viernes, 30 de abril de 2021

DEVORALUCES de Ángel Olgoso

 DEVORALUCES de Ángel Olgoso. Por Custodio Tejada.


DEVORALUCES de Ángel Olgoso. Editorial Reino de Cordelia. 134 páginas y 14 textos/relatos/poemas/ensayos por sólo 14,95 euros. Primera edición de marzo de 2021. El libro aparece numerado en el lomo con el número 140 de la colección. Impreso en papel cien por cien libre de cloro y considerado como reciclable. De tapa blanda, está vestido con todos los ropajes que un libro puede llevar: cubierta, sobrecubierta y faja. Dos imágenes alegóricas ilustran el libro y nos invitan al desdoblamiento: una primera ilustración en la cubierta titulada “Elohim creando a Adán” (1975) de William Blake y otra en la sobrecubierta que es la que primero se ve, “Lámina 12 de América a Prophecy” (1795), también de William Blake. El colofón nos despide con otra imagen suponemos que también de William Blake. En la contraportada se nos avisa que el autor “se despide de un género que ha cultivado durante cuarenta años con fruición imaginativa y estilística”. La faja, en perfecto camuflaje con la sobrecubierta, nos pone sobre aviso: “El esperado regreso de un gran maestro del relato fantástico”. En la solapa una foto del autor/rector del Instituto Pataphysicum Granatensis, casi de perfil, con la barbilla levantada y una mirada hierática o holmesiana que se pierde en lontananza, y una nota bibliográfica. Cuatro páginas de cortesía de color tierra al principio y cuatro al final, las de en medio con el logotipo en blanco de la editorial. El libro es un collage de lecturas y de libros, de emociones y sentimientos, de homenajes y deferencias, de metáforas e intertextualidades. Un libro biblioteca, la de sus lecturas, quizá “una alegoría de la fertilidad”/felicidad lectora/vividora del autor, que desde el principio huele a despedida, a homenaje, a tributo y a regalo. Y aunque es un texto narrativo, poético, metaliterario, metafísico, ensayístico… ante todo, es un libro de amor correspondido: a su amada, a su oficio, a su vida, a los recuerdos, a los libros, a sí mismo, a sus lectores…




DEVORALUCES de Ángel Olgoso. Editorial Reino de Cordelia. 134 páginas y 14 textos/relatos/poemas/ensayos por sólo 14,95 euros. Primera edición de marzo de 2021. El libro aparece numerado en el lomo con el número 140 de la colección. Impreso en papel cien por cien libre de cloro y considerado como reciclable. De tapa blanda, está vestido con todos los ropajes que un libro puede llevar: cubierta, sobrecubierta y faja. Dos imágenes alegóricas ilustran el libro y nos invitan al desdoblamiento: una primera ilustración en la cubierta titulada “Elohim creando a Adán” (1975) de William Blake y otra en la sobrecubierta que es la que primero se ve, “Lámina 12 de América a Prophecy” (1795), también de William Blake. El colofón nos despide con otra imagen suponemos que también de William Blake. En la contraportada se nos avisa que el autor “se despide de un género que ha cultivado durante cuarenta años con fruición imaginativa y estilística”. La faja, en perfecto camuflaje con la sobrecubierta, nos pone sobre aviso: “El esperado regreso de un gran maestro del relato fantástico”. En la solapa una foto del autor/rector del Instituto Pataphysicum Granatensis, casi de perfil, con la barbilla levantada y una mirada hierática o holmesiana que se pierde en lontananza, y una nota bibliográfica. Cuatro páginas de cortesía de color tierra al principio y cuatro al final, las de en medio con el logotipo en blanco de la editorial. El libro es un collage de lecturas y de libros, de emociones y sentimientos, de homenajes y deferencias, de metáforas e intertextualidades. Un libro biblioteca, la de sus lecturas, quizá “una alegoría de la fertilidad”/felicidad lectora/vividora del autor, que desde el principio huele a despedida, a homenaje, a tributo y a regalo. Y aunque es un texto narrativo, poético, metaliterario, metafísico, ensayístico… ante todo, es un libro de amor correspondido: a su amada, a su oficio, a su vida, a los recuerdos, a los libros, a sí mismo, a sus lectores…

 

Para leer un libro hay que estar atento y tener ganas, buscar el momento propicio es importante, pero afrontarlo con la misma ilusión que un niño juega en un parque de atracciones resulta imprescindible. Situémonos por un momento en nuestra época, aquí y ahora, en abril de 2021. Imaginemos una “Nintendo”, un “Xbox” o una “PS4”.  El lector, como si fuera un jugador de videojuegos (ya sea Minecraft, Among Us, Fornite, Brawl Stars…) debe estar preparado para jugar en cualquier mapa (texto), para superar todas las dificultades y conseguir así todos los brawlers (legendario, épico, mítico, cromático, especial…). Solo haciéndose con las atrapagemas y las monedas (pistas de lectura), los puntos de fuerza, las megacajas y los gadgets necesarios podrá completar la misión: leer el libro como quiere el autor que lo hagamos y que no siempre coincide con lo que hace el lector/jugador. Todo libro tiene distintas jugadas y depende de cada lectura el modo en que sucede el fin de la partida.

A veces pienso que cuando escribo la reseña de un libro, de alguna manera, me estoy haciendo un “selfie” con el autor, una especie de miscelánea viva de palabras y emociones compartidas. Y es que cuando uno comparte una opinión lectora lo que realiza es un autorretrato literario en el que ya queda ligado permanentemente a la obra y al autor, de una forma ineludible, íntima y casi eucarística, osmótica y ectoplasmática.

Opinar de un libro es como saltar al vacío y dar un grito en medio de una montaña. El eco amplía la voz y el silencio que viene después se mimetiza con el paisaje y la mirada. ¿Qué es un autor sino un lector empedernido que necesita escribir para buscarle sitio y acomodo a las nuevas lecturas? ¿Y qué es un lector sino una especie de “Thermomix” que pretende hacer una cocina de autor con los ingredientes que tiene más a mano y que no son del todo suyos? Tengo la sensación de no haber sido un lector elegido al azar, los libros a veces eligen a los lectores, son ellos los que seducen. En cualquier caso, cruzar un libro es siempre como atravesar el Rubicón, ya que cada libro es una pequeña Semana Santa, el lector muere y resucita con cada nuevo libro, igual le pasa al autor. Hagámosle caso pues a Ángel Olgoso y como nos dice en la página 120 de “Devoraluces” “un título, vigoroso, indeleble”, inquietante, metafórico… “Situemos al lector ante… un libro etéreo y tan inefable que encierre en sí el mundo fenoménico sin guardar nada… y que vibrará para siempre en el alma del lector” o bien “Dejemos que el lector… encamine sus pasos… hacia su propia aventura”, como aconseja en la página 118, invocando el principio de incertidumbre donde lector y observador se funden en su devenir cuántico, y empecemos a leer a ritmo de can-can “la lectura de un libro de títulos”.

Si buscamos en el diccionario el significado del término “clásico”, en una de sus acepciones leemos: “(Autor, obra) Que se considera como modelo digno de imitación en el arte o la literatura”. Dice Rafael Narbona en el artículo “¿Qué es un clásico?” para el suplemento El cultural del diario El mundo (30 de marzo de 2021): “La mayoría de las obras quedan olvidadas en las cunetas de la historia, pero unas pocas adquieren el carácter de milagros imperecederos. No se las considera perfectas, sino necesarias”. “En la Odisea, lo individual acapara el protagonismo. Ulises no piensa en sus responsabilidades como rey de Ítaca, sino en su felicidad”. Según Italo Calvino, un clásico “es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir, es un libro de relectura, de descubrimiento constante, cargado de huellas y señales, que suscita incesantemente…” Azorín manifestaba que “un clásico estático es un clásico muerto” y para Borges sería un acuerdo entre los lectores. O sea, que podríamos afirmar que una obra es un clásico cuando se convierte en un modelo de estilo a seguir, además de definir y atrapar la época en la que fue escrita, como diría T. S. Eliot. El mejicano Evodio Escalante dice en una entrevista realizada por Fidelia Caballero Cervantes para bajopalabra.com.mx (28 marzo 2021) que “el verdadero crítico es el tiempo. Hay obras que en cierto momento deslumbran, regocijan o apasionan a sus lectores y que luego van cayendo en el olvido, quizá son como bellas de unos momentos y luego desaparecen, y hay otras que van perdurando y solicitan nuevas lecturas y en esas nuevas lecturas siguen encontrando nuevos sentidos, se van actualizando”. Y aunque uno no puede ir de profeta, ni saber cuál será el juicio del tiempo, de la historia y de los lectores futuros, sí se puede aventurar y afirmar hoy que Ángel Olgoso es un firme candidato a proclamarse “Clásico” en la Gala de la Literatura Española.

Encontrar referencias del libro “Devoraluces” y de Ángel Olgoso, el autor de unos 700 relatos, no es difícil. En la misma contraportada de la sobrecubierta leemos que “Devoraluces es celebración y reconciliación, un breve catálogo de las raras dulzuras que puede otorgar la vida, una iluminación profana, un bálsamo para tiempos inciertos”. Juan Gaitán, en La Opinión de Málaga dice: “Ángel Olgoso es uno de los autores de referencia del cuento en español” “Devoraluces es… un inventario de las bondades de estar vivo”. “Todo en el lenguaje de este escritor tiene sentido, connotación, belleza.” Santos Domínguez Ramos, en su blog “santosdominguez.blogspot.com”, comparte que “…son algunos de los significativos títulos de unos textos luminosos de quien es sin duda uno de los mejores narradores actuales”. Miguel Arnas Coronado nos comenta en una reseña aparecida en el periódico ideal que “Este es un libro para saborear… La unidad de esas narraciones es característica y marca de la casa. Marca que consistía, hasta ahora, en la fantasía, la condensación y un horror suave, un ensueño inusual”. Y de Devoraluces añade: “En cuanto al estilo, indudablemente poético. Las metáforas, la elección del lenguaje, los adjetivos, la sorpresa de cada imagen…”  “El tema de los cuentos, si bien lo tienen, es lo de menos: son las palabras, las figuras e ilustraciones que se nos presentan como los cuadros de un museo donde todo estuviera mezclado al tiempo que en riguroso orden”. En el blog de Jimy Ruiz Vega leemos: “Los cuentos de Ángel Olgoso… Expresan la complejidad de la vida en unas pocas páginas, produciendo sorpresa y sensación de conocimiento y extrañeza… un efecto parecido al de un poema.” “Los catorce textos reunidos en Devoraluces sorprenden al lector por el giro acometido en su narrativa. Los relatos de ahora se apartan del lado turbador, extraño y sombrío acostumbrados para buscar otros ámbitos y escenarios más luminosos y contemplativos…” “Un libro de prosa cuidada y rica, con una voz narrativa cercana e íntima, bien atenta al detalle de lo que sucede.” También nos apunta Marina Tapia en Facebook que el “sello intelectual y un tanto hermético” de la obra de Ángel Olgoso, “de una forma casi mágica, nos hace ver el mundo bajo otro prisma. Tal cualidad tienen los libros que perduran en el tiempo y sobrepasan las modas”. El propio autor en una entrevista que le hizo José Antonio Muñoz (“Devoraluces es un mosaico de géneros, emociones y sueños que se mezclan con maestría”) para el periódico granadino Ideal (23 marzo 2021) nos dice: “Devoraluces traza un sendero de claridades. Quise componer un libro acogedor, benigno, abierto a los sentidos, una celebración de la existencia”, “En Devoraluces he intentado reflejar la luz habitable de la infancia y de la cal, la visitable de los libros y la esperanza, la acariciable del amor y la bondad, pero también la mercurial de los sueños y la crepuscular del pasado”. Y en esa entrevista Ángel Olgoso nos advierte que le gusta “turbar o emocionar al lector, de robarle bajo sus pies la tierra de las certezas”.

