miércoles, 24 de junio de 2020

MEMORIAS DE LA CAUTIVA de Carmen Hernández Montalbán.


OPINIONES DE UN LECTOR. Por Custodio Tejada.

MEMORIAS DE LA CAUTIVA de Carmen Hernández Montalbán. Ediciones Alféizar. Novela. Premio Alféizar 2019. Tamaño 15 x 23. 241 páginas y 29 capítulos. Cuerpo de letra tamaño grande, interlineado a doble espacio, márgenes de la página 2 y 1,5 cm., y 22 renglones por página, aproximadamente. En cuanto a su composición tipográfica, unas páginas en cursiva para la voz de los documentos, y otras, en Times New Roman normal para el resto. La portada, una fotografía que parece en relieve, es el retrato de una anciana que centra su atención en la mitad derecha del rostro, realizada por Enrico Pitton, donde los colores fríos del fondo se equilibran con los cálidos de la piel arrugada que la mujer exhibe en un primer plano.  Abre con dedicatoria y agradecimientos, luego, un atinado y lúcido prólogo de Jorge Rafael Marruecos. Después del prólogo aparecen once reproducciones de las firmas originales de algunos de los personajes que aparecen en la trama. Una novela histórica (“en la que se mezclan historia y ficción”) que habla, con la fuerza de un archivo, de una Accitania tan remota en el tiempo como cercana en el afecto, sobre don Antonio Mira de Amescua y el Siglo de Oro como decorado, y con Guadix siempre al fondo. El final que abrocha la historia nos recuerda aquella muletilla de cuento que dice: “Fueron felices y comieron perdices”.



MEMORIAS DE LA CAUTIVA de Carmen Hernández Montalbán. Ediciones Alféizar. Novela. Premio Alféizar 2019. Tamaño 15 x 23. 241 páginas y 29 capítulos. Cuerpo de letra tamaño grande, interlineado a doble espacio, márgenes de la página 2 y 1,5 cm., y 22 renglones por página, aproximadamente. En cuanto a su composición tipográfica, unas páginas en cursiva para la voz de los documentos, y otras, en Times New Roman normal para el resto. La portada, una fotografía que parece en relieve, es el retrato de una anciana que centra su atención en la mitad derecha del rostro, realizada por Enrico Pitton, donde los colores fríos del fondo se equilibran con los cálidos de la piel arrugada que la mujer exhibe en un primer plano.  Abre con dedicatoria y agradecimientos, luego, un atinado y lúcido prólogo de Jorge Rafael Marruecos. Después del prólogo aparecen once reproducciones de las firmas originales de algunos de los personajes que aparecen en la trama. Una novela histórica (“en la que se mezclan historia y ficción”) que habla, con la fuerza de un archivo, de una Accitania tan remota en el tiempo como cercana en el afecto, sobre don Antonio Mira de Amescua y el Siglo de Oro como decorado, y con Guadix siempre al fondo. El final que abrocha la historia nos recuerda aquella muletilla de cuento que dice: “Fueron felices y comieron perdices”.



                Juzgar el pasado desde el presente siempre supone un gran riesgo, y especialmente si es para construir o justificar un futuro. En la actualidad, según la retrotopía posmoderna, buscamos la solución del futuro en pasados supuestamente más ideales. Manifiesta Walter Benjamin, cuando coge como metáfora la obra de Paul Klee “Angelus novus” que, la Historia es el vendaval que empuja hacia el futuro. Y Zygmunt Bauman expresa que nuestro mundo está aquejado de “una epidemia de nostalgia” que retorna a la mitología del pasado como reconstrucción de un mundo ideal, pudiendo recordar aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque no sea del todo cierto. Nos advierte de cómo se reescribe y modifica la Historia para idealizarla o condenarla, a conveniencia. Según Zygmunt Bauman, de la negación de la utopía surgen las “retrotopias, que son mundos ideales ubicados en un pasado perdido… que, se ha resistido a morir”, o también nos dice que “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”, porque “El futuro es, en principio al menos, moldeable, pero el pasado es sólido, macizo e inapelablemente fijo”. Nos aclara Pedro Insua en su ensayo “1492. España contra sus fantasmas” (página 42): “al-Ándalus, a medida que se transformaba en categoría histórica, se iba convirtiendo también en mito negrolegendario anticatólico (e incluso anticristiano), y después antiespañol –el mito de al-Ándalus contra España-, en el que la -civilización andalusí-  aparece como ideal político, como sociedad política dotada de los atributos característicos del buen gobierno, en contraste con la decadencia en la que se presupone… del gobierno despótico de la monarquía católica”. O como diría el mismísimo Fray Luis de León (1527-1591) en una de sus poesías: “Porque te ha salteado/ en medio de la paz la cruda guerra,/ que ahora el Marte airado/ despierta en la alta sierra/ lanzando rabia y sañas/ en las infieles bárbaras entrañas./ Do mete a sangre y fuego/ mil pueblos el morisco descreído,/ a quien ya perdón ciego/ hubimos concedido,/ a quien en santo baño/ teñimos para nuestro mayor daño.” En la página 44 de Memorias de la cautiva podemos leer en puño y letra de Angélica de Molina, que es Carmen transmutada: “En los ancianos, la memoria es como un túnel con dos bocas diferentes. Una la del presente, muy angosta, pues olvidamos lo que hemos hecho apenas unos segundos antes. La otra, la del pasado, anchurosa y clara como si las experiencias más lejanas regresaran a nosotros en un viaje por el tiempo”, o en la 47: “Nunca habíamos ofendido a Dios, ni siquiera al rey, a pesar de las tropelías que contra nosotros se cometían en su nombre.”

