrada de un dolor que no termina de extinguirse y que el autor ha sublimado, donde recrea el pasado y cuya reconstrucción no admite ninguna posibilidad de cambio, porque “No hay camino de vuelta hacia el pasado” –afirma en la página 81, nos deja un sabor de ajuste de cuentas consigo mismo, con el mundo y con la vida. Y aunque piensa “que la vida/ no merece la pena”, siempre deja entrever “algún rayo/ de sol que se adivina por encima/ del cielo de tormenta”, porque “Hay tanto que vivir aún, hay tanto/ que juzgar y limpiar, tanto que ver,/ que morirse parece desatino” –confiesa en la página 99.

            En definitiva, “Debajo de los días”, son los rescoldos, o quizá mejor las cenizas de una gran “pasión, fiebre, ardor, desbordamiento,/ borbotón de sangre en las arterias, ceguedad encendida, cauce roto”. Podríamos llegar a pensar que el personaje protagonista del libro busca la reconciliación consigo mismo, una justificación con su pasado para entender su presente, pero en realidad este libro es un cuaderno de bitácora, con una lírica conmemorativa que celebra la existencia y pretende soltar todo el lastre de la nostalgia para continuar con su camino. El libro es un viaje, donde el viajero, a modo de un Ulises “perdedor y desolado”, navega por la memoria de una vida que quiere transformarse en pura poética.

Opiniones de un lector
Custodio Tejada





DEBAJO DE LOS DÍAS de Ángel Paniagua. Editorial Raspabook. Una portada con una maleta y un hombre, sentado de espaldas y mirando al horizonte boscoso, sobre la línea continua que separa los dos carriles de una carretera. En sus entrañas 52 poemas y 153 páginas, dividido en tres partes: I.- El cuarto del poniente con 16 poemas, II.- Oro y vacío (El hilo de los nombres) con otros 16, y, III.- Macbeth en las murallas con 20 poemas. Al final viene un epílogo: “Aclaraciones probablemente innecesarias… y quién sabe si del todo ciertas”, y una “Cronología de los poemas” para darle al espacio un tiempo. Nos advierte el autor que los poemas aparecen “por orden de nacencia”.


jueves, 21 de marzo de 2019

VICTORIA de Miguel Floriano

OPINIONES DE UN LECTOR

VICTORIA de Miguel Floriano

VICTORIA de Miguel Floriano. Una plaquette. Colección de poesía Heracles y nosotros. Gijón 2018. Dirigida por el poeta Nacho González. Edición especial limitada y no venal de sólo 10 ejemplares. 25 páginas y 12 poemas.



 VICTORIA de Miguel Floriano. Una plaquette. Colección de poesía Heracles y nosotros. Gijón 2018. Dirigida por el poeta Nacho González. Edición especial limitada y no venal de sólo 10 ejemplares. 25 páginas y 12 poemas.



Si algo aprende uno con los años es a no tener prisa, a degustar cada momento sin esperar nada más, ya que la eternidad es otro instante. Los caminos del lector son inescrutables, no puedes hacer planes. La sorpresa también forma parte del banquete porque no siempre se elige el menú a sabiendas, y así es como ha llegado a mis ojos esta obra.  El lenguaje es el agua caliente y los escritores o los poetas somos la bolsita de té que infusiona, según el contenido de sus hierbas. Por eso usando las mismas palabras la creación literaria siempre será distinta, lo mismo pasa con la lectura y los lectores. Aunque dice el poeta y pintor Ginés Liébana que “la genialidad no se puede imitar”, quizá sí se pueda aprender en alguna medida. Facundo Cabral comenta que “Somos lo que somos más lo que los demás creen que somos”. José Luís Morante en uno de sus aforismos matiza: “Poética. Salir al día. Marcar con palabras una hoja de ruta”. Dice el neurociéntífico argentino Facundo Manes que “La vida no es la que vivimos, sino cómo la recordamos para contarla”, y añade, “Cada uno crea su realidad: la manera en que pensamos determina la manera que sentimos”. Todo texto encierra una hermenéutica que lo explica, encontrarla es la principal misión del lector. Lo cual significa que el lector se convierte en un observador cuántico y por tanto partícipe de la obra-creación y de la exégesis de la misma, convirtiendo el texto en un bosón de verdad literaria que es capaz de estar en el autor y en el lector al mismo tiempo.

            Una plaquette no es un libro, es otra cosa. Permite una relación distinta de los fragmentos que la componen. Si un libro de poesía es un frasco de perfume, una plaquette sería como una muestra gratuita que busca ser aperitivo gourmet. Algunas son la antesala de un manjar posterior mucho mayor, otras, sin embargo, son simplemente el menú de sí mismas, un bocado exquisito y fugaz en su presentación y contenido, pero también en la publicidad y distribución de la misma. En esta misma colección de Gijón, “Heracles y nosotros”, en el número 15, Miguel Floriano también publicó “Solícito adiós”, que fue germen y adelanto de su posterior libro: “Claudicaciones”. Otros autores de estos cuadernos de poesía han sido Jordi Doce, Sandra Sánchez, Juan Ignacio González, José Carlos Díaz… Y ahora, Miguel Floriano nos ofrece “Victoria”, que sería el número 23/24 de la colección.