Irene Andrés-Suárez (en Wikipedia) destaca que la “narrativa de Ángel Olgoso constituye un verdadero despliegue de talento, originalidad y perfección y se sitúa en la línea de aquellos autores que no han necesitado cultivar la extensión para ser reconocidos como grandes escritores…”. Francisco Jiménez de Cisneros dice en Todoliteratura.es: “Cautiva al lector con su minimalismo barroco, con su carácter proteico, combinando lo ideal y lo terrenal, lo cotidiano y lo infinito”. Dice Daniel Monedero en una entrevista en The Objective.com acerca de su último libro “Volar a casa” editado en Páginas de Espuma que “Escribo jugando todo el tiempo con la credulidad y la incredulidad. Pero no es más que mi forma de ver el mundo: la vida se mueve en esos planos”. Y eso es quizá lo que ha decidido también Ángel Olgoso, cambiar de plano, cambiar su forma de ver el mundo con este libro, alcanzar el extrañamiento de lo fantástico en lo cotidiano. Y aunque su “Conjugación” nos plantee un viaje iniciático: “Yo grité. Tú torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos olvidarán”, hay que manifestar que después de leído será difícil olvidar a este mago/maestro del relato que solo quiere “libertad para cambiar de género, para cruzar distintos soportes y permanecer en la encrucijada” p.131, y que es lo que hace de un relato a otro precisamente en este “Devoraluces”.

Al principio de la lectura de “Devoraluces” el jugador se puede “bugear” un poco, sobre todo si está acostumbrado al Ángel Olgoso más sombrío y fantástico. Pero antes de leerlo linealmente, hago unas catas aleatorias entre sus páginas y de repente descubro la “pulpa firme pero jugosa que se descubre cuando un melón es calado con brío por la navaja”. Cuando lees “Devoraluces” especialmente, pero también cuando lees cualquier otro libro suyo, sus palabras, como “amebas de luz”, te acercan al néfesch que las habita y actúan como sublimación/justificación o explicación de un temblor, el de Ángel Olgoso y su peculiar iconografía literaria. Sus relatos son iconos de una mente erudita, despierta y juguetona, de una imaginación privilegiada y un saber hacer casi alquímico.

El título sugerente de “Devoraluces”, como un ser quimérico a modo de destello de luciérnaga y “canto de alondra” que huele a despedida de Ave Fénix, nos señala la declaración de intenciones del autor: “No ser el primero en ensayar lo nuevo ni el último en abandonar lo viejo” –nos revela en la página 134. Y así, desde el principio, nos lleva a las lindes del misterio y la fantasía a lomos de una palabra compuesta. “Devoraluces” está escrito al trasluz, como un “espejo ustorio”. ¿Pero… y si el libro fuera “una alegoría de la fertilidad” y de la felicidad? El título, como una metáfora, me lleva por sinestesia o serendipia, no lo sé bien, a la mitología griega y sus monstruos con cabeza de león-vientre de cabra-y cola de dragón, pero también al Siglo de las Luces, a la Ilustración y sus fantasmas/mitos o al romanticismo de los seres góticos. Con todo lo que allí hubo de luz, pero también de sombra, como un cepo a la espera de la herida brutal que secciona. Incluso hasta cierto punto el título, esa palabra nueva compuesta de verbo más sustantivo, pudiera significar en lo más hondo de su significado el nombre de un monstruo bueno, que se alimenta de rayos de sol y destellos de vida, pero también de las migajas que desprenden nuestros sentidos. Olgoso, aquí, no busca cualquier luz, sino la luz de la nostalgia, la luz primigenia, la de la vida hecha sugerencia o recuerdo que proyecta delicadas sombras chinescas en la mente de los lectores.

El autor, para alcanzar la Ítaca que nos propone, juega en sus renglones al “geoescodite”, y nos presenta unas maniobras de “realidad/virtualidad aumentada” e interactiva. Y así frecuenta distintos géneros, diferentes registros, y va de lo narrativo a lo poético (encontramos el poemario Émula de la llama como una isla en medio). Y ya sea en prosa, prosa poética o en verso, algunos de sus relatos son otros libros dentro del mismo libro, ensamblados con un efecto matrioska marca de la casa. Formando un “paisaje como gélida ágata” (p. 47), que a veces incluso nos deja cierto sabor gongorino entre los oídos. Si en Olgoso cada palabra es una puerta giratoria que más que abrir o cerrar lo que hace es sugerir, con la adjetivación lo que consigue es delimitar o expandir la capacidad de asombro o la dosis de misterio, extender su magia, practicar la alquimia del lenguaje. Un mundo simbólico e iconográfico, casi onírico impregna su palabrario, que es mucho más que un acuario de palabras o un acantilado repleto de cantos de sirenas. El territorio “Olgoso” es amplio, tanto que daría para hacer una gran retrospectiva. Con una veintena de libros publicados nos damos cuenta que estamos ante un escritor de gran recorrido, con una trayectoria que lo avala como “uno de los autores de referencia del relato breve y fantástico en español”. Sus relatos, como iconos de una fe antigua o como retazos de un grimorio, perduran en la imaginación del lector, en ese mundo paralelo que va y viene de la realidad a la escritura, de la imaginación a los sueños. Ahí está Wikipedia y demás artículos de opinión para profundizar en la figura alargada del autor y su bibliografía. Ángel Olgoso escribe “paladeando cada sílaba como si fuera esponjoso pan de azúcar”. “Las palabras pronunciadas” por su pluma se convierten en puertas a otras dimensiones, y como si fuera Hajdú en su propio cuento, despierta el mundo del lenguaje para postrarlo a tus pies de lector incansable y paciente.

En Amazon, enlazado a su portada podemos escuchar y ver un vídeo del autor donde afirma que “Devoraluces es un libro de relatos cocinado a fuego lento… con él he dado un golpe de timón a mi narrativa”, si antes se fijó más en lo sombrío, ahora con Devoraluces entra en un “ámbito mucho más luminoso”.

            Varios itinerarios surcan el libro, nos marcan un rumbo. Uno es las dedicatorias. Abre el libro con una dedicatoria principal, casi como un aljibe o un parterre: “Para Marina, mi compañera, mi luz”. Todos los relatos están dedicados a alguien, marcando una ruta sentimental y de agradecimientos: (a Ángel Olgoso Morales, a Ismael Ramos, a Margarita Osborn, a Roberto Martínez Mancebo, a mi hija Laura, a mi hijo Ángel, a José Antonio Santano, a Juan Herrero Cecilia, a Rosana Herrera, a Francisco Javier Guerrero, a Iván T. Contardo, A Fernando Jaén, a Francisco Bravo). Otro itinerario son las citas y los nombres que menciona o invoca: Marco Aurelio, Leonardo Da Vinci, Xavier de Maistre, Conde de Lautréamont, Vincent Van Gogh, William Faulkner, Franz Kafka, Jorge Guillén, Claudio Rodríguez, Annie Dillard, Pere Gimferrer, Marina Tapia, Jesús Cotta, Petrarca, Paul Klee… Otro camino son los libros y los autores que campan por sus páginas, otro sería el hilo temporal o el orden de los textos… Nombres, dedicatorias y citas como “fanales de cuento de hadas” que proponen “un diálogo luciente de chiribitas” en el estómago lector.

Dentro del viaje general, cada relato es otro viaje dentro del mismo viaje, una especie de diario de a bordo de la mente fantástica del autor y de su travesía vital escritora/lectora, una sublimación íntima y apasionada de sí mismo y de su oficio para “ser amanecer y anochecer a un mismo tiempo” (p. 116). Los catorce textos son relatos proteicos, densos, que beben de todas las fuentes y que se convierten a su vez en fuente intertextual y biográfica, casi de telaraña o red. Las referencias al cine, como guiños de un cinéfilo, aparecen en sus relatos. “Hajdú… que tenía los ojillos maliciosos de Charles laughton, el elegante cinismo de George Sanders y la esnob pedantería de Clifton Webb” (p.19), donde lo que no dicen las palabras lo añaden la imagen de dichos actores. Como un Messi del relato, nos da un centenar de fintas y regates (de personajes y libros, de quiebros y requiebros, de nombres y aventuras…), en unos cuantos párrafos nos voltea tantas veces que quedamos a expensas de las exclamaciones y las interjecciones que tengamos más a mano, pero sin demorarnos mucho, que hay que tomar aire y seguir el recorrido de orientación que nos ha preparado.