Nos comenta Umberto Eco que “Entrar en una novela es como hacer una excursión a la montaña: hay que aprender a respirar, coger un ritmo de marcha, si no todo acaba enseguida.” Así es como también hay que leer, porque cada libro tiene su propio mapa, un itinerario que hay que transitar con el paso adecuado para no perderse en el bosque del desaliento y la fatiga. Y el Papa Francisco dice que “No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo.” Por tanto, cuando se escribe una novela histórica (de alguna manera) siempre conlleva una parte identitaria que busca una razón de ser y estar en el tiempo, un posicionarse en una redención. La figura de Antonio Mira de Amescua, sombra que todo lo envuelve, aunque aparece poco en el relato, en realidad es la excusa perfecta para poner el foco en Guadix y en el tema central que no es otro que el de los conversos y la “pureza” de sangre y de honra, y donde queda muy bien reflejado el papel de la mujer junto al aspecto moral y religioso de aquella época, a mi parecer. Un hecho revolucionario para la época es que Ana se casa con quien quiere, y con él, con Rodrigo, tiene dos hijos: Antonio y Angélica, que corroboran nuestra rica historia tan marcada por el mestizaje tanto a este lado como al otro del océano, y por la que tanto nos han criticado en el resto de Europa por degeneración de la raza, en el pasado y en lo contemporáneo.

Sobre Memorias de la Cautiva de Carmen Hernández Montalbán se han manifestado muchas cosas. Tomás Sanchez Rubio dijo en La Carbonería (Sevilla) que “es una obra realmente rica, llena de detalles y referencias interesantísimas, de personajes intemporales y perfectamente delineados y caracterizados”, o, “Las características que deben prevalecer en la auténtica novela histórica y que están presentes…: la rigurosidad del estudioso junto a la sensibilidad del poeta, de esa poética de lo cotidiano que es capaz de recrear quien verdaderamente conoce la historia –o más bien intrahistoria- de un tiempo preciso”. En la novela “tienen lugar continuos saltos atrás en el tiempo, pero tan bien hilvanados que… en ella no hay lugar para la pérdida del hilo conductor de la trama”. Es “una novela coral narrada en tercera persona y enriquecida con las variopintas voces…  de Guadix…”  Y “una acción perfectamente contextualizada por sus continuas alusiones al arte, la gastronomía o la medicina”, y las costumbres. “Son tres historias resueltas con inusitada sencillez, en suma, que esconden un laborioso proceso de investigación y reflexión”. José Luis Raya Pérez manifiesta que “Memorias de la Cautiva es un libro que se lee en un suspiro y se bebe en un instante”, “de cuidado y esmerado lenguaje”.  Y Roberto Castilla Pérez añade que “se presenta como una obra que puede denominarse como una novela histórica… Pero, a la vez, presenta una segunda faceta de novela realista por la presentación en las páginas de la misma del Guadix del siglo XVI y XVII, en el que vivió Mira de Amescua.” O, “Se trata… de una novela histórica que consigue mantener el hilo argumental a través de una serie de mecanismos que contribuyen al principio de la verosimilitud, sin que se note en ningún momento hasta donde llega la Historia y donde comienza la ficción.” Fernando de Villena añade que “se trata de un libro impregnado de principio a fin por una gran sensibilidad femenina… Es una obra llena de sensaciones olfativas, del gusto, del tacto…”, o, “Carmen… consigue en las páginas de Memorias de la Cautiva atrapar el alma de esta ciudad cargada de historia y misterio”, Guadix. “La novela se lee casi de corrido, con interés creciente… sabe mantener el pulso narrativo.” El propio Jorge Rafael Marruecos nos dice en el prólogo que la novela “es Carmen”, que estamos “ante la que será, por muchos años, de Guadix, la novela amada”, “una lustrosa, laboriosamente ilustrada novelilla… una historia inventada”, “rebosante de apellidos, estirpes, familias y sangres largamente enraizadas en el Guadix eterno, en el Guadix constante”, “novela de fino encaje” que “va a suscitar en los accitanos un saber mirar Guadix con más anchura y más hondura, un mirar más nuevo y más intenso, para saber quererlo más”. Ya en un plano más próximo y familiar, un amigo común (Juan Carlos García de los Reyes) dice que “alaba su manera de escribir, que traza una prosa tan cercana y cotidiana que hace que te adentres en la historia y que la vivas”. Incluso su hermana Dori Hernández Montalbán destaca y realza con pasión de fiel admiradora que “Carmen es capaz de llegar a la médula de los personajes con dos simples trazos. Los envuelve en el ambiente, les hace respirar el aire.”