Carlos Alcorta comenta que Miguel Floriano Traseira (Oviedo, 1992) es “uno de los autores  más sólidos del joven panorama actual… se aprecia… una notable ambición poética que proviene… de sus lecturas… el rigor formal y rítmico”. Miguel Floriano, un poeta ovetense que usa las “palabras como avispas” y que piensa que “la poesía nos deja desnudos y vulnerables”, dice en una entrevista: “Quisiera que algún día mi pasión por la ambigüedad me ayudase a generar espacios poemáticos insobornables, autosuficientes hasta la perplejidad”. También añade “en literatura lo menos valioso es la verdad, entendida como cómputo de circunstancias que rodean al autor de la obra”, o, el poeta es “lo otro, una identidad posterior al lenguaje, porque el lenguaje crea la identidad”. En una entrevista Miguel Floriano, un poeta que anhela “vivir en las palabras” y en su “danza de sílabas”, dice que su “poesía es una ontología de la voluptuosidad y el deseo”. El poeta, al que le urge escribir sobre “el propio lenguaje y sus representaciones. Trato de escribir de tal modo que la materia lingüística (la palabra) busque la razón de sí misma, lo que creo conduce a su crítica sincrónica: detección de los límites connotativos” –nos confiesa. Tiene un blog: “Lujuria Crítica. Cuaderno de bitácora”. El poeta vive por y para escribir y leer, para “traducir la belleza… ver a los amigos”. Es un poeta que aspira a “la elaboración a largo plazo de un sistema metafísico”, quizá porque navega a la vez en dos océanos de pensamiento, la poesía y la filosofía, como un Saussure o un Lacan asturiano.

            Esta plaquette titulada “Victoria” que, como dice el autor “abre y cierra un mundo propio” y es una “obra con valor simbólico” que va más allá de un amor nostálgico, nos invita a penetrar en su estructura latente y patente como si fuera un reto que el autor lanza, para que descubramos sus verdaderas intenciones, con la dificultad y peligro que todo reto entraña. En ella se respira cierto misterio o hermetismo que el propio autor se encarga de mantener como ingrediente aglutinador. La poética de esta plaquette “trata de palabras que nacen para morir,/ y mueren sobre unos ojos/ brillantes como pájaros”  -dice en el último poema.

            Un poema de siete versos nos recibe a la entrada haciendo el papel de prólogo breve: “Hubo palabras/ que nadie dijo… Es hermoso decirlas hoy,/ aquí, callándolas de nuevo”, y que nos deja un cierto sabor a Antonio Machado al leer el verso “aquellos días azules”. A continuación, dos citas nos reciben, una de Paul Valéry y otra de una canción de Townes Van Zandt, que te predisponen para un paseo por la memoria, reflexivo y melancólico. Así el lector también asume cierto papel de semilla que busca germinar en los poemas, lo mismo que el autor ha pretendido en los recuerdos y sus lecturas, para crear “el mejor de los mundos posibles”, que para él siempre estará en el lenguaje.

Hay palabras que, como gárgolas agazapadas y expectantes, convierten el texto en un tejado de catedral o campanario. La elección de unas u otras palabras y su relación entre ellas dicen mucho del poeta que las usa, marcan el destino de la obra y su lectura, el sentido último y crucial de su mensaje. Las palabras-conceptos que usa aquí el poeta apuntan a la metafísica, pero también a una ética. Las palabras nos indican siempre un territorio, una “tierra oscura”, apuntan en una dirección, así encontramos: verdad, libertad, victoria, amor, luz, “el idioma del bien”, perdón, memoria, solidario, piedad, agua, cerca…, pero también leemos: odio, miedo, envidia, decepción, engaño, vanidad, fraude, muerte, dolor, sombra, mal, ironía, olvidar, fuego, lejos… O sea, la dualidad (el yin y el yan), los contrarios nos mecen en ese vaivén de mar que tiene el poemario, de oleaje lírico y metafísico; con el cual busca el poeta “un nuevo nacimiento” en el equilibrio, perdurar, hacerse palabra y conocimiento. “Los ojos arden cuando buscan/ nacer de nuevo en lo que miran”, o, “cautelosas aguas movían las palabras/ hacia donde de verdad se las espera,/ temblando en cauce imprevisible –dice.