            En el relato “Las luciérnagas” nos ofrece un viaje por la memoria, por los recuerdos del corazón, que nos acercan a una geografía ya perdida y a unos sentidos ya lejanos en el tiempo, pero próximos en las emociones y los sentimientos. Brilla la memoria íntima y el territorio, el homenaje a un tiempo ido, pero presente al nombrarlo. Una retahíla de lugares ofrecen el mapa de una nostalgia: la vega, Charca de la Viña, Cruz de los Cigarrones, Cerrillo del Tesoro, El Salado, Acequia Gorda... Y como “una puñalada de luz” “Hajdú” y el mundo de los sueños, que “Salvo ellos, todo es ficticio en el mundo”. Con “Fulgor” y “su dulce conversar” nos apunta el devenir de un senderista que es “una pleamar de inocencia y cosas menudas”, una pasión por la naturaleza y los caminos, de la mano de Matteo y El Pajarillo que es la literatura y la vida. En “La Rosa de los vientos”, su eje literario, nos hace un homenaje bibliográfico donde aflora el lector que lleva dentro. El relato, como si de unas cartas náuticas se tratase, nos guía por las aguas procelosas de la literatura, dejándote exhausto en su viaje. Es un itinerario lector conducido de la mano de su alter ego Ulises. Lleno de nombres, mitológicos o no, que resuenan como una letanía, (Polifemo, Cíclope, Crotón, Ligia –ya sea como sirena o como amada del general romano Vinicio- Laertes, Paris, Ítaca, vino de Maron, Homero, Nautilus Capitan Nemo Julio Verne, Pequod Mobi Dick Melville, Swann Vinteuil En busca del tiempo perdido Marcel Proust, Scrooge Cuento de navidad Charles Dickens, obra teatral de James M. Barrie y la tripulación pirata - Esmee y Starkey- de Peter Pan –el niño que volaba y no quería crecer, Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, Bail Hallward y Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, la Banda de Tom Sawyer y Mark Twain, Madame Bovary de Gustave Flaubert, Davy Byrne y James Joyce –personaje y autor de Ulises, Oskar Matzerath y el tambor de hojalata de Günter Grass,  Lázaro de Tormes, don Quijote y el Freeman´s Journal…). Con el relato “Pelikan” y su reguero “de ausencias y recuerdos” nos lleva hasta la metáfora de un campo de concentración y “A la ruina y el desamparo. A las amenazas. A un cielo de metrallas. A once horas de trabajo diario”. En el relato “Villa Diodati”, con un claro componente metaliterario, nos introduce (de la mano de Lord Byron, P. B. Shelley, M. W Godwin) en aquel palacio suizo y en el romanticismo. Y como si fuera un momento literario único y fundacional de un género literario, Ángel Olgoso le tributa su particular homenaje de testigo privilegiado en un tour de force. Allí nos esperan quince escenas visionarias con sus títulos respectivos, y otra vez sus letanías de perlas geocaches (“lecturas de Tasso y Coleridge, Phantasmagoriana, El paraíso perdido de Milton, Gibbon, F. Bonnivard, Voltaire, Rousseau, Madame de Staël, Goethe, Séneca, la Biblia, Nerón, Calígula, el Ángel Caído y Adán, “un poco de luz y un poco de sombra” p.55). En “La ilusión del horizonte” un recorrido/viaje de enumeraciones, frases cortas y simples, uso de puntos y ausencia de comas y un aluvión de imágenes en tropel en un solo párrafo nos espera, como si viajáramos en un tren hecho de palabras. En “Okitsu”, como un “festival de Kamo”, una ofrenda verbal nos transporta a los rituales de la infancia y sus palabras-milagro, donde rememora el momento en que aprendió “que el silencio es más elocuente que el sonido, pero las palabras de mi padre… removieron mi mente y mi corazón”. Aquí se usan oraciones largas y compuestas, y un uso más frecuente de comas que de puntos, dividido en dos párrafos. “La arena de las historias”, de la mano del sultán Schariar y Schahrasad, nos hace volar hasta “Las mil y una noches” y la oralidad de los cuentos, y a toda la intertextualidad que rezuma el fértil reloj/desierto/vergel de Devoraluces. En la página 73 nos dice metalingüísticamente: “las palabras eran todopoderosas y, como tales, de una gran persuasión a la hora de otorgar sus favores: enlazadas unas con otras se convertían en cuentos maravillosos; solas, en talismanes y fórmulas mágicas”. “El calendario quimérico de lo que podía haber sido”, como crisálida, nos engendra “en la hiedra del instante” y su néfesch, nos sumerge en la luz y en la oscuridad. Y otra vez la letanía de nombres e intertextualidades (Josué, Ormuz y Ahriman que nos puede teletransportar a Lucifer y Ahriman de Rudolf Steiner o al Zoroastrismo, Hitler, Gavrilo Princip, Newton, Alarico, reino de Ugarit, biblioteca de Alejandría, “Cronos no devora a sus hijos”). En el relato “Medio real” transmutado en Cide Hamete Benengeli, y por añadidura en don Quijote de la Mancha y en Miguel de Cervantes, nos catapulta a Toledo y sus calles. Y a los lectores nos convierte en la burra de Balaam y en Diego Torrearias, quizá para “librarse(librarnos) de recelos, de los inquisidores”. “Émula de la llama” no es un relato más. Dos citas abren sus estancias, una de Petrarca y otra de Paul klee, a modo de écfrasis. Es un poemario de amor dedicado a Marina Tapia donde va “su voz destilándose en el alambique sagrado de la poesía”. Un libro dentro de otro libro (efecto matrioska). 22 poemas, dos en verso y el resto en prosa. Los sentidos y las sinestesias nos encandilan e hipnotizan. Y al leerlo el autor nos convierte “ipso facto” en lectores voyeristas, como si Velázquez estuviera pintando “Las meninas”, en este caso, Ángel Olgoso y sus 22 espejos que nos meten dentro de la escena. Los títulos nos inician en otro viaje más, el del “erotismo a raudales”: Aljibe, Aspiración, Bocajarro, Calendario, Diapasón, Estrellamar, Gusto, Lactar, Lamer, Literatura, Maravilla, Nupcias, Oído, Olfato, Orbes, Parque, Patria, Puerta, Sudor, Tacto, Vista, Epílogo: Apelativo. Y es aquí donde sucede el milagro y el autor lo reconoce: “no acierto a definir la literatura; te has mezclado con ella” p.97. Ahí está la clave. Con esos dos hilos, fundamentalmente, Literatura y Marina (a partes iguales) (o con los hilos de biografía y de lecturas) ha ido entretejiendo todo el libro y su horizonte de sucesos, el paño dorado y luminiscente de su poética, en una perfecta simbiosis. En “Odres nuevos” nos lleva a la Guerra Civil con Társila y Elisio, con Águeda y Amador, donde “durante tres años, a los hombres se les había ido cayendo la ceniza del corazón”. Y en la Coda final, “Nomenclatura Boghini para los dedos de los pies”, con sus 30 estancias, elabora un ensayo/caminata de crítica literaria, reflexiones, deseos, explicaciones sobre la escritura, más homenajes/deudas/agradecimientos... Metaliteratura en estado puro, pero también metafísica. Nos habla de la página en blanco, de la sintaxis y la gramática. En él, el autor habla del lector, que él mismo ha sido y es, o sea, que se desdobla en un “constante principio de incertidumbre”.  Y más letanías de nombres en una intertextualidad de biblioteca (Borges, Leopardi, Nicanor Parra, Benjamin, Hannah Arendt, Gombrowicz, Thoreau, Blake, Chateaubriand, Savater, Aramburu, Flaubert, Raymond Roussel, García Máquez…) Solo le ha faltado a Ángel Olgoso que se transmutara en Alcuino de York y nos dijera como aquél: “Qué dulce fue la vida mientras nos sentábamos tranquilos entre los libros”, o a modo de epitafio nos dijera: “Ruega, lector, por mi alma”.

            Ángel Olgoso sabe que “el alma se puede curar por medio de los sentidos” y por el amor, pero también por la literatura. ¿Qué es lo que nos propone el autor en realidad? ¿Qué es “Devoraluces”? ¿Es el testamento vital y lector de Ángel Olgoso, su último juego fantástico, la herencia iconográfica de un autor clásico, o un deseo de compartirse en “el afecto de las almas afines”? ¿Es un mapa, una ofrenda, un itinerario sentimental y de pensamiento, un camino hacia la felicidad? ¿Es un quinqué, un incendio, un fuego que quiere alcanzar el fulgor de la luz y un estilo a seguir? ¿Es un sueño, y he ahí la paradoja y el acierto, que la realidad es sueño y que la escritura es la mejor realidad, entroncando así con nuestros clásicos? ¿Y si fuera solo un libro trampa, de poemas y relatos, un compendio del ser íntimo y juguetón de Ángel Olgoso o el final de una partida de Brawl Stars? Una de las herencias más preciadas que siempre deja la lectura de este autor es la gran fuerza “collage” de esas imágenes iconográficas que deja impresas en la mente del lector. Se nos dice en la página 70 que “el verdadero misterio, el verdadero encanto, reside(n) en la belleza de darse a los demás”, y eso es precisamente lo que hace “de manera fantástica” Ángel Olgoso en Devoraluces, entregarse a sus lectores y a su amada de una forma divertida y lúdica. Si tuviéramos que pintar de algún color este libro, ése sería el azul, no cualquier azul, sino el que se convierte en “un arroyo creciente de ausencias y recuerdos” de una época que termina “añilándolo” todo “para siempre”, y también de las grandes presencias que hay en su vida y en sus lecturas. Pero ésta es solo la opinión lectora de Custodio Tejada y quizá haya que “anticipar la ejecución de es(t)e pobre ser al que habían sorprendido leyendo un libro”, para erradicar de una vez por todas el “perecedero poder del último lector vivo”. Y perdonadme que me haya excitado con la oratoria, pero es un libro para excitarse y arder en la llama viva del verbo y de la pasión. El libro-sueño titulado Devoraluces “es suyo. Usted perdone”, amigo lector, yo solo le paso la vez del efecto matrioska que supone la lectura de un libro como éste, ya que queda espacio de sobra para recoger el testigo y seguir creciendo en su hoguera de palabras.

 

Opiniones de un lector

Abril de 2021

Custodio Tejada

http://custodiotejada.blogspot.com/

 



http://granadacostanacional.es/opiniones-de-un-lector-devoraluces/


jueves, 4 de marzo de 2021

CIUDAD MORI de Sergio Mayor

 OPINIONES DE UN LECTOR

CIUDAD MORI de Sergio Mayor. Por Custodio Tejada.




OPINIONES DE UN LECTOR (Por Custodio Tejada)

 

CIUDAD MORI de Sergio Mayor. Karima Editora. 256 páginas. Prólogo de Miguel Dalmau. Su edición ha estado al cuidado de Sara Castelar y Ana Palmero. La nota biográfica del autor que hay en la solapa (con fotografía en blanco y negro del autor incluida) añade más misterio y curiosidad si cabe al libro. Dividido en 9 partes, como los nueve círculos del infierno de Dante, y 143 fragmentos-capítulos de una o dos páginas, uno solo de tres. Todos con título. La primera con 9 fragmentos-capítulos, la segunda con 27. la tercera con 16, la cuarta con 7, la quinta con 22, la sexta con 25, la séptima con otros 9, la octava con 25 y la novena con 4. La fotografía deshabitada que ilustra la portada es de José Luís López Bretones. ¡Atención!, entras en un territorio alucinógeno lleno de conectomas que impregnan la lectura con un óleo cuántico. Un libro repleto de páginas movedizas que tienen mucho de biblioterapia. Su lectura provoca un electrochoque, pronto deduces que el libro está escrito por un gran lector. La mística recorre sus páginas, quizá una mística laica y maldita a imagen y semejanza del yo protagonista que cuenta la historia, como si fuera un ejercicio de conversión, una forma de hacerse texto eterno. Su trama te llevará a un gran “memento lectorem”. Es como si fuera una guía lectora o una tertulia del autor-protagonista consigo mismo, con la historia de la literatura-del pensamiento-del arte y con nosotros sus lectores.  Al leerlo es como si tu mente gritara ¡Fiat lux!, en medio de la noche más oscura y de la niebla más espesa. El libro termina con el colofón y la imagen de unos crisantemos, a modo de ofrenda funeraria.

 

Si tuviéramos en cuenta a Roland Barthes y el estructuralismo y aceptáramos como premisa “la muerte del autor” y el nacimiento del lector, tendríamos que asumir el protagonismo de la lectura en la configuración de una obra en igualdad de condiciones que la autoría, por lo que ambos tienen de sujetos operatorios. R. Barthes “consideraba que la intención del autor no es el único anclaje de sentido a partir del cual se puede interpretar una obra, sino que este debe ser creado activamente por el lector”. Wittgenstein nos advierte que “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Por lo que podemos aventurar que el lenguaje-la literatura-la lectura crea de alguna manera el mundo, la realidad. Dice el Eclesiastés (1, 17-18): “Me dediqué a conocer la sabiduría, la ciencia, la locura y la necedad, y advertí que también eso es correr tras el viento. Porque mucha sabiduría trae mucha aflicción, y el que acumula ciencia, acumula dolor”. Uno, que es un lector diletante, abre las páginas de Ciudad Mori, y rápidamente cae del caballo, como Pablo, sufriendo una conversión categorial ipso facto, cerrada, aunque no clausurada. Porque “Nadie es lo que lee, salvo si uno es joven, lee a Dante (o a S.M.), vive en Granada y sufre alucinaciones de Beatrice” –se nos inocula con hisopo en la página 24. Así que Intentar estar a la altura lectora que merece este libro no es tarea fácil, ya que sus claves dependen de cada uno, pero también de los geocaches que el autor caprichosamente ha ido dejando esparcidos a lo largo del texto, como átomos cuánticos. “Veinte hombres que leen este texto leen veinte textos” –nos previene en la página 244.

Si cualquier autor es la suma de todas sus lecturas, aquí, más que en ninguna otra parte, lo podemos corroborar. El autor de Ciudad Mori no es un prestidigitador, no es un alquimista de la palabra, no es un faquir de la noche y la calle, no es un farero de los pensamientos y las emociones, no es un encantador de renglones, no es un exorcista, no es un derviche de la contemplación, no es un chamán de los circunloquios, no es un eremita gorafeño que irradia sentimientos encontrados, es todo eso y mucho más, es Sergio Mayor. Es un escritor, un poeta, un intelectual, un erudito, un mago del lenguaje, un pintor de atmósferas, un constructor de la memoria y del futuro… que nos lleva a “todos los mundos, los hermosos y los viles, los antiguos y los que vendrán después de los muertos”, porque con sus páginas ensancha la vida, aunque el autor afirme que somos “una forma complicada de ignorancia” (171). No lo conozco personalmente, pero me imagino sus ojos como dos dólmenes que atesoran el brillo funerario de varias bibliotecas, incluida la “Biblioteca-Madre” de Alejandría. Sergio Mayor es un Zenódoto de Éfeso, un teósofo-topógrafo de la calle Tablas, un anacoreta posmoderno, un místico “underground” que vive bajo tierra en una cueva de Gorafe, quizá porque “en los rostros de los grandes borrachos (ha) visto los rostros de los grandes ascetas” (99). Un autor-personaje que habita el gran teatro del mundo y que pide “perdón al diablo por (sus) magníficas virtudes y a Dios por sus magníficos pecados” (18), y, además, se pone “homérico en las redes sociales” –como él mismo proclama en la página 159, en esa tierra prometida de Facebook donde sus incondicionales esperan las publicaciones como agua de mayo. ¿Qué más se le puede pedir? Que nos siga deleitando con su pluma que es un borbotón de lujuria lectora.