La temporalidad que modula el relato principal de “Memorias de la cautiva” transcurre y se cuenta en tres meses, pero los que se cruzan abarcan casi un siglo de acontecimientos y vicisitudes. Cada capítulo de la novela comienza con una cita de un clásico del siglo de oro y lleva una fecha (1644, 1576, 1574, 1582, 1593,1601,1575, 1645,1648…) Citas de Lope de Vega, Francisco de Quevedo y Villegas, Luisa Sigea de Velasco, Cristobalina Fernández de Alarcón, Garcilaso de la Vega, Juan de Ovando y Santarén, Antonio Mira de Amescua, Luis de Góngora, Santa Teresa de Jesús, Pedro de Padilla, Cancionero Popular, Sor Juana Inés de la Cruz, Calderón de la Barca, y Velázquez al fondo (con Baco, la Fragua de Vulcano…) Nombres todos que por sí solos dimensionan la intertextualidad de toda una época que se proyecta en la narración como decorado general de la trama, como lazos de sangre y palabras.

Las cuevas y las plazas del paisaje de Guadix nos seducen porque ponen música al texto y a las emociones. Hay anécdotas que te arrancan una tierna sonrisa, como la escena de la vieja y el martinico escondido en el cántaro de la página 100. El argumento acontece fundamentalmente entre Guadix y comarca (Dólar, El Bejarín, Paulenca, Villa Real de Purullena y Madrid, pero también aparece Italia, Almagro, Iznalloz... La novela, cocinada a fuego lento, como una “olla de San Antón”, desprende finos aromas y ricos sabores. Un libro muy propicio para degustar con los cinco sentidos el siglo de oro accitano. “Me crié en una de las numerosas cuevas situadas extramuros de la ciudad de Guadix; un arrabal apartado donde los más humildes picaron sus viviendas en los cerros de arcilla” – dice Angélica en la página 44. El libro entero parece un bodegón histórico o un cuadro costumbrista, que encandila con su écfrasis literaria, una prosa refinada acorde con la historia y con la época, y cuyo poder pictórico hace de las escenas un retrato bastante realista. “Extendimos sobre las tablas los arambeles, colocamos aguamaniles, servicios para más de cincuenta comensales, aprovisionamos las jarras de vino y los tabaques con el pan y la fruta” –se puede leer en la página 176.  O: “Casilda en la cocina, cortando verduras; y Leonarda, aprovechando el rescoldo del fogón, calentando la plancha sobre las trébedes con objeto de alisar los manteles” –en la página 207. “Las hogueras en honor de San Antón: Guadix era un incendio… La danza de la vida y de la muerte se exhibía una vez más ante sus ojos” –expresa en la página 191. También nos cuenta en la 181 cómo se averigua si una mujer está embarazada con orina y unas gotas de aceite y si es niño o niña dependiendo del movimiento de una aguja e hilo, según oscile de forma lateral o en círculo; o “prácticas de hechicería” como la cura de la culebrina “usando ungüentos sospechosos y sirviéndose de oraciones supersticiosas…” -página 223; o el mal de ojo, que tal como lo cuenta pareciera que la autora ha sido testigo reciente de tales supercherías, entroncando así nuestro presente inmediato con el pasado más remoto, como si el tiempo no hubiese transcurrido. Por sus páginas fluye la sangre de los apellidos y los linajes: “representantes de las familias nobles de Guadix y del cabildo civil y eclesiástico (los Santacruz, los Benavides, De la cueva, Pacheco, Bocanegra, Fernández de Córdoba o los Amezcua” –enumera en la página 174, y los Dávalos…