            Al poeta le gusta jugar con el lector y hacernos pensar, situarnos en un sendero literario donde nos aguardan distintos geocaches. La intertextualidad en el texto también tiene su importancia. Cada nombre que aparece en un libro (explícito o implícito) es un escaque del tablero de ajedrez que supone otro camino dentro de la hermenéutica de dicho libro, que complementa y amplía, y hasta explica. Aunque busca “huir de la semejanza, que es la rémora del asombro” –nos dice. En ésta plaquette ciertos nombres revolotean como mariposas y dejan un rastro a seguir: Tupac Shakur, Leibniz, John Lennon, Bob Dylan,… Dice Diderot sobre Leibniz: “Cuando uno compara sus talentos con los de Leibniz, uno tiene la tentación de tirar todos sus libros e ir a morir, silenciosamente en la oscuridad de algún rincón olvidado”. Y es quizá eso lo que pretende el autor, marcar un paralelismo con ellos, pero no para irse a un rincón olvidado, sino para acompañarlos. Todos han sido grandes genios en lo suyo. Y quizá esa es la aspiración máxima de nuestro poeta, soñar con ser otro genio.

            Hay un sutil juego de transmutación, la literatura como un juego “patarrealista” (Victoria, un amor del pasado que, como un cisne, se hace metáfora de la poesía o más aún, que le sirve para transformar esta plaquette en una poética, en una reflexión metapoética. La metonimia le permite transmutar a Victoria, que se torna en una sinestesia también conceptual. La amada es la poesía, la poesía es la amada, la palabra, su verdadero amor, su razón de ser. Una noción que se hace metáfora y deseo para expresar el verdadero logro y anhelo de éxito que tiene el poeta cuando escribe. Porque como si de un puzle se tratase, al poeta le gusta ir dejando esparcidos por el texto sus señuelos, como cebos con los que atraer al lector a su anzuelo más críptico y profundo. Todo fluye como un monólogo “country” que interpela, como una especie de banda sonora. Amada y poesía se funden en un único ente, forjando una sola realidad lírica. Es un texto eminentemente metaliterario y metafísico, y donde la metonimia ejerce su poder y le da un nuevo significado a cada palabra. “Disfracé las palabras, malgasté mi cuerpo”, o, “Poema/ es un lugar que mi lenguaje asola” – dice en el poema Interludio. Lugar y verdad, dos conceptos que pugnan en su poética por hacerse un hueco entre el amor y el tiempo. Porque Miguel Floriano “deja caer las palabras” sobre el poema con pericia de jardinero, para que como semillas germinen en la mente del lector, creando una nueva realidad, otra identidad del poema. Hay posibilidades de que incluso Victoria, además de la amada (poesía y persona) del poeta, real e imaginada, en algún sentido sea también, por simbolismo, el triunfo de la poesía, y todo el texto sea un homenaje para “decir la herida abierta” que todos compartimos tras la pérdida del amor, la herida infinita que sirve para “acompañarte con la escritura” en tan duro viaje. “La tristeza vive/…/ allí donde el perdón está ausente” –dice. Distintos reflejos confluyen en las mismas palabras: la amada, la poesía, el autor…, paralelismos que caben todos y comparten los mismos significantes y significados.

            En cualquier caso, después de leer “Victoria”, como metáfora del éxito y la genialidad, uno descubre que Miguel Floriano es un gran poeta, que lo salva la escritura y la literatura. Su obsesión es ser poeta por encima de todo, porque escribe “durante las mañanas, las tardes y las noches”, como un acto salvífico, como un acto reparador que le permite ser una crisálida que está siempre naciendo de nuevo.

Opiniones de un lector

Custodio Tejada

 21 de marzo de 2019



VICTORIA de Miguel Floriano. Una plaquette. Colección de poesía Heracles y nosotros. Gijón 2018. Dirigida por el poeta Nacho González. Edición especial limitada y no venal de sólo 10 ejemplares. 25 páginas y 12 poemas.

En GRANADA COSTA digital (9 de enero de 2020)


domingo, 10 de febrero de 2019

MATRIA de Raquel Lanseros

OPINIONES DE UN LECTOR

                                                                  MATRIA DE RAQUEL LANSEROS


MATRIA de Raquel Lanseros. Editorial Visor Poesía. Número 33 de la Colección Palabra de Honor. 45 poemas y 116 páginas, en papel grueso y tapa dura. Unas amapolas de pétalos púrpuras nos reciben en la portada de forma atrayente y atractiva. Y al final el dibujo de una rosa yacente donde se anuncia que se acabó de imprimir en Madrid el 24 de octubre de 2018. De todos los participantes en dicha colección (más de 30) es la segunda mujer que aparece.




MATRIA de Raquel Lanseros. Editorial Visor Poesía. Número 33 de la Colección Palabra de Honor. 45 poemas y 116 páginas, en papel grueso y tapa dura. Unas amapolas de pétalos púrpuras nos reciben en la portada de forma atrayente y atractiva. Y al final el dibujo de una rosa yacente donde se anuncia que se acabó de imprimir en Madrid el 24 de octubre de 2018. De todos los participantes en dicha colección (más de 30) es la segunda mujer que aparece.