 

Otros han dicho de su libro: Ramón Rodríguez Pérez en derevariablogintermitente.bogspot.com que “No está claro si el que nos habla es el autor, su alter ego, o hay eso de aquellos fingimientos de los que hablaba Pessoa; tampoco qué lugar debe ocupar este libro en una estantería: ¿Novela? ¿dietario? ¿autoficción?”, “Como fantástico nos parece este libro que no me atrevo a clasificar”. En Facebook también podemos encontrar más opiniones. Hilario Barrero en Cuadernos de Humo (cdehumo.com) dice: “Ciudad Mori, del yo al nosotros pasando por el ustede de la muerte y el tú de la vida. Algo más que un libro: un prodigio, un resplandor, un milagro. Imprescindible”. Pedro Andreu añade: “Sergio Mayor es una suerte de Borges fornicando con Alvite en el confesionario de una iglesia granadina. Pura teología del mal, literatura de la buena a bocajarro. Una de las voces más particulares y potentes que he descubierto gracias a Facebook. Ironía punzante que entremezcla lo aberrante y lo sublime. Único en su estirpe.” Milagros Gonzalvo Luesma nos confiesa que con la lectura de Ciudad Mori “ha habido momentos en los que he levitado. Creo que me voy a quedar a vivir una temporada en este libro.” Jordi C.H. también dice que “Hace tiempo no encontraba a un escritor tan puro. Sergio Mayor es el nombre de la literatura misma, de la palabra que surge de la visión que transfigura las cosas, que las eleva al cielo y las revuelve en el fango, en un mismo movimiento.” Francisco Sotomayor comenta: “Lo de este libro prodigioso, único, fundamental, memorable, como escrito sobre la piel del ser…” Samuel Milán Corral alumbra que “conoce el oficio y trabaja las palabras como un artesano. Un escritor necesario… y huidizo.” Gabriel Berlotti sentencia: “Es injusto analizar Ciudad Mori como si fuera solo un libro. En Ciudad Mori las repeticiones no son repeticiones… Porque lo que se lee no está en las palabras… fue escrita por un ángel caído que dejó de ser un hombre cuando escuchó la voz de Dios dictándole las palabras que sirven como moneda de tránsito”. Sergi Bellver denuncia que “hay más literatura, verdad, talento, fuerza, grieta, luz y vida que en la mayoría de listas…” Javier Quevedo va más allá y dice que es “la gran esperanza rusa de las letras españolas” Javier Quevedo profetiza que “hay un tipo en Facebook, Sergio Mayor, que suelta unos soliloquios dementes, apabullantes. Breathtaaking dirían los ingleses. Parecen escritos por un estilista” Y Luis Trapiello nos lo recomienda encarecidamente: “Os lo vuelvo a decir. Leed a Sergio Mayor, el primer escritor de España”. En Cuadernos Hispanoamericanos dice Eloy Tizón hablando de Miguel Ángel Ortiz Albero y su libro “Un andar sosegado. Paseos con Peter Handke” que “La relación de Handke con el espacio, cómo no, determina su relación con la narrativa”. Y esa misma apreciación podría servirnos para afrontar la lectura de Ciudad Mori y Sergio Mayor.

El título, por ósmosis intertextual, nos lleva hasta la expresión latina “memento mori”. Por lo que, de alguna manera, en su paralelismo, nos enfrenta a la fragilidad de la memoria, a la mortalidad del ser humano y la fugacidad de la vida. Así nos recibe Sergio Mayor en estas páginas, a porta gayola, como un cicerone-general que desfila victorioso por las calles de Granada (como arquetipo de todas las calles o ciudades del mundo), calles-páginas donde su vasta formación y sus lecturas te revelan que estás frente a un erudito que es capaz de conducirte al paroxismo y la hipnosis si resistes sus primeras embestidas.

Desde el límite de la realidad-ficción que nos propone el autor, desde su unidad fragmentada, (a lo Rimbaud) nos confiesa en su primer capítulo “Yo es otro” que, es “un filósofo del lenguaje en primera línea de fuego”, una especie de francotirador, diría yo. El autor se ha convertido en su propio personaje o al revés, es a la vez memoria y acción, olvido y silencio, exuberancia y exotismo, regreso y fuga. Sergio Mayor, siempre en primera persona, pero desde un yo múltiple (por lo que tiene de yoes lectores), nos relata un viaje único, contado en fascículos, a modo de un diario autobiográfico que escarcea con la autoficción y la autoayuda. Ciudad mori es un libro que “debe ser meditado a la manera de un místico frente a una talla” (p. 39), como un cartógrafo que recorre una geografía o una geología bibliográfica, como un hierofante o un alquimista que convierte al lector en su piedra filosofal. Me parece oportuno traer hasta aquí lo que dice Andrés Neuman sobre la cita “Ye est un autre” y Rimbaud, por lo que pudiera tener de vaso comunicante: “Sus textos plantean combates entre un modelo sagrado y su parodia salvaje”, palabras estas que de alguna manera podríamos aplicar también a esta Ciudad Mori de Sergio Mayor.  Añade Neuman sobre Rimbaud “su desdoblamiento se convierte en recurso absoluto. Su desdoblamiento es temporal, espiritual y espacial: el poeta era y sigue siendo, cree y descree, está, pero se ha ido. Rimbaud siempre fue otro porque su discurso se basa en la negación interna, la autocontradicción permanente. Su obra entera es de ida y vuelta”. Espejo y reflejo. El primer fragmento-relato-capítulo de Ciudad Mori se titula Yo es otro, una especie de homenaje o brújula con el que ya nos señala/profetiza el trayecto que va a recorrer su mapa libro.

En la sinopsis que aparece en la red se nos advierte que “Es un viaje apasionante por los entresijos de una ciudad que se convierte en vida, o en muchas, o incluso en muchas ciudades a la vez que van confluyendo ante los ojos y haciendo patria en el corazón. No falta nada en esta historia porque a esta historia no le falta lo esencial, lo que hace camino, lo que nos duele y lo que nos bendice. Cada capítulo es un triunfo de la buena escritura”. Ciudad Mori podemos leerlo como una elegía, como una carta de amor, como un libro de relatos, como una novela, o como una tumba abandonada en un camposanto literario donde dan “ganas de morir” y al que alguien desconocido lleva unos crisantemos, en forma de palabras, de vez en cuando. Es un libro que podemos verlo como una fortaleza militar, un palacio, un templo-monasterio, una madraza, una biblioteca, un monumento, un callejero terráqueo y granadino, una puerta, un puente o una bodega de clausura, pero es solo un libro, un hermoso y sugerente libro, escrito con reflejos de espejismos. Es un camino metafísico y existencial escrito desde un romanticismo underground, desde una posmodernidad líquida, desde un trance iniciático de ayahuasca literaria que puede entroncar con el psicoanálisis y la psicodelia.

La portada, una fotografía de José Luís López Bretones, de un bar cutre, con pinta de colmado desabastecido que recuerda (por cierta comunión de las reminiscencias) a las cartillas de racionamiento, nos apunta al desamparo, a las carencias, a la soledad y al abandono. “La felicidad es esto que se parece bastante a la desolación” –nos dice en la página 28.

Además de muchas cosas, es también, como he dicho, un texto metaliterario, metalingüístico y metafísico que ejerce la crítica con la elegancia del que sabe y no teme dar su opinión: “no sé si es posible la poesía dentro de la poesía” (p.51), “no es posible la poesía después de Stevens” (p.50), “(¿Thoreau? Me interesó Desobediencia civil. Walden, no. Nunca acabaré ese libro)” (p.118) “No puedo con el -Finnegan Wake-, la prosa de la señora Woolf o los poemas de Dickinson, salvo algunos de sus versos. No entiendo de Truffaut, Godard o Tarkovski. Me pierdo con Derrida y, sobre todo, con Walter Benjamin, que ustedes elogian tanto” –sentencia en la página 107, e interpela al lector. “Fue por unos cuentos de Poe, prologados por Baudelaire… Dostoievski me llevó a la fascinación de los asesinos… Y la lectura de Dante… “ –confiesa inculpándose en la 106.

Ciudad Mori es el éxtasis alucinógeno de una ciudad metaliteraria que sucede en la mente del autor-protagonista, donde se reúnen todas las lecturas-vivencias y todas las experiencias de viajes astrales, pero con la dosis justa de una realidad sublimada. Ciudad mori es por encima de todo un viaje, una odisea, y Sergio Mayor es un Ulises de la noche y de la madrugada, un vagabundo de la vida y la lectura, el patrón de una embarcación que va directa hacia el arrecife y su canto de sirenas. Un viaje hacia afuera y hacia adentro, una Alhambra hecha escritura. Los lugares favoritos y esenciales del trayecto, por encima de todos, son los bares o las bodegas, pero también los libros. El saber experimentado como un espacio mágico y ancestral. Ciudad mori es un agujero de gusano entre palabras y nombres, entre lecturas y libros, entre emociones y pensamientos, entre luces y sombras, entre citas ajenas y aforismos propios, entre tertulias y meditaciones. El propio autor-personaje dice en la página 103 “Yo era una sinestesia”.

Sergio Mayor, a veces trasmutado en un Bartleby literario nos muestra las contradicciones de la vida, el malditismo, la mística cotidiana del desengaño o la claridad hermética del sabio que pasa desapercibido, quizá porque como “un buen maldito” reconoce que “todos somos personajes literarios” (p.101), y al mismo tiempo, todo lo contrario. Sergio Mayor es como un dios en sus textos, es lo uno y lo otro, lo escrito y lo no escrito, lo leído y lo imaginado, está en todas partes y en ninguna. Con su lenguaje nos embruja, que diría Wittgenstein. ¿Y si Ciudad Mori fuera nada más y nada menos que un libro de amor? Es un libro de amor a la literatura y al pensamiento. ¿Un amor platónico-petrarquista, un libro de amor transfigurado que trasmuta a la bella Granada (personificación de una diosa) en la bella Beatrice de Dante como excusa para desplegar todo ese artificio de fuegos verbales que nos hipnotizan conforme vamos leyendo? Unas memorias lectoras que señalan el rastro de una mente inquieta que ha sucumbido a los encantos de la tinta, el papel y la imprenta para gozo de todos nosotros y alabanza de nuestra literatura. Todo un itinerario lector. Literatura total, escrita por un Johan Cruyff de la narrativa. Es la suya una poética del asombro y la curiosidad. “Una sesión de espiritismo” parecen sus páginas, sus fragmentos-relatos-capítulos, repletos de nombres y datos, y él es el médium. “Recita(n) los nombres de las calles… como si fueran epitafios” manifiesta en la página 30. Es como si el autor actuara de sepulturero, pero en vez de enterrar desenterrara para mostrarnos la decrepitud y la decadencia, y paradójicamente, también la excelsitud del paso del tiempo y su deterioro.