El libro es un coro de voces narradoras, además de las voces de los propios personajes en los diálogos, está la voz de doña Angélica de Molina en su manuscrito, o la del propio don Antonio Mira de Amescua en el testamento, y la carta de don Rodrigo Caracciolo dirigida a Ana; o la de la tía de don Antonio, María de Mira, a Lorenzo Ferrer … De lectura amena, la lectura es parte importante en esta historia, ya que forma parte de la trama y ha sido elegida como fórmula para administrar la información correspondiente y para ser parte de la arquitectura que sustenta la estructura organizadora del libro. La lectura dentro de la lectura, como un juego de espejos. Los ojos del lector se funden con los de las protagonistas (y a la vez con los de la autora) y todos a una (como la mirada de una muñeca matrioska) se hacen testigos privilegiados al presenciar la verosimilitud de los documentos que se nos presentan como parte de la “verdad” histórica que propone.

Hay distintos niveles narrativos. Hay un narrador principal que al principio te parece extradiegético y luego no lo es, puesto que descubres posteriormente que es la voz de la protagonista principal la que lo cuenta, y varios intradiegéticos. Contada en capítulos alterna diálogos, cartas, testamentos, memoriales, poesía… En los documentos del cofre, donde habla Angélica de Molina, la narradora es autodiegética. El narrador testigo (Ana de Arce) cuenta la historia en tercera persona y practica una omnisciencia neutral-selectiva, usando un estilo indirecto para describir y narrar, y uno directo para los diálogos que tan bien repartidos están en el texto, y que contribuyen a dotar de mayor credibilidad al conjunto. En el capítulo XIX lo hace en primera persona. También aparecen documentos que son parte importante de la novela (testamentos, manuscritos-memorias, cartas…) y que dan un ritmo de archivo histórico-notarial al argumento. Historias dentro de la historia (como las referencias contadas por Angélica sobre los acontecimientos que ocurrieron en el Cenete, con monfíes incluidos… (p.43-54) Fundamentalmente dos historias contadas en paralelo que al final confluyen; la de la cautiva Angélica de Molina –doña Beatriz- y la de Ana de Arce, con el nexo común de Antonio Mira de Amescua y su “limpieza de sangre”, que se deja entrever que no era tanta. Un paralelismo planea esas dos historias principales que se entrecruzan hasta confluir, la de Ana de Arce y la de Angélica de Molina, las dos viajan a Guadix como algo iniciático (cada una a lo suyo, pero es un hecho que les cambia la vida) para encontrarse con su pasado y su destino, y reescribir así su consciencia y la historia, nada más y nada menos. Otra historia que se cruza es la del romance de María de Mira (tía de don Antonio) que viste los hábitos de las clarisas (capitulo IV) con Lorenzo Ferrer y que nos recuerda, salvando la distancia, a Romeo y Julieta…  Pero por encima de narradores y personajes está la autora, dirigiendo la orquesta con batuta firme y sabia destreza. Carmen refleja, con pinceladas velazqueñas, la veleidad de los siglos y el fluir del espacio. “Los lugares sagrados no emigran nunca, pensó. Bajo las iglesias, las mezquitas. Bajo las mezquitas, otros templos cristianos y, bajo estos, los paganos. Bajo la tierra todos quedan parejos: los humildes con los ricos, los jóvenes con los ancianos, los piadosos con los impíos…” –leemos en la página 212, y que nos recuerda en algún sentido a Jorge Manrique. Y aunque la novela cuenta también la historia de una cautiva morisca  y conversa, por el mismo efecto matrioska, unas cuantas décadas antes, seguramente los hogares linajudos nazaríes harían lo propio con las cautivas cristianas que sin lugar a dudas habría, en un modus operandi también superpuesto en aquellos tiempos de toma y daca, de aceifas o razias, de las yizias a las parias; donde el turco y el francés también luchaban por su plan geoestratégico en el mediterráneo en busca de la hegemonía que surgió tras la batalla de Lepanto y la conquista de Constantinopla.

 Con Memorias de la Cautiva, siguiendo a Kurt Spang, estaríamos hablando de un tipo de novela histórica: la ilusionista, porque busca la verosimilitud mediante recursos como manuscritos, cartas, testamentos…, por sus descripciones de personajes, paisajes y lugares y por tener un final cerrado, lógico y coherente.