Entro en cualquier coche-libro. El móvil me avisa: ¡Blutú; acoplamiento fallido! No siempre la química metodológica y epistemológica funciona. De igual manera, a veces el “bluetooth” de la lectura no ensambla bien con las expectativas que despierta, otras veces engancha y acopla con precisión de amantes y revelación divina. Como vivimos  inmersos en el posmodernismo puro y duro, una época irracional donde la verdad se construye  y donde toda verdad es relativa (salvo la propia) y donde cada persona tiene su verdad inalienable (salvo cuando se enfrenta a la verdad imperante), por tanto, la objetividad no existe y todas las certezas que pongan en duda estas premisas deben ser deconstruidas para conseguir la corrección política del pensamiento único que nos conduce a “la ideología invisible o The Silent Revolution” del “proceso histórico y cultural que subyace” en ellas, “con la doctrina del victimismo, concepto fundamental en esta ideología”, además del “presentismo” y el “multiculturalismo” (Stanley G. Payne), y donde el control del lenguaje, como diría Chomsky, es el medio más eficaz para conseguir los objetivos.

                Muchas voces retumban dentro de la misma voz. Aunque a priori pudieras pensar que Matria está puesto ahí como antítesis de Patria, podría también pensarse que en este poemario son dos caras de una misma moneda más que otra cosa. “Matria” es aquí un concepto aglutinador en torno al cual los poemas ejercen un tipo de sinergia y consenso, como una especie de broche que da sentido al conjunto. “Matria”, como título, estaría más en consonancia con la acepción de Julia Kristeva como “otro espacio”, como un lugar interior en el que crear un “cuarto propio” que diría V. Woolf, con todas sus reminiscencias y anhelos, o con la visión de María Zambrano, más que con las acepciones de Unamuno o Borges, que también podrían añadir matices. Ya el título, como neologismo, nos lleva de una forma implícita a escritoras como Virginia Woolf, Isabel Allende y Christa Wolf, pero también a los pueblos indígenas americanos como los mapuches, aymaras o quechuas. Para Raquel Lanseros la verdadera Matria es el lenguaje (el idioma es nuestra verdadera tierra natal, la concepción que nos une), y su verdadero hogar es la poesía “que toma conciencia” de que “Nuestro nombre es la casa/ donde nace la madre”. Y qué es la poesía sino el atuendo con el que se viste el poeta o la radiografía que transfigura a una sociedad. “Y qué gozosamente, con qué brío/ uno se da de bruces con el mundo/ y antes de comprenderlo ya lo ama” –leemos en la página 17, igual pasa con los libros y con “Matria”. La lectura de la sinopsis te predispone para que enfoques tu mirada de una forma holística, donde la sinergia, situada más allá de lo inductivo o lo deductivo, proyecta su capacidad de interacción entre los distintos fragmentos.

Después, apenas un puñado de líneas a lápiz han servido para que Juan Vida construya un retrato de Raquel Lanseros, artífice ilustrador también de la portada de amapolas intencionadamente púrpuras. A continuación, el índice, sin divisiones ni partes, con 45 poemas en bloque. Posteriormente una dedicatoria donde ofrece el libro a su hijo. Más adelante cuatro citas como cuatro guiños (todas de mujer), una de Rosalía de Castro (española), otra de Ingeborg Bachmann (alemana), de Rosario Castellanos (mexicana) y de Li Quingzhao (china), las cuatro nos introducen en el poemario a modo de prólogo o como una carta de navegación cosmopolita.

En la Revista Proverso dice Mateo Barbato: “Matria es una perspectiva, una relectura del mundo tal y como lo conocemos”, “Matria se descompone en temas como la libertad, la inmortalidad, la decadencia política, la magia del descubrimiento, la revolución, y, como no, la imaginación creadora y cómplice de la poesía”. Francisco Morales Lomas añade: “Con su última obra, Matria, penetra directamente en la esencia de lo humano, lo convierte en materia sensible, vivificante, esplendente. Un libro de suculenta riqueza expresiva y múltiples matices, sinuosidades, lecturas diversas y enriquecedoras”, “transita del yo al vosotros, del tú a ellos”. Daniel J. Rodríguez matiza en Zenda XL Cultural que “Matria es la conciencia del tiempo de la vida”. Alberto Dovar: “Matria es maravilloso. No solo por lo que cuenta, sino por el valor exacto de cada palabra, ni falta ni sobra ninguna. Este libro se subraya en el corazón”. En la solapa de la sobrecubierta del poemario podemos leer: “En ese territorio holístico se adentra la fuerza expresiva de la poeta… en una ceremonia poética rebosante de valentía, imaginación y vigor.” La propia Raquel Lanseros nos confiesa en una entrevista que “La poesía es el territorio absoluto de la libertad”, y que ella quiere “transmitir la verdad que anida dentro de un ser humano”.