Cada página, cada renglón, cada nombre es una puerta que abre a otros mundos, a otras páginas, a otros renglones. Una letanía de nombres y de citas asaltarán tu trayecto. Su intertextualidad es superlativa, como las puertas de Doraemon, que conectan con otras dimiensiones.  Las citas en francés, latín, inglés, los nombres de autores/artistas, las citas y las referencias continuas tienen mucho de fetiches, y por tanto nos apuntan otra habilidad del autor, la de “voyeur”. Ciudad mori es una especie de teatro o kamishibai donde aparece toda la “comedia literaria” que ha ido amasando en su peregrinaje vital y lector. Eliot, Madame Bovary, Bela III de Hungría, Swedenborg, Artaud, Julius Evola, René Guénon, Terelu y Parménides en el mismo renglón, René Girard, Habacuc, Kurt Vonnegut, Holbein, Ibn Arabi, Steiner, Huxley, Baudelaire, Nietzsche, Plotino, Rembrandt, Caravaggio, Celin, Ezra Pound, Heidegger, Lovecrfaft, Dante, Hölderlin, Egea y “Troppo Mare”, Cezanne, Shakespeare, Weber, Rimbaud, Gamoneda, Cortázar… y un largo etcétera. A la par, una banda sonora irá deleitando tu recorrido y así sonará en el silencio de las pisadas nocturnas “la música de las ciudades que se marchan de nosotros” (p. 60), The Smiths, Lou Reed, Rimsky Korsakov, The Cure, Nina Simone, Sid Vicious, Paul Weller y su “A town like Alice”, porque “se puede amar una ciudad como si fuera una mujer” (p. 60), Leonard Cohen, “los motetes de Willian Byrd” o “las sonatas de Bach”, saxofones y cubitos de hielo y el chorro de ginebra, Schubert… Es un texto “dendrita” que relaciona de forma arborescente todo el saber acumulado del autor-personaje, textos que “extremadamente bellos: dejan de ser estéticos para ser meta-estéticos, epifánicos” –nos refleja en la página 39. Es un texto esotérico, místico, escatológico, enciclopédico, bíblico, exuberante, exótico, inteligente, infinito… Lleno de términos, de nombres, de ideas, Zawiya, ragnarok, incubatio, darshan, dejá vú, genius loci…, aforismos lapidarios con sinestesias mágicas (sensoriales y conceptuales) hasta llevarte al trance y al arrebato, incluso al vómito. Sergio Mayor con solo nombrar, por ósmosis, como si fuera un pintor impresionista, consigue crear una atmósfera, establecer un decorado mental y demencial en el lector. Podríamos definir la espiritualidad rebelde del libro usando alguno de sus deslumbrantes renglones como que es “La membrana que separa el mundo sensible del mundo de las realidades espirituales…” p. 14. Su lectura es una especie de teletransportación lingüística, te produce un viaje telepático, va de un dejá vú a un dejá sentí. La arquitectura que sustenta este libro-biblioteca está llena de inercias, sinergias, líneas de fuerza, bosones cuánticos, cimientos, lecturas, una mezcla de sensación de eterno retorno y el síndrome de Louis.

La geografía que lo recorre es de mapamundi. Lo mismo está en el Castillo de Duíno que baja hasta la siempre simbólica calle Tablas de Granada (arquetipo donde confluyen todos los lugares y calles del mundo). Igual está en la Alhambra o el Albaicín que en el bar de Antonio, o en el Sacromonte. O da un salto del Monte Athos y se va a Florencia, Palitana, a la catedral de Milán o a Damasco y Egipto, que vuelve de sopetón a las bodegas Castañeda y al Paseo de los Tristes. Y en ese vaivén constante, va a Escocia, Liverpool, Hong Kong, Islas Cook, Mozambique o viene de Babilonia, Chernobyl, Moscú, Tánger. O bien corre de Broadway a la catedral de Chartres o a la “erupción del Vesubio”. Como Heráclito y el río, fluye desde la estación de autobuses Alsina de Granada al Puerto de la Mora o a los Badlands. Lo mismo navega por los mares del sur o el desierto del Gobi que lo hace por el Tíbet o el Valle del Nilo. Lo mismo entras en una comisaría que sales de un quirófano, o subes la Cuesta de Gor que entras en Facebook o en un dolmen de Gorafe. Nada más que con mencionar/sugerir te lleva y te trae, te mece en la cuna de su sonaja verbal o te atrapa en la telaraña de su mapa conceptual. Te coloca en una Visio Batifica y en Bácor, Purullena y Cenascuras y Nueva York en un ¡zas!, casi al mismo tiempo y en el mismo sorbo. Te conduce con naturalidad de la Biblia al Corán, del Talmud al Upanishad. Te guía de Ruanda a la India, de Oxford al Monte Tabor; de la calle Tablas, Navas, la Cuesta de los Chinos a Salinetas; o de Transmitria a Valaquia. Todo en un viacrucis o letanía lingüística, en un peregrinaje semántico y existencial. Pero en todas partes está Granada, como una diosa, como una especie de Espíritu Santo. “Me fui para salvarme, pero la ciudad me ha seguido por toda la tierra” –confiesa víctima de su manía persecutoria en la página 28.

La temporalidad que cruza sus páginas, como un río helado, lo mismo pasa del siglo VI d.c. a 1987, que parte de nuestros días rumbo al siglo XVI, que va del siglo XII al final de la historia. Igualmente te lleva de la Teoría de las cuerdas a la antimateria o la energía oscura, que del paraíso al infierno. En sus párrafos se funden tiempo y espacio como si fueran materia oscura, agujeros negros o de gusano.

Sus fragmentos parecen teselas de un gran mosaico romano, una sinergia ontológica y gnoseológica para iniciados. En cuanto al estilo, aunque el propio Sergio Mayor lo describe: “mi pobre estilo, artificioso, tan liposuccionable…” (p. 155), la suya, es una escritura brillante, de una factura elaborada e impresionista, exageradamente delicada y onírica, espesa y nutriente. Consigue que el monólogo y su yo poético den la unidad suficiente para que sus fragmentos se conviertan en el pegamento de una aventura narrativa sublime. Y a pesar de que afirme que “Desde que los dioses se fueron, no quedan escritores en el mundo” (p.156), en su caso, podemos afirmar que él sí es un escritor de fuste, con oficio de narrador-poeta y de fino pensador. Y dice en la página 31 que “Granada es demasiado hermosa para ser saludable. El lugar afecta como la luna a los hombres nerviosos. No sé si es una ciudad triste o la ciudad más triste de todas las ciudades… Alguien me dijo que aquí se ganaron la inmortalidad los mejores, solo los mejores, y que todos los demás murieron”. Él, como el Sean Connery de Gorafe, con su espada literaria desenfundada en busca de la inmortalidad, va camino de la victoria editorial más que de la derrota eléctrica del relámpago último antes de la desaparición total y eterna del mercado insaciable.

¿Pero cómo es la escritura de Sergio Mayor? Podría decirse que su escritura es un diálogo profundamente literario, una conversación monólogo consigo mismo, pero a la vez una conversación con todo lo que sabe, con todas sus lecturas y con todos sus lectores. En realidad, lo que hace el autor-personaje a través de sus fragmentos es dialogar con los grandes pensadores de los últimos tiempos y también de los más lejanos, desde Lacan a Derrida, desde Barthes a Wittgenstein pasando por Benjamin… Ciudad Mori es un descenso al interior de la conciencia, de la memoria y de toda la experiencia acumulada que acaba por elevarnos y sublimarnos cuasi salvíficamente a través de la literatura, paradójicamente descendiendo a sus infiernos. El propio autor piensa “como Bachelard, en una poética del espacio”, un espacio físico y metafísico a la vez, onírico, visionario, epistemológico y ontológico, humano y divino, donde la realidad y la ficción crean una nueva dimensión literaria, una alegoría-una alucinación: Ciudad Mori, como una recreación de la Divina Comedia de Dante, sui géneris y a su manera. Es un libro con una prosa que podría afirmarse que posee un ARN mensajero que inocula en nuestras células la pasión por la buena literatura y el trance místico-lector. Fragmentaria, pero a la vez exquisitamente aglutinadora, paradójicamente.

Dividido en nueve partes, como si fueran los nueve círculos del infierno de la Divina Comedia de Dante, el autor nos presenta su libro como un descenso liberador, un alegato lleno de guiños. A pesar de su índice y de la estructura del libro, a mi parecer, el orden de su lectura no altera el producto; ya que podemos empezar y acabar por donde nos plazca sin dejar por ello que nos hechice su poder mágico. Tiene una lectura lineal, sí, pero también podemos experimentar cualquier otra. Escrito a modo de dietario, desde una unidad fragmentada puede leerse como una larga carta de amor escrita a golpe de latidos, de fogonazos, de párrafos “luzagua” o “aguaspejo” (palabras que no sé por qué me recuerdan a Fernando de Villena), donde “Ella”, Granada, adquiere el rostro de Beatrice, una ciudad entera personalizada en un sentimiento sublimado, el amor reeditado de Sergio Mayor-Dante Alighieri. Pero también como una novela, y como un libro de autoficción, de autoayuda, y como un catecismo maldito… Una lectura llena de “principios psicoactivos”, literarios, artísticos, musicales, culturales, que coloca, excita, incluso secuestra la voluntad como si sufrieras el síndrome de stendhal, es una verdadera experiencia adictiva y psicotrópica, capaz de envolverte en un viaje a través de los neurotransmisores invisibles del lenguaje, hasta rozar la alegoría y la cosmovisión de la “soga de los espíritus”. Sus páginas son lugares que “estimulan la producción de ondas alfa en el cerebro” (p. 33), alumbran con la “luz de la reminiscencia” (p. 34) y con la luz del lenguaje mesías.  Porque el yo lírico del libro (entremedias de todos los yoes lectores que tiene) nos confiesa en la página 121 que “aquel sufrimiento estético y moral tan raro que me traje de Granada” o que “los bares de mala muerte me salvaron”, y es que quizá lo que hace Sergio Mayor cuando escribe es establecer comparaciones-paralelismos-conexiones-sincronías… para predisponer nuestro ánimo, configurar una forma de sanación, vislumbrar la transcendencia, o incluso más aún, contribuye a construir su transcendencia particular a través del lenguaje y la lectura como la única realidad posible a la que nos deja acceder la vida. Mientras leemos no hay otra realidad que la que él nos cuenta, que la que nosotros imaginamos mientras leemos sus fragmentos.

El autor-protagonista, “como el que ha encontrado su paisaje” (p.68), se hace lugar.  Su escritura es “el lugar” en el que encuentra sus coordenadas espacio-temporales, su ser, y desde ahí proyecta su ficción diarística de “genius loci”, como punto de apoyo sobre el que mover su noosfera, el pensamiento, la vida, su erudición místico-lingüística. Después de tantos regates y fintas, al final no sabes quién es rehén de quién, si Sergio Mayor de Granada, o Granada de los ojos y la pluma de Sergio Mayor, o los lectores del autor o viceversa. En cualquier caso, ambos se han fusionado en una nueva realidad transfigurada, que en cierta medida pretende ser “una madrasa, una Torah, una Upanishad” posmoderna y suburbial, alternativa y revelada, una experiencia mística underground, la transmutación alquímica de una sabiduría ancestral, un viaje iniciático al abismo del lenguaje y la lectura. Autor y lector se fusionan en él, formando una unidad indisoluble.

Sergio Mayor tiene la habilidad de unir/desunir-conectar/desconectar por monismo o symploké toda la enjundia de sus renglones y fragmentos, de nombres e ideas, “todo con todo, el espacio con el tiempo, el espíritu con la materia” (p.201), de libros con autores y de recuerdos con lecturas, a veces como ida o como vuelta. Y así los hilos de Granada, Beatrice, la calle Tablas, Salinetas, sus lecturas y su teodicea y la reverenda Hogan enhebran su arquitectura argumental, su edificio rascacielos. Simplemente “con la cualidad ontológica de un nombre” o de una referencia es capaz de evocar las mil una apoteosis, de provocar las más grandes sinestesias, de conseguir “el azoth” de la escritura y la lectura a la vez. Aunque “Escribiendo no se va a ninguna parte” –nos interpela en la página 245, Ciudad Mori es un viaje fantástico, que vive en un eterno retorno al mismo trance. Un viaje lleno de suspense, como si algo estuviera a punto de suceder, aunque nunca suceda.

Nos dice el autor-personaje que “la realidad es un problema de escala”, y es ahí donde él se sitúa como observador, con una narrativa cardiaca e hiperactiva, en ese nivel donde la física cuántica se hace literatura, donde el principio de incertidumbre se convierte en posibilidad mágica. Cuando terminas la última página y has recibido su “impregnatio”, una especie de “melancolía mística” te sobrecoge y acompaña. Y es que, como lector, siempre le queda a uno la duda de, “si leí libros que nadie escribió” y es solo fruto de mi imaginación. ¿Y si lo que nos propone Sergio Mayor es “gnosis de un solo golpe”, “doctrina de la belleza por la gracia de unos ojos”, una nueva iluminación, un rito iniciático? Que cada cual piense como quiera, pero a mi parecer lo que nos propone es habitar una casa construida con palabras, la suya, que desde ahora también es la nuestra. El libro termina con el colofón y la imagen de unos crisantemos, que deja un aroma a cementerio y a tumba abierta; que suena a réquiem de una tierra fresca y esponjosa a la espera de recibir tu cadáver lector para darle sagrada sepultura en la materia oscura de lo escrito. Así es Ciudad Mori. Así es Sergio Mayor. Simplemente sublime. Me aventuraría a decir que es uno de los grandes libros escritos en estos últimos tiempos. Un placer lector que no debes escatimar. Pero para gustos, colores. Creo.