En la historia que nos presenta hay amor, traición, pecado, instintos, emociones, sentimientos, recompensas, violencia, crímenes, vida y muerte, bien y mal… es un viaje por el corazón de una época y una ciudad, pero a su vez, también por la visión y la conjura de la autora en sus planteamientos. Dice Philip K. Dick que “El verdadero protagonista de un relato o de una novela es una idea y no una persona”. Por tanto, cabría preguntarnos: ¿Cuál es el leit motiv o la idea principal que justifica la novela, la que realmente mueve a la autora a escribir y a justificar su punto de vista? La identidad, sin lugar a dudas. “Él tomó mi mano… y depositó en ella la llave de mi casa. Siempre la llevé conmigo como un tesoro, único testimonio de mi identidad” –leemos en el memorial de Angélica de Molina página 49, o, “Sus memorias ahora enriquecen mi identidad, modifican el prisma de mis apreciaciones. Somos un crisol de culturas imposibles de soslayar” –nos refiere la autora con la voz de Ana de Arce en la página 241, y quizá donde el paralelismo y la fusión de ambas voces (Angélica, Ana y Carmen) se hace más evidente y aleccionadora. La novela es un homenaje a los conversos en general y a los moriscos en particular, y a nuestra sangre mezclada de españoles, que con el pasado de limpieza de sangre y honra de la que se nutre la historia y por la que tanto nos acusaron con la leyenda negra (los humanistas italianos primero, y luego franceses y protestantes -de marranos o impuros o de degeneración de la raza) siempre usada en nuestra contra como forma de desprestigio y decadencia. Fue una de las razones de las que se sirvió el supremacismo del norte de Europa contra España en esa otra guerra de propaganda siempre mutante y camaleónica, y que a fuerza de intereses y complejos nuestras élites interiorizaron no como un haber con el que sacar pecho sino como un debe vergonzante, del que hoy todavía bebemos para humillación y escarnio de nuestra autoestima y aprecio, siempre cuestionado ya, paradójicamente, por nosotros mismos, para usarlo en contra y nunca a favor.

La novela, in media res, comienza con una muerte y una herencia y acaba con otra muerte, una boda y un parto donde todo confluye. Su itinerario narrativo y temporal va del presente al pasado para construir un futuro, de la libertad a la esclavitud y viceversa, de una mentira a una verdad, del arcediano de la catedral a las vicisitudes de los cristianos nuevos, en un compás de ida y vuelta constante. Tiene una arquitectura narrativa de reflejo, de imágenes superpuestas, como si estuviéramos contemplando el Palacio de Comares o El partal, y al contemplar a Ana de Arce viéramos reflejado, en el cristalino de sus ojos, a Angélica de Molina o Beatriz de Torres y a Antonio Mira de Amescua, y por extensión, a Carmen, que les presta todo su ser, incluida su consciencia que es la batuta de esta orquesta. Lo morisco, por un lado, y por otro, la limpieza de sangre con su complejo de culpa heredado hasta nuestros días, que dan como resultado un relato de viejo demiurgo en su intención reparadora.

La autora nos hace un retrato de época con sutiles pinceladas, enmarcando el argumento de la novela con los grandes acontecimientos de la época en la que transcurre: la expulsión de los moriscos, la guerra de Granada, de las Indias donde “había mucho por descubrir”, la inquisición en Granada, las guerras de Flandes. La autora toma románticamente partido desde nuestro presente lejano, así podemos leer en la página 102: “La media luna… Ella es tu madre, pero la cruz es tu refugio”. Idea que condensa la historia con su mensaje secreto: ahondar en la culpa como fórmula de expiación para el presente. “Un vínculo de sangre” o nostalgia dirige la trama hacia el complejo histórico negrolengendariamente asumido en su totalidad, sin ningún reparo o alternativa.

Para concluir diré que, Memorias de la cautiva, es una novela muy bien urdida y trabada, que termina con un final en alto, casi de cuento, con un feliz desenlace que cautiva por su escritura amena y sencilla. Y es que, como la abuela Mamabina, Sabina de Peñuela, la autora cura un vacío literario sobre don Antonio Mira de Amescua de forma excelente, con “sortilegios, santiguaciones y prácticas hechiceras” de buena novelista y accitana de pro. Os recomiendo encarecidamente su lectura como fórmula de hacer un viaje cautivo por la historia y su legado, por el poder que tiene la literatura para reflejar el pasado a nuestra imagen y semejanza.

Opiniones de un lector                      Custodio Tejada