El lenguaje de los números nos introduce en un mundo algo hermético, en un mensaje oculto, o al menos, discreto. Una arquitectura numérica sostiene los pilares de este libro. Ciertos números, como epifanías, aparecen en este poemario: 666, 21, 45, 1936…, y el número áureo de fondo, como arquetipo que contiene también la belleza globalizante. “Soy lienzo de simetrías canónicas” –reza en la página 53. “Matria”, seis letras, tres en rojo y tres en negro, en el interior. Ejemplar que ocupa el número 33 de la colección Palabra de Honor, en Visor Poesía. El 33, un número maestro, que desea, como una cumbre espiritual, llevar a los demás hacia la iluminación y lo eterno, hacia la luz “holística” del conocimiento y de la verdad que propone.

                El primer poema “La loca más cuerda” es un mar de interrogantes introductorios que nos deja desprotegidos de toda convicción, que busca desnudarnos como forma de desarme ante cualquier dogmatismo, para enfrentarnos a nosotros mismos, como si fuera una especie de poema-camino iniciático que conduce a otra realidad paralela. Una forma de hacernos repensar nuestras “certezas”. Raquel Lanseros, como “La loca más cuerda”, camina llena de interrogantes y algunas que otras convicciones que actúan como respuestas para no olvidar quién es y de dónde viene, y a dónde desea llevarnos. Sus versos se expanden y contraen en un Big Bang lírico que alcanzan los límites del momento histórico y su memoria. “Defiendo la memoria como la patria íntima” –nos revela en la página 107. Nos conduce a la identidad de los recuerdos, “donde las raíces del vaho aman y rezan”, entendidos estos como una correa de distribución que mueve el motor de una de las voces poéticas más importantes y exitosas del panorama poético contemporáneo. Bien podríamos considerarla como el buque insignia de una generación y una época que ha hecho de la poesía frente a la incertidumbre otra forma “de-escribir” el mundo y ponerlo en tela de juicio.

Son las sílabas y su cómputo, como el cloroplasto, las que contienen la clorofila de la métrica, la musicalidad del viento y las hojas que azotan suavemente el poema. Con endecasílabos o con alejandrinos sus poemas son corredores de fondo. Pero también danzan heptasílabos, pentasílabos, trisílabos… Y en medio de sus versos libres, emerge como un iceberg de “Fuego mutilado” la estructura clásica de un magnífico soneto en la página 31, o unas “Coplas de pensamiento poliédrico”.  Un poemario con múltiples recursos donde el experimentalismo, como la ausencia de puntuación o la ruptura silábica de las palabras para crear nuevos espacios de significación, agranda su figura creativa de excelsa matriz lírica. “Y uno se siente vivo porque sabe/ que todo está en primicia eternamente”, como un oxímoron divino.

                Y como “Nada surge de la nada”, que diría Parménides de Elea, qué son entonces las intertextualidades sino aceleradores de partículas, horizontales o verticales, que nos llevan a una transversalidad lectora, en definitiva, que teletransporta a unos diálogos previos que el autor ha mantenido con otros y consigo mismo hasta llegar a la intertextualidad entendida como una especie de alquimia o pócima literaria donde cristaliza una nueva interpretación que amplía nuestra percepción y la retroalimenta. Una retahíla de nombres acompaña el itinerario de la lectura. Enrique Santos Discépolo, Platón, Jacques Brel, Yeats, Jean Gabin, Francesco Petrarca, Dante, Antonio Quintero y Pascual Guillén, Albert Camus, Pablo Neruda, Elena Valdelamar, Rubén Darío, T.S. Eliot, Johne Donne, Roberto Juarroz, Lorca, Benjamin Button, Munch, Khalil Gibran, Robert Frost, Imperio Argentina, guiños también a Hemingway, Cervantes, Tolstoi… Ulises, Poseidón, Goliat y David… También los libros son recorridos y transitan por lugares interiores y exteriores. Así viajamos hacia otros puertos en busca de Ítaca, del Edén, del estuario del Río de la Plata, del Barrio la Boca, lago Calafquen, País Vasco francés, Hendaya-Irún, Chile-Villa PanguiPulli, Florida, Golfo de México, Avignon, la península ibérica, américa latina, Europa, España… Un conjunto de palabras esparcidas en el libro, como hitos en el camino, también nos guían y retratan una época: Posmodernidad, anglofilia, androides, estoicos, desheredado, refugiados, hiperestesia, utilitarismo, holístico, genocidio, antropocentrismo, canónico, paradigma, liturgia… Muchas son las temáticas del libro: El bien y el mal, tiempo y espacio, la Guerra Civil, la lucha de la mujer y el feminismo (refiriéndose a ellas dice: “Llevan siglos mirando desde lejos las hazañas ajenas, en los escaparates de la Historia”, “todo el futuro seguirá agonizando/ hasta que no sea suyo lo que les pertenece”), la memoria y los recuerdos, pasado y futuro, una voz ecologista crítica con el consumismo y el capitalismo… “de un mundo sin luciérnagas”. Nos advierte que “Mi tiempo es ceremonia de insolencia…”, tal vez porque hemos aprendido que los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos.