 

 

Opiniones de un lector

Custodio Tejada

3 de marzo de 2021

https://custodiotejada.blogspot.com/




 http://granadacostanacional.es/opiniones-de-un-lector/

https://www.todoliteratura.es/noticia/56011/criticas/ciudad-mori-de-sergio-mayor.html


jueves, 11 de febrero de 2021

UN HORIZONTE DE SIGNIFICADOS de Custodio Tejada


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“Cuando nombramos hacemos visible lo invisible, le damos luz a la vida y le damos vida a la luz. La vibración y la resonancia de los nombres envuelven nuestro ser con sus ondas, nos configuran a través del sonido y sintonizan nuestro corazón con la música de las esferas”. Este poemario, UN HORIZONTE DE SIGNIFICADOS, lleno de vasos comunicantes, parte de la importancia que tiene el lenguaje como fuente de interpretación y conocimiento del mundo y de uno mismo. Un vehículo sagrado capaz de transformar conciencias y crear realidades. La palabra entendida como una especie de agujero negro que nos atrapa en su horizonte de sucesos. Porque qué somos los autores y los lectores de poesía sino una “piedra chocando/ que se diluye en la onda expansiva/ de un pequeño sunami”. El texto, desde un planteamiento metafísico y metaliterario, convierte el yo poético en un yo oficiante.



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¡Gracias!

ENLACES A RESEÑAS-REFERENCIAS-ENTREVISTAS-RECOMENDACIONES-VIDEO PRESENTACIÓN... DE UN HORIZONTE DE SIGNIFICADOS, de Custodio Tejada.


1.- Si queréis escuchar una entrevista de Custodio Tejada hablando sobre Un horizonte de significados, en TODO VA BIEN GUADIX, de la mano de Jesús Javier Pérez y Pilar Molero. A PARTIR DEL MINUTO: 1h, 47m.

https://youtu.be/MF9UGHdfQ58?t=6420

https://www.youtube.com/watch?v=MF9UGHdfQ58








2.- Vida y poesía en el mismo cáliz: Un horizonte de significados, de Custodio Tejada. Por Gregorio Muelas Bermúdez (26/04/21). Reseña compartida en el períodico global de análisis y opinión MUNDIARIO.

https://www.mundiario.com/articulo/libros/vida-poesia-mismo-caliz-horizonte-significados-custodio-tejada/20210426143656217795.html

3.- VERSOS PARA EL DÍA DEL LIBRO. LIBRUJULA.COM. Un horizonte de significados está entre los dieciséis libros que ha seleccionado Enrique Villagrasa para el día del libro, y nombra a Custodio Tejada entre los “Dieciséis poetas que no te puedes perder”. Alegría agradecida de estar ahí. (23/04/21)

https://librujula.com/versos-para-el-dia-del-libro/


4.-CUSTODIO TEJADA NOS ACERCA A SU ÚLTIMO POEMARIO 'UN HORIZONTE DE SIGNIFICADOS'- Video presentación-

Una fotografía del embalse 'Francisco Abellán', situado entre los términos municipales de La Peza, Graena y Lopera, ha sido la imagen elegida como portada para su sexto poemario por el profesor y poeta Custodio Tejada, (Purullena, 1969). También como fondo para este vídeo en el que nos da a conocer detalles sobre el mismo, además de obsequiarnos con la lectura de los poemas 'El universo', 'Cuarenta metros de eslora'' y 'Oleaje'. Disponible en Amazon, en formato ebook y en papel, tapa blanda.

EN CLASE EDUCACIÓN Y CULTURA   18 abr 2021

https://www.youtube.com/watch?v=sU6sWQ3zpww

5.- PROVERSO Revista Proverso

Esfera Literaria - Proverso Custodio Tejada Libro: Un horizonte de significados

Vídeo presentación. 16 abr 2021

https://www.youtube.com/watch?v=qO5utC0ztXE


6.- CARLOS ALCORTA. LITERATURA Y ARTE. Miércoles 19de mayo de 2021.


https://carlosalcorta.wordpress.com/2021/05/19/custodio-tejada-un-horizonte-de-significados/?fbclid=IwAR2AbjipWzLmuN-f3H56kBobWaBy8oR31Ht0XM7CkJwoZzQ59qyj3K3JB9g

7.- BLOG: “EN UN BOSQUE EXTRANJERO”, santosdominguez.blogspot.com

https://santosdominguez.blogspot.com/2021/05/custodio-tejada-un-horizonte-de.html

8.-ANTONIO ARENAS. IDEAL EN CLASE. 

https://en-clase.ideal.es/2021/06/01/custodio-tejada-busca-el-efecto-placebo-de-las-palabras-en-su-sexto-poemario-un-horizonte-de-significados/

9.- LA BIBLIOTECA DE GREGOROVIUS

https://labibliotecadegregorovius.blogspot.com/2021/04/un-horizonte-de-significados-custodio.html


sábado, 6 de febrero de 2021

LA LIBERTAD DUELE, de F. Javier Franco Miguel

 Opiniones de un lector.

LA LIBERTAD DUELE, de F. Javier Franco Miguel. Por Custodio Tejada



LA LIBERTAD DUELE de F. Javier Franco Miguel. Editorial Talón de Aquiles. Libro escrito bajo la advocación de Friedrich Nietzsche, ese otro “ángel caído”. 159 páginas. 89 poemas, repartidos en 7 partes. Con un Proemio y un Final, y entre medias: Náutica del ser (17 poemas), El rastro del vagabundo (16 poemas), Vacíos (12 poemas), Condenados (27), Vacíos de nuevo (10 poemas). Y 26 ilustraciones-dibujos hechos por el propio autor que acompañan a los poemas para darles más sentido si cabe. La portada es la imagen de una escultura (a modo de una jaula sugerentemente sinestésica) realizada por la artista Mariángeles Lázaro Guil y titulada “El corset de la soprano”. Así que, título potente y portada potente para un poemario potente. El poemario abre con las preceptivas dedicatorias y agradecimientos, y luego con un prólogo de Pedro M. Domene, donde se esboza al autor y se apuntan certeramente las líneas de fuerza que sustentan el artefacto literario: “La libertad duele”. También hay una nota del autor. Varias citas de Nietzsche entre otras distintas, como cipreses de camposanto, adornan el recorrido lector. Dos hojas negras al principio y dos al final, como si fueran paréntesis-corceles que conducen un carro fúnebre en busca de una libertad sin predestinación, con guillotina y todo.

Dice José Emilio Pacheco: “No leemos a otros: nos leemos en ellos. Me parece un milagro/ que alguien que desconozco pueda/ verse en mi espejo.” Y Enrique Fuenteblanca alumbra que si “la filosofía es tan necesaria como el oxígeno/ analizar es un acto de guerrilla”. Toda lectura nos coloniza, nos invade, nos resetea… Hay temas que nos buscan y vienen a uno para que los acunemos en nuestro pensamiento, y eso es lo que ha pasado con este libro de F. Javier Franco Miguel. Libertad, en su nombre se han cometido todo tipo de hazañas y barbaridades, de justicias y genocidios, de aciertos y de errores. ¿La libertad duele, inmola, sacrifica, mata, condena, nos ciega, nos salva…? ¿Todo depende del cristal con que se mire? Uno no puede leer la palabra libertad sin acordarse de sus hermanas de guerra “igualdad y fraternidad” (esa tríada de poder que ostenta la nueva religión de nuestro tiempo). Los asesinados en nombre de la libertad, igualdad… ya superan con creces a los sacrificados en nombre de Dios y de todas sus Inquisiciones juntas; y es que como “Dios ha muerto”, hemos sustituido la fe en Él por la fe en el partido-ideología y en el líder supremo correspondiente de cada momento. Recurrimos a la revolución (francesa…) aceptándola como un nuevo dogma para vivir con fe el trance hipnótico de nuestra utopía. Dice Alexis de Tocqueville que “Los excesos cometidos en nombre de la libertad pueden hacerla odiosa, pero no son obstáculos para que ella sea bella y necesaria”. Si Tocqueville se plantea que en democracia se prefiere la igualdad a la libertad, es quizá porque la igualdad se ve como un derecho gratuito, un “don”, mientras que la libertad es un bien por el que hay que luchar constantemente. Cada día más preferimos antes el igualitarismo que la libertad. Por lo general es la ley del mínimo esfuerzo la que mejor nos explica, tal vez porque la libertad nos hace desiguales, y como no todos estamos dispuestos “por igual” a pagar el precio de sacrificio que exige ser libre, preferimos la comodidad del rebaño. O sea, podríamos pensar que la comodidad es incompatible con la libertad, pero si la libertad está en lo abierto, no en lo cerrado o en lo definido, sino en lo indefinido y lo inabarcable, al nombrarla hacemos accesible lo inaccesible. Así que, si como dice Walter Lippmann “la propiedad privada es la fuente original de la libertad”, es desde la otredad (poniéndonos en la piel del otro) como mejor podemos entender lo que significa la palabra libertad y cuáles son sus límites en cuanto a derechos y obligaciones, si los tiene, y practicar ese axioma de… no quieras para el otro lo que no quieres para ti.

Permitidme que abuse de la introducción en este libro, pero la ocasión y el tema lo merecen. Sin llegar a afirmar como hace Slavoj Zizek que “la democracia es el enemigo” o que “La globalización ha comenzado claramente a socavar la legitimidad de las democracias occidentales”, sí que pone el dedo en la llaga cuando plantea que “la cuestión de la libertad no debe ubicarse principalmente en la esfera política, es decir, en cosas como elecciones libres, un poder judicial independiente, una prensa libre, respeto por los derechos humanos. La verdadera libertad reside en la red –apolítica- de relaciones sociales, desde el mercado hasta la familia…” La gran lucha por la Libertad que se plantea en este comienzo de siglo XXI es la de tener derecho a ser como uno quiere, aunque esté equivocado, y por ello no sufrir persecución ni exclusión alguna, y mucho menos censura o ninguneo. Hoy la censura que plantea el pensamiento de lo políticamente correcto es el mayor atentado a la libertad en general y a la libertad de pensamiento en particular.

El lenguaje nos habla, él es el que nos dice. Entre “nada hay fuera del texto” (Derrida) y todo está fuera de él, nos queda la realidad existente y la discrepancia, porque todo es posible en la literatura, esa deconstrucción indefinida que pretende alcanzar un atisbo de “luz-sombra” y desarmar-armar la voluntad, según convenga al mundo de las emociones. ¿Pero dónde queda la intención del autor? ¿Cada autor es una voz, es un texto, nada más que texto? ¿Una voluntad textual que aspira a ser un texto sagrado y eterno? ¿Si todo lenguaje es político y militante, el escritor asume un papel que se escapa del texto para convertirse en una realidad intertextual y colectiva? Cuando un lector se adentra en cualquier texto-ayahuasca, lo que le proporciona esa lectura es un viaje interior en busca de lo universal y lo ilimitado. A eso aspiramos con la escritura, a alcanzar la libertad como algo ilimitado, un valor que va más allá del concepto lingüístico para intentar llegar a la idea matriz de la existencia, del Ser. Quizá por ello se han quemado tantos libros o se dejan de editar y se esconden, para controlar y dirigir nuestra libertad, en definitiva, para manejar nuestra consciencia.

Amor y libertad quizá sean las dos palabras más prostituidas y manipuladas de la historia, muchas veces usadas en beneficio de intereses más prosaicos y menos utópicos que los aparentes a primera vista, y muchas veces al servicio no del conjunto sino más bien de alguna de sus partes-lobbies que pugnan por prevalecer en ese totum revolutum en el que estamos inmersos los hijos de la Historia escrita. Porque como dice George Orwell en el prólogo a su obra “Rebelión en la Granja”: “Si la libertad significa algo, será sobre todo el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír”. También podemos discrepar con Aldo Pellegrini que dice que “Como la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse, indudablemente tiene cierto prestigio ante los imbéciles. Es ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo.” (Revista Literariedad.com. Revista latinoamericana de cultura. Año 6. Desde Pereira, Colombia). Después del siglo XX y los genocidios perpetrados por las ideologías totalitarias ya no podemos seguir afirmando que las “guerras de religión” son las que más muertes han provocado (salvo que consideremos a las ideologías como las nuevas religiones de la posmodernidad), y que su fanatismo ha sido el más nocivo y letal para la Humanidad. Sartre, a su vez, decía: “Usted es libre, elija, es decir, invente.” Según el relato así serán nuestras emociones, así será nuestra percepción de la libertad y la lucha. De ahí la lucha encarnizada por controlar el relato histórico para arrimar las ascuas cada cual a su sardina. Si “la poesía está del lado de la justicia y de la verdad” (R. Lanseros) hay que escribirlas siempre con mayúscula y buscarlas sin demora ni adhesiones inquebrantables.

Nos comenta el profesor Jesús G. Maestro (desde su materialismo filosófico como vehículo interpretativo) en su alocución sobre “El mito de la literatura culta en la Ilustración francesa y europea” (Youtube, 24 oct 2020): “Como había que anular a España de alguna manera, había que diseñar, inventarse, someter a un proceso de ingeniería un concepto de libertad que se amoldara a la modernidad. Cuando el mundo anglosajón impone su idea de libertad la involución que padecemos es impresionante, porque la idea de libertad del mundo anglosajón consiste en anteponer los sentimientos a los pensamientos, en anteponer lo sensible a lo inteligible…” “La España del siglo XVII es mucho más liberal que la Francia del siglo XVIII”, “No solo la España del Barroco es más moderna que la Francia Ilustrada, sino que incluso es más liberal, “La contribución de países como Francia, Alemania e Inglaterra a la libertad humana, han superado con creces a cualesquiera otros y de hecho por esa razón estos países han tenido que elaborar y tejer sin cesar una leyenda rosa para encubrir todos sus crímenes históricos y considerar a España como un chivo expiatorio culpable de los mayores males de la humanidad cuando España ha civilizado a medio mundo… Y claro, cuando lo sensible se pone por encima de lo inteligible llega un momento que no podemos explicar lo que sentimos, porque carecemos de competencias intelectuales para explicar cuál es la razón de ser de nuestros sentimientos, cuál es la razón que fundamenta lo que sentimos. Eso es algo que al mundo anglosajón no le interesa, al mundo anglosajón le basta con el sentimiento, a Nietzsche le bastaba con disponer del sentimiento porque consideraba que la razón reprimía los impulsos humanos, igual que Lutero consideraba que la razón era la mayor de las putas con las que se acostaba el diablo”. Y en honor a Voltaire diremos que “a los vivos se les debe respeto y a los muertos sólo les es debida la verdad”.

Abundando sobre el tema podemos leer en el libro compendio de artículos “Elogio de la libertad” de Félix Grande afirmaciones tales como: “La libertad no es sólo una pasión que habita en cada corazón humano: es también el impulso, la ambición de contagio, de la reunión. La libertad no llega para permanecer, acude para propagarse”, “la libertad se aprende”, “sin memoria no es posible la creación de la libertad”, “la libertad es… un alimento de primera necesidad”, “No hay otra libertad que la que cuesta”, “Todo aquello que nos aleja de la libertad nos separa de los demás y de nosotros mismos. Sólo en la libertad nos es dado a los seres humanos estar juntos”, “Y es verdad: nada urge nunca tanto como la libertad”

También podríamos recurrir a Lukács para “no temer al autoritarismo” que afirma que “la libertad real es subordinación consciente a la voluntad de conjunto representada por el Partido, una libertad que unida a la solidaridad, es disciplina”, y plantear así “una apelación a la libertad que ocultaba opresión, desigualdad e insolidaridad” referida a la tiránica ansia burguesa de dominio, pero que permanece ciego antes los fenómenos “como la burocracia soviética, el embalsamamiento de Lenin y la transformación del materialismo dialéctico en verdad revelada” -dice Antonio Escohotado en la  página 300 de Los enemigos del comercio. Porque el marxismo ortodoxo afirma que “no es la conciencia quien determina la existencia, sino el ser social quien determina la conciencia”. Y en esa batalla estamos inmersos los hijos de la posmodernidad. Tanto “el Partido Comunista Chino… como B.F.Skinner (la Red) opinan, que “la obsesión por la libertad ha sido una equivocación de la cultura occidental”, “La libertad empieza a estar devaluada” “Empieza a cundir la idea de que la libertad no es tan importante, si se abdica de ella voluntariamente y los resultados de esa decisión son satisfactorios, eficientes y justos. Si soy feliz, ¿para qué quiero ser libre?... Hay valores más importantes que la libertad, como el bienestar, la eficiencia o la justicia” “Es muy difícil resistirse a ser esclavos felices. El pensamiento crítico es una tarea esforzada. La democracia, también” –dice José Antonio Marina, biografiadelahumanidad.com, El mundo 22/11/2019 (¿Está la libertad sobrevalorada?). El filósofo surcoreano Byung Chul Han afirma que la nueva prisión se llama libertad.  Y María Durán Barbero remarca que “la búsqueda de la felicidad simboliza el triunfo de la sociedad individualista sobre la colectivista”. Y en medio de todo este trajín de época que nos ha tocado vivir, estamos nosotros, un autor y un lector, dos esclavos insatisfechos, mano a mano ocupados de unos versos mientras -El mundo se derrumba y tú escribes (lees) poemas-, que diría Juan Cobos Wilkins.

            Dice Pablo Acevedo en la “Estética del Caos” (p. 198) que “el verdadero poeta se siente luciferinamente inclinado a una actitud inexorable de seducción y desafío en que cifra la idea suprema de libertad. Amar la libertad es la única consigna.” También Acevedo nos señala (p. 94) algunas de las características de la posmodernidad literaria: “rechazo de las escuelas estéticas…, relativismo superficial e incapaz de cuestionarse a sí mismo como rechazo de los valores universales; nihilismo antivital; mezcla de diversas disciplinas creativas (cine, cómic, música pop, publicidad…) constantes referencias a la cultura de masas; remedo de mitos adaptados a las sociedades tecnológicas; reelaboración comercial de obras consagradas (remakes) y en lo que más nos interesa, humor e ironía falaces…”, o “la utopía estética de la Vanguardia ha terminado diluyéndose en un escepticismo resignado, en un relativismo pasivo…”, “La Modernidad se ve impelida a volar los viejos puentes del criticismo kantiano a fin de explotar con inédito ardor los secretos caminos de la poesía, esa maravillosa productora de nihilidad” (p 68).,  “La posmodernidad niega toda transcendencia y con ello tiende a acelerar los cambios en un presente que se vive como fractura y retracción” (p.107) y añade “Los poetas posmodernos convierten los mitos de la Modernidad en blanco de una ironía escéptica, inorientada, apática, estéril e incapaz de sublimarse” (p.108)

Como hemos dicho anteriormente el libro entero está bajo la protección de Friedrich Nietzsche (Las cinco partes del poemario abren con cinco citas de Nietzsche), y quiero recordar que era Nietzsche el que decía: “Todo es interpretación”. Así que también haré un esbozo demasiado impreciso de Friedrich Nietzsche. El filósofo dios-zaratustra, desde su óptica, fue rotundamente crítico con los valores occidentales por ser decadentes y por no encargarse del yo, como parte fundamental de la filosofía. Critica la moral de esclavos (basada en la misericordia, en la renuncia y el sacrificio) y crea su moral alternativa basada en la fuerza, el placer y la victoria. Si Platón nos planteó el “mito de la caverna” como eje vertebrador de su acción filosófica, Nietzsche a su vez parece plantearnos otra liberación-luz, salir de ese mito durante tantos siglos aceptado para conducirnos a otro nuevo mito-caverna, el suyo, con su luz artificial y propia. En el Suplemento cultural El Corredor Mediterráneo nº 932 se nos lanza esta pregunta: “¿Dio Nietzsche soporte filosófico al nazismo?”. Sin adentrarnos más allá, él se rebela contra el poder dominante y establece una libertad antropocéntrica. Busca la luz de Prometeo-Lucifer para alcanzar su gnosis, su verdad filosófica, su supremacismo particular, porque qué es lo que vivimos desde la Ilustración (o incluso antes, desde Lutero…) para acá, si no la lucha por imponer el mayor de los supremacismos, por imponer una visión de las cosas sobre otras visiones distintas hasta ser víctimas-verdugos de la misma intolerancia.

De “La libertad duele” de F. Javier Franco Miguel, un poeta posmoderno, podemos leer (en Facebook) algunas manifestaciones que han dicho. Jimena Tierra afirma que “Cada poema supera las expectativas del anterior. Las ilustraciones son magníficas. Algunas de ellas me han recordado a las esculturas del Parque Frogner de Oslo”. Antonio Enrique le dijo al autor que “Es un libro copioso, podrías haber sacado tres poemarios. Te has abierto en canal, te has volcado. Lo que no me gusta es el título, aunque lo malo es cuando ocurre lo contrario.” Carmen Hernández Montalbán dice que la suya es una “poesía reflexiva que nos invita a desarrollar la capacidad crítica e inconformista ante la realidad que nos viene impuesta”. Y Dori Hernández Montalbán indica en el suplemento Ideal-Guadix que “El libro es de factura insólita, por lo bien trabado, en donde cada palabra encaja en precioso tapiz de orfebrería poética, filosófica y artística” o en él fluye “la idea del viaje iniciático, un viaje lleno de símbolos”. Isabel Pérez Aranda añade que su “poesía es veraz, y empuja a seguir leyendo, a presentir los recuerdos y sonetos que atrapan… No entiendo otra forma de sentir un poemario, y éste se hila de principio a fin con un sutil y a la vez veraz sentimiento de fragilidad y futilidad que llega”. Incluso el propio autor se confiesa en Facebook diciendo que su poesía es “una poesía de la conciencia, ni de la experiencia ni de la diferencia”. Porque el poeta “prefiere un falso profeta que (le) regale una esperanza imposible, a quien (le) condene a un valle de lágrimas”. Quizá porque como diría Jean Paul Sartre “El escritor tiene una función social, y será cómplice de la opresión si no se alía con los oprimidos”.

            Ya con el título el autor ha puesto el dedo en la llaga de la Historia, en la piedra angular de la existencia: “LA LIBERTAD DUELE”. Un artículo, un sustantivo y un adjetivo componen una afirmación directa y contundente, casi dogmática, como una especie de verdad revelada. En realidad, podemos buscar una equivalencia con el parto. Aquí el poeta ha ejercido de matrona e intuye lo que cuesta parir, lo que cuesta “Ser”. El poeta no va por libre, ni siquiera se deja llevar por el libre albedrío, sigue un patrón, y es misión del lector descubrir el guion oculto de su poética-mirada, ese paradigma que todo lo transubstancia. Dice Carlos Javier González Serra en El vuelo de la lechuza.com: “El existencialismo consiste en tomar consciencia de la responsabilidad de nuestras acciones, para reaccionar reflexivamente en el mundo y convertir lo que nos aparece inamovible en posibilidades”. El propio poeta nos confiesa que “Ni vivo para la poesía, ni vivo de la poesía. La poesía vive conmigo y yo sobrevivo con ella”. El poeta ha elegido la poesía para hacer su revolución.