                Cuando lees a Raquel “las palabras preguntan por (su) alma” y “engendran sabor a nuevo mundo”, por lo que te convierten, en cierta medida, en un descubridor de su lírica profunda y metafísica, en la que navega la esperanza de una revolución contra la impostura y la manipulación. Sus versos pretenden ser “hologramas” de otra época y de la presente, en cruce y diálogo constante, pero también son “fotografías, vídeos, grabaciones”, testimonios de vida, “todas las lluvias de América y de Europa” juntas al mismo tiempo en “Matria” para dar fe de una nueva misión.

                Algunos poemas son más metalingüísticos, como “La lengua necesita una escapada” que conforman toda una poética donde el lenguaje recurre a la poesía como eje de salvación. Es la suya una poética que parece estar “presidiendo el mismo corazón del mundo”, una poética de útero que a todos nos contiene y define, o al menos lo pretende, haciéndonos pedazo de sus pedazos y fragmento de sus fragmentos en un “tótum revolútum”, en los que desemboca su conciencia que termina siendo la nuestra, por contacto y por amor, y que origina “todo conocimiento”, ya que sobre sus versos construimos nuestra casa común.

 En “Matria”, quizá uno de los libros más experimentales de los que haya escrito “con apoyo de todos los recursos que el lenguaje brinda”, y más concretamente en el poema “Europa”, juega con los conceptos, con las palabras y sus sílabas creando espacios paralelos de significación, una de dos, quizá porque eso sea para la autora Europa, un engendro experimental si nos fijamos en su historia, en creación y destrucción constante, en un vaivén de acordeón, como las sílabas de este poema; o porque el lenguaje es el primer paso para cualquier transformación. “el tu yo es el no mbre de una mujer violada/ y Platón a firmó/ el no mbre es arquetipo de la cosa” –dice en la página 27. Otros poemas más visuales emparentan con el cine o la pintura, con el grito de Munch o “Morena clara”. Aparecen poemas bilingües. También hay citas en inglés, francés y alemán. Un libro lleno de guiños ideológicos y eruditos, que funciona como un puente aéreo o un crucero de ida y vuelta entre España, América y Europa, entre la lírica y la épica, entre lo hermético y lo evidente, entre lo fragmentario y lo absoluto, entre el español, el inglés y el francés, entre el bien y el mal, entre la historia y la fe, entre el pasado, presente o futuro, entre el teatro, la poesía y la metafísica, o el cine y la pintura…

                Cuando leas “Matria”, con sus múltiples lecturas posibles, no des nada por sentado, cada lectura arranca nuevos matices, nuevos significados subyacen entre las mismas palabras. Un poemario que aspira a llevarnos “rumbo a la verdad”, ni más ni menos, “frente a la mentira dominante”, porque se presenta como una “poesía que nos asciende al cielo”, un cielo diferente y nuevo, más salvífico que ningún otro, el de Raquel Lanseros. Especialmente escrito si te “gustan las palabras cansadas de camino/ ésas que a vida o muerte se empeñan en decir” cosas nuevas.

                Dice Lawrence Ferlinghetti en “La poesía como arte insurgente”: “¿Para qué sirven los poetas en épocas como éstas?/ ¿Cuál es la utilidad de la poesía?”. “La condición del mundo pide auxilio para que la poesía lo salve”. Y eso es lo que pretende Raquel Lanseros, “Decide si un poema es una pregunta o una declaración, una meditación o una protesta”, de eso van los poemas de este libro, de ser subversivos, cuestionando constantemente la realidad y el “status quo” recibido. Ahí radica la fortaleza de “Matria” y su nuevo big-bang. La sinergia entre sus partes forma un todo que va más allá de cada poema. Eso es lo que pretende indicar este poemario: “que no es arbitrario, que todos coincidimos en ello si miramos con atención” a “donde se estrella cada día la verdad”. El libro es una búsqueda que termina con el hallazgo de un puñado de certezas. Busca la verdad como odisea, la propia. “La primera verdad que siempre vuelve/ a quien ya entiende que es la verdadera” –nos advierte “Cielo arriba”. Se pregunta: “¿Soy épica o hermética? / ¿Versicular o clara?/ ¿2.0 o mística?” Raquel Lanseros es todo eso y más, es alguien que nos expone que su “ambición mayor/ es volver a nacer”, a ser siempre otra sin dejar de ser ella misma. Por tanto, lo que demuestra “Matria” es que “El sol puede salir también de noche” y que puede poner patas arriba la creación tal y como la conocemos, si ella quiere. Y para concluir quiero parafrasear a la poeta: “Hay quien tiende a pensar que lo merece todo./ Yo prefiero dar gracias” por todo lo recibido, que es mucho, con esta lectura y los pensamientos que sugiere en este comienzo tan agitado de siglo y de milenio donde la posverdad campa a sus anchas.