Una cita de Nietzsche enhebra y da sentido a la conjunción de poemas que conforman el libro: “Yo no quiero leer a ningún otro autor al que se le note que quería hacer un libro, sino sólo a aquellos cuyos pensamientos se convirtieron imprevistamente en un libro”. Por lo tanto, podemos recurrir a la imagen de aluvión para visualizar la mecánica de este poemario. La ilustración que hay en la portada es la fotografía de una obra de la escultora Mariángeles Lázaro Guil titulada “El Corset de la Soprano”. Dice la autora que dentro del corsé está la voz de la soprano. El corsé como una jaula o una prisión que proyecta una sombra, pudiera parecer que vemos una recreación del mito de la caverna sui géneris. Una cárcel-corsé que podría albergar a todos los silenciados del mundo. La portada es un gran viaje semántico y conceptual. La portada-imagen-escultura de Mariángeles Lázaro Guil “El corset de la soprano” enmarca la voz del poeta en un patrón de espacio-hueco, de sombras y reflejos, de jaula y cielo abierto que sigue un patrón hecho a su medida vitruviana. Schelling afirma que “El inicio y el fin de toda filosofía es la libertad”, y quizá eso es lo que pretende o busca el poeta, una poética-teoría donde se fusione la libertad y el conocimiento, el sentimiento y la razón. La “náutica del ser” en este poemario es un vacío, una gran oquedad donde se cobija el desencanto del poeta, su tendencia al nihilismo. La realidad concebida como una jaula de la que hay que salir, y en ese proceso de descubrimiento-liberación la libertad duele, claro que sí, como una verdad olvidada y oprimida, pero que es de Perogrullo. Como así se manifiesta en la Nota del autor al principio.

Una vez que lees el libro, su libertad parece llevarte a la nada, a un nihilismo donde el autor se refugia en su peculiar “Nosce te ipsum” para rebelarse contra sí mismo y contra la sociedad injusta, de ahí su refugio desencantado que no busca (quizá porque no necesita o está harto) mayor transcendencia. “Un accidente del universo/ es la vida…/ Nos dejamos llevar./ ¿Qué sentido tiene/ dar sentido a lo que no tiene?” –canta en la página 50. El libro tiene muchas lecturas, porque sus páginas son un salón de espejos deformantes en donde todos salimos malparados si buscamos la viga en el propio ojo y no la mota del ajeno. “La libertad o la nada…/ Libertad, ¿para qué? –Silba la nada./ -dice el poeta en la página 45. El poeta-ventrílocuo convierte su voz en una letanía-iceberg, en un reflejo-eco de los oprimidos, su poética se transforma en una “fotodenuncia”; se convierte en un reportero de guerra o en un testigo directo de la trampa: “Tú decides. Yo decido…/ Mientras la libertad duele.” –p.159. Y es que sus versos son una marea que va y viene: “El paraíso perdido/ no lo es porque se fue,/ no;/ lo es porque está escondido” –susurra el poeta miltonianamente –p. 48. Él también quiere mostrar esa otra luz negra que hay debajo del celemín nietzscheano, subvertir la sombra oscura en luz diáfana. ¿Es la libertad para el autor un deseo de alcanzar otra luz, otro bautismo? “Y seguimos, por eso seguimos, aún seguimos,/ trazando cruces invertidas entre los caminos/ esperando que alguna vez nos arriende/ sus dedos el diablo.” –canta hímnicamente o revolucionariamente el poeta –p. 96. O “Retorcido por el dolor/ nos espera alivio de quienes/ lo admiran pero ignoran su demanda,/ nadie podrá librarlo del suplicio.” – expele en el poema El ángel Caído.

Desde el primer poema “La expulsión del paraíso”, con el “yugo” de Dios al fondo de su poética (quizá reminiscencia de su vieja ciudad catedralicia, Guadix), nos deja claro cuál es el planteamiento de su poética, “el dolor de la libertad./ Duele la vida” –p. 28. El libro entero es una guerra abierta para “tomar conciencia del existir” (p. 36), entre una conciencia “vieja” y otra que emerge con la fuerza de la utopía-distopía, a lo Friedrich Nietzsche; que es más que un puñado de citas esparcidas por el poemario, más bien es la antorcha que ilumina este otro nuevo y moderno “mito de la caverna”, el que plantean ambos, el filósofo y el poeta, Friedrich Nietzsche y F. Javier Franco Miguel en una particularísima inmolación-fusión cuasi eucarística. Y es que como diría José Ángel Valente (Entrevista realizada por Concha Hernández para la revista Gaceta Digital en 1999) “La poesía hace que la libertad se derrame como un gran fuego sobre los hombres.” La libertad duele, en realidad es un viaje por el ser y el sentir del poeta, un viaje que va desde el paraíso de Adán y Eva y el Árbol de la ciencia al cometa Halley, pasando siempre por su conciencia que es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro clarividente y esclavo, paradójicamente.

´De “La libertad duele” también podríamos decir que es un retrato de época, incluso con aspiraciones de convertirse en evangelio, según F. Javier Franco Miguel, por la dosis de sublimación literaria de la realidad que contiene, de la verdad testimonial y revelada que nos enseña. El ateísmo (como trasfondo liberador) y Dios (como esclavitud) son algunos de los temas que dan forma y fondo al poemario, también el paso del tiempo, el desencanto nihilista (“nada puedes esperar/ de quien perdió la esperanza” -p. 42), y la denuncia social de las injusticias. Lo mismo nos lleva en tren que nos adentra en un naufragio, lo mismo nos pasea por el Parque del Retiro en Madrid de la mano de “El ángel caído” que nos hace partícipes de La expulsión del Paraíso. Una puesta en escena que recubre su poética con un aura plástica y cinematográfica, desde un discurrir lírico que conduce la lectura del libro-film como si fuera un largometraje, o mejor una serie de Netflix con 89 capítulos.

Un poemario lleno a rebosar de intertextualidades (referencias) que abren a otros mundos más allá de las páginas que nos ocupan. Citas de John Milton, Percy Bysshe Shelley, Walt Whitman, Robert Jhonson, Miguel Hernández, Federico García Lorca, Paul Verlaine, un fresco de Masaccio, la Venus de Milo, Saint-Exupéry, Javier Egea, Moisés, Peter Pan… El poemario se transmuta continuamente, y en su camuflaje, a veces viste como calvario, otras como guillotina o pelotón de fusilamiento, o como carne de cañón, naufragio o charco, como árbol de la ciencia o ruleta rusa, incluso como beso en la frente o mortaja. El libro tiene un tono intimista y reflexivo, algunas veces más metapoético, pero siempre crítico y existencial.

La geografía que recorre el poemario viaja desde dentro hacia afuera y viceversa, muestra un itinerario vital que contiene una biografía espiritual en busca de otra identidad, que va desde Guadix o La Calahorra hasta Berlín, Manhattan, Kurdistan, Palestina, Alepo, Idomeni…, o desde Almería y el Zapillo hasta la Isleta del Moro o el mar Muerto, desde la noticia a lo simbólico, de lo tangible a lo sensible. El poeta con sus versos viaja de la Biblia al BOE, de los telediarios a los periódicos, de la actualidad a la historia y su memoria, del váter al tren o al cometa Halley. Toda una odisea. A veces vestido como un vagabundo, otras como un stripper o ángel caído, como mendigo o peregrino o druida, como un reportero de guerra o un simple viajero, voyeur o lector, pero siempre como testigo. Se alternan poemas de verso libre y métrica variada (de 4,5, 6,7,8,9,10,11,12,13,14,15,16 sílabas) con 17 sonetos.

Un libro denso que requiere una lectura rumiante, tranquila y sosegada en la que siempre hay que estar alerta. La libertad que nos propone F Javier Franco va más allá del individuo, es una libertad eminentemente colectiva y dionisiaca “con una moral de acción y de compromiso”, quizá porque como dice Hugo Gutiérrez Vega (en el prólogo a Elogio de la libertad de Félix Grande)) “así, en plural, que en singular puede ser nada más una palabra tramposa entre las negras muelas del demagogo”. Y porque “La libertad duele” tenemos miedo a la libertad, como diría Erich Fromm. Porque hay personas que detestan la libertad, viven el síndrome del esclavo satisfecho y son felices con la sumisión en la que vegetan. En definitiva, aborrecen “la funesta manía de pensar” (frase atribuida al claustro de la antigua Universidad de Cervera), o simplemente ven la lámpara desde el mismo ángulo siempre, desde el lado que proyecta más sombras que luz, donde el vaso siempre está más medio vacío que medio lleno.

            Vivimos en una sociedad posmoderna y políticamente correcta, en la que es muy fácil sobrevivir si la crítica-protesta la haces en la dirección adecuada y con la dosis correcta de soma mediático; el problema llega cuando te sales del redil y piensas de forma individual y distinta a como marcan los cánones de la verdad oficial y su conciencia “colectiva-divina”, a como deciden los “lobbies” y sus versiones de libertad siempre tutelada. Porque “¿acaso podemos afirmar que somos libres, o más bien unas marionetas a las que nos dirigen la vida?” – que diría la poeta Mónica Doña. ¿Y si el truco está ahí, en hacernos creer que somos rebeldes o estamos equivocados?

Entonces, ¿qué pretende este poemario?  ¿Cuál es su fin último? El poeta levanta su voz-aluvión porque no quiere ser cómplice, ese sentimiento lo salva, le hace tener la conciencia tranquila. Por lo que ha decidido “Proveernos una conciencia social adecuada” desde su ideario marxista pesimista próximo a Adorno, para poner su gota de agua en la interpretación del mundo y de la época que le ha tocado vivir, desde una poética que va más allá de la poesía social para recalar en “la poesía del desencanto” –como dice Pedro M. Domene. La libertad duele va más allá de la poesía social (comprometida, engagée) para habitar el territorio sentimental de la queja-denuncia y el combate activista redentor que lleva a ese otro paraíso dionisiaco, porque como dice Álvaro Salvador: “la poesía, hasta la más realista o la más combativa, es siempre sensual”. La voz del poeta quiere convertirse si no en la voz de la humanidad entera, sí en parte de ella. Y es que nuestro poeta es un hombre auténtico curtido en las mil batallas de su pensamiento rebelde, por tanto, lo que busca al escribir es realizarse a pesar de todos los pesares que la vida plantea, y la poesía ha sido el medio elegido para alcanzar su fin, ser portador de esa otra verdad revelada. La Libertad duele es la voz de un testimonio que interpela, el testamento de un poeta que lucha por su forma de entender la libertad, aunque esa lucha acabe en naufragio. Porque como diría Edgar Allan Poe “El único medio de conservar el hombre su libertad es estar siempre dispuesto a morir por ella”, esa es la única fórmula válida para superar y vencer cualquier rebelión en la granja-mito de la caverna-quema de brujas que nos aceche, ya que “por encima de la vida está la libertad”, que diría el filósofo Gustavo Bueno.

Todos coincidimos en que la Libertad tiene un precio, es “una fuerza viva que entraña su propia y continua progresión” (A. Breton), por tanto, los seres humanos seguiremos buscándola eternamente como ícaros suicidas, aunque sea desde un planteamiento lector. Porque “estamos condenados a la libertad” (Sartre), eso sí, mientras nos dejen Tirios y Troyanos, ya que los “lobbies libertarios” de todas las épocas no cejan en su empeño de dirigirnos a la libertad que más les conviene en tal o cual momento. Porque como dice Zygmunt Bauman lo que peor le puede pasar al ser humano es tener que elegir entre libertad y seguridad: “O juntos o nada”, “Debemos prepararnos para un largo periodo que estará marcado por más preguntas que respuestas, y por más problemas que soluciones. Nos encontramos (más que nunca antes en la historia) en una situación de verdadera disyuntiva: o unimos nuestras manos o nos unimos a la comitiva fúnebre de nuestro propio entierro en una misma y colosal fosa común”. Aunque la Libertad, o es individual o no es libertad. Y mientras tanto, mientras los “elegidos” eligen la libertad que “mejor” nos conviene, es una buena forma de unión, leer “La libertad duele” de F. Javier Franco Miguel.

Opiniones de un lector

Custodio Tejada

Febrero de 2021      

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http://granadacostanacional.es/la-libertad-duele/