Opiniones de un lector
Custodio Tejada
Febrero de 2019


MATRIA de Raquel Lanseros. Editorial Visor Poesía. Número 33 de la Colección Palabra de Honor. 45 poemas y 116 páginas, en papel grueso y tapa dura. Unas amapolas de pétalos púrpuras nos reciben en la portada de forma atrayente y atractiva. Y al final el dibujo de una rosa yacente donde se anuncia que se acabó de imprimir en Madrid el 24 de octubre de 2018. De todos los participantes en dicha colección (más de 30) es la segunda mujer que aparece.










miércoles, 23 de enero de 2019

LAS ÓRDENES de Pilar Adón


LAS ÓRDENES de Pilar Adón. Editorial La Bella Varsovia. Poesía. Dividido en tres partes, con tres enfoques de la dependencia. 68 páginas y 35 poemas (las primeras palabras de la mayoría de los poemas asumen el papel de títulos). Tercera edición en noviembre de 2018. Y un verso para abrir boca: “Volver a casa es el miedo”.



LAS ÓRDENES de Pilar Adón. Editorial La Bella Varsovia. Poesía. Dividido en tres partes, con tres enfoques de la dependencia. 68 páginas y 35 poemas (las primeras palabras de la mayoría de los poemas asumen el papel de títulos). Tercera edición en noviembre de 2018. Y un verso para abrir boca: “Volver a casa es el miedo”.

Cuando entro en una librería me dan muchas ganas de leer y ninguna de publicar. Lo que nos pasa a los escritores con la letra impresa es algo enfermizo, muy parecido a lo que vive una polilla con la llama de una vela. Nos gusta quemar nuestras alas en las imprentas. Al elegir los autores, cada editorial tiene su tijera y su forma de recortar la realidad, e incluso de recrear el mundo a su antojo, como no puede ser de otra manera. Buscar una cuota de mercado o un prototipo de lector, encontrar un espacio vital donde hacer cada uno su revolución y su guerra, esa es la máxima aspiración de cualquier proyecto intelectual. Encontrar cada uno su Dorado, en suma.  Y mientras tanto, el lector sobrevive como puede entremedias de las grandes publicidades demostrando que no solo vive de ellas. Lo que demuestra “La Bella Varsovia” es que hay poesía más allá de los paraísos editoriales, de que hay vida literaria más allá de Tusquets y sus Textos Sagrados, Visor, Hiperión… Como todo pacto con los lectores, “La Bella Varsovia” está repleta de una nostalgia utópica, como lo demuestra su catálogo de títulos y autoras como Ana Rossetti, Fruela Fernández, Berta García…, en una apuesta clara por una nueva poesía social y un orden lírico nuevo. Ya sabemos que el individuo es más vulnerable cuando va solo que cuando marcha en grupo. Desde que nacemos proyectan roles (expectativas) sobre todos nosotros, en casa, en el cole, entre los amigos, en el trabajo, en Facebook… que muchas veces tenemos que asumir el trágala para ser aceptados, o rebelarnos, y entonces caer en el ostracismo o el desprecio, cuanto menos.

Dice Archie Randolph Ammons que “las palabras son un modo de defenderse/ en el/ mundo”. La portada de “Las órdenes” de Pilar Adón, en una presentación exquisita, con aspecto vintage y un color crema de fondo, nos deja una imagen onírica que anuncia, quizá, la extrema incertidumbre que produce el miedo. Una edición cuidada y elegante cuya cubierta, un collage de Francisa Pageo, profetiza el surrealismo que impregna en alguna medida todo el poemario. Una faja, como una tela de araña para atrapar al lector, en color tierra, abraza y apadrina el libro con una frase de Fernando Aramburu que dice con todo el peso de su nombre: “Provista de un fino ingenio para extraer mil y una sutilezas psicológicas de los barros interiores de que están hechos los seres humanos”. En la contraportada se apunta que “Pilar Adón ha escrito un libro incómodo por su cuestionamiento de aquellos dictados –crecer, cuidar, reproducirse, seguir cuidando- que habíamos asumido, y contra los que Las órdenes se rebela”. Carmen Sigüenza dice en “Tribuna Feminista. elplural.com” que “Pilar Adón mete el bisturí en las relaciones de dependencia” y que “se ha convertido en una de las escritoras más reconocidas y valoradas por su profundo amor a la palabra y su intensidad temática” sobre “una verdad que adquiere verdad literaria porque Adón escribe sin disfraz”. Diego Doncel completa en ABC Cultural que “Las órdenes está construido por medio de dicotomías tanto existenciales como morales. Por eso a la vez que expresa ese malestar, es un libro sobre la posibilidad de la ternura… y del sufrimiento familiar y social”, “es un libro de lenguaje, de imágenes y de pensamiento, es decir, de vida”. Y ya para rematar concluye Francisco Javier Irazoki en el Cultural.com que “Adón sacude los mitos femeninos: la maternidad, un fardo de expectativas, las sumisiones”, o que “su escritura nítida y refinada no se agota en la superficie de los hechos y paisajes. Ahonda. Sus páginas contra la resignación o la culpa desvelan nuestras contradicciones.” Y así es como he leído el libro, con la música de Vanesa Martín y de “Todas las mujeres que habitan en mí”.

            Las dos primeras palabras del primer poema: “Regalarlo todo”, nos anuncian lo que es este libro, un regalo de Pilar Adón a todas las madres y las hijas, especialmente con una clara intención: huir del sometimiento de los roles, de las órdenes y de las imposiciones sociales. El libro sigue una trayectoria que transita los márgenes del orden establecido y busca otra perspectiva, un orden nuevo al que aspira con lucidez. En este poemario “Las órdenes” van unidas a la palabra culpa y la palabra miedo, pero también a “la palabra ficción y a la palabra verdad”.

            Lo que nos cuenta Pilar Adón es otro sentir, nos muestra una mirada distinta, otra forma de ver los hechos y sus consecuencias. Refundar la feminidad, reconducir “Cada mirada de hembra. Cada preñez” para liberarnos del miedo porque “el cuerpo… lejos de aumentar/ reduce su tamaño y se parte en dos”. La maternidad se expone como un yugo, una opresión o una condena. Algunos tintes surrealistas se esparcen por el libro, quizá con la intención de crear un clima onírico, para desvelar el lenguaje que hay “a través del sueño”, como el poema “Un perro en el barreño del bebé” que bien podría parecer el conjuro de una bruja.

Poemas largos y poemas cortos, algunos de un par de versos que emparentan con el aforismo, se suceden y marcan un ritmo roto donde el matiz de los significados son señales certeras que ayudan a interpretar el conjunto, a poner en tela de juicio toda certeza. Su lírica narrativa avanza por nuestros oídos con “silencioso impulso” de serpiente que se arrastra por los renglones de hierba “en una interminable tentación del malestar”. Sus poemas, la mayoría sin título, dibujan escenas, atesoran momentos íntimos de valor incalculable. El texto, eminentemente enunciativo, crea una atmósfera onírica con tintes de pesadilla que pretende instalarse en una voz rebelde con la intención no solo de denunciar las cosas, las actitudes, los roles, sino también de cambiarlos. Poemas, con una clara vocación descriptiva, que parecen secuencias cinematográficas de una memoria con cargas de profundidad que conducen a un cuestionamiento metafísico y moral de la realidad. Un poemario que en su conjunto pareciera una serie televisiva, y cada poema uno de sus capítulos. Los versos de “Las órdenes”, de una visualidad extrema, avanzan a cámara lenta, como si fueran un mar detenido lleno de puntos y comas que dan al texto una fluidez lenta y sugerente, por lo que tienen de fotogramas, da alud de imágenes y percepciones.  Los ojos de Pilar Adón se convierten en los focos que apuntan al escenario para resaltar a los actores principales de su poética social, sus latidos. Los poemas cortos de uno o dos versos actúan como una claqueta que prepara la toma siguiente.

También hay nombres que acompañan su camino y el nuestro, itinerarios vitales que confluyen en su poesía y su pensamiento. Alice Oswald, Jane Kenyon, Percy Bysshe Shelley, Ingeborg Bachmann, Thoreau Katherine Mansfield… Numerosas figuras literarias embellecen el texto, anáforas, epanadiplosis, concatenaciones, polisíndeton... Un poemario que, confeccionado en tres partes, nos presenta tres enfoques de la dependencia, como madre, como hija-cuidadora y como poeta. “No queremos ser madres./ Seguir siempre hijas” –nos confiesa en la página 30.

Sí, hay que reconocer que Pilar Adón escribe “Las órdenes” como si hubiera hecho un inventario de su vida y de sus ideas, un arqueo de sus verdaderas posesiones en pos de la razón de su existencia y del sentido de la poesía, la suya. Una poesía social comprometida con la causa: la transformación de la sociedad. Con este libro contribuye a la creación de una nueva conciencia y a la constatación de una consciencia distinta. Eso es “Las órdenes”, una expedición a su yo más íntimo, “a la vida de siempre”, a la esencia de su ser femenino cansado de tantos atropellos. “Ellos no lo advierten/ pero arrastramos un rencor en los genes/ heredado de cada mujer” -exclama Pilar Adón en la página 34 como una amazona del verso, “Acusando un odio que no se cura”. ¿Pero qué quiere conseguir o a qué aspira en última instancia Pilar Adón con este libro? A “corregir cada palabra, cada voz./ Cada movimiento y cada gesto”. Busca una nueva fe, despertar a la serpiente y encontrar otro camino para escapar de cualquier intento de sumisión, partir de cero para darle una nueva utilidad a las palabras y a los hechos. Una “resistencia eterna…/ mejor no dejar/ nada./ Ni hojas ni muebles./ Ni cosas ni hijos” –apunta en la página 27, no le preocupa “recoger lo que se ha sembrado”, quiere ser en la plenitud de sí misma, nunca “una hembra delicada ni pusilánime”. Una llamada a rebelarse, un canto a la desobediencia, porque sin obediencia las órdenes no son nada, y todos, sin excepción, somos el resultado de las mujeres que nos habitan.




Opiniones de un lector.
Custodio Tejada
Enero de 